Shari Lapena – Fragmento de La pareja de al lado

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1

Anne puede sentir el ácido revolviéndose en su estómago y trepando por su garganta; la cabeza le da vueltas. Ha bebido demasiado. Cynthia se ha pasado la noche rellenándole la copa. Anne no quería sobrepasar un límite, pero las cosas se le han ido de las manos; tampoco sabía de qué otra manera aguantar la velada. Ahora no tiene ni idea de cuánto vino ha bebido en el curso de esta interminable cena. Tendrá que extraerse leche por la mañana.

Anne languidece en el calor de la noche de verano y observa a su anfitriona con los ojos entornados. Cynthia está coqueteando abiertamente con su marido, Marco. ¿Por qué lo aguanta Anne? ¿Y por qué lo permite el marido de Cynthia, Graham? Está enfadada, pero se siente impotente; no sabe cómo ponerle fin sin parecer patética y ridícula. Todos se encuentran un poco borrachos. Así que lo ignora, ardiendo silenciosamente de ira, y da otro sorbo a su vino frío. No la educaron para montar escenas, y tampoco le gusta llamar la atención.

Sin embargo, Cynthia…

Los tres —Anne, Marco y el amable y blando esposo de Cynthia, Graham— la observan fascinados. Especialmente Marco parece incapaz de apartar los ojos de Cynthia. Cada vez que se inclina para rellenarle la copa se acerca un poco de más, y, como lleva una camiseta ceñida muy escotada, Marco le frota la nariz prácticamente contra los pechos.

Anne se dice a sí misma que Cynthia coquetea con todo el mundo. Es tan despampanante y atractiva que parece incapaz de evitarlo.

Sin embargo, cuanto más les mira, más se pregunta si de veras hay algo entre Marco y Cynthia. Nunca antes había sospechado. Tal vez sea el alcohol, que la está volviendo paranoica.

No, decide: si tuvieran algo que esconder, no se andarían con estas. Cynthia tontea más que Marco, halagado beneficiario de sus atenciones. De hecho, él mismo es casi demasiado atractivo, con su pelo oscuro despeinado, esos ojos de color de avellana y su encantadora sonrisa; siempre ha llamado la atención. Hacen una pareja imponente, Cynthia y Marco. Anne se dice que ya basta. Que por supuesto que Marco le es fiel. Sabe que está completamente entregado a su familia. La niña y ella lo son todo para él. Estará a su lado, pase lo que pase —le da otro trago al vino—, por muy mal que se pongan las cosas.

Sin embargo, el ver a Cynthia lanzarse sobre su marido le hace sentirse cada vez más nerviosa y ofendida. Hace seis meses que dio a luz, pero todavía tiene casi diez kilos de más por el embarazo. Creía que a estas alturas ya habría recuperado su figura, pero aparentemente se tarda al menos un año. Tendría que dejar de mirar las revistas en las cajas del supermercado y no compararse con esas madres famosas que a las pocas semanas están fantásticas gracias a su entrenador personal.

Pero ni en su mejor momento podría competir con el aspecto de Cynthia, su alta y escultural vecina, con sus largas piernas, su cintura estrecha y sus grandes pechos, su piel de porcelana y su melena de color azabache. Además, siempre va vestida para matar, con tacones altos y ropa sexy, incluso para una cena en casa con otra pareja.

Anne no puede concentrarse en la conversación que la rodea. Se abstrae y se queda mirando la chimenea tallada de mármol, igual que la que tienen en su comedor, al otro lado de la pared que comparten con Cynthia y Graham. Viven en casas adosadas de ladrillo, típicas de esta localidad al norte del estado de Nueva York, sólidamente construida a finales del siglo XIX. Todas las casas de la calle son parecidas —de estilo italiano, restauradas, caras—, pero la de Anne y Marco está al final de la hilera, y cada una tiene ligeras diferencias en decoración y gusto; cada una es una pequeña obra de arte.

Anne coge torpemente su teléfono de encima de la mesa y mira la hora. Es casi la una. Pasó a ver a la niña a las doce, y Marco volvió a ir a las doce y media. Luego salió a fumarse un cigarro al patio con Cynthia, dejando a Anne y a Graham sentados a la mesa algo incómodos, con una conversación forzada. Tendría que haber salido al jardín trasero con ellos; puede que allí corriera un poco de aire. Pero no lo hizo, porque Graham no quería verse envuelto en humo, y habría sido grosero, o al menos desconsiderado, dejarle solo en su propia cena. Así que por educación se quedó con él. Graham —típico anglosajón blanco y protestante, como ella— es impecablemente educado. Por qué se casó con una zorra como Cynthia constituye un misterio. Cynthia y Marco volvieron del patio hace unos minutos, y Anne se muere por marcharse, aunque todo el mundo se lo esté pasando bien.

Mira el monitor para bebés al borde de la mesa, con su lucecita roja brillando como el extremo de un cigarro. La pantalla está rota —se le cayó hace unos días y Marco aún no la ha cambiado—, pero el audio sigue funcionando. De pronto le entran dudas, y se da cuenta de lo desacertado de la situación. ¿Quién se va a una cena con los vecinos dejando a su bebé solo en casa? ¿Qué clase de madre hace algo así? Vuelve a sentir la agonía de siempre inundándola: no es una buena madre.

¿Qué más da si la canguro les falló? Deberían haberse traído a Cora en su parquecito móvil. Pero Cynthia había dicho que nada de niños. Tenía que ser una velada de adultos para celebrar el cumpleaños de Graham. Y esa es otra razón por la que a Anne ya no le cae bien Cynthia, aunque en su día fueran buenas amigas: no aguanta a los bebés. ¿Qué clase de persona dice que un crío de seis meses no es bienvenido a una cena? ¿Cómo ha dejado Anne que Marco la convenza de que no pasa nada? Es una falta de responsabilidad. Se pregunta lo que dirían las otras mujeres de su grupo de mamás si lo supieran. Dejamos a nuestra niña de seis meses sola en casa y fuimos a una cena en la casa de al lado. Imagina el incómodo silencio y cómo se quedarían boquiabiertas. Pero nunca se lo contará. Le harían el vacío para siempre.

Marco y ella discutieron por eso antes de la fiesta. Cuando la canguro llamó para cancelar, Anne se ofreció a quedarse en casa con la niña. De todos modos, no le apetecía ir a la cena. Pero Marco dijo que ni hablar.

—No puedes quedarte en casa sin más —insistió él, cuando lo hablaron en la cocina.

—No me importaría nada —contestó ella, bajando la voz. No quería que Cynthia les oyera discutir sobre su cena a través de la pared común.

—Te vendrá bien salir —replicó Marco, bajando la voz también. Y luego añadió—: Ya sabes lo que dijo la doctora.

Anne se ha pasado toda la velada intentando decidir si aquel comentario era malintencionado, era interesado, o si él simplemente quería ayudarla. Al final, acabó cediendo. Marco la convenció de que con el monitor encendido en la casa de al lado podrían oír al bebé si en algún momento se movía o se despertaba. Irían a controlar cada media hora. Nada malo podía ocurrir.

Es la una. ¿Debería pasar a ver a la niña ahora, o intentar convencer a Marco de retirarse ya? Anne quiere irse a casa, a la cama. Quiere que la noche termine.

Tira del brazo de su marido.

—Marco —dice con tono apremiante—, deberíamos irnos. Es la una.

—Ay, no os vayáis todavía —pide Cynthia—. ¡No es tan tarde! —Está claro que no quiere que se acabe la fiesta. No quiere que Marco se marche. Aunque no le importaría nada que se fuera su mujer. Anne está bastante segura de ello.

—Tal vez no para ti —replica Anne, y consigue sonar un poco dura, a pesar de estar borracha—, pero yo me tengo que levantar temprano para dar de comer a la niña.

—Pobrecita —contesta Cynthia, y por alguna razón eso enfurece a Anne. Cynthia no tiene hijos, ni los ha querido nunca. Ella y Graham no tienen familia por elección.

No resulta fácil que Marco deje la cena. Parece empeñado en quedarse. Se lo está pasando demasiado bien, pero Anne se muestra cada vez más nerviosa.

—Solo una más —le dice Marco a Cynthia, levantando su copa y evitando la mirada de su mujer.

Se encuentra de un humor extrañamente animado esta noche, parece casi forzado. Anne se pregunta por qué. Últimamente está bastante callado en casa. Distraído, hasta malhumorado. Sin embargo, esta noche es el alma de la fiesta. Hace tiempo que Anne nota que algo no va bien, ojalá Marco le dijera de qué se trata. Pero lleva una temporada sin decirle demasiado de nada. La mantiene a distancia. O tal vez permanezca alejado por la depresión de Anne, su «depre posparto». Le ha decepcionado. ¿A quién no? Y esta noche es evidente que prefiere a la preciosa, burbujeante y deslumbrante Cynthia.

Anne vuelve a mirar la hora y lo que le quedaba de paciencia se esfuma.

—Me voy a ir. Tendría que haber pasado a ver a la niña a la una. —Mira a Marco—. Quédate todo lo que quieras —añade, con la voz tensa. Marco la mira duramente, con los ojos brillantes. De pronto, a Anne no le parece que esté borracho en absoluto, pero ella sí que está mareada. ¿Van a pelearse por esto? ¿Delante de los vecinos? ¿En serio? Anne empieza a mirar a su alrededor en busca de su bolso, recoge el vigilabebés, se da cuenta de que sigue enchufado a la pared, se agacha a desenchufarlo, consciente de que todos en la mesa están mirando silenciosamente su culo gordo. Pues que miren. Siente cómo se unen en su contra y la ven como una aguafiestas. Las lágrimas empiezan a quemarle, y ella intenta contenerlas. No quiere romper a llorar delante de todos. Cynthia y Graham no saben lo de su depresión posparto. No lo entenderían. Anne y Marco no se lo han contado a nadie, salvo a la madre de Anne. Últimamente le ha confiado bastantes cosas. Sabe que ella no se lo contará a nadie, ni siquiera a su padre. Anne no quiere que nadie más lo sepa, y sospecha que Marco tampoco, aunque no lo haya dicho. Pero fingir constantemente es agotador.

Cuando aún está de espaldas a ellos, nota un cambio de actitud en el tono de voz de Marco.

—Tienes razón. Es tarde, deberíamos irnos —comenta. Le oye dejar su copa de vino sobre la mesa detrás de ella.

Anne se da la vuelta, apartándose un mechón de los ojos con el dorso de la mano. Tiene que cortarse el pelo ya. Esboza una sonrisa forzada, y dice:

—La próxima vez, nos toca hacer de anfitriones. —Y añade para sí: «Podéis venir a nuestra casa, donde vivimos con nuestra hija, y espero que se pase la noche llorando y os fastidie la velada. Me aseguraré de invitaros cuando empiece a echar los dientes».

Dicho eso, se ponen en marcha rápidamente. No tienen que andar recogiendo cosas del bebé, solo ellos dos, el bolso de Anne y el monitor. Cynthia parece molesta por su repentina marcha; Graham sigue en modo neutral. Salen por la pesada puerta de entrada y bajan los escalones. Anne se agarra a la elaborada barandilla tallada intentando mantener el equilibrio. Son solo unos cuantos pasos por la acera hasta los escalones de su casa, que tiene una barandilla parecida y una puerta igual de imponente. Anne va un poco por delante de Marco, sin decir palabra. Puede que no le hable en lo que queda de noche. Sube decidida los escalones y se para en seco.

—¿Qué? —pregunta Marco, acercándose por detrás, con la voz tensa.

Anne mira fijamente la puerta de entrada. Está entreabierta, unos ocho centímetros.

—¡Estoy segura de que la cerré! —dice Anne, medio chillando.

—Puede que se te olvidara. Has bebido mucho —observa Marco lacónicamente.

Pero Anne no le oye. Está ya dentro, corriendo escaleras arriba y por el rellano hacia el cuarto del bebé. Marco la sigue de cerca.

Cuando llega a la habitación y ve la cuna vacía, grita.

2

Anne siente su grito dentro de la cabeza y rebotando contra las paredes; su grito está en todas partes. Se queda muda delante de la cuna vacía, tiesa, con la mano sobre la boca. Marco enciende torpemente el interruptor de la luz. Los dos contemplan la cuna donde debería encontrarse su bebé. Es imposible que no esté allí. Imposible que Cora haya salido de la cuna sola. Apenas tiene seis meses.

—Llama a la policía —susurra Anne, y entonces empieza a vomitar, el vómito se le escapa en una cascada entre los dedos y sobre el suelo de madera mientras se dobla hacia delante. La habitación de la niña, pintada de amarillo mantequilla claro, con vinilos de corderitos brincando en las paredes, de pronto se inunda de olor a bilis y a pánico.

Marco no se mueve. Anne le mira. Está paralizado, en shock, contemplando la cuna vacía, como si no pudiera creerlo. Anne ve el miedo y la culpa en sus ojos y empieza a gemir, un sonido ansioso y horrible, como un animal dolorido.

Marco sigue inmóvil. Anne sale corriendo al rellano y entra en su dormitorio, coge el teléfono de la mesilla y llama al 911, con las manos temblando y manchando todo el teléfono de vómito. Por fin, Marco reacciona. Anne oye cómo recorre rápidamente el segundo piso de la casa mientras ella mira hacia la cuna vacía al otro lado del rellano. Marco busca en el cuarto de baño, luego pasa deprisa por su lado para ir al otro dormitorio, y después a la última habitación al fondo del rellano, la que han convertido en despacho. Pero, mientras lo hace, Anne se pregunta de un modo casi ausente por qué mira allí. Es como si parte de su mente se hubiera desprendido y pensara de manera lógica. Su hija no puede moverse sola. No está en el cuarto de baño, ni en el segundo dormitorio, ni en el despacho.

Alguien se la ha llevado.

Cuando el operador del teléfono de emergencias contesta, Anne grita:

—¡Alguien se ha llevado a nuestra hija! —Apenas es capaz de tranquilizarse lo bastante como para responder a sus preguntas.

—Entiendo, señora. Trate de calmarse. La policía está en camino —le asegura el operador.

Anne cuelga el teléfono. Le tiembla todo el cuerpo. Cree que va a vomitar otra vez. Y piensa en la impresión que dará. Dejaron a la niña sola en casa. ¿Es ilegal? Tiene que serlo. ¿Cómo lo va a explicar?

Marco aparece en la puerta del dormitorio, pálido y con aspecto enfermizo.

—¡Ha sido por tu culpa! —grita Anne, con los ojos desorbitados, y pasa junto a él dándole un empujón. Corre al cuarto de baño y vuelve a vomitar, esta vez en el lavabo con pedestal, luego se lava los restos de vómito de las manos y se enjuaga la boca. Se mira en el espejo. Marco está justo detrás de ella. Sus ojos se encuentran en el espejo.

—Lo siento —susurra él—. Lo siento mucho. Es culpa mía.

Y Anne ve que lo siente de veras. Pero, aun así, ella levanta la mano y golpea su cara en el reflejo. El espejo se rompe, y Anne se derrumba, sollozando. Marco intenta abrazarla, pero ella le aparta y corre al piso de abajo. Le sangra la mano y va dejando un rastro de sangre por la barandilla.

Un aire de irrealidad impregna todo lo que sucede después. El acogedor hogar de Anne y Marco se convierte inmediatamente en la escena de un crimen.

Anne está sentada en el sofá del salón. Alguien le ha cubierto los hombros con una manta, pero sigue temblando. Está en shock. Hay coches de policía aparcados en la calle delante de la casa, con las luces rojas destellando, latiendo a través de la ventana y dibujando círculos sobre las paredes de color pálido. Anne permanece inmóvil en el sofá mirando hacia delante como hipnotizada por ellas.

Con la voz quebrada, Marco ha dado una rápida descripción de la niña a la policía: seis meses, rubia, ojos azules, unos siete kilos, llevaba un pañal y un pijama liso de color rosa claro. De la cuna también falta una mantita fina de verano, completamente blanca.

La casa está plagada de agentes de uniforme. Se dividen y empiezan a registrar la vivienda de forma sistemática. Algunos llevan guantes de látex y equipo para recoger pruebas. La primera batida rápida y frenética de Anne y Marco antes de que llegara la policía no había dado ningún fruto. El equipo de la unidad científica se mueve despacio. Es evidente que no buscan a Cora: buscan pruebas. La niña ya ha desaparecido.

Marco se sienta en el sofá al lado de Anne y la rodea con el brazo, acercándola contra sí. Ella quiere apartarse, pero no lo hace. Deja que el brazo de Marco se quede donde está. ¿Qué parecería si se apartara? Puede sentir en él el olor a alcohol.

Ahora Anne se culpa a sí misma. Ha sido por su culpa. Quiere culpar a Marco, pero ella accedió a dejar a la niña sola. Debería haberse quedado en casa. No, debería haberse llevado a Cora a la cena, y al demonio con Cynthia. Duda que les hubiese echado, dejando a Graham sin fiesta. Pero se está dando cuenta demasiado tarde.

Les juzgarán, la policía y todos los demás. Y se lo merecen, por dejar a su hija sola. Ella también lo pensaría si le hubiese ocurrido a otra persona. Sabe lo mucho que juzgan las madres, lo bien que sienta juzgar a los otros. Piensa en su grupo de mamás, reuniéndose con sus bebés una vez a la semana en una de sus casas para tomar café y cotillear, y en lo que dirán de ella.

Ha llegado alguien más, un hombre de aspecto sereno que viste un traje oscuro y bien cortado. Los agentes de uniforme le tratan con respeto. Anne levanta la vista, y, cuando la detiene ante sus penetrantes ojos azules, se pregunta quién será.

Se acerca, toma asiento en uno de los sillones que hay enfrente de Anne y Marco, y se presenta como el inspector Rasbach. Se inclina hacia delante.

—Cuéntenme qué ha ocurrido.

Anne olvida de inmediato el apellido del inspector, o, más bien, ni siquiera lo registra. Solo capta lo de «inspector». Le mira, animada por la inteligencia sincera que hay tras sus ojos. Él les va a ayudar. Les ayudará a recuperar a Cora. Intenta pensar. Pero no puede. Está frenética y atontada al mismo tiempo. Simplemente observa los despiertos ojos del inspector y deja hablar a Marco.

—Nos encontrábamos en la casa de al lado —empieza Marco, claramente agitado—. En casa de los vecinos. —Y se detiene.

—¿Sí? —le anima el inspector.

Marco duda.

—¿Dónde estaba la niña? —pregunta el inspector.

Marco no contesta. No quiere decirlo.

Anne, recobrando la compostura, responde por él, mientras las lágrimas caen por sus mejillas.

—La dejamos aquí, en su cuna, con el vigilabebés encendido. —Observa al inspector buscando su reacción, ¡Qué padres tan horribles!, pero él no revela nada—. Teníamos el monitor allí, y pasábamos constantemente a verla. Cada media hora. —Entonces mira a Marco—. Nunca creímos… —Pero no puede acabar la frase. Se lleva la mano a la boca, apretando los dedos contra los labios.

—¿Cuándo pasaron a verla por última vez? —pregunta el inspector, sacando un pequeño cuaderno del bolsillo interior de la chaqueta del traje.

—Yo fui a verla a medianoche —contesta Anne—. Recuerdo la hora. Veníamos cada media hora, y me tocaba a mí. Estaba bien. Dormida.

—Yo volví a pasar a las doce y media —dice Marco.

—¿Está completamente seguro de la hora? —inquiere el inspector. Marco asiente, con los ojos clavados en sus pies—. ¿Y esa fue la última vez que alguien fue a verla antes de que volvieran a casa?

—Sí —contesta Marco, levantando la vista hacia el inspector y pasándose la mano temblorosa por su pelo oscuro—. Me acerqué a verla a las doce y media. Me tocaba a mí. Nos ceñíamos a un horario.

Anne asiente.

—¿Cuánto ha bebido esta noche? —pregunta el inspector a Marco.

Marco se sonroja.

—Estábamos cenando en la casa de al lado. Me tomé unas cuantas —admite.

El inspector se vuelve a mirar a Anne.

—¿Ha bebido usted algo esta noche, señora Conti?

La cara le arde. Las madres lactantes no deberían beber. Querría mentir.

—Bebí un poco de vino, con la cena. No sé cuánto exactamente —dice—. Era una cena. —Se pregunta si parece borracha y qué debe de pensar el inspector de ella. Da la sensación de que puede leerle el pensamiento. Recuerda el vómito en el piso de arriba, en la habitación de la niña. ¿Notará en ella el olor a alcohol del mismo modo que ella lo percibe en Marco? Recuerda el espejo roto en el baño de arriba, su mano ensangrentada, ahora envuelta en un trapo limpio. Se avergüenza de la imagen que están dando al inspector: unos padres borrachos que abandonan a su hija de seis meses. Se pregunta si les acusarán de algo.

—¿Qué relevancia puede tener eso? —dice Marco al inspector.

—Puede influir en la fiabilidad de sus comentarios —responde el inspector con serenidad. No juzga. Parece que solo busca los hechos—. ¿A qué hora dejaron la cena?

—Era casi la una y media —contesta Anne—. Lo recuerdo porque no paraba de mirar la hora en el móvil. Quería irme. Yo…, debería haber pasado a la una, era mi turno, pero pensé que estábamos a punto de irnos, y trataba de que Marco se diera prisa. —Siente una culpa agónica. Si hubiera pasado a ver a su hija a la una en punto, ¿habría desaparecido? Pero, en fin, esto se habría podido evitar de tantas maneras…

—Llamaron al 911 a la una y veintisiete —señala el inspector.

—La puerta de entrada estaba abierta —dice Anne, recordando.

—¿La puerta de entrada estaba abierta? —repite el inspector.

—Estaba abierta, unos ocho o diez centímetros. Tengo la certeza de que, cuando pasé a verla a medianoche, la cerré —dice Anne.

—¿Completamente segura?

Anne se lo piensa. ¿Estaba segura? Cuando vio la puerta abierta, estaba totalmente convencida de que la había cerrado. Pero, ahora, con lo que ha ocurrido, ¿cómo puede estar segura de nada? Se vuelve hacia su marido.

—¿Estás seguro de que no dejaste la puerta abierta?

—Seguro —responde Marco secamente—. No utilicé la puerta de entrada. Yo pasaba a verla por la de atrás, ¿recuerdas?

—Usted accedió por la puerta de atrás —repite el inspector.

—Puede que no la cerrara siempre —admite Marco, y se cubre la cara con las manos.

El inspector Rasbach observa detenidamente a la pareja. Bebé desaparecida. Se la llevaron de su cuna —basándose en el testimonio de los padres, Marco y Anne Conti— entre las 00:30 y la 1:27, aproximadamente, una persona o personas desconocidas, mientras los padres estaban en una cena en la casa de lado. La puerta de entrada se encontraba parcialmente abierta. Es posible que el padre dejara la puerta trasera sin cerrar. De hecho, al llegar la policía, la hallaron cerrada, pero sin la llave echada. Es indudable la aflicción de la madre. Y también la del padre, que parece profundamente consternado. Pero hay algo raro en toda la situación. Rasbach se pregunta qué sucede en realidad.

El inspector Jennings le llama haciendo un discreto gesto con la mano.

—Disculpen —dice Rasbach, dejando un momento a los desolados padres—. ¿Qué pasa? —le pregunta en voz baja.

Jennings le muestra un pequeño frasco de pastillas.

—Las he encontrado en el armario del baño —contesta.

Rasbach coge el recipiente de plástico transparente de la mano de Jennings y observa la etiqueta: ANNE CONTI, SERTRALINA, 20 MG. Rasbach conoce la sertralina: es un potente antidepresivo.

—El espejo del baño de arriba está roto —añade Jennings.

Rasbach asiente. Aún no ha subido.

—¿Alguna cosa más?

Jennings niega con la cabeza.

—Por ahora no. La casa está limpia. Aparentemente no se han llevado nada más. La unidad científica nos dirá más en unas horas.

—Vale —admite Rasbach, devolviendo el frasco de pastillas a Jennings.

Vuelve con la pareja sentada en el sofá y sigue con sus preguntas. Mira al marido.

—Marco, ¿puedo llamarle Marco? ¿Qué hizo después de pasar a ver a la niña a las doce y media?

—Volví a la cena en la casa de al lado —dice Marco—. Me fumé un cigarrillo en su jardín trasero.

—¿Fumó usted solo?

—No, Cynthia salió conmigo. —Marco se sonroja, y Rasbach lo nota—. Es la vecina que nos invitó a cenar.

Rasbach devuelve su atención a la esposa. Es una mujer atractiva, con rasgos finos y pelo castaño y brillante, aunque ahora mismo parece demacrada.

—¿Usted no fuma, señora Conti?

—No, yo no. Pero Cynthia sí —contesta Anne—. Yo estaba a la mesa con Graham, su marido. Odia el humo de los cigarrillos, y era su cumpleaños, y pensé que sería grosero dejarle solo dentro. —Entonces, inexplicablemente, añade—: Cynthia había estado toda la noche coqueteando con Marco y me sabía mal por Graham.

—Entiendo —dice Rasbach. Observa al marido, que está totalmente abatido. También parece nervioso y lleno de culpa. Se vuelve a dirigir a él—. Entonces, estaba usted en el jardín trasero poco después de las doce y media. ¿Tiene idea de cuánto tiempo permaneció allí?

Marco sacude la cabeza con impotencia.

—No sé, ¿tal vez quince minutos, más o menos?

—¿Vio u oyó algo?

—¿Qué quiere decir? —El marido parece inmerso en una especie de shock. Arrastra un poco las palabras. Rasbach se pregunta cuánto alcohol ha bebido.

Rasbach le aclara la pregunta.

—Aparentemente alguien se llevó a su hija en algún momento entre las doce y media y la una y veintisiete. Usted estuvo unos minutos en el jardín trasero, poco después de las doce y media. —Contempla al marido, esperando a que lo entienda—. Me parece poco probable que alguien se llevara un bebé por el jardín delantero de su casa en plena noche.

—Pero la puerta de entrada permanecía abierta —señala Anne.

—Yo no vi nada —dice Marco.

—Hay un callejón detrás de las casas a este lado de la calle —observa el inspector Rasbach. Marco asiente—. ¿Vio si había alguien en el callejón a esa hora? ¿Oyó algo, algún coche?

—No… Creo que no —responde Marco—. Lo siento, no vi ni oí nada. —Se vuelve a cubrir la cara con las manos—. No estaba prestando atención.

El inspector Rasbach ya había examinado rápidamente la zona antes de entrar a hablar con los padres. Cree poco probable —pero no imposible— que un desconocido se llevara a un bebé dormido por la puerta de entrada de una casa en una calle como esta, corriendo el riesgo de que le vieran. Las casas son adosadas y están cerca de la acera. La calle se encuentra bien iluminada, y hay bastante tráfico de coches y peatones, incluso de madrugada. De modo que es extraño —¿quizá le estén engañando a propósito?— que la puerta de entrada estuviera abierta. El equipo de la científica está sacando huellas ahora mismo, pero por alguna razón Rasbach duda que encuentren nada.

La parte de atrás tiene más posibilidades. La mayoría de las casas, incluida la de los Conti, cuenta con un garaje independiente de una plaza que da al callejón. Los patios traseros son estrechos y alargados, separados por una valla, y la mayoría, incluido el de los Conti, tiene árboles, arbustos y césped. Hace una noche oscura, sin luna. Quienquiera que se llevase a la niña, si salió por la puerta trasera de los Conti, solo habría tenido que atravesar el jardín hasta llegar al garaje, y de allí habría accedido al callejón. Las probabilidades de ser descubierto saliendo con un bebé raptado por la puerta de atrás hasta subir a un coche que espera son mucho menores que abandonando la casa por la puerta de entrada.

La casa, el patio trasero y el garaje están siendo minuciosamente registrados por el equipo de Rasbach. Por ahora, no han encontrado ningún rastro de la niña desaparecida. El garaje de los Conti permanece vacío, con la puerta que da al callejón abierta de par en par. Es posible que, si hubiera habido alguien en el jardín trasero de la casa de al lado, no habría oído nada. Pero no probable. Lo cual reduce la franja del secuestro al lapso entre las 00:45 y la 1:27, aproximadamente.

—¿Saben que su detector de movimiento no funciona? —pregunta Rasbach.

—¿Cómo? —dice el marido, sorprendido.

—Tienen un detector de movimiento en la puerta trasera, una luz que debería encenderse cuando alguien se acerca. ¿Saben que no funciona?

—No —susurra la mujer.

El marido niega con la cabeza vigorosamente.

—No, yo… Funcionaba cuando fui a ver a la niña. ¿Qué le pasa?

—La bombilla está suelta. —El inspector Rasbach observa detenidamente a los padres. Hace una pausa—. Me lleva a pensar que sacaron a la niña por la puerta de atrás, hasta el garaje, y que se marcharon por el callejón, probablemente en un vehículo. —Rasbach espera, pero ni el marido ni la mujer dicen nada. Nota que ella tiembla.

—¿Dónde está su coche? —pregunta Rasbach, inclinándose hacia delante.

—¿Nuestro coche? —repite Anne.

3

Rasbach espera su respuesta.

Ella contesta primero.

—Está en la calle.

—¿Aparcan en la calle teniendo un garaje atrás? —pregunta Rasbach.

—Lo hace todo el mundo —responde Anne—. Es más fácil que ir por el callejón, especialmente en invierno. La mayoría se saca un permiso de aparcamiento y deja el coche fuera.

—Entiendo —dice Rasbach.

—¿Por qué? —pregunta la esposa—. ¿Qué importa eso?

Rasbach se explica.

—Probablemente le facilitó las cosas al secuestrador. Con el garaje vacío, y la puerta abierta, debió de ser relativamente fácil introducir un coche marcha atrás y meter a la niña en él estando aún dentro del garaje, fuera de la vista. Evidentemente habría sido más difícil, y desde luego más arriesgado, si ya hubiera un coche en el garaje. El secuestrador habría corrido el riesgo de que le vieran con la niña en el callejón.

Rasbach nota que el marido se ha puesto un poco más pálido, si cabe. Su palidez es bastante llamativa.

—Esperamos encontrar huellas de zapato o de neumáticos en el garaje —añade Rasbach.

—Hace que suene como si hubiera sido planeado —dice la madre.

—¿Cree que no lo fue? —le pregunta Rasbach.

—No… No sé. Supongo que creía que se han llevado a Cora porque la dejamos sola en casa, que ha sido un crimen al azar. Como si alguien se la hubiera llevado en el parque, mientras yo no miraba.

Rasbach asiente, como si intentara comprender su punto de vista.

—Entiendo lo que quiere decir. Por ejemplo, una madre deja a su hijo jugando en el parque mientras compra un helado en un puesto ambulante. Y se llevan al niño cuando ella está de espaldas. Esas cosas pasan. —Hace una pausa—. Pero se dará usted cuenta de que en este caso hay una diferencia.

Ella le observa con la mirada perdida. Rasbach tiene que recordarse a sí mismo que la mujer probablemente está en shock. Mientras que él ve este tipo de cosas constantemente, es su trabajo. Es analítico, en absoluto sentimental. Tiene que serlo, si quiere ser eficaz. Encontrará a la niña, viva o muerta, y dará con quien se la haya llevado.

Le dice a la madre, con un gesto impasible:

—La diferencia es que, quienquiera que haya raptado a su hija, probablemente sabía que estaba sola en la casa.

Los padres se miran entre sí.

—Pero nadie lo sabía… —susurra la madre.

—Por supuesto también es posible que lo hubieran hecho aunque ustedes hubiesen estado profundamente dormidos en su cuarto —añade Rasbach—. No podemos estar seguros.

Los padres querrían creer que, después de todo, no fue su culpa, por dejar a su hija sola. Que esto podría haber ocurrido de todos modos.

—¿Dejan siempre la puerta del garaje abierta de ese modo? —pregunta Rasbach.

—A veces.

—¿No la cierran por la noche para evitar robos?

—No guardamos nada de valor en el garaje —responde el marido—. Si el coche está dentro, solemos cerrar la puerta con llave, pero, si no, no guardamos gran cosa allí. Mis herramientas están en el sótano. Es un buen barrio, pero la gente entra a robar en los garajes constantemente, así que ¿qué sentido tiene cerrarlo con llave?

Rasbach asiente. Luego pregunta:

—¿Qué coche tienen?

—Un Audi —dice Marco—. ¿Por qué?

—Me gustaría echarle un vistazo. ¿Me dejarían las llaves? —pregunta Rasbach.

Marco y Anne se miran confundidos. Entonces Marco se levanta, va hasta una mesita cerca de la puerta de entrada y coge un juego de llaves de un cuenco. Se las da al inspector sin decir palabra y vuelve a sentarse.

—Gracias —dice Rasbach. Se inclina hacia delante y dice resueltamente—: Vamos a encontrar a la persona que ha hecho esto.

Ellos le miran a los ojos. La madre tiene la cara hinchada de tanto llorar, los ojos del padre están rojos y ojerosos por la angustia y el alcohol, tiene el rostro macilento.

Rasbach hace un gesto con la cabeza hacia Jennings, y salen juntos de la casa para examinar el coche. La pareja se queda senta …

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