Pilar Muñoz – Amor a tres bandas

Ellas tambien viven

Quédate. No te marches esta noche. Cumple tu promesa y ámame despacio, mirándome a los ojos, que te hablan en silencio. Desnúdame lento y huye de la pasión desenfrenada que te obliga a poseer mi cuerpo y no mi alma.
Estoy cansada, hastiada de encajar mi vida en apenas unos poros de la tuya, de esperar nuestros encuentros fugaces en una lóbrega habitación de hotel, con la ropa justa para no restar segundos a un reloj que solo marca los minutos para nosotros.
Deseo sentir tus manos sobre las mías entrelazando los dedos mientras gozamos, no aprisionando mis pechos como si alguien tuviera la intención de arrebatártelos; deseo apreciar el roce de tus labios surcando los míos, provocándome un cosquilleo cómplice que nada tenga que ver con la forma ansiosa con que muerdes mi boca cual fruta prohibida; deseo escuchar palabras de amor sincero que desplacen, aunque solo sea por una vez, las obscenidades con que riegas mis oídos nada más verme postrada ante ti. Anhelo ser objeto de unas caricias que me hagan ascender hasta el Olimpo de los Dioses sin sufrir tus arrebatos, que me invitan por la fuerza a abrir las piernas para cobijar tu daga que me desgarra por dentro bajo el furor de tus embestidas; observar tu rostro mientras me acurrucas cuando todo acaba, y no tu espalda cubriéndola con premura para salir huyendo cuando apenas han cesado los espasmos que anuncian un nuevo final, el final de cada cita sellada por el sudor del sexo que practicamos como posesos, y que parece haberse convertido en la única razón de ser de la extraña relación que nos ata.
Quédate. Destierra las excusas que esconden tu cobardía para confesarle a ella que se han diluido los sentimientos que sustentaban vuestra frágil unión conyugal. Y quédate conmigo.
Dime que me amas, que soy en tu vida algo más que un trozo de carne que saborear cuando te place. Dime que me amas y pon punto y final a este juego a tres bandas del que sales victorioso exclusivamente tú.