Historia de Dulce-Amiga

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He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que el trono de Bassra fué ocupado por un sultán tributario de su soberano el califa Harún Al-Rachid, que se llamaba el rey Mohammad ben-Soleimán El-Zeiní. Amparaba á los pobres y á los necesitados, se compadecía de sus súbditos desgraciados y repartía su fortuna entre los que creían en nuestro Profeta Mohamed (¡con él sean la plegaria y la paz de Alah!) Era, pues, verdaderamente digno de este elogio del poeta:

¡Transformó en su pluma la punta de la lanza, el corazón de los enemigos en una hoja donde escribir, y en tinta su sangre!

Tenía dos visires, llamados respectivamente El-Mohin ben-Sauí y El-Faldl ben-Khacan. Pero hay que saber que El-Faldl era el hombre más generoso de su tiempo, dotado de buen carácter, admirables costumbres y excelentes cualidades, que le granjearon el cariño de todos los corazones y la estimación de los hombres prudentes y sabios, quienes le consultaban y pedían su parecer en los asuntos más difíciles. Y todos los habitantes del reino, sin ninguna excepción, le deseaban larga vida y muchas prosperidades, porque hacía todo el bien posible y odiaba la injusticia. En cuanto al otro visir, llamado El-Mohin, era muy diferente: tenía horror al bien y cultivaba el mal, hasta tal punto, que un poeta dijo:

¡Le vi! ¡Y en seguida me dispuse á huir ante la mancilla de su aproximación, y me levanté la orla del ropón para evitar su torpe contacto! ¡Y confié mi salvación á la ligereza de mi corcel para que me llevase lejos de aquel elemento tan impuro!

De modo que á cada uno de estos dos visires, tan distintos entre sí, se les puede aplicar cada uno de estos versos de otro poeta:

 ¡Goza la deliciosa compañía del hombre noble, de alma noble, hijo de noble, pues siempre observarás que el hombre noble ha nacido noble y de padre noble!

¡Pero aléjate del contacto del hombre vil, de alma vil, de extracción vil, porque siempre verás que el hombre vil ha nacido de padre vil!

 

La gente sentía, pues, tanto odio y repulsión hacia el visir El-Mohin, como amor le inspiraba el visir El-Faldl. Así es que El-Mohin tenía una gran enemistad hacia su compañero, y no desperdiciaba ninguna ocasión de perjudicarle ante el sultán.

Un día entre los días, Mohammad ben-Soleimán El-Zeiní estaba sentado en el trono de su reino, en la sala de justicia, rodeado de todos los emires y de todos los notables y grandes de su corte. Y ese día había llegado al mercado un lote de esclavas de todos los países. El rey se dirigió á su visir El-Faldl, y le dijo: «Quiero que me busques una esclava que no tenga igual en el mundo. Que además de su perfección y su belleza, tenga una admirable dulzura de carácter.»

Al oir estas palabras del rey dirigidas á su visir El-Faldl Fadleddín, el visir El-Mohin, lleno de envidia porque el rey depositaba toda su confianza en su rival, quiso desalentar al soberano, y exclamó: «¡Pero si se pudiese encontrar á esa mujer, habría que pagarla lo menos en diez mil dinares de oro!» Entonces el rey, más obstinado por tal dificultad, llamó inmediatamente á su tesorero, y le dijo: «Toma en seguida diez mil dinares de oro y llévalos á casa de mi visir El-Faldl.» Y el tesorero se apresuró á ejecutar la orden.

El visir se dirigió en seguida al zoco de los esclavos, pero nada encontró que ni de cerca ni de lejos se ajustase á las condiciones requeridas para la compra. Reunió entonces á todos los corredores que se ocupaban de la compra y de la venta de esclavas blancas y negras, y le encargó que buscasen una esclava como la quería el rey. Y les dijo: «Cuando una esclava alcance el precio de mil dinares de oro avisadme en seguida, y ya veré si conviene.»

Y desde entonces no pasaba día sin que dos ó tres corredores propusiesen una linda esclava al visir, que siempre despedía al corredor y á la esclava sin ultimar la compra. Y vió durante un mes más de mil muchachas, á cual más hermosa y capaces de infundir virilidad á mil viejos impotentes. Pero no podía decidirse por ninguna de ellas.

Un día entre los días iba á montar á caballo para visitar al rey y rogarle que aguardara algún tiempo, cuando se le acercó un corredor á quien conocía, y que, teniéndole el estribo, lo saludó respetuosamente y recitó en honor suyo estas dos estancias:

 ¡Oh tú, que das mayor realce á la gloria del reinado y restauras el añoso edificio de los antepasados! ¡Oh tú, siempre victorioso gran visir!

¡Das nueva vida á los míseros y á los moribundos con tu generosidad y tus beneficios! ¡Y todas tus acciones son siempre gratas al Recompensador y las ponemos sobre nuestra frente!

 Y recitados los versos, dijo el corredor al visir: «¡Oh noble El-Faldl! te anuncio que ha aparecido la esclava que tuviste la bondad de encargarme que buscara, y está á tu disposición.» Y el visir dijo: «Tráela para que yo la vea.» Y regresó á su palacio, adonde una hora después llegaba el corredor con la esclava. Únicamente diré para describirla que era de una esbeltez deliciosa, de pechos rectos y gloriosos, párpados oscuros, ojos de noche, mejillas redondas, fina barbilla adornada con un hoyuelo, caderas poderosas y sólidas, cintura de abeja y nalgas soberanas. Iba vestida de telas raras y escogidas. Pero olvidaba decirte, ¡oh rey! que su boca era una flor, su saliva jarabe, sus labios nuez moscada y su cuerpo fino y flexible como una tierna rama de sauce. Su voz, canto de la brisa, era más agradable que el céfiro que se perfuma al pasar entre las flores de los jardines. Y era digna de estos versos del poeta:

 ¡Su piel es más suave que la seda, su voz canta como el agua, con las ondulaciones del agua, y como ella también reposada y pura!

¡Y sus ojos! Alah dijo: «¡Sed!» y fueron hechos. ¡Son la obra de un Dios! ¡Y su mirada turba á los humanos más que el vino y su fermento!

¡Pensando en ella en las horas nocturnas, mi alma se turba y mi cuerpo arde! ¡Y al pensar en su crencha, negra como la noche, y en su frente de aurora, iluminadora de la mañana, me siento morir!

 Y á causa de sus gracias y de su dulzura, la llamaron desde la pubertad Dulce-Amiga.

Por eso cuando la vió el visir quedó completamente maravillado, y preguntó al corredor: «¿Qué precio tiene esta esclava?» Y el otro contestó: «Su amo pide diez mil dinares, y en eso hemos quedado, porque me parece justo. Pero él jura que pierde al venderla en ese precio por una porción de cosas que yo quisiera que oyeses de sus mismos labios.» Entonces el visir dijo: «Pues que venga en seguida.»

El corredor salió en busca del amo de la esclava y lo llevó ante el visir. Y el visir vió que el amo de la maravillosa joven era un persa viejísimo, aniquilado por la edad, que lo había reducido á huesos y pellejo. Como dice el poeta:

 ¡El Tiempo y el Destino me envejecieron; mi cabeza tiembla y mi cuerpo se viene abajo! ¿Quién es capaz de resistir á la fuerza y la violencia del Tiempo?

¡Hace muchos años me tenía derecho y erguido y andaba hacia el sol! ¡Ahora, caído de aquella altura, mi compañía es la enfermedad, y la inmovilidad mi amada!

 Y el amo de la esclava deseó la paz al visir. Y el visir le dijo: «¿Estás conforme en venderme esta esclava en diez mil dinares? Has de saber que no es para mí, sino para el rey.» El anciano contestó: «Siendo para el rey, prefiero ofrecérsela como un presente, sin aceptar precio alguno. Pero ¡oh visir magnánimo! ya que me interrogas, mi deber es contestarte. Sabe que esos diez mil dinares apenas me indemnizan del importe de los pollos con que la alimenté desde su infancia, de los magníficos vestidos con que siempre la adorné y de los gastos que he hecho para instruirla. Porque ha tenido varios maestros y aprendió á escribir con muy buena letra; conoce también las reglas de la lengua árabe y de la lengua persa, la gramática y la sintaxis, los comentarios del Libro, las reglas de derecho divino y sus orígenes, la jurisprudencia, la moral, la filosofía, la medicina, la geometría y el catastro. Pero sobresale especialmente en el arte de versificar, en tañer los más variados instrumentos, en el canto y en el baile; y por último, ha leído todos los libros de los poetas é historiadores. Y todo ello ha contribuido á hacer más admirables su ingenio y su carácter; por eso la he llamado Dulce-Amiga.» El visir dijo: «Verdaderamente tienes razón, pero sólo puedo dar diez mil dinares. Además, los haré pesar y comprobar inmediatamente.»

Y en efecto, el visir mandó pesar inmediatamente los diez mil dinares de oro en presencia del anciano persa, que los tomó. Pero antes de marcharse, el viejo mercader de esclavos se acercó al visir y le dijo: «Quisiera, ¡oh mi señor! que me permitieses un consejo.» Y el visir repuso: «Di lo que quieras.» Y prosiguió el anciano: «Aconsejo á mi señor el visir que no lleve inmediatamente al palacio del rey Mohammad ben-Soleimán El-Zeiní á mi esclava Dulce-Amiga, porque mi esclava ha llegado hoy de viaje, y el cambio de clima y de aguas la ha fatigado mucho. Por eso lo mejor para ti y para ella es que la conserves en tu casa diez días, y así reposará y ganará en hermosura y tomará un baño en el hammam y se cambiará de vestidos. Y entonces la podrás presentar al rey, y con esto tu gestión parecerá más honrosa y meritoria á los ojos de nuestro sultán.» Y el visir comprendió que el viejo persa era buen consejero y le hizo caso. Y retuvo en su palacio á Dulce-Amiga, mandando que preparasen un aposento reservado para que descansase.

Pero el visir El-Faldl tenía un hijo de admirable hermosura, como la luna cuando sale. Su cara era de una blancura maravillosa, sus mejillas sonrosadas, y en una de ellas tenía un lunar como una gota de ámbar gris, según dice el poeta:

 ¡Las rosas de sus mejillas! ¡Más deliciosas que los dátiles rojos en sus racimos!

¡Si su cuerpo es tierno y dulce, su corazón es duro é inexorable! ¿Por qué no poseerá su corazón algunas de las cualidades de su cuerpo?

¡Porque si su cuerpo, tan tierno y tan dulce, influyera algo en su corazón, no seria tan injusto ni tan duro para mi amor!

¡Y tú, amigo, que me reconvienes por el amor que me domina, cree que tengo disculpa, pues no soy ya dueño de mi, y mi cuerpo y todas mis fuerzas se encuentran bajo el poder de esa pasión dominadora!

¡Y sabe que el único culpable no es él ni soy yo, sino mi corazón! ¡Y no me verías languidecer si mi joven tirano fuese más compasivo!

 Pero el hijo del visir, que se llamaba Alí-Nur, nada sabía de la compra de la esclava. Y además, el visir había empezado por encargar á Dulce-Amiga que no olvidase los consejos que tenía que darle. Y le dijo: «Sabe ¡oh hija mía! que te he comprado por cuenta de nuestro amo el rey, para que seas la preferida entre sus favoritas. De modo que debes tener mucho cuidado en evitar todas las ocasiones de comprometerte y comprometerme. Así es que he de advertirte que tengo un hijo algo mala cabeza, pero guapo mozo. No hay en este barrio ninguna doncella que no se haya entregado á él y de cuya flor no haya gozado. Por tanto, evita su encuentro; que no oiga tu voz ni vea tu rostro, pues de otra suerte te perderías sin remedio.» Y Dulce-Amiga dijo: «Escucho y obedezco.» Y el visir, tranquilizado sobre este punto, se alejó para seguir su camino.

Pero por voluntad escrita de Alah, las cosas llevaron un rumbo muy diferente. Porque algunos días después, Dulce-Amiga fué al hammam del palacio del visir, y las esclavas emplearon toda su habilidad en darle un baño que fuera el mejor de su vida. Después de haberle lavado los miembros y el cabello, le dieron masaje. Y la depilaron esmeradamente, frotaron con almizcle su cabellera, le tiñeron con alheña las uñas de los pies y de las manos, le alargaron con kohl las cejas y las pestañas, y quemaron junto á ella pebeteros de incienso macho y ámbar gris, perfumándole de este modo toda la piel. Después la envolvieron con una sábana embalsamada con azahar y rosas, le sujetaron la cabellera con un paño caliente, y la sacaron del hammam para llevarla al aposento donde la aguardaba la mujer del visir, madre del hermoso Alí-Nur. Dulce-Amiga, al ver á la mujer del visir, corrió á su encuentro y le besó la mano, y la esposa del visir la besó en las dos mejillas, y le dijo: «¡Oh Dulce-Amiga! ¡ojalá te dé ese baño todo el bienestar y todas las delicias! ¡Oh Dulce-Amiga, cuán hermosa estás, cuán limpia y perfumada! Iluminas nuestro palacio, que no necesita más luz que la tuya.» Y Dulce-amiga, muy emocionada, se llevó la mano al corazón, á los labios y á la frente, é inclinando la cabeza, respondió: «Gracias, ¡oh madre y señora! ¡Proporciónete Alah todos los goces de la tierra y del paraíso! En verdad ha sido delicioso este baño, y sólo me ha dolido una cosa: no compartirlo contigo.» Entonces la madre de Alí-Nur mandó que llevasen á Dulce-Amiga sorbetes y pastas, y se dispuso á marchar al hammam para tomar su baño.

Pero no quiso dejar sola á Dulce-Amiga, por temor y por prudencia. Llamó, pues, á dos esclavas jóvenes, y les mandó que guardasen la puerta del aposento de Dulce-Amiga, diciéndoles: «No dejéis entrar á nadie bajo ningún pretexto, porque Dulce-Amiga está desnuda y podría enfriarse.» Y las dos esclavas contestaron respetuosamente: «Escuchamos y obedecemos.»

Y entonces la madre de Alí-Nur, rodeada de sus doncellas, se fué al hammam después de haber besado otra vez á Dulce-Amiga, que le deseó un baño delicioso.

Pero en aquel momento entraba en la casa el joven Alí-Nur, buscó á su madre para besarle la mano, como todos los días, y como no la encontrara en su habitación, la fué buscando por todas las demás, hasta que llegó frente á la puerta de aquella en que estaba encerrada Dulce-Amiga. Y vió á las dos esclavas que guardaban la puerta, y las dos esclavas le sonrieron, porqué era muy gentil y le adoraban en secreto. Pero asombrado al ver aquella puerta tan bien guardada, les dijo: «¿Está ahí mi madre?» Y las esclavas, intentando rechazarle, le contestaron: «¡Oh, no, amo Alí-Nur, no está ahí nuestra ama! ¡No está ahí! ¡Ha ido al hammam! ¡Está en el hammam, amo Alí-Nur!» Y Alí les dijo: «Pues entonces, ¿qué hacéis aquí, corderas? Apartaos para que pueda descansar.» Y ellas replicaron: «¡No entres, oh Alí-Nur, no entres ahí! ¡Ahí sólo está nuestra ama joven Dulce-Amiga!» Alí-Nur exclamó: «¿Qué Dulce-Amiga?» Y ellas contestaron: «La hermosa Dulce-Amiga, que tu padre y amo nuestro, el visir Fadleddín ha comprado en diez mil dinares para el sultán. Acaba de salir del hammam y está desnuda, sin más ropa que la sábana del baño. ¡No entres, oh Alí-Nur, no entres! Podría enfriarse, y nuestra ama nos pegaría. ¡No entres, oh Alí-Nur!»

Entretanto, Dulce-Amiga oía estas palabras desde su habitación, y pensaba: «¡Por Alah! ¿Cómo será ese joven Alí-Nur, cuyas hazañas me ha enumerado su padre el visir? ¿Cómo será ese mancebo que no ha dejado en el barrio doncella intacta ni mujer sin ataque? ¡Por Alah, que desearía verle!» Y no pudiendo aguantarse, se puso de pie, y perfumada aún con todos los aromas del hammam, llena de frescura, con los poros abiertos á la vida, se acercó á la puerta, la entreabrió poco á poco y se puso á mirar. Y vió á Alí-Nur. Y le pareció como la luna llena. Y sólo con mirarle le sacudió la emoción y se estremeció toda su carne. Y al mismo tiempo, Alí-Nur había tenido ocasión de mirar por la puerta entreabierta, apreciando toda la hermosura de Dulce-Amiga.

Y arrebatado por el deseo, dió tal grito y sacudió tan fuertemente á las dos esclavas, que llorando huyeron de entre sus manos, refugiándose en la habitación contigua, y desde allí se pusieron á mirar, pues Alí-Nur no se había tomado el trabajo de cerrar la puerta después de haber llegado junto á Dulce-Amiga. Y así vieron todo lo que ocurrió.

Y efectivamente, Alí-Nur avanzó hacia donde estaba Dulce-Amiga, que, aturdida, se había dejado caer en el diván, y le aguardaba desnuda, toda temblorosa y con los ojos muy abiertos. Y Alí-Nur, llevándose la mano al corazón, se inclinó ante Dulce-Amiga y le dijo: «¡Oh Dulce-Amiga! ¿Eres tú la que ha comprado mi padre en diez mil dinares de oro? ¿Te pesaron acaso en el otro platillo para contrastar bien tu verdadero valor? ¡Oh Dulce-Amiga! ¡Eres más hermosa que el oro fundido, tu cabellera más abundante que la de una leona del desierto y tus pechos más frescos y más suaves que el musgo de los arroyos!» Ella contestó: «Alí-Nur, ante mis ojos asombrados apareces más poderoso que el león del desierto; ante mi carne que te desea, más fuerte que el leopardo, y ante mis labios que palidecen, más rasgador que el duro acero. ¡Alí-Nur, mi sultán!»

Y ebrio Alí-Nur, se precipitó sobre Dulce-Amiga. Y las dos esclavas se asombraban al ver todo esto desde fuera. Pues aquello era para ellas muy extraño y no lo comprendían. Porque Alí-Nur, después de cambiar ruidosos besos con Dulce-Amiga, se apoderó de sus piernas y penetró en la casa de la misericordia. Y Dulce-Amiga le rodeó con sus brazos, y durante algún tiempo sólo hubo besos, contorsiones y elocuencia sin palabras.

Entonces las dos siervas quedaron sobrecogidas de terror. Y gritando, huyeron espantadas, yendo á refugiarse en el hammam, cuando precisamente salía del baño la madre de Alí-Nur, humedecida por el sudor que le corría por el cuerpo. Y les dijo á las esclavas: «¿Qué os pasa para chillar y correr de este modo, hijas mías?» Y ellas clamaban: «¡Oh señora, oh señora!» Y ella insistió: «¿Pero qué ocurre, desdichadas?» Y ellas, llorando, dijeron: «¡Oh señora, he aquí que nuestro joven amo Alí-Nur ha empezado á darnos golpes y nos ha echado! Y luego le vimos entrar en la habitación de nuestra ama Dulce-Amiga, y él gustó su lengua y ella también. Y no sabemos qué le haría después, porque ella suspiraba mucho, y él también suspiraba encima de ella. ¡Y estamos aterradas por todo eso!»

Entonces, la esposa del visir, aunque iba calzada con los altos zuecos de madera que se usan para el baño, echó á correr á pesar de su avanzada edad, seguida por todas sus doncellas, y llegó á la habitación de Dulce-Amiga, precisamente cuando Alí-Nur, habiendo oído los gritos de las esclavas, había huido más que de prisa, una vez terminada la cosa.

Y la mujer del visir, pálida de emoción, se acercó á Dulce-Amiga y le dijo: «¿Qué es lo que ha ocurrido?» Y Dulce-Amiga repitió las palabras que Alí-Nur le había enseñado: «¡Oh mi señora! Mientras estaba descansando del baño, echada en el diván, entró un joven á quien nunca había visto. Y era muy hermoso, ¡oh señora! y hasta se te parecía en los ojos y en las cejas. Y me dijo: «¿Eres tú, Dulce-Amiga, la que ha comprado mi padre en diez mil dinares?» Y yo le contesté: «Sí; soy Dulce-Amiga, comprada por el visir en diez mil dinares, pero estoy destinada al sultán Mohammad ben-Soleimán El-Zeiní.» Y el joven, riéndose, replicó: «¡No lo creas, oh Dulce-Amiga! Acaso haya tenido mi padre esa intención, pero ha cambiado de parecer y te ha destinado toda para mí.» Entonces, ¡oh mi señora! á fuer de esclava sumisa desde mi nacimiento, hube de obedecer. Además, creo haber hecho bien, pues prefiero ser esclava de tu hijo Alí-Nur, ¡oh mi señora! que convertirme en esposa del mismo califa que reina en Bagdad.» La madre de Alí-Nur contestó: «¡Ah, hija mía, qué desdicha para todos nosotros! Mi hijo Alí-Nur es un gran malvado, y te engañó. Pero dime, hija mía, ¿qué ha hecho contigo?» Dulce-Amiga respondió: «Me rendí á su voluntad, y él se apoderó de mí y nos enlazamos.» Y la mujer del visir dijo: «¿Pero te ha poseído por completo?» Y replicó Dulce-Amiga: «Ciertamente, y hasta tres veces, ¡oh madre mía!» Al oir esto la madre de Alí-Nur, dijo: «¡Oh hija mía! ¡Cómo te han destrozado!» Y empezó á llorar y á abofetearse, y todas sus esclavas lloraban lo mismo, y clamaban: «¡Qué calamidad, qué calamidad!» Porque en el fondo lo que aterraba á la madre de Alí-Nur y á las doncellas de la madre de Alí-Nur era el temor que les inspiraba el padre de Alí-Nur. En efecto, el visir, aunque bueno y generoso, no podía tolerar aquella usurpación, sobre todo tratándose de cosa del rey, pudiendo ponerse en tela de juicio el honor y el comportamiento del visir. Y en el arrebato de su ira era capaz de matar á su hijo Alí-Nur, al cual lloraban todas aquellas mujeres, considerándole perdido para su amor y su afecto.

Y entonces entró el visir Fadleddín y vió á todas las mujeres llorando, llenas de desolación. Y preguntó: «¿Pero qué os ocurre, hijas mías?» Y la madre de Alí-Nur se secó los ojos y dijo: «¡Oh esposo mío! Empieza por jurarme por la vida de nuestro Profeta (¡sean con él la plegaria y la paz de Alah!) que has de conformarte de todo punto con lo que te diga, si no, moriré antes que hablar.» Juró el visir, y su mujer le contó el supuesto engaño de Alí-Nur y la irremediable pérdida de la virginidad de Dulce-Amiga.

Alí-Nur había hecho pasar muy malos ratos á sus padres, pero Fadleddín, al enterarse de su reciente fechoría, quedó aterrado, se desgarró las vestiduras, se dió de puñetazos en la cara, se mordió las manos, se mesó las barbas y tiró por los aires el turbante. Entonces su esposa trató de consolarle, y le dijo: «No te aflijas de ese modo, pues los diez mil dinares te los restituiré por completo sacándolos de mi peculio y vendiendo parte de mis pedrerías.» Pero el visir Fadleddín exclamó: «¿Qué piensas, ¡oh mi señora!? ¿Se te figura que lamento la pérdida de ese dinero, que para nada necesito? Lo que me aflige es la mancha que ha caído en mi honor y la probable pérdida de la vida.» Y su esposa dijo: «En realidad, nada se ha perdido, pues el rey ignora hasta la existencia de Dulce-Amiga, y con mayor razón la pérdida de su virginidad. Con los diez mil dinares que te daré podrás comprar otra esclava, y nosotros nos quedaremos con Dulce-Amiga, que adora á nuestro hijo. Y es un verdadero tesoro el haberla encontrado, porque es de todo punto perfecta.» El visir replicó: «¡Oh madre de Alí-Nur! Te olvidas del enemigo que queda detrás de nosotros, del segundo visir, llamado El-Mohin ben-Sauí, que acabará por enterarse de todo alguna vez. Aquel día avanzará entre las manos del rey y le dirá…»

Al llegar á este momento de su narración, vió Schahrazada que iba á nacer el día, é interrumpió discretamente su relato.

(Tomo III.—Historias de Dulce-Amiga y de Ghanem ben-Ayub y de su hermana.)