Andrés Urrutia – La falsa María

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Tomás Zanek se levantó esa mañana confuso pero decidido. Se afeitó como siempre, se enfundó en su traje azul oscuro, y partió a su trabajo luego de besar a su esposa procurando no despertarla. Mientras desayunaba en un recoleto café de la Ciudad Vieja, con vista al semiderruido Teatro Solis, matando el tiempo antes de concurrir a su oficina, escribía y escribía en un grueso bloc de notas. Al costado del bloc descansan dos libros: uno con un marcador casi al final, lo que revela que su lectura está culminando; el otro, quizás la siguiente lectura del hombre que está escribiendo. El primer libro se trata de El hombre de la arena, de E.T.A. Hoffmann. Es un relato de fantaciencia escrito a principios del siglo XIX y que recrea la relación entre un hombre y una mujer artificial. El hombre es un estudiante muy joven de nombre Nataniel que se enamora perdidamente de una autómata, una mujer artificial de nombre Olimpia creada por su vecino, un profesor de nombre Spalanzani y por un óptico de nombre Coppola, que proveyó los ojos de la muñeca. El amor del joven es tan grande que hasta llega a rechazar a su novia real, de carne y hueso, llamada Clara. En un pasaje del cuento llega a despreciarla gritándole: «¡Lejos de mí, estúpida autómata!» Ya el protagonista no sabe quién es real y quién no, parecería que su mundo se ha dislocado. Olimpia es la mujer de carne y hueso y Clara la autómata. Ese pasaje nos revela que cada hombre tiene su realidad. Pero he aquí que los creadores de la muñeca tienen una disputa que termina con el desmembramiento de la mujer mecánica. El estudiante Nataniel, presa de su delirio, termina arrojándose desde lo alto de una torre.

El segundo libro es La Eva futura, una novela de Villiers de l’Isle-Adam. Cuenta también la historia de un androide femenino llamado Hadaly, y tiene en común varias cosas con el primer libro. En este, también un hombre real llamado Lord Ewald se enamora locamente de Hadaly, viendo en ella la mujer perfecta. En este, también la androide se encamina hacia su destrucción, y al final muere abrasada entre las llamas de la bodega de un barco cuyo destino es Inglaterra y que por cierto jamás llegará a su destino. Y finalmente, en este segundo libro también el enamorado termina en el suicidio.

La única explicación que pueden dársele a esas historias no es otra que la locura de Nataniel y de Lord Ewald. Son también libros que pocos conocen, libros que ya nadie lee y que debieron haber sido desempolvados del sótano de alguna librería antigua. Son libros en los que nadie repararía a menos que se interesara por una temática particular, por historias demasiado específicas y puntuales. Quizás uno solo de ellos no llamaría tanto la atención, pero juntos podrían constituir un enigma porque todos somos lo que leemos.

Salvo la quieta presencia de esos dos libros, exteriormente nada denunciaba su decisión, nada podía hacer prever que allí empezaría todo y sin embargo así fue. Nadie notó nada cuando llegó a su oficina, situada en un vetusto edificio de la ciudad vieja, de esos que por fuera parecen semiderruidos pero cuando se penetra en ellos todo cambia porque pareciera que encierran otra realidad, un mundo oculto, lo moderno tras lo antiguo. Mobiliario de cristal y acero, spots de aluminio, nada dentro que condiga con la fachada, nada fuera que pudiera revelar que detrás de esos vetustos muros se esconde una sofisticada oficina, armada como un panóptico, casi diríase que sacada de Nueva York y empotrada en el corazón mismo de Montevideo. Pero volvamos a Tomás Zanek. Decimos que nadie notó nada porque ello era perfectamente lógico. Y era lógico que nadie notara nada porque los verdaderos cambios comienzan a ocurrir de forma imperceptible, sin despertar sospecha, hasta que todo sucede.

Tomás Zaneck es un próspero corredor de bolsa de 31 años, casado con una hermosa mujer que es ejecutiva de cuentas en un banco y con un hijo de 8 años que asiste a uno de los mejores colegios ingleses de Montevideo. Viven en una lujosa casa de dos plantas en el residencial barrio de Carrasco, rodeados de amplios jardines y casas similares. Parece el caso típico de una vida exitosa y clásica. Pero en cada episodio de una vida están en germen pequeños y antiguos destellos que son verdaderas señales futuras.

De niño le gustaban aquellas películas en las que el protagonista perdía la memoria y nunca supo bien por qué. Ya de joven se sentía atraído por los personajes que rompían con su vida y empezaban nuevamente. Era como volver a nacer, como vestirse con una piel y un nombre nuevos. Recordaba especialmente esos thrillers donde el actor cometía un crimen y todo terminaba empezando una nueva vida en un país exótico. El espía que pasa su retiro bajo identidad falsa pescando plácidamente en un lago de Suiza, o el pistolero que se afinca en un rancho, comienza a cultivar la tierra y cuida de su mujer y sus hijos. Y no era que añorara la calidez de una vida apacible, muy por el contrario, el mismo efecto le provocaban las historias inversas. El pobre empleado que sin quererlo se convierte en espía y toda su vida da un vuelco vertiginoso; el vendedor de seguros que se ve envuelto en un crimen, supera la persecución y todo nuevamente termina empezando de vuelta, en un lugar lejano tomando una nueva oportunidad.

En aquellos tiempos no sabía muy bien la razón del extraño encanto que esas historias provocaban en él. Era como sentir que lo tocaban en lo más hondo de su ser, pero nunca hallaba una respuesta satisfactoria. Ahora en cambio, le parece todo más claro, y piensa en la fascinación de los barcos que se alejan, la posibilidad de anclar en una isla desconocida, ajena a todos los mapas y echar a pique la nave.

De pronto el teléfono lo interrumpe. Alguien para ordenar la venta de unas acciones esa misma tarde si la tendencia sigue a la baja. La conversación, como todas, dura unos pocos minutos, mientras con una mano sostiene el tubo y con la otra ingresa datos en la computadora. La pantalla se llena de números, de cotizaciones e indicadores. Todo dura entre dos o tres minutos y nuevamente aparece la imagen de un cirujano plástico que cambia completamente el rostro de un hombre. Este hombre había asesinado al esposo de su amante para convertirse en él. El cirujano aprovecha un leve parecido para rehacer las facciones y entonces ya no hay más amante ni marido engañado. Este hombre empieza a vivir la vida del otro, en la casa del otro, con los hijos del otro. Y lo más notable es que a todo este plan es ajena su amante. Con ello el hombre logra su doble propósito, desaparecer él y vivir con ella, quien también es víctima del engaño. El argumento es burdo, casi infantil, pero cree haberlo visto en algún film menor durante su adolescencia, aunque tampoco no está seguro de haberlo inventado.

El teléfono lo vuelve a interrumpir tres o cuatro veces más, casi todas seguidas. Nada impide que cumpla ejecutivamente con mandatos de compra o de venta, con órdenes de transferencias y consultas sobre negocios libres de impuestos.

Como dijimos, ahora todo estaba claro para él. O por lo menos había encontrado una salida. No importaba que no pudiera recordar muy bien cómo había empezado, como es que se había dejado seducir poco a poco por ese juego. Tomás Zanek desde hacía más de un mes era también Wanda Soch. Y lo era porque podía serlo inofensivamente. Bastó abrir una casilla de correo electrónico y ahí nació Wanda Soch. Bastó hacer contacto con otras personas en la red, intercambiar direcciones, comenzar a escribirse, y ahí Wanda Soch existió para otros, hizo amistades de ambos sexos y hasta tuvo una historia. Era morocha, delgada, medía un metro setenta, lucía el cabello cortado al ras, tenía 34 años de edad y era soltera. No menos importante, sus ojos eran de color marrón y sus aficiones principales la lectura y el arte. Compartía con Tomás Zanek la profesión de economista y la ciudad de residencia, sólo que en otro barrio y en lugar de ocupar una lujosa casa en un barrio enjardinado, habitaba un piso alto frente al mar, pequeño pero confortable, funcional para una mujer sola. Un piso que era un mundo plagado de libros e historias, misterioso y fascinante, creado para hacer juego con la personalidad de esa mujer inventada, de esa mujer etérea, de esa falsa mujer que tenía sí parte de lo que Tomás deseaba que una mujer tuviera, pero también parte de sí mismo si él hubiera nacido como mujer.

Poco a poco también, fueron naciendo las manías y gustos de Wanda Soch. Todo era fácil. Se puede escribir sobre cualquier cosa, y aunque siempre quedará la duda eso parece no importar a nadie. ¿Cómo saber si Eduardo Antúnez, un español que intercambia mails sobre arte con Wanda, era en realidad Eduardo Antúnez? Podía ser una mujer, un sicótico o un niño. Pero como dijimos eso no parecía importar, por lo menos para Eduardo y Wanda.

A medida que pasaban los días Wanda Soch fue solidificando su presencia, por supuesto que en aquellos aspectos en que una presencia irreal, intangible, una presencia en la red, permiten que se solidifique. De ese modo lo más que pudo fue adoptar un rostro definido, precisamente descripto a través de los mails o de las salas de chat; también una determinada forma de hablar, pero decir «hablar» es claramente figurativo, porque lo único que Wanda Soch hacía era escribir, solo que se escribe como se habla y he ahí la razón de admitir que Wanda Soch tenía su particular forma de hablar. Hablaba siempre como con autoridad, queriendo reservarse para sí la última palabra, comprensiva y dura a la vez. Pero lo más importante era que poco a poco iba creando su personalidad. La forma de escribir, si se trata de pasar de lo trivial a la confesión, necesita siempre de una personalidad. Porque confesar algo que nunca existió a alguien que no se sabe quien es, requiere necesariamente la existencia de un carácter. Débil o fuerte, seguro o inseguro, duro o sensible, eso no importa, lo que sí cuenta es que exista un carácter que sea percibible por el otro, que se trasluzca en la escritura y en las anécdotas. Y Wanda Soch fue ganando su propio carácter, fue construyendo su propia personalidad. La fue construyendo Tomás Zanek como si fuera una especie de arquitecto de seres humanos, como si estuviera creando su propia mujer artificial, su propio robot. Ese robot enviaba mensajes que parecían provenir de una mujer segura, firme, ególatra y quizás hasta un poco egoista, pero sobre todo lúdica e irónica. Wanda era a la vez liberal y desencantada, porque Tomás Zanek quería darle a Wanda Soch un cierto aire de independencia y desafío, y muy en lo profundo, un cierto matiz de malignidad. Toda esa construcción tan delicada, toda esa sutil red de particularidades que debían traslucirse en letras sobre un ordenador, tenían conscientemente un fin preciso, determinado, eran un fruto de una decisión tomada por el creador desde el comienzo mismo de su creación, desde que tomo el barro para darle el soplo que le insuflara la vida y con ella el alma. Y esa decisión se centraba en la sexualidad de Wanda. Desde que nació a la vida, incluso antes, desde que el proyecto de Wanda fue dibujándose lentamente en la cabeza de su creador, Wanda sería declarada y orgullosamente lesbiana. No sabemos en qué acentuaba su opción sexual el carácter con que Tomás la había dotado, probablemente en nada, probablemente lo que Tomás estaba haciendo con ello fuera liberar su propia fantasía, imponerle a su creación algo oculto en su propio ser. Podía también ser que fuera su modesto desafío a Dios. En cierta manera él estaba creando, estaba ideando un nuevo ser, y ese nuevo ser debía llevar en su germen algo que el otro Creador condenara y aborreciera. No lo sabemos, pero lo cierto es que Wanda Soch estaba orgullosa y segura de su condición, y así lo hacía saber en sus más íntimas confesiones, por lo que poco a poco se acrecentaron sus contactos con otras mujeres que también le hacían confesiones similares. Se escribían sobre experiencias mutuas, y Wanda contó tantas veces su iniciación homosexual que la historia casi le pareció real a Tomás Zanek.

A los veintitrés años Wanda había sido invitada a la casa de una compañera luego del trabajo. Era una mujer soltera, de cuarenta años, con facciones duras pero cálidas. Alta, de hombros anchos y gruesas caderas. Sumamente locuaz, divertida y abierta. Cierto es que en el trabajo corrían sobre esa mujer algunos rumores. La maledicencia que siempre corre a espaldas de los demás. Se empieza murmurando que nunca la vieron con un hombre, que es soltera y sin hijos a su edad. Se sigue con que su aspecto es algo varonil, y se termina murmurando todavía más bajo. Las mujeres murmuran que es lesbiana y los hombres que le gusta hacer tortas. ¿Qué pensaba Wanda cuando aceptó la invitación? Muy en sus adentros pensaba que algo podía suceder y decidió arriesgarse. Quizá hasta deseaba íntimamente que la mujer intentara llevarla a la cama. Desde muy joven había tenido fantasías con mujeres pero nunca se atrevió a cruzar la línea de su mundo exterior, que era clara y decididamente heterosexual. Sin embargo, ese otro mundo que crecía en su mente se le antojaba misterioso, prohibido, y por eso tentador. Pasaba largas horas ante un espejo, desnuda, admirando no su cuerpo sino el cuerpo de mujer, imaginaba que la imagen que el espejo le devolvía era el cuerpo de una mujer anónima e imaginaba los senos de esa mujer apretándose contra los suyos, sus muslos rozando los suyos, y luego centraba la atención en la boca, en la lengua, y pensaba que su boca era penetrada por la lengua de esa mujer que la miraba desde el espejo. Por eso concurrió a la casa de la mujer de los rumores. Comenzaron tomando café para pasar luego al Martini y por último un sorbo de whisky. Estaban sentadas en el mismo sillón y de pronto la mujer de los rumores comenzó a jugar con su cabello, y enseguida deslizó suavemente sus dedos hacia la nuca, y también suave, lentamente se le acercaba. Wanda sentía su aliento sobre el suyo, su corazón comenzó a agitarse y sintió miedo y excitación a la vez. Por fin, por primera vez, Wanda tendría el largamente esperado, el largamente temido encuentro, y esta vez cruzaría la línea que siempre había querido cruzar. La mujer de los rumores acercó sus labios a los de Wanda, los rozó levemente. Por un instante Wanda pretendió dar un brinco hacia atrás pero la mujer lo impidió tomándola fuertemente de los hombros, entonces la atrajo hacia sí y la penetró por la boca con su lengua mientras una mano recorría su muslo hasta posarse en su sexo. En ese instante Wanda se abandonó a sí misma y se dejó hacer. Toda su vida pasada estaba olvidada, en ese momento sólo importaba el cuerpo firme, musculoso, finamente esculpido, que la mujer de los rumores desnudaba ante ella mientras la mantenía aferrada de la cintura con su mano fuerte. A Tomás Zanek le pareció que no debía ir más allá en los detalles de esa primera experiencia, era algo demasiado importante en la vida de Wanda como para rodearlo de lubricidad. Para que fuera creíble, el relato debía detenerse allí y allí se detuvo toda vez que debió repetirlo.

Pero la mujer de los rumores ejercía una misteriosa fascinación entre las interlocutoras de Wanda. Querían saber de ella, cómo era, tenían hambre de la mujer de los rumores. Y así hubo que darle una personalidad a la mujer de los rumores, no tan sofisticada como la de Wanda, pero si complementaria. La mujer de los rumores era nada más ni nada menos que quien impulsó a Wanda hacia su propio destino, por lo que la actual Wanda debía ser, en cierta medida, una especie de extensión más refinada de la mujer de los rumores, un discípulo que supera a su maestro.

La mujer de los rumores

La mujer de los rumores fue extremadamente suave con Wanda durante aquella primera vez. Sabía que debía recorrerla lentamente y utilizó toda su experiencia en la tarea. Tenía ante sí a una mujer frágil, asustada, que sólo podía dejar que actuaran sobre ella. Y la mujer de los rumores actuó, se esmeró por darle a Wanda un placer que hasta ahora desconocía, un placer tal que Wanda se convenció en aquella noche que sólo una mujer era capaz de brindarle ese goce, por la sencilla razón de que sólo una mujer conoce a la perfección el cuerpo de mujer, sus zonas más sensibles, sus estímulos más profundos, y también los deseos más íntimos. Quien mejor entonces que una mujer para dar placer a otra mujer. Ese pensamiento se grabó a fuego en la mente de Wanda, y fueron las manos y la boca de la mujer de los rumores los orfebres que sellaron la tarea. Ansiaba tener sobre sí el peso de su cuerpo, un cuerpo atlético pero en nada varonil, fibroso pero suave, sentir como los duros senos de la mujer de los rumores recorrían su cara y cómo enseguida su lengua bajaba hasta su sexo, en una recorrida estremecedora.

Wanda se sentía ante ella como arcilla para ser modelada, y sabía que esa misma sensación tenía la mujer de los rumores. Y la mujer de los rumores fue modelando esa arcilla a su imagen y semejanza. Wanda la miraba deslumbrada, se deleitaba con la facilidad con que la manejaba. La mujer de los rumores era quien la desnudaba cada vez que tenían un encuentro, era ella quien dirigía la orquesta de las lenguas, las manos y los sexos. Cuando la mujer de los rumores quería darle placer directamente hundía su boca entre las piernas de Wanda, pero cuando quería recibirlo se limitaba a tomar delicadamente con ambas manos la cabeza de Wanda y colocarla, como si fuera un óvalo inerte, entre sus propias piernas. Y continuaba sujetándola mientras Wanda se hundía en el húmedo y velludo sexo de la mujer de los rumores, y cuando por fin se había satisfecho, ella misma apartaba el óvalo del placer que poco a poco estaba creando.

¿Qué más?, le preguntaban en los chats. Cuéntame más de la mujer de los rumores. Y entonces la mujer de los rumores crecía, era una profesora transmitiendo su saber a su joven discípula. Introduciéndola en un exquisito mundo sensorial en el que poco a poco los meros cuerpos desnudos no bastaban, ya no era suficiente el contacto de carne con carne, de lengua con lengua y sexo con sexo, aún cuando ese rompecabezas corporal pudiera armarse de distintas maneras. Pero las maneras de armar el rompecabezas de dos cuerpos desnudos es finita, y esa fue una sutil enseñanza de la mujer de los rumores. La mujer de los rumores fue hombre y mujer para Wanda, que puede una mujer hacer de hombre eso lo sabemos, basta un adminículo que puede comprarse, colocarse y entonces tenemos a esa mujer-hombre que nos poseerá. Sí, nos poseerá, de manera exquisita, duradera, suavemente a veces, otras con más brío. Como la mujer de los rumores era sabia, comenzó a poseer a Wanda con ternura, frente a frente, como se copula en los matrimonios ya entrados en años, acariciándola mientras la penetraba. Y ahí Wanda se abandonaba a las caricias y al falo de goma que entraba en su carne, gozaba de una sensación extraña y exótica, se sentía penetrada y rozada por pechos de mujer. Amaba a la mujer de los rumores, se sentía casi esclavizada por el hechizo de esa mujer. Y un día se lo dijo, literalmente, con esa misma palabra, y entonces Wanda pasó a ser la esclava de la mujer de los rumores. No es necesario describir los juegos que esa palabra entraña, en los que la mujer de los rumores demostró ser una maestra experta. Lo interesante es por qué Wanda disfrutaba siendo humillada y hasta castigada. Le gustaba ser una especie de objeto para la mujer de los rumores, se excitaba cuando la ataba de diversas maneras, cada cual más incómoda, pero disfrutaba esa incomodidad, más aún disfrutaba cuando la mujer de los rumores le ordenaba pasearse desnuda frente a ella, se sentía exhibida pero admirada, pero lo mejor, lo más importante, lo más perturbador era arrodillarse. Arrodillarse frente a la mujer de los rumores era como arrodillarse frente a su dios, un dios que la poseía por completo.

Carmen

No es posible continuar sin decir que Wanda Sochs comenzó a mantener una intensa correspondencia con Carmen Fevre. Por supuesto que al principio no había forma de saber si Carmen Fevre era en verdad quien decía ser. Sólo se podía creer en su relato, creer que era una mujer de 26 años, de piel más bien oscura, delgada, cabello negro y largo. Las descripciones por correo electrónico suelen ser así, escuetas, generales, de modo que dejan un amplio campo a la imaginación. Carmen Fevre decía ser escritora, pero como todavía no había publicado más que algún cuento corto en revistas de circulación restringida vivía de dar clases de literatura en un instituto secundario de Montevideo. Ambas se contaron sus historias. Wanda repitió la visita a la casa de la mujer de los rumores y se detuvo donde debía detenerse, Carmen le dijo que desde adolescente fantaseaba con mujeres, pero que no había pasado de eso, de tener algunas fantasías, cada vez más potentes, pero que nunca las había materializado. Tuvo dos o tres parejas masculinas pero ahora estaba sola. También le dijo que la envidiaba por haber conocido a alguien que diera el primer paso, que tomara la iniciativa, alguien que le quitara a ella el peso que llevaba como si fuera una piedra en la espalda que le impedía avanzar. Indudablemente a Tomás Zanek esa historia le pareció mucho más verosímil que la de Wanda. Había algo en las palabras escritas de Carmen que le sugería una historia real, aunque por supuesto no podía tener la completa seguridad de que quien las escribía no fuera un impostor mucho más cualificado que él. Después de todo Carmen decía ser escritora, y si en verdad lo era, resultaba lógico pensar que sería mucho más creativo y agudo para inventar una historia que un corredor de bolsa.

Pero el juego que estaba jugando debe prescindir de esas dudas, porque poco a poco se convierte en una realidad paralela, en una realidad tan tangible como la otra, solo que en un nivel diferente, en un plano distinto. La identidad que cuenta es la que se tiene adelante, porque para Tomás Zanek la fascinante tecnología de la comunicación, el mundo de la autopista informática a través de internet le daba la posibilidad de tener otra vida, de ser otra persona, de crear a otro ser vivo, y entonces suponía que del otro lado de la red también había una creación similar, y lo que por el momento importaba eran esos dos nuevos seres. Estaba a través de Wanda quemando el barco luego de desembarcar en la isla, viendo el rancho bucólico en el cual el pistolero de los filmes cambia su vida, deja atrás un pasado teñido de sangre y comienza de nuevo.

Wanda y Carmen comenzaron entonces a profundizar una en la otra, a conocerse con mayor detalle, pero lo más importante fue que ambas confesaron sentirse atraídas. Carmen le escribió una vez un mail muy breve pero contundente al día siguiente de mantener una charla por chat en la cual hablaron mucho de la historia de sus vidas. En esa charla Wanda profundizó mucho más en su relación con la compañera de trabajo que la inició, narró dos o tres amoríos ocasionales que tuvo luego y Carmen le contó alguna de sus fantasías. Luego Carmen le habló de un cuento que estaba escribiendo y que trataba de la soledad. Al día siguiente Wanda recibió un mail: «Con el tiempo y a medida que nos conozcamos, creo que tú serás quien quite la piedra que llevo en mi espalda.»

Tomás Zanek meditó mucho la respuesta que Wanda debía dar. La segunda parte del mail sugería que los personajes podían salir de la realidad paralela en que se movían para cobrar vida en el mundo real. Si ese era el contenido del mensaje entonces Carmen Fevre podía ser Carmen Fevre y ella no sabía —o no quería creer— que Wanda Soch no fuera Wanda Soch.

Ese tramo del mensaje lo perturbaba porque lo volvía a su otra vida. Lo hacía sentir como si la justicia diera con el rancho donde el pistolero empezaba de nuevo para devolverlo a su pasado. La primera parte del mensaje le provocaba en cambio tranquilidad, pues era evidente que Carmen estaba pidiendo tiempo, que quería avanzar de a poco, con pasos cortos y medidos. Estaba claro que si Carmen Fevre era Carmen Fevre, había recurrido a ese mundo que respira y late detrás de una pantalla para, a través de él, dar su salto a la realidad, a su realidad. Parecía irónico. Él estaba huyendo de su realidad, inventándose otro ser, otra personalidad, otro sexo; ella en cambio, utilizaba el anonimato para llegar a donde no podía llegar en el mundo real, para dar con una mujer, para materializar ese sueño y ser feliz. Pero feliz en la vida, que es en el único mundo en que se puede serlo.

Claro que Tomás podía no preocuparse; podía olvidar a Carmen y que Wanda continuara con su vida. Pero había llegado a tal grado de intimidad con ella que inmediatamente rechazaba la idea. Carmen le parecía una niña dispuesta a dejarse llevar, a la búsqueda de alguien que la liberara.

Wanda Soch (o Tomás Zanek) continuó escribiéndose a diario con Carmen Fevre. Cada mensaje ahondaba un poco más esa relación, pero con cada mensaje Tomás Zanek sentía cada vez más cercano el momento decisivo. Poco a poco Carmen fue desnudando a Wanda sus más oscuros deseos, sus más profundas fantasías. Parecía increible, pero el comunicarse escudado en una computadora es como el alcohol, desinhibe, facilita las confesiones y entonces se dicen cosas que jamás se dirían dos personas frente a frente. Reiteradamente Carmen mandaba a Wanda extensos mails imaginando su futuro encuentro. En uno de ellos Carmen imaginaba que después de conversar un tiempo mediante chat y mail, quedaban en realizar un contacto personal, para el cual Wanda le indicaba la direccion de un hotel. Un día antes de la fecha fijada Carmen recibe por mail una serie de pautas de cómo debía presentarse: debía ir con su pubis rasurado, con ropa interior negra, y vestida con pollera corta, blusa y zapatos de taco alto. Una vez en el hotel, el conserje le indicaba la habitacion a la que debía dirigirse. Sube entonces a la habitación, muy nerviosa pero excitada a la vez. Cuando entra, Wanda no está, y solo encuentra un sobre y una venda negra. Abre el sobre y hay una carta, en ella dice que se coloque la venda de modo que cubra totalmente sus ojos. También dice que debe quitarse el reloj y dejar la cartera con sus pertenencias, y que, con los ojos vendados, se siente en un sillón y que espere. Carmen imagina que cumple al pie de la letra con las indicaciones. Se imagina a sí misma sentada y sin poder ver nada. Espera un rato, pierde la noción del tiempo, no sabe si pasan quince minutos o una hora. Se siente asustada, pero de pronto la puerta se abre, y una voz de mujer le dice: «Has cumplido con tus deberes»; Carmen asiente y le dice a la mujer que sí, que la estaba aguardando, pero la mujer la corrige diciéndole con voz firme que se limite a contestar solo lo que se le pregunta. Luego Carmen le dice a Wanda que puede sentir su perfume. Wanda se para a su lado y le ordena que se ponga también ella de pie. Carmen se siente observada.

Luego —continúa Carmen— te paras detrás de mi, tocas mi pelo, manoseas mis senos y nalgas, con desprecio, como quien examina a un animal, y me dices si estoy dispuesta a seguir, que lo piense bien, contesto que sí, sin dudarlo, y te sonríes.

Me llevas contra una pared, luego te sientas en el sillon y me dices que quieres verme, me haces levantar mi pollera suave y sensualmente para que puedas ver mis nalgas. Me ordenas menear mi cola y acariciar mis nalgas para ti.

Luego me haces dar vuelta y me obligas a desabrochar mi blusa, y sacar mis senos del sostén. Luego te paras haces que me arrodille frente a ti, tiras de mi cabello, levantas tu pollera y colocas mi cara frente a tu entrepierna. No puedo ver tu sexo, pero si puedo sentirlo, me muero por besarlo, me preguntas si deseo hacerlo, te respondo si, dices que solamente lo permitirás si recibo un castigo a cambio, te imploro que lo hagas, entonces me pones nuevamente contra la pared bajas mi bombacha hasta mis rodillas y palmeas mis nalgas con tus manos, una y otra vez hasta completar veinte azotes.

Luego haces que me vuelva a arrodillar y me obligas a lamerte, es más, te excitas y prácticamente me haces el amor en mi cara con tu vagina. Luego de tu satisfacción te pido que al menos me dejes masturbarme, y me dices que no, que todavía no, que si me comporto bien, quizás me lo permitas la próxima vez.

Todo sucedía sin que Wanda le permitiera quitarse la venda, y cuando todo terminaba Wanda se iba ordenándole que sólo se sacara la venda una vez que sintiera que la puerta se cerraba.

Ése fue apenas uno de los imaginarios encuentros entre Wanda y Carmen. Cada vez más los mails iban teniendo variaciones sobre lo mismo. En algunos la cita era en la casa de Carmen, cenaban juntas y se acercaban lentamente hasta terminar amándose con ternura. En otras, Carmen imaginaba que se citaban en una confitería y de pronto Wanda la tomaba de la nuca, prácticamente clavándole las uñas mientras aprisionaba sus piernas con las suyas y atraía con fuerza su boca hacia la de ella, todo en público. Poco a poco Carmen se iba desnudando interiormente, revelando sus más ocultas fantasías. Todas ellas eran variaciones sobre el mismo tema, en todas se iba revelando una voraz necesidad de ser poseída, en todas se mostraba como un ser pasivo, inerte y sometido a los caprichos de su amante virtual. Como Wanda lo había sido con la mujer de los rumores. Y ahora Wanda sería para Carmen la mujer de los rumores.

Pero de todos los mails recibidos el más importante para Tomás Zanek fue el que se transcribió en detalle. Seguramente lo fue porque era el único que contenía una venda en los ojos como instrumento de excitación sexual. Eso significaba que Carmen confiaba en que la persona que aguardaba a ciegas en la habitación y que nunca ve era en realidad Wanda, pero también podía ser otra. Era el contenido exacto de ese mail el que Tomás Zanek tenía en su cabeza la mañana en que comienza esta historia.

Matilde

—¿Concretamente, dime cuál es la propuesta? —preguntó cortante Matilde al ver que Tomás Zanek no cesaba en sus evasivas, mientras alisaba con ambas manos, torneando los brazos en alto hacia la espalda, su larga cabellera negra. Tres veces Tomás le había dicho frases tales como «quiero que seas yo» o «déjame ser tú» bajando la vista ante los fijos y penetrantes ojos café de la mujer.

—Tomás —continuó ella—, nos conocemos desde hace tiempo, eres uno de mis mejores clientes, cumplo con todas tus extravagancias, pero esta vez no te entiendo, así que por favor háblame claro —terminó cortante, simulando estar enfurecida.

—Bien —dijo él—. He conocido a una chica, pero hay un problema.

—No me digas que te pasaste de la raya —rió ella—. Ya te dije que algunas de tus extravagancias sólo puedo hacerlas por dinero, así que nunca las intentes con alguien que no sea como yo.

—No es eso —rió él también— o sí lo es, pero no te asombres. Ella quiere conocerme, yo quiero conocerla, pero…

—Sigue —le alentó Matilde intrigada.

—… ella cree que yo soy una mujer.

La mueca de Matilde en ese instante fue una rara mezcla de gracia y curiosidad. Su primera e instintiva reacción fue lanzar una carcajada, pero se contuvo, meditó unos segundos y prefirió una frase irónica e hiriente:

—Lo has sido algunas veces conmigo, no te quedaba nada mal mi ropa interior.

—No me refiero a eso —le espetó él casi ruborizado— aunque te recuerdo que ambos lo disfrutamos, a menos que tu profesionalismo incluya también excelentes dotes de actriz.

Touchée —sonrió ella, y luego de una larga y directa mirada a los ojos de Tomás que éste no supo descifrar, dijo por fin: —Bueno, ahora cuéntame, y sin rodeos, tu tiempo sigue corriendo.

Tomás Zanek apuró de un sorbo el vaso de whisky que Matilde siempre le servía casi con ritualidad cuando la visitaba en su departamento. Cualquiera diría de ella que era una prostituta de todos modos, pero a su modo no lo era, pese a que vivía cómodamente de hombres como Tomás. Era quizás su tono hiriente y superior lo que los atraía hacia ella, su mirada fría y una cultura erótica inusualmente literaria. Conversar con ella era tan vorazmente atrapante como ir a su cama.

Escuchó en silencio toda la historia y sólo interrumpió a Tomás para llenarle nuevamente el vaso. Luego que él terminó, continuó guardando silencio, sus ojos siempre fijos en los de Tomás. Nada dejaba entrever, ni su pensamiento ni sus sentimientos. Podía en esos momentos estar sintiendo pena o asco por Tomás Zanek o por el contrario estar admirada, incluso hasta enamorada. Pero con Matilde nunca se sabía.

—Es peligroso —dijo de golpe— aunque audaz. Mira, por qué no lo dejas, si quieres puedes ser una mujer aquí conmigo. Apenas entres te vestirás con mi ropa. No, mejor compraremos tu propio guardarropa. ¿Qué te parece? En nuestros encuentros nos comportaremos como dos perfectas lesbianas si eso es lo que quieres experimentar.

—No, no —insistió—. Esto es algo más real. Carmen se ha enamorado de mis palabras y yo de las de ella. Sólo te estoy pidiendo que me alquiles tu cuerpo, yo seré el corazón y la mente de Wanda Soch y tú serás su cuerpo. ¡Es perfecto! —exclamó—. ¿No te das cuenta? Estamos creando un nuevo ser, alguien que existirá realmente.

—Excepto por el pequeño detalle de que seré yo quien la disfrute —le contestó ella con una sonrisa pícara—. Y por el no tan pequeño detalle de que estaremos engañándola.

—Hay muchas maneras de disfrutar, ya veremos —señaló Tomás con tono de cierre de conversación—. En cuanto a lo del engaño, veamos como transcurre todo. Siempre podremos salirnos.

—Está bien —dijo ella—, lo pensaré. ¿Sabes?, esta conversación me ha excitado. ¿Que te parece si vamos al dormitorio? Ah, a propósito, mañana envíame a mi dirección copia de sus mails, quiero empezar a conocerla.

Wanda

Matilde estaba sentada cómodamente en la peluquería mientras su largo cabello negro desaparecía poco a poco a golpes de tijera. Era una de las mejores peluquerías de la ciudad así que no temía el resultado, y de todas maneras no le vendría mal un cambio de imagen. Si iba a ser Wanda Soch su cabello debía ser cortado al ras, casi como el de un hombre pero con el toque femenino de unas pequeñas puntas curvadas delante de las orejas. A medida que el corte avanzaba el espejo le devolvía una apariencia menor a sus 37 años, y eso estaba muy bien, porque Wanda Soch tenía 34. Lo imperdonable, se decía a sí misma, era que Tomás le hubiera dado a su creación semejante descripción. ¿Por qué el cabello corto? ¿Por qué 34 años? Sin duda no había pensado en llegar a estos extremos al momento de dar vida a su personaje, sino lo hubiera descrito lisa y llanamente con su apariencia. No, había sido quizás una descripción al azar, o quizás la mujer que él querría tener, su modelo ideal, o el modelo de mujer que él querría ser. Por suerte la altura era similar, Matilde medía un metro setenta y dos, y dos centímetros de diferencia casi ni se notan, pensaba.

El día anterior había recibido todos los mails que Tomás y Carmen se habían intercambiado y los leyó varias veces. Carmen parecía ser una mujer solitaria, y en sus últimos mails lucía atormentada por su deseo. Tormento y vergüenza, ésas parecían ser las palabras adecuadas para describir su estado.

Volvió a enfrentarse con el espejo cuando el corte de cabello estaba casi finalizando. ¿Así luce Wanda Soch? Se preguntó a sí misma. Su rostro había cambiado casi por completo, era más anguloso y joven, enmarcado en una delgada cabellera cortada al ras, muy negra. El corte le daba un toque ciertamente varonil, pero no de manera grotesca: era un pequeño, un casi imperceptible matiz de masculinidad que le confería un aspecto ligeramente andrógino. Ello hacía que resaltaran mucho más sus ojos en el conjunto, y los ojos eran la principal arma de Matilde, lo que la hacía enigmática e impenetrable. En realidad podía decirse que tenía dominio sobre sus ojos, y tener dominio sobre los propios ojos es en buena medida tener dominio sobre los demás.

La sesión en la peluquería demoró cerca de dos horas. Cuando regresó a su departamento pasó largo rato mirándose al espejo. Luego meditó un instante y abrió el guardarropas. Sin ponerse a dudar tomó un abrigo de piel negra que desde hacía mucho tiempo no usaba. Le pareció lo más adecuado para la primera ocasión.

Inmediatamente de probárselo y devolverlo al guardarropa, tomó el teléfono. Tomás había avanzado tanto con Carmen que ya habían intercambiado los números telefónicos. Carmen le envió por mail el suyo y él respondió proporcionándole el de Matilde. Eso había sucedido en la mañana y quedaron en hablarse por primera vez ese mismo día. Discó lentamente. A los pocos segundos, respondió una voz femenina del otro lado del tubo.

—¿Habla Carmen? —preguntó Matilde.

Cuando la voz dijo que sí, ella respondió con tono firme:

—Hola, soy Wanda.

El nacimiento de la trinidad

—Cuéntame —le pidió ansioso Tomás a Matilde. Estaban en una confitería frente al mar en la rambla de Pocitos. Ella lucía exactamente como Tomás había imaginado a Wanda. El cabello negro corto, grandes aros en las orejas, los ojos fríos y penetrantes, y el cuerpo envuelto en un tapado de piel negra.

—Espera. ¿No me dices nada sobre mi aspecto? Por algo te prohibí verme hasta después.

—Realmente fascinante, aunque lo del tapado de piel no me lo habría imaginado.

—¿No? Entonces te traicionó tu inconsciente —río ella— ¿o por qué me bautizaste «Wanda»?

—Puede que tengas razón, pero dejemos esto para luego, por favor, cuéntame.

—Está bien —comenzó a decir Matilde con aire deliberadamente pausado, disfrutando con la impaciencia de Tomás—. Todo sucedió tal como lo planeaste, no pensé que ella se animara, figúrate, aguardar a una desconocida con los ojos vendados, es más, permanecer con la venda durante todo el rato. Cumplí su fantasía al pie de la letra. Sólo me pidió que fuera en su departamento y que le anunciara al portero que iba a su piso, supongo que eso le dio seguridad, aunque podría haber hecho cualquier cosa con ella. Al entrar me pidió permiso para tocar mi cabello. Tenías razón, cuando se dio cuenta del corte dijo «Eres tú». Luego le dejé acariciar mi saco de piel, eso la excitó muchísimo, y bueno, el resto de la historia la conoces. O te la imaginas.

—Te fuiste sin que pudiera ver tu rostro? —preguntó Tomás.

—Sí, y además le prohibí masturbarse. No tuvo orgasmo. Sólo probó el gusto de una mujer.

—¿Y cómo es?

—¿Mi gusto? Ya lo conoces —bromeó ella.

—Sabes a qué me refiero —respondió él sonriéndole con picardía.

—Tiene una belleza extraña, no es que sea bonita, pero lo es a su manera. Su piel es más oscura que la mía, su cabello es negro y largo, el rostro anguloso, delgada pero un cuerpo bien formado. Ah, sus pechos son pequeños. ¿No sé si te referías a eso? Pero lo importante es que es una chica muy valiente. Te lo dije, pensé que todo iba a comenzar con aburridas salidas para conocerse, pero no, parece que lo de sus fantasías iba en serio.

—Así parece —asintió él.

—Yo era bastante mayor que ella cuando lo hice por primera vez con una mujer —continuó Matilde— y te puedo asegurar que fue un largo proceso. Jamás me hubiera animado a un primer encuentro así, literalmente una cita a ciegas.

Y ciertamente le vino a la memoria aquella su primera vez. Lo hizo a pedido de un cliente, mejor dicho de un matrimonio que le pagó para acostarse con ambos. Lo pensó largamente hasta que accedió, quizás movida más que por el dinero o el hecho de vivir una nueva experiencia, por su inquebrantable voluntad de ser la puta perfecta. Al principio estaba tensa pero fue aflojándose lentamente, poco a poco se fue dejando llevar por el placer y las caricias de otras manos femeninas. Ella, la puta, y el marido, recorrieron todo el cuerpo de la esposa, y así, de golpe, como si lo hubiera hecho toda la vida, miró sus propias manos acariciando un sexo de mujer. De las manos necesariamente se pasa a las bocas y entonces se sumergió en una húmeda trinidad de lenguas, la lengua entra en la boca del hombre y en la boca de la mujer, y ambas lenguas, la de hombre y mujer saben diferente, no es posible explicar en qué consiste esa diferencia pero la diferencia se siente. Ella, la puta, va de una lengua a otra tratando de distinguirlas, cerrando los ojos para adivinar en qué boca se ha metido, hasta que las dos lenguas entran en su boca y se funden con ella casi religiosamente. A partir de esa fusión nada parece vedado a su lengua, que baja por ambos cuerpos y acaricia un pene y una vagina, la lengua, piensa, ahora abraza a un ser hermafrodita, pasa una y otra vez de la dureza y el calor del hombre a la humedad de la mujer. La lengua en ese momento se había puesto una meta, un propósito, un desafío. La boca que pasa de un sexo a otro no deja que el placer del marido crezca más que el placer de la esposa, ambos placeres deben aumentar juntos, ambos placeres deben reflejarse en gemidos de igual intensidad, pero el hombre es más ansioso y Matilde siente que el pene, prácticamente entero en su boca, comienza a latir, a revolverse como si algo deseara estallar desde su base, y entonces ella, la puta, traslada su lengua a la humedad de la esposa mientras su mano aprieta con fuerza la dureza del marido, aprieta fuerte, cerrando toda vía de escape al placer que pugna por salir del tronco, y sólo cuando su lengua, que se hizo experta en la humedad de la mujer en esa primera noche, logró soltar el gemido final de la esposa, sólo en ese momento soltó la dureza del marido para que el gemido de éste fuera uno con el de la esposa. Había triunfado.

—Hay de todo —dijo Tomás en tono reflexivo e interrumpiendo los recuerdos de Matilde.

—Tú eres una prueba viviente de ello —le respondió Matilde.

—¿Es un reproche?

—En absoluto. En verdad la experiencia me excitó. Soy ahora Wanda Soch que al fin ha conocido a su Carmen —dijo riendo, casi orgullosa.

Casi sin darse cuenta los sorprendió el atardecer. Un resplandor rojizo se desprendía del horizonte marino y penetraba por los amplios ventanales del café. Ambos permanecieron en silencio durante unos breves instantes. Tomás parecía estar cavilando, quizás planeando algo; Matilde lo miraba fijo, pero como siempre, su mirada parecía indescifrable.

—Bien —dijo ella interrumpiendo abruptamente el silencio—. ¿Y ahora? Soy tu creación. ¿No te sientes como un pequeño dios? Has dado vida a un ser humano nuevo. Sabes, todos esos mails, todas esas fantasías, las de Wanda por supuesto, son algo más que tú y yo. ¿Disfruta Wanda con el poder, Tomás? ¿O disfruta con el dolor?

—Quizás con ambos, no lo sé —le respondió lacónico.

—El de ella es un poder distinto al tuyo, ¿verdad? Tú lo tienes todo. Éxito, viajes, una familia, te vistes con la mejor ropa, y hasta me pagas a mí. Pero el poder de Wanda es diferente, naturalmente diferente, sale de su interior, nace de ella misma. No eres tú. Lo sé porque hace años que nos conocemos y compartimos cosas que no te atreverías a compartir con otra mujer. Y tampoco ella es como yo. Es alguien diferente, como si fuera nuestra hija. Tú le has dado su mente y yo su cuerpo, pero ahora creo que puedo aportarle algo a su espíritu. ¿Alguna vez has leído a Petronio? En su Satiricón —prosiguió Matilde sin aguardar respuesta—, cuenta como se utilizaba la flagelación para tratar la impotencia. Narra entonces que un joven llamado Encolpio, consulta con una sacerdotisa por sus dificultades en lograr la erección. Y he aquí que ésta propone como medicina ideal la flagelación con ramas de ortiga, que por aquel entonces tenían gran fama afrodisíaca, y al mismo tiempo sería penetrado con un olisbos, que no era otra cosa que un pene de cuero. Por supuesto, para lograr una menos dolorosa penetración, el olisbos era untado en aceite de oliva. Ante tamaño remedio, Encolpio huye espantado y tiene enseguida una erección, por lo que la sacerdotisa logra de esa manera curarlo de su impotencia.

—Interesante historia —comentó Tomás. Podría ser el tema de mi próximo mail a Carmen. Hagamos las cosas con refinamiento. ¿Hacemos un ensayo?

—No tengo ramas de ortiga —rió ella—. Pero sí un olisbos.

—Te garantizo que no huiré como Encolpio —dijo él.

El monstruo de Tomás

—¡Por Dios, Matilde! Le has dado demasiado fuerte. Mira esa espalda —exclamó Tomás.

—¿No es una buena filmación? Es la ventaja de haber invitado a Carmen a mi departamento. Filmé todo para ti —dijo ella mientras congelaba la imagen pulsando el control remoto sin moverse del sofá. En el televisor se había visto nítidamente a Carmen atada de pies y manos a la cama. De su ano emergía un falo de goma y su espalda lucía enrojecida. Pese a las ataduras, su cuerpo se contorsionaba cada vez que Wanda dejaba caer una fusta de cuero sobre su espalda.

—Puedo asegurarte que le gustó —dijo Matilde—. Con cada golpe el ano se contrae y tiende a expulsar el pene, por eso, como ves, mientras la castigaba, debía mantenerlo dentro de ella con la otra mano. Es agotador.

Entonces Matilde se levantó del sofá y se irguió frente a Tomás, que permanecía con la vista fija en la imagen congelada. Ambos sabían en qué estaba pensando el otro.

—Tú también disfrutaste el ensayo —dijo Matilde—, así que no veo por qué Carmen no la habrá disfrutado también. Tú también estuviste atado de pies y manos a mi cama, y pasaste por lo mismo que Carmen.

En ese momento Tomás se sintió estrechamente unido a Carmen, recordó cómo Matilde le introducía el falo en su propio ano y revivió cada golpe en su espalda, su placer era extraño, consistía en sentirse usado, totalmente a merced de Wanda, su creación, ella se detendría cuando se le antojara, y si quería volvería a comenzar o lo dejaría esperando. Pero no se detuvo, golpeó y hundió con intensidad, golpeó y hundió, hasta hacerle rogar, pedir que cesara, llorar.

—Pero mira esto ahora —dijo Matilde.

Matilde activó nuevamente el video. Ahora se ve a Wanda cuando detiene el castigo y enseguida retira el falo. Lo retira suavemente, con una delicadeza que contrasta con la violencia anterior. Luego, con lentitud, desata los tobillos y las muñecas de Carmen. Ambas estaban desnudas. Wanda entonces se sentó en la cama y acarició la cabeza y el rostro de Carmen con inusual ternura, que pese a no estar atada continuaba tirada boca abajo en la cama como si lo estuviera, como si todavía permaneciera inmovilizada a la espera de la flagelación. De pronto, Carmen se yergue, arranca a llorar y abraza a Wanda, y del abrazo pasan a fundirse en un largo beso.

—No te imaginas cómo me besó —comentó Matilde—. Parecía estar dándome las gracias por algo.

—Por liberarla —le respondió Tomás con tono contundente y sin apartar la vista del televisor. En él, las dos mujeres estaban ahora acariciándose y masturbándose una a la otra.

—¿Y qué hicieron luego? —preguntó Tomás una vez que acabó la filmación.

—No vas a creerlo.

—Dime.

—Fuimos a tomar un helado y a caminar —le contestó Matilde riendo al ver la expresión de asombro de él—. Conversamos mucho una de la otra. Es una mujer muy cálida. Es curioso, luego de la primera cita te veía a ti como una especie de Viktor Frankenstein y a mí como tu monstruo. Hoy me siento como Madame de Saint Ange y a ti te veo como a Dolmancé. La filosofía en el tocador, del Marqués de Sade. Saint Ange y Dolmancé son los encargados de corromper a la joven Eugenia por encargo de su depravado padre. Eugenia cree que va al encuentro sólo de Saint Ange, pues está enamorada de ésta, pero Madame, sin aviso, hace ingresar otros hombres para, entre todos, corromper a la ingenua virgen. Dolmancé, el más corrupto de todos ellos, dirige la orquesta hasta el resultado final. Y tan bien cumplen su tarea que la joven Eugenia termina hasta instigando y participando en la tortura atroz de su propia madre, quien había acudido a su rescate.

Tomás hizo un gesto de desdén y dijo:

—Debiste continuar con la literatura.

—Esto da más dinero, quizás más adelante me dedique a ella —le respondió Matilde—. Pero, en serio, ¿te parece prudente seguir con esto? Podemos dejarlo, detenernos acá, que ella siga con su vida, seguramente encontrará una buena mujer y será feliz. No quiero que siga pensando en que soy una economista corporativa, que aborrezco a los hombres y que me he enamorado de ella a través de Internet, cuando lo que en verdad soy es una puta.

—Pero muy culta, creativa y cara —le respondió Tomás, mientras esbozando una media sonrisa se acercaba a ella con intención de besar su cuello. Matilde lo advirtió y se levantó del sofá antes de que Tomás cumpliera su propósito y comenzó a caminar dando rondas por la sala.

—Te estoy hablando en serio —le dijo.

—Vamos —respondió él—. No estamos haciendo nada malo. ¿Acaso la gente no se engaña a diario? Quítame a mí del medio e imagina que fuiste tú quien directamente contactó con ella. Sólo piensa que recorriste varios chats y entablaste una relación duradera a través de la red y que Tomás Zanek nada tiene que ver con ello. En el chat se miente todo el tiempo, hasta me sorprende que Carmen haya sido en verdad una mujer, pienso que la mayoría de las mujeres en un chat son hombres. Sólo le mentiste acerca de tu profesión y tu nombre, y la mentira, si llegara a descubrirse, tiene una justificación muy lógica: no querías decirle que eras una puta, pero eso no cambia el amor que sientes por ella. Hasta podría ser que nuestra Carmen no fuera ella y en verdad existiera otro hombre como yo jugando el mismo juego que jugamos nosotros. ¿Quién sería en ese caso el engañado?

—Sabes que a veces puedes ser un hombre muy cruel —le dijo ella sosegándose. El rostro ahora le había cambiado, como si su lucha interior entre abandonar el juego y continuarlo hubiera, aunque nada más fuera por el momento, terminado—. Dime una cosa —le dijo parándose frente a él, que permanecía impasible en el sofá—: ¿cuál es tu placer en esto? Yo al menos la disfruto a ella.

—El placer no se analiza, se siente —respondió Tomás sin moverse. En ese momento hablaba con una seguridad fría, calculada, diríase que hasta fingida, como nunca antes lo había hecho con Matilde. Ella siempre tenía la última palabra y él nunca podía sostenerle la mirada. Ahora era él quien la estaba mirando fija y directamente a sus ojos, pero ella tampoco cejaba.

—Pero ahora que lo dices, quizás sí me sienta como Viktor Frankenstein —continuó él sin bajar la mirada.

—Ten cuidado, Viktor —le contestó ella también sin bajar su vista— porque el monstruo se vuelve siempre contra su creador.

Él se rió, y en ese preciso momento desvió la mirada. Una vez más, Matilde había ganado la batalla.

—Bueno —dijo ella—, ¿no te ha excitado el video? Ven y haz el amor con tu monstruo. Hoy necesito que seas hombre.

Wanda y Carmen

Carmen se despertó con las primeras luces del alba. A su lado yacía el cuerpo desnudo de Wanda. Procuró no hacer ruido para no despertarla mientras tomaba una bata, cubría su cuerpo, calzaba unas pantuflas y se dirigía a la cocina. Preparó un café y se instaló en la terraza. La suave brisa primaveral acarició su rostro y permaneció unos segundos absorta contemplando la vista. Habían llegado la noche anterior al departamento que Wanda tenía en Punta del Este. Un piso dieciocho sobre la Avenida Roosevelt. Mientras bebía el café a pequeños sorbos fijaba la vista en la Isla Gorriti que se recortaba a lo lejos, inmóvil como si lo que tuviera ante sí fuera una postal. La altura en que se encontraba no permitía que ninguno de los numerosos edificios que se interponían entre ella y la isla obstaculizaran la vista del mar reflejando el amarillo del sol que salía a su espalda. La isla parecía una gigantesca ballena dormida mientras las estelas de luz en el agua se acercaban a ella como anguilas muy lentas.

Era el primer fin de semana que pasarían juntas desde que se conocieron, y a Carmen le parecía un desperdicio dormir. Quería vivirlo y degustarlo minuto a minuto, de la misma manera que había degustado la boca de Wanda larga y pausadamente durante la noche. La había besado casi con devoción hasta que cayeron exhaustas y ahora quería besar el día que tenía por delante con esa misma devoción.

Wanda le había llamado el miércoles para invitarla y casi no pudo dormir las dos noches que la separaban del viernes. Estaba realmente feliz, y cuando uno se siente feliz nunca quiere dormir. Carmen terminó el café y abandonó la terraza. Se asomó al dormitorio y Wanda todavía dormía. Por un instante pensó en volver a la cama y abrazarse a ella, pero temió despertarla. Quería disfrutar un poco más la contemplación de la imagen de la mujer que amaba mientras dormía. Eso le hacía sentirse protectora, destinada a cuidarla, a velar su sueño. Prefirió entonces quedarse parada en la puerta contemplándola. Se tentó con apenas acariciar su cabello pero volvió a contenerse. ¡Se sentía tan segura con ella! Esperó una hora en el living y preparó un desayuno que colocó primorosamente en una mesa de cama. Café, jugo de naranja y tostadas. Llevó la mesita hasta el dormitorio y la depositó suavemente a los pies de la cama, procurando no hacer ningún ruido que turbara el sueño de Wanda. Inmediatamente descorrió apenas la sábana que abrigaba a Wanda de modo que sólo sus pies quedaran al descubierto. Se arrodilló en el piso y comenzó a rozar delicadamente con sus labios cada uno de los dedos del pie derecho de Wanda. Suavemente colocaba su lengua entre uno y otro dedo, y cuando llegó al meñique lo colocó lentamente dentro de su boca. Lo saboreó con fruición. Hizo lo propio con los demás dedos.

—Me haces cosquillas —dijo Wanda semidespierta y con los ojos aún cerrados. Carmen se acercó a su rostro y la besó suavemente en los labios.

—Buen día, mi amor —le dijo después del beso.— Te preparé el desayuno. Abriré un poco más la ventana, es un día tan hermoso.

La luz entró de golpe en el dormitorio y Wanda tardó en abrir los ojos. Cuando lo hizo y se acostumbró a la luminosidad, se incorporó en la cama utilizando las almohadas como respaldo y haciendo a un lado la sábana, que cayó entera al piso. Quedó completamente desnuda.

—Toma —dijo Carmen acercándole la mesa de cama y acomodándola sobre el regazo de Wanda—, se te va a enfriar.

Wanda bebió un sorbo de jugo de naranja y luego otro de café. Mientras, Carmen, que se había sentado en el borde de la cama al otro lado de la mesa y de frente a Wanda, untaba con mermelada una tostada. Cuando terminó de hacerlo, con prolijidad casi religiosa, se la entregó a Wanda.

—Me estás mimando demasiado —dijo Wanda al recibir la tostada.

—Me gusta hacerlo —le respondió Carmen sonriéndole mientras untaba una segunda tostada para Wanda—. Había estado varias veces en Punta —prosiguió— pero éste será el mejor fin de semana de mi vida en esta ciudad, estoy segura de ello.

—Dime, Carmen —comenzó a decir Wanda mirándole directamente a los ojos—, ¿me amas?

Ella bajó la vista como avergonzada. Sólo por unos segundos. Luego volvió a mirar el rostro de Wanda, ese rostro hermoso, de grandes ojos entre marrones y verdosos, de labios a la vez finos y sensuales. Ese rostro de mejillas y nariz tan delicadas cuyo cabello negro tan corto le daba un aire varonil, una extraña mezcla de mujer-hombre. La contempló durante varios segundos más, en silencio, hasta que al fin dijo:

—Sí, te amo, te amo como nunca pensé que podía amar a una mujer. Eres tan tierna conmigo y a la vez tan dura. Me gusta tu refinamiento en la cama y tu cariño fuera de ella.

—¿No será que sientes eso porque soy la primera mujer en tu vida? —le preguntó Matilde con una sonrisa franca. En su interior comenzaba a sentir pena por la muchacha que tenía delante.

—No —le dijo Carmen con énfasis—. Y espero, aunque te parezca una locura, que seas la última mujer de mi vida. Te prepararé un baño —terminó diciendo como con temor de preguntarle a Wanda si ella sentía lo mismo.

Fue al baño y se ocupó de llenar la bañera con agua tibia. La probó varias veces con gran dedicación. Tan concentrada estaba en la temperatura del agua que no se dio cuenta de que Wanda estaba parada detrás de ella en la puerta del baño contemplándola. Sabía que estaba sacando muchas cosas de dentro de Carmen, y lo estaba haciendo paso a paso, contándole las historias que sabía la excitarían. No es raro, pensaba, que algunas mujeres orienten su sexualidad hacia cierto grado de masoquismo. Todos en parte lo tenemos. Lo había notado en algunos de sus clientes también y entonces ella jugaba su papel a la perfección, tanto como lo estaba haciendo ahora.

—¿Qué tal el agua? —prorrumpió la voz de Wanda sorprendiendo a Carmen. Ésta se dio vuelta inmediatamente y la vio parada frente a ella. Alta y desnuda. Era sorprendente cuánto más alta le parecía mirándola desde el piso donde estaba arrodillada probando que la temperatura del agua quedara a punto.

—Está ideal, creo. Entra —le contestó Carmen sin dejar su postura.

Wanda se acercó a la bañera y se introdujo en ella. Primero una pierna, luego la otra, y se dejó deslizar por la espalda hasta que el agua cubrió parte de su cuello y todo su cuerpo. Entonces Carmen, arrodillada fuera de la bañera, tomó una esponja enjabonada y comenzó a limpiar con ella lenta y pausadamente el cuerpo sumergido de Wanda. Comenzó por los pies y fue subiendo hasta los muslos, delicadamente lavó el sexo de su compañera, su estómago y con extrema delicadeza sus pechos y su cuello.

—Tu dedicación me recuerda El jardín de los suplicios —le dijo Wanda con los ojos cerrados mientras disfrutaba del baño, con la nuca apoyada en una almohadita que Carmen había colocado sobre la base de la bañera. Ya había ensayado mentalmente esa frase mientras la observaba desde la puerta del baño sin que Carmen hubiera advertido su presencia. Era el próximo paso, la próxima historia para continuar desabrochando el alma de Carmen, para conocer más las inclinaciones ya reveladas, para estimularlas, para que ella sintiera que había encontrado la horma de su zapato. Y es terrible encontrar la horma del propio zapato, porque puede convertirse en la felicidad más completa, en la más duradera, o puede también conducir a la destrucción.

—¿El jardín de los suplicios? —preguntó Carmen extrañada—. ¿Es que soy un suplicio para ti?

—No —dijo Wanda riendo—. El jardín de los suplicios es una novela de un tal Octave Mirbeau, escrita en el siglo XIX. Trata de un naturalista, un científico, que es seducido durante una travesía en barco por Miss Clara, una inglesa rica y rubia, que lo convence de instalarse en su propiedad de Cantón, en China. En realidad esa propiedad esconde los más perversos deseos de Miss Clara, que disfruta con la voluptuosidad de la tortura a los prisioneros chinos. Me quedó grabado de ese libro el «suplicio de la caricia». A él fue condenado un hombre cuyo crimen había sido violar a su madre y luego abrirle el vientre con un cuchillo. El suplicio consistía en una lenta, suave, minuciosa y delicada masturbación a la que una mujer sometía al condenado durante casi cuatro horas. Éste al fin muere lanzando desde su pene un chorro de sangre que da en el rostro de la paciente acariciadora. Imagina la sutileza de una acariciadora china durante cuatro horas, los movimientos suaves, calculados, que se detienen cuando se advierte la inminencia de la eyaculación, la detienen con su pasividad, con un no hacer, para luego proseguir. En otro advenimiento del fluido lo detienen apretando fuerte la base del pene, para seguir luego con la delicada tarea. Es todo un arte. El dolor de ese pobre hombre debió de ser atroz, si es que alguna vez se practicó un suplicio así.

Carmen la escuchaba sin mirarla, concentrada en la esponja que se deslizaba por el cuerpo de su amante.

—Debe de ser una obra decadente —dijo sin dejar la tarea que llevaba a cabo.

—Sí —afirmó Wanda sin abrir los ojos que había mantenido cerrados durante todo el relato, como si lo estuviera recreando en su imaginación—. Es un catálogo de torturas. El amante se asquea del descenso de Miss Clara en su propia podredumbre. Es decadente sí, quizás algún día escriba un ensayo sobre la literatura decadente, es algo que le debemos a la literatura.

—Es raro congeniar tu gusto por la literatura con tu trabajo —reflexionó Carmen mientras la ayudaba a a salir de la bañera y comenzaba a secarla con la toalla que ya había dispuesto para esa tarea—. Eres una ejecutiva importante. No es común esa combinación.

—No, no lo es —le respondió Wanda mientras dejaba que Carmen la secara y vistiera con una bata—. Por eso no quiero que vayas a mi oficina. Quiero que veas en mí sólo esta parte, la agradable, no aquella metálica oficina.

—No es por eso —le dijo secamente Carmen—. Pero lo entiendo, no se vería bien.

Ambas volvieron al dormitorio. Una vez en él Carmen se deshizo de su bata y se tendió boca arriba en la cama completamente desnuda. Abrió sus brazos y sus piernas lo más que pudo.

—Por algo me contaste esa historia —le dijo en esa posición, en un tono de voz que reflejaba una entrega casi absoluta.

—Deberé atarte —le dijo Wanda—. Cuatro horas es mucho tiempo.

Wanda, Tomás y Matilde

—Conque yo soy tu cena de trabajo, ¿eh? —le dijo Matilde a Tomás con un tono pícaro.

—Así es —rió él—. ¿Cómo piensas que puedo venir a verte a estas horas?

—Tuve mucho trabajo hoy —le respondió ella con el mismo tono.

—El lunes disfruté mucho de tu fin de semana con Carmen. ¿Quedó su clítoris tan hinchado como me contaste? No se veía bien en la filmación, ésa es la desventaja de las cámaras ocultas, no captan los detalles más importantes.

—No seas morboso, ¿quieres? No estoy de humor. Esto ya ha avanzado demasiado.

—Vamos —dijo él—. Podemos desaparecer cuando queramos. ¿Por qué crees que alquilé dos departamentos para tus encuentros con Carmen, uno aquí y otro en Punta del Este? En la corporación donde le dijiste que trabajabas no nos conocen ni a ti ni a mí. Ella no conoce tu verdadero departamento y a mí nunca me ha visto. Podemos desaparecer de un día para el otro.

—Sólo piensas en nosotros —respondió ella.

—¿Te estás enamorando?

—No, me da pena.

—No conocía esta veta tuya. ¿Acaso no cobras por tu trabajo?

—Mira, te lo diré claramente. Me considero una gran puta y por eso elijo mi clientela. No tengo ni siquiera una pareja para que no interfiera con mi trabajo. Hago lo que satisface a mis clientes dentro de los límites que yo impongo y te puedo asegurar que pagan gustosos. He hecho y visto las cosas más extravagantes, pero esto es diferente, estamos jugando con alguien, como al gato y al ratón.

—No entiendes, Matilde. Cada vez que más avanzamos algo pasa dentro de mí —comenzó a decir Tomás como si estuviera confesándose—. Algo que crece, algo que me excita, algo que hace que la vida sea distinta, que nos saca de todo lo que aborrecemos. No es que la ame, ella ama a Wanda y jamás me amará a mí. Jamás hubiera contactado conmigo, sólo con Wanda. Darle vida a Wanda es la única forma de poseerla.

—Ha estado con hombres antes de mí. Podrías intentarlo.

—Sí, pero ése es su pasado, me escribió sobre ello, mejor dicho, le escribió a Wanda. Tú lo leíste. ¿Sabes?, a pesar de que disfruto con mi manera de tenerla te estoy envidiando. Desearía estar con ella aunque más no fuera una sola vez. Pero es imposible. Además, aún cuando parezca extraño, no la deseo sin ti, no la deseo sin Wanda.

—¿No estás ya harto de masturbarte viendo los videos de mis encuentros con Carmen?

—En absoluto, pero para cambiar un poco harás un viaje de negocios.

—¿Qué?

—Eso. Te ausentarás por dos semanas. Durante ese tiempo Wanda, o sea yo, se comunicará con ella por mail, como al inicio. La llamarás y le dirás que te surgió un viaje imprevisto para hoy en la noche, que la extrañarás y todo eso. Irás al departamento que te arrendé, harás una valija y saldrás de modo que te vea el portero. Si quieres le comentarás que viajas urgente.

—Está bien, preciso un descanso de esto —aceptó Matilde, haciendo un gesto que parecía demostrar alivio. Inmediatamente se sumió en un largo silencio sin importarle la presencia de Tomás.

—¿En qué piensas? —preguntó él. A veces, en muy pocas ocasiones, el tono de sus conversaciones cambiaba por breves instantes. Parecía como que dejaran de estar en guardia uno con el otro, como que se acercaran más íntimamente, como que fueran realmente un solo ser.

—En que quizás haga un viaje de verdad. Quizás me vaya tres o cuatro días. Algo cerca. Buenos Aires tal vez.

—No es mala idea. Te ves perturbada.

Y en realidad lo estaba. Sabía que nunca había estado tan a gusto con alguien como con Carmen. Sentía el impulso de contarle todo, pero también temía hacerlo. Temía poner fin a la relación. Temía no volver a verla.

Carmen y Tomás

La relación entre Wanda y Carmen se fortaleció aún más durante las dos semanas de ausencia de Matilde. Los mails de Carmen eran extrañamente dulces, cálidos, anunciaban los cuidados que le prodigaría en su próximo encuentro. Los de Wanda eran cautelosos. Casi reiteraban las añoranzas que Carmen decía sentir. Tomás temía romper la profundidad creciente del sentimiento que Carmen estaba experimentando.

Una tarde, luego de que Tomás quedara solo en su oficina, se concertaron para chatear. Carmen ya estaba en la sala cuando Wanda ingresó en ella.

—Hola, te demoraste —escribió Carmen.

Tomás pensó que no era un reproche. No porque las palabras que arrojaba el teclado pudieran interpretarse de otra manera que en su sentido literal. No hay gestos, ni tonos, sólo letras en la pantalla. Aun así, pensó Tomás, ¿por qué podemos enamorarnos a través de esto? ¿No sería el encanto de lo desconocido más que el verdadero amor? ¿O tal vez la posibilidad inicial de liberar lo más oscuro de nuestra persona de manera anónima, de modo engañoso, como él lo había hecho?

—Lo siento —respondió Wanda—, tuve una reunión que se demoró.

—Estaba ansiosa por encontrarnos.

—Lo mismo yo.

—Te extraño, mi amor. ¿Cómo fue tu día?

—Agotador, Buenos Aires es una ciudad alocada, reuniones, juntas, negocios. En fin, aburrido.

—Sí, sé que no te gusta lo que haces, que tu trabajo no te motiva, tengo guardado ese mail, fue una de tus primeras confesiones. ¿Recuerdas?

—Sí, lo recuerdo. Extraño tu cuerpo. Besarte. Cuéntame que has hecho hoy.

—Fui a la biblioteca luego de clase. Quería encontrar El jardín de los suplicios.

—¿Lo hallaste?

—Sí. Leí algunas partes. Tiene cosas realmente repulsivas y descripciones hermosas. Anoté ésta: «Por un refinamiento diabólico, enredábanse a los fustos de aquellas columnas de suplicio calistegias pubescentes, ipomeas de Dauria, lofospermos, coliquintidas, clemátides y astragenos… Escondidos entre las hojas de esas plantas, entonaban los pájaros canciones de amor.»

—Lo recuerdo —mintió Tomás, que jamás había leído el libro.

—Y las reflexiones del verdugo, en ese entorno floral, sobre la muerte y el refinamiento. Mira: «extraer la máxima cantidad de dolor con prodigiosos procedimientos que comprimen a esa carne contra el fondo de sus tinieblas y de sus misterios…» Lo dice luego de quejarse que ha sido el progreso occidental el que ha hecho que la ritualidad de la muerte sea «colectiva, administrativa y burocrática».

—¿Y no le encuentras razón?

—Pensando en ti no pude evitar asociar el ritual de la muerte con el amor. El amor es burocrático, y tú lo refinas.

—Gracias, es un halago.

—Sí. Te confieso que en parte me excitó la lectura, aunque no es mi literatura preferida. Pero me ayuda a conocerte.

—También he buscado en Internet —continuó Carmen— material sobre un personaje que me mencionaste al pasar.

—¿Cuál? —preguntó Tomás fingiendo no recordar—. Me he olvidado.

—Yo lo recuerdo todo de ti. Cuando me sometiste al suplicio de la masturbación, sin dejar de frotarme, y al hacerse mayores mis gritos, te acercaste a mi oído y me dijiste: contigo podría ser hasta la Condesa Bathory. Nunca más me lo mencionaste ni yo te pregunté. Pero recuerdo todo lo que me dices.

—Cuéntame, soy una aficionada a la condesa vampiro.

—Es horrendo. Leí una suerte de catálogo de sus torturas, la elección de jovencitas de entre 12 y 18 años, altas y fuertes para que duraran más en las sesiones de tortura. En la sala, la condesa vestida de blanco ordenaba a sus sirvientas que las flagelaran hasta desgarrarles la piel del cuerpo, esas muchachas se convertían en llagas vivas.

—Sigue.

—No sé, las quemaban con atizadores enrojecidos al fuego; también cercenaban sus dedos con enormes tijeras. En las propias llagas les clavaban agujas y les hacían cortes con navajas.

—Qué más —la urgió Tomás, quería saber hasta dónde había llegado Carmen y qué había experimentado ella con esa lectura.

—Leí que cuando los gritos eran demasiado fuertes y la condesa no quería oírlos ya, cosían la boca de la torturada, y que para proseguir la tortura cuando alguna se desmayaba se la volvía en sí colocando entre sus piernas un papel untado en aceite y se le hacía arder. Imagino la tenebrosa sala. Dicen también que uno de sus métodos era hacer morir a las jóvenes con agua helada. Parece que las sumergía en agua fría y así permanecían durante la noche entera. Viendo todo ello estallaba en crisis eróticas y gritaba que la tortura fuera más intensa, más cruel y fuerte.

—Una mujer terrible, una voyeur vampiro.

—¿Realmente te atrae ese personaje? ¿Por qué me dijiste aquello?

Tomás nada sabía sobre ese comentario que había hecho Matilde. Ella le había omitido toda referencia a él. Sólo le quedaba inventar algo.

—Es que en ese momento imaginaba que eras una de esas jóvenes torturadas por la condesa y eso me excitó.

Se hizo un largo silencio sin que en la pantalla apareciera la respuesta de Carmen, hasta que por fin las letras aparecieron una a una.

—¿Me harías daño, Wanda?

—Jamás —escribió Tomás—. Te amo.

—Es la primera vez que me lo dices.

—Es lo que realmente siento por ti.

—Te amo —escribió ella varias veces—. Te amo, te amo.

—Y yo necesito de ti.

—Puedes ser mi condesa —leyó Tomás en la pantalla de golpe— pero no me hagas daño.

—¿Cómo podría hacértelo?

—Dejándome.

Matilde y Wanda

Matilde caminaba lentamente por el amplio parque que se descubre al finalizar la calle Florida. Era su segundo día en Buenos Aires y sólo quería caminar, detenerse en algún café con mesas en la acera y disfrutar el colorido y la calidez del día, que se presentaba con un cielo azul carente de nubes.

Durante su último viaje tenía el cabello largo y ahora no podía evitar mirarse reflejada en las vidrieras cada vez que atravesaba una tienda. Llevar el cabello tan corto en Montevideo para sus encuentros con Carmen le llegó hasta parecer risueño. Ahora, lejos de aquello, no se gustaba a sí misma. Extrañaba la larga cabellera que le daba un aspecto más femenino, menos varonil, quizás hasta menos siniestro. Se sentó en un banco del parque a la sombra de un árbol añoso y de enorme copa y pensó en esa palabra: siniestro. No era el corte de cabello lo que le llevó a ese adjetivo sino lo que ese corte significaba. No era el cambio en la apariencia sino lo que estaba llevando a cabo. Pero por otra parte no podía dejarlo. Le vino a la memoria una frase de Sacher Masoch que siempre le había provocado una morbosa atracción. «Confieso que soy cruel, ya que el simple sonido de la palabra me produce placer.» Estaba escrita en La Venus de las pieles, y la recordaba porque a menudo había sido cruel. Lo había sido desde muy joven, ya en la secundaria y antes de convertirse en una prostituta. Su belleza hacía que todos los jóvenes la pretendieran y disfrutaba despreciándolos, haciendo que se humillaran por ella. Le gustaba ver llorar a aquellos que abandonaba, los imaginaba arrastrándose ante ella y eso le provocaba una sensación extraña, agradable, excitante.

Se había enamorado una sola vez, a los dieciocho años, de un compañero de estudios. Pero lo dejó porque le pareció demasiado débil, demasiado lírico. Sí, lírico, ésa era la palabra adecuada. Él no era digno de la Matilde soberbia, dura, diabólicamente hermosa y fría. El nacimiento de su carácter ahora estaba perdido en los remotos años de aquella otra vida. ¿Había sido una postura deliberadamente adoptada para sobresalir, para ser única, o en realidad era su verdadera personalidad? Goethe decía que las personalidades no nacen solas, que se construyen. Ahora se preguntaba hasta qué punto ella no había ido edificando lenta y constantemente esa personalidad.

Después todo ocurrió demasiado rápido. Tuvo que dejar sus estudios de medicina cuando murieron sus padres en un accidente de tránsito. Deambuló por varios trabajos hasta que comenzó con su actual vida. Era como si todo su pasado estuviera desfilando ante sus ojos a gran velocidad. La amiga que la convenció para dedicarse a la prostitución por contactos, el primer cliente, la habituación a esa vida y por fin la sensación de que no le desagradaba tanto lo que hacía. Y no le desagradaba porque ello le servía para continuar edificando esa personalidad que se había dado. Le gustaba aparecer como poderosa y soberbia frente a sus clientes y poco a poco se fue dando cuenta de que a la mayoría de ellos esa postura los excitaba, que despertaba en ellos fantasías ocultas y entonces eso retroalimentaba las raíces más profundas de su personalidad. Esa sensación se acentuó luego de cortarse el cabello. A sus clientes regulares les agradó mucho el cambio. Ahora a la soberbia y a cierta estudiada dosis de desprecio que Matilde ponía en el trato con ellos, se le sumaba un aspecto extrañamente andrógino. Era como si ella poco a poco se virilizara y sus clientes fueran feminizándose. Indudablemente disfrutaba con ese sadismo refinado que era el principal motivo del éxito económico en la profesión que había elegido.

De repente un estruendoso coro de bocinas provenientes de un atascamiento en el tráfico la sacó de sus pensamientos y la devolvió al parque. Inmediatamente desvió el pensamiento de sus recuerdos y comenzó a imaginar cómo habrían pasado Wanda y Carmen aquellas dos semanas que ya llevaba de ausencia. Y no pensó en eso porque el siguiente fuera el día fijado para su regreso, sino por verdadera curiosidad. ¿Qué se habrían escrito? ¿Qué se habrían confesado? ¿Qué habrían programado? Por vez primera se sintió ajena a la relación, aunque sabía que era una parte inescindible de ella. Tomás, ella y Carmen eran como una especie de trinidad, pero una trinidad diabólica. Ahora ella, una parte esencial de esatríada , había estado al margen de todo, y ello, más que curiosidad, le provocaba envidia, añoranza, celos. Pero enseguida se dijo que en una trinidad no se puede prescindir de ninguno de los miembros. Ese pensamiento la tranquilizó. ¡Qué extraña idea, ésa, la de una trinidad!

Tomó entonces su celular y telefoneó a Tomás. La voz de él apareció inmediatamente. Lo hizo siguiendo un impulso, y ese mismo impulso lo seguiría repitiendo, una y otra vez, como si estuviera encerrada en un círculo, como si todo siempre volviera a empezar.

—¿Cómo estás pasando? —le preguntó él luego del saludo introductorio.

—Me he aburrido bastante. ¿Y Wanda y Carmen como pasaron?

—Muy bien. Nos ama. Y Wanda también a ella.

—¿Estás loco? Cómo se te ocurrió decirle tal cosa. Jamás se lo dije —exclamó ella casi enfurecida. Era como si estuviera buscando cualquier detonante para discutir con Tomás, para reprocharle, porque en verdad lo que sentía era el germen de la disputa, como si ella y Tomás estuvieran poco a poco convirtiéndose en dos rivales, en dos perros cazadores peleando por su presa. Casi imperceptiblemente ésa era la sensación que venía creciendo dentro de ella. Pero ¿es posible que existan disputas entre los miembros de una trinidad? Hay que imaginar a Dios disputando con Jesús por María Magdalena. Pero María Magdalena no integra la Santísima Trinidad, pero no es ésa la única trinidad imaginable. Es posible imaginarla con María. ¿Pero con qué María? Puede también una falsa María integrar una falsa trinidad.

—Lo sé, me lo comentó. Quedó encantada —contestó Tomás haciendo caso omiso del tono de reproche con que Matilde le había hablado.

—Eres un monstruo, Tomás. ¿Te has puesto a pensar que estás jugando con un ser humano? —insistió Matilde. Pero al mismo tiempo ella sabía que estaba haciendo lo mismo. Si no, ¿qué era toda esa colección de historias que utilizaba para avivar el fuego, para exaltar la imaginación de su amante?

—¿Acaso tú no has jugado con los seres humanos?

—Era muy joven entonces, y además era distinto —obviamente Tomás se refería a la historia de aquel antiguo novio, de quien Matilde le había contado en un momento de debilidad. Es que Tomás era bastante más que un cliente regular, ejercía sobre ella una extraña fascinación, como si hubiera en él una fuerza oculta aún por revelarse.

—¿Sabes qué hizo? —dijo Tomás con la evidente intención de desviar la conversación—. Estuvo leyendo acerca de la Condesa Bathory, parece que un susurro tuyo la obsesionó.

Matilde hizo un silencio y culminó abruptamente la conversación:

—Hablaremos cuando regrese —y cerró el celular.

Se levantó y echó a caminar nuevamente sin rumbo. Mientras recorría el parque hacia la avenida Libertador revivió sus encuentros con Carmen. La caminata por la rambla de Montevideo una tarde de jueves, lenta y pausada, riendo de sus anécdotas, como si fueran dos grandes amigas. Carmen llevaba puesto un vestido tipo campesina, celeste con leves líneas blancas, que cubría sus piernas hasta la mitad, por debajo de las rodillas y dejaba desnudos sus hombros. Hasta ese entonces, ella, la puta Matilde, no había reparado en lo hermoso que puede ser el cuerpo de una mujer mirado a través de los ojos de otra. Hasta ese momento jamás había mirado el cuerpo de otra mujer con la misma excitación con que podía mirar el cuerpo de un hombre. El viento a veces levantaba la larga y negra cabellera de Carmen, pero ninguna de las dos se animaba a tomarse de la mano aun cuando ambas lo deseaban. En determinado momento Carmen se separó de ella y volvió con un helado que obsequió a Wanda. Se la veía feliz, todo lo feliz que se ve a una persona cuando descubre el primer amor. Matilde pensó que sólo una niña obsequiaría un helado.

La historia de Carmen era sencilla y lineal. Tres hombres pasaron por su vida pero siempre se sintió atraída por las mujeres. Había en ella el clásico conflicto entre la sexualidad convencional y el propio deseo. Matilde sabía que, a partir de Wanda, Carmen estaba renunciando definitivamente a los hombres. Por lo demás, tenía un trabajo tranquilo dando clases de literatura en un liceo y cierta ambición literaria.

En Punta del Este le había permitido leer el único cuento que había publicado en una revista underground. Se lo enseñó casi con vergüenza, pero el habérselo enseñado tenía, indudablemente, un poderoso significado. Todo lo que escribimos en cierta medida revela lo que somos, es parte de nosotros mismos, a veces la parte más profunda, la más oculta, en ocasiones la más terrible. Y esas cosas se enseñan al ser amado sólo cuando se confía profundamente en él. El cuento trataba de una pasión contenida, era breve y escrito con soltura y en primera persona, como quien escribe de lo que ha vivido y nada necesita inventar. Era la historia de una mujer que se enamora de un hombre casado. Hasta ahí la apariencia, porque lejos de ser esa mujer y ese hombre los protagonistas, el personaje central no tarda en aparecer. Es un personaje este que no aparece en el cuento, que no tiene diálogos ni descripción. Es precisamente la esposa, la otra mujer para esa otra mujer que es la que escribe el cuento. Con esa otra mujer la escritora comienza a vivir una obsesión casi enfermiza de odio y sumisión, aunque nunca llegan a verse. «La otra mujer», así se llamaba el cuento, es una presencia psíquica viviente para Ana, la protagonista y escritora. Empieza a depender de ella, y termina admitiendo y perpetuando la relación adúltera, su papel de amante, aun a sabiendas de que siempre vivirá torturada por aquella presencia.

A Matilde siempre le pareció que había algo escondido en el relato, que en realidad lo que Ana quería no era tener a su amante hombre sino vivir la presencia de la esposa como una realidad, regocijándose con el fantasma que le hacía sufrir. Que lo que en verdad y sin saberlo deseaba era sentirse sometida de modo permanente a esa presencia. No pudo evitar asociar el cuento con las historias que Carmen le pedía que le contara, cual si fuera una niña a la espera de su premio. En realidad, el cuento «La otra mujer» era mucho más sutil que la galería de relatos sadomasoquistas de Matilde, pero tenía inevitablemente algo en común con ellos.

Un pacto extraño

Carmen sorprendió a Wanda yéndola a esperar al aeropuerto. Matilde enseguida comprendió que Tomás debió de informarla de la hora del vuelo y pedirle que la esperara. Cuando la vio salir del área de pasajeros y pararse a escasos metros, el rostro de Carmen pareció iluminarse, sonrió feliz y los ojos se le volvieron vidriosos, tal como lucen cuando uno se encuentra nuevamente con la persona que ama.

Carmen insistió en que del aeropuerto fueran a su departamento pese a los ruegos de Wanda y a sus invocaciones al cansancio. Es que había preparado una cena íntima para las dos. Quería halagar y agasajar a su amante.

Tomaron un remise y llegaron en una media hora. Carmen abrió la puerta y ante los ojos de Wanda apareció una mesa primorosamente puesta. Sobre un mantel de blanco inmaculado se erguían dos finas copas de cristal, un vino blanco francés y los platos rodeados de sus correspondientes cubiertos. Una vela a cada extremo de la mesa ovalada y una rosa roja al lado de cada una de las velas completaban la escena. La estancia estaba deliberadamente a media luz.

—Jamás imaginé esto —dijo Wanda sonriéndole con ternura.

Carmen le devolvió la sonrisa, se le acercó y le dio un apasionado beso. Había deseado hacerlo en el aeropuerto pero obviamente no lo consideró apropiado. Ahora, en la intimidad de su hogar, se sentía libre para hacerlo. Wanda devolvió el beso con idéntica pasión, atrayendo hacia sí el cuerpo de Carmen mientras bajaba su mano derecha hacia las nalgas de su amante. Las acarició con suavidad por sobre la falda y luego las presionó fuertemente con la misma mano para estrecharla aún más contra su pubis. La mano derecha casi se hundió en las firmes nalgas de Carmen, sintió su redondez, apretó más para que los pubis de ambas prácticamente se estrellaran, se hundieran uno en el otro. Carmen se dejaba manejar como si fuera un maniquí, su cuerpo se abandonaba a los brazos de Wanda. Deliberadamente no la abrazaba, sus brazos colgaban a los costados de su cuerpo como cuerdas inertes, pues sólo quería ser manejada por los brazos de Wanda. Lo único que Carmen movía locamente era su lengua dentro de la dulce boca de su amante. Luego que Wanda soltó el cuerpo y las lenguas se desenlazaron, Carmen ayudó a Wanda a deshacerse de su blaizer, la invitó a sentarse y se dirigió al dormitorio a colocarlo en su guardarropa. Volvió con un paquete.

—Es para ti —le dijo alargando el brazo.

Wanda la miró sorprendida y a la vez avergonzada. Ella no había tenido siquiera la delicadeza de comprarle un obsequio.

—Ábrelo —insistió Carmen con el brazo todavía estirado hacia Wanda, al ver que ésta se había quedado prácticamente petrificada.

—Es que yo no te traje nada —le respondió Wanda sonrojándose.

—No importa —la disculpó Carmen sonriéndole dulcemente y con un brillo en los ojos—. No quería que me trajeras nada. Era yo quien deseaba obsequiarte. Hoy cumplimos seis meses de conocernos. ¿Recuerdas? En la sala de chat. No lo olvidaré jamás. Yo estaba en la sala «Café Literario» y tú entraste. Te saludé y te pregunté qué hacías. Me respondiste que «recorriendo salas». Luego te pregunté de qué sala venías y crudamente me respondiste que de una de lesbianas. Al principio me impactó la brutalidad de la confesión, pero enseguida tú me preguntaste si eso me molestaba. Me pareciste tan franca, tan sincera, que te dije que no me molestaba en absoluto. Es más, ahí te confesé que yo también me sentía atraída por las mujeres, no recuerdo si mencioné la palabra «lesbiana». Y ahora quiero pedirte perdón por ello.

—¿Pedirme perdón?

—Sí, porque, aunque luego te lo aclaré, esa primera vez casi te mentí. Dije que era lesbiana pero no dije que nunca había estado con una mujer en la cama. En realidad debí decirlo esa vez. Pero tú tuviste la delicadeza de no preguntarme nada más. Pienso que si en esa primera charla me hubieras preguntado por mi experiencia hubiera mentido, me hubiera inventado una historia y eso quizás habría quebrado la magia. Hoy no sabría cómo explicarte que te había mentido, y por eso me alegro de no haberlo hecho. También te doy las gracias por no haberme preguntado nada más esa primera vez.

Wanda la miraba en silencio. Cada palabra de Carmen había sido como un latigazo para su conciencia.

—Es que el chat es un mundo plagado de mentiras —continuó Carmen—. Muy pocos dicen la verdad. No sabes si quienes dicen ser mujeres en verdad lo son y lo mismo pasa con quienes dicen ser hombres. No sabes si las edades, ocupaciones y experiencias que te narran son realidad o fantasía. No sabes si las fotos que se envían son de ellos o las escanearon de alguna revista desconocida. Es como un mundo paralelo en el que todo es posible. Por ello es un milagro que tú y yo seamos reales, que nos hayamos conocido diciéndonos la verdad.

Wanda continuaba en silencio. Sin decir palabra ni levantarse de la silla tomó el paquete y lo abrió lentamente. Al tocarlo se dio cuenta de que era un libro y efectivamente lo era: Las flores del mal, de Charles Baudelaire.

—Me encanta, junto con Rimbaud son mis poetas favoritos. Es una edición hermosa —dijo Wanda sin mudar la seriedad de su rostro.

—¿Ya lo tienes entonces? —preguntó Carmen fingiendo cara de decepción infantil.

—Sí, pero no esta edición bilingüe.

—Además, ya va a hacer tres meses que nos conocemos personalmente —continuó Carmen acercándosele y dándole un fugaz beso en los labios. En ese momento Matilde sintió un incontenible deseo de hacerle daño, de destruir a esa mujer, de convertirla en un despojo moral, de arruinar su vida. Le recordaba tanto a su único amor, aquel de los dieciocho años que abandonó sin otra razón que el placer de verlo sufrir, de alimentar su soberbia de mujer bellísima e inaccesible. En aquel entonces el perseguir esa sensación le parecía más poderoso que perseguir el amor y ahora parecía estar reviviendo aquellos sentimientos. ¿Cómo podía pasar de sentir pena por Carmen a querer destruirla? ¿Es que acaso había llegado para ella otra vez el amor?

—Préstamelo —le pidió Carmen refiriéndose al libro—. Te leeré mi poema preferido.

Wanda le entregó el libro, y Carmen lo hojeó rápidamente. Parada frente a Wanda comenzó a leer:

Dibujo de un maestro desconocido  En medio de frascos, telas sedosas, y muebles voluptuosos, de mármoles, pinturas, ropas perfumadas, que arrastran los pliegues suntuosos, en una alcoba tibia como en un invernadero, donde el aire es peligroso y fatal, donde lánguidas flores en sus ataúdes de cristal exhalan su suspiro postrero, un cadáver sin cabeza derrama, como un río, en la almohada empapada, una sangre roja y viva, que la tela bebe con la misma avidez que un prado. Parecida a las tétricas visiones que engendra la oscuridad y que nos encadenan los ojos, la cabeza, con la masa de su crin sombreada, y de sus joyas preciosas, en la mesilla de noche, como una planta acuática, reposa, y, vacía de pensamientos, una mirada vaga y blanca como el crepúsculo escapa de sus ojos extraviados. En el lecho, el tronco desnudo, sin pudor, en el más completo abandono, muestra el secreto esplendor y la belleza fatal que la naturaleza le donó. Una media rosada, adornada con hilo de oro, en la pierna ha quedado cual recuerdo. La liga, al igual que un ojo secreto que llamea, lanza una mirada diamantina. El singular aspecto de esta soledad y de un gran retrato voluptuoso, de ojos provocativos como su actitud revela un amor tenebroso, una culpable alegría y fiestas extrañas, llenas de besos infernales, que regocijarán a los ángeles malos nadando entre cortinas y chales. Sin embargo, al ver la esbeltez elegante del hombro y su trazo quebrado, la cadera levemente afilada, y la cintura ágil lo mismo que un reptil irritado, se advierte que ella es joven aún. —Su alma exasperada y sus sentidos mordidos por el tedio, ¿se habían entregado a la jauría enfurecida de deseos errantes y perdidos? El hombre vengativo al que no pudiste, viviendo, a pesar de tanto amor, aplacar, ¿sació en tu carne, inerte y complaciente, toda la inmensidad de su deseo? ¡Responde, cadáver impuro! ¿Por tus rígidas trenzas te levantó con brazo febril? Dime, cabeza horrible, ¿en tus fríos dientes hay aún sus últimos adioses?  —Lejos del mundo burlón, lejos de la multitud impura, lejos del magistrado curioso, duerme en paz, duerme en paz, extraña criatura, en tu sepulcro misterioso; tu esposo corre el mundo, y tu forma inmortal vela junto a él cuando duerme; lo mismo que tú sin duda te será fiel y constante hasta la muerte.

Wanda la tomó entonces con ambas manos por la cintura y la sentó bruscamente en su falda. Carmen dejó caer el libro al piso y le rodeó el cuello con sus brazos y sus lenguas volvieron a unirse. Pero Wanda apartó repentinamente su boca y tomó la mano derecha de Carmen entre las suyas. La sujetó fuertemente con la mano izquierda mientras con la derecha tomó el cuchillo que se hallaba al lado del plato. Carmen se asustó e intentó apartarse, exclamando «qué vas a hacer», pero Wanda la retuvo con firmeza.

—No te asustes —dijo Wanda con voz severa pero tranquilizadora a la vez. Y entonces hizo un pequeño tajo en la palma de la mano derecha de Carmen, la acercó a su boca y comenzó a lamer gota a gota la sangre que despedía la pequeña herida.

—Mi condesa —dijo Carmen dando un gemido, mientras se dejaba hacer, cerrando los ojos como si estuviera en un ensueño.

Matilde en cambio, vivió ese momento como una pequeña venganza contra Tomás, pues estaba en casa de Carmen y no habría video. Nada quedaría registrado. Lo torturaría con eso, con historias falsas que lo excitaran y que jamás podría contemplar. Tomás tenía ya ocho cintas, pero lo azuzaría diciéndole que lo que él tenía era nada comparado con lo sucedido esta noche.

—¿Te entregarías a mí como la mujer del poema? —le preguntó Wanda con la boca manchada de la sangre de Carmen y con ella sentada en su falda.

—Quiero ser tuya, sólo tuya.

Entonces Wanda tomó el libro y leyó en voz alta, sin que ambas abandonaran su posición:

Su alma exasperada y sus sentidos mordidos por el tedio, ¿se habían entregado a la jauría enfurecida de deseos errantes y perdidos?

—¿Te entregarías a mi jauría enfurecida de deseos? —volvió a preguntarle Wanda mirándola directamente a los ojos y sosteniendo el libro abierto en la página que recién había leído. Su mirada gélida y la sangre en la boca le otorgaban una hermosura siniestra.

—Sí, quiero hacerlo. Pero nunca me abandones.

Siempre que Carmen le decía a Wanda que no la abandonara parecía estar suplicando, parecía que no se sintiera merecedora de la felicidad que estaba viviendo y que temiera perderla a cada instante, no a Wanda, sino precisamente a la felicidad, aunque a estas alturas una y otra se identificaban, una era inconcebible sin la otra en la mente de Carmen.

La cita

Tomás y Matilde se encontraron para desayunar en una confitería con amplia vista al puerto del buceo. Desde la mesa se divisaba el pequeño lago formado por los diques y en el cual se abigarraban pequeñas embarcaciones, una al lado de otra, a la espera de hacerse a la mar en las próximas horas. A esa hora podían encontrarse sin problemas en lugares públicos pues la esposa de Tomás dormía hasta tarde. La tenue iluminación del lugar contrastaba con un día que despuntaba luminoso y comenzaba a reflejarse en el mar que se abría delante de ellos.

—Hace tiempo que no te remuerde nuestra relación con Carmen —dijo Tomás luego de beber el último sorbo de café.

—Me estaré enamorando —le respondió Matilde con un dejo de ironía.

—Es adorable, ¿no? Hasta tú podrías enamorarte de ella.

—Debes prepararla —le dijo Tomás luego de un silencio más o menos prolongado.

—¿Prepararla? ¿Para qué?

—Quiero tenerla, estar con ella.

—Te dije que no le gustan los hombres.

—Lo sé, pero lo hará para ti.

—Estás loco.

—En absoluto —respondió él sonriéndole—. Vamos, he visto lo que la excita. Se dejaría hasta comer por Wanda. He visto cómo la azotabas, el suplicio de la masturbación y tu fantástica historia de la otra noche. Por cierto, jamás te perdonaré que no lo hayas filmado.

—Olvidas que a Wanda tampoco le gustan los hombres. Tú la creaste así. Los aborrece.

—Es cierto, pero a Wanda le gusta el poder, le gusta ejercerlo sobre Carmen.

—Sí, pero no tiene sentido. Lo estropearía todo.

—¿Qué estropearía?

—Toda esta historia. Quizás Carmen rechace la idea y nos abandone. Quizás cambie la imagen que tiene de mí. Las mujeres no siempre tienen las mismas fantasías que los hombres.

—Ella prometió someterse a tu jauría enfurecida de deseos —le espetó Tomás sonriéndole socarronamente—. A menos que sea mentira lo que me contaste. O… —se detuvo unos instantes con evidente intencionalidad— a menos que temas perderla si se lo propones.

—Escucha, avancemos despacio, quieres.

Ambos terminaron su desayuno en silencio. Matilde lucía una blusa azul oscuro y un pantalón ajustado de cuero negro, Tomás un impecable traje oscuro Pierre Cardin, camisa blanca y corbata bordeaux.

—¿Qué harás hoy? —preguntó él

—Ahora iré a la peluquería, debo volver a cortarme el cabello, ya lo tengo un poco crecido. Luego tengo tres citas. Me llevarán toda la tarde. ¿Tú?

—Lo de siempre. De mañana en la oficina, a la tarde reuniones en la bolsa. Al llegar le enviaré un mail a Carmen para chatear con ella al mediodía.

—¿Por qué mejor no la invitas a almorzar? —le dijo Matilde con evidente tono burlesco. Deseaba hacerle sentir que Carmen estaba fuera de su alcance real, que lo único que podía tener de ella era lo que obtuviera oculto tras la computadora o tras la nueva apariencia de Matilde. Quería poner en evidencia esa imposibilidad. Por más que lo ambicionara, hiciese lo que hiciese, él nunca tendría la mejor parte que tenía Wanda Soch. Otra vez entonces imaginó a ambos como perros de presa, y la presa era la joven Carmen, la ingenua Carmen.

—No seas irónica —contestó Tomás.

—Mira, ¿qué te parece si almorzamos juntos tú y yo? Mi primera cita es a las tres. Conozco un lugar oculto en Pocitos. No te llevará mucho tiempo. Ah, y yo invito.

Tomás lo meditó unos segundos. Matilde no era persona de almorzar con sus clientes, pero desde la creación de Wanda habían entablado una relación mucho más profunda. Se veían con mayor asiduidad, aunque la mayor parte del tiempo la concentraban en observar los videos de Wanda y Carmen. Mientras él devoraba las filmaciones Matilde lo masturbaba casi se diría que con profesionalismo. Lo hacía lentamente, su mano acariciaba toda la zona que rodea al pene con una delicadeza de geisha. Medía su tiempo, aceleraba y se detenía con el fin de que el orgasmo le llegara junto con el éxtasis de Carmen en la pantalla.

—Está bien —dijo por fin él—. No puedo resistir tu hermosura.

—¿A la una?

—A la una. ¿En dónde?

—Te envío un mail con la dirección.

Wanda, Carmen y Tomás

Tomás tomó un taxi desde la ciudad vieja hasta Pocitos. El restaurante elegido por Wanda se hallaba en la calle Obligado. Era pequeño y oscuro, ubicado en una esquina con la virtud de tener una entrada casi desapercibida y una disposición de las mesas que ocultaba a los comensales de las miradas curiosas provenientes desde el exterior.

Bajó pausadamente del taxi, abrió la puerta y quedó petrificado. Inmediatamente divisó a Wanda en una mesa esquinera al fondo del restaurante. Vestía un traje ejecutivo gris, con una pollera ajustada que, sentada, dejaba al descubierto la mitad de sus muslos. Debajo del blaizer una impecable camisa blanca y un pañuelo rojo y azul torneado alrededor de su cuello. A su lado, estaba Carmen. Lucía alta, con el cabello negro profundo desplegado sobre sus hombros, sus ojos negros a tono, y vestida con un jean ajustado y una blusa beige.

—Aquí —le gritó Matilde al ver que Tomás había quedado inmóvil al verlas juntas.

Le sonreía desde la mesa como disfrutando de la sorpresa que le había preparado. No tuvo tiempo a pensar y se acercó rápidamente a la mesa. Ambas mujeres se pusieron de pie.

—Carmen —comenzó diciendo Wanda—, te presento a Tomás. Es un gran compañero de trabajo y quería que se conocieran.

En ese momento Tomás comprendió que Matilde lo había preparado todo, pero no sabía con qué fin.

—Mucho gusto, Carmen —dijo él—. Wanda me ha hablado mucho de ti.

—Eso me alegra —le respondió ella.

—Bueno, sentémonos —dijo Wanda, sabiéndose dueña absoluta de la situación al ver que Tomás había quedado parado frente a Carmen.

Los tres se sentaron a la mesa. Wanda y Carmen una al lado de la otra, Tomás, frente a ambas. Eran una pareja singular. Wanda, varonilmente vestida y el cabello casi razurado, era una extraña mezcla de hombre y mujer, un híbrido hermoso. Carmen lucía su largo cabello como si fuera el complemento perfecto de Wanda.

—Carmen es mi mejor amiga y me pareció lógico presentársela a mi mejor amigo —dijo Wanda rompiendo el silencio.

Tomás asintió con la cabeza, mientras que, contemplando a Carmen, comenzó a reconstruir las escenas que tantas veces había visto de ella en los videos filmados subrepticiamente por Matilde. No pudo evitar recordar los dos cuerpos que ahora tenía frente a él anudados en la cama, las lenguas penetrando en las bocas, y todos esos juegos que Matilde sacaba de la literatura y la historia.

El mozo se acercó y tomó el pedido. Tomás eligió lo primero que la lista le ofreció. Todos pidieron un vino blanco. Wanda recomendó el conejo a Carmen y ella aceptó su sugerencia.

—Con Carmen hemos entablado una gran amistad —comenzó a decir Wanda—. Ella es profesora de literatura y ya sebes que ésa es mi gran afición. Me saca de esa vorágine diaria en que vivimos.

—Lo sé —dijo Tomás—. Tu trabajo en la oficina es agotador. A veces no sé por qué elegimos esta profesión —concluyó él tratando de darle el mensaje de que si ella lo tenía en sus manos, también Matilde era partícipe de la mentira.

Carmen sonrió a ambos y bebió un sorbo de vino. A Tomás le sorprendió vastamente esa sonrisa. Era una sonrisa nerviosa, tensa, como si algo importante estuviera por suceder.

—¿Y a qué estás dedicada ahora en ese campo? —le preguntó Tomás a Wanda.

—Ya sabes —dijo Wanda—, la sexualidad decadente en la literatura y la historia —afirmó, dirigiéndole una mirada cómplice a Carmen— y Carmen me ayuda mucho en ello.

—¿De veras? —dijo Tomás con aire distraido mientras llevaba un bocado de entrecot a su boca.

—Sí, ahora estamos leyendo Naná, de Émile Zola —continuó Wanda—. ¿Sabías que el autor para escribir su novela se inspiró en una historia real? La del conde Muffat y de su relación con una sádica y hermosa prostituta que lo esclavizó de por vida. Mira, tengo aquí el libro en mi cartera.

Dejó los cubiertos, hurgó en su cartera y extrajo Naná. Entonces abrió y leyó:

—«… cada día más sojuzgado, se somete con absoluta devoción a los peores deseos de una ramera. Los juegos inocentes pronto los transformó ella cuya mayor lujuria se despertaba ordenándole colocarse a cuatro patas y gruñir y ladrar como un perro. Un día mientras ella lo montaba, se levantó y le dio un empujón tan fuerte que lo hizo golpear contra un mueble. Ella se reía a carcajadas ante cada nueva humillación a la que lo sometía. Solía arrojar un pañuelo perfumado a un extremo de la habitación y él debía correr a recogerlo con los dientes, arrastrándose sobre las manos y las rodillas. Y el disfrutaba del placer y la liberación de ser un animal sujeto a los caprichos de su ama.»

—La historia está llena de ejemplos como ésos —dijo Tomás mientras bebía un sorbo de vino.

—¿Sabes que nos conocimos en un chat? —le dijo de pronto Wanda a Tomás. Éste se sorprendió por el cambio de la conversación, pero no tardó en reaccionar.

—¿Así? ¿En cuál?

—Uno sobre literatura —respondió Carmen—. Después nos mandamos varios mails hasta que decidimos conocernos. De a poco vimos que teníamos intereses en común.

—Y también te interesas en el tipo de literatura que atrae a Wanda? —le preguntó Tomás con evidente intención de continuar el tema.

—No, pero es una veta atractiva —respondió Carmen de manera escueta y dirigiéndole una sonrisa a Wanda. Esa segunda sonrisa de Carmen en la velada era una sonrisa de complicidad, aunque tampoco podía disimular su nerviosismo. De los tres era Carmen quien más nerviosa parecía, y pese a sus esfuerzos no podía disimularlo.

En ese momento Tomás se preguntó si no habría una vida secreta entre Matilde y Carmen de la que él permanecía ajeno. ¿Los videos en su poder reflejarían todos lo encuentros entre ambas mujeres? ¿No tendrían también sus momentos íntimos a su costado? ¿No le estaría mostrando Matilde sólo lo que ella deseaba que él viera? Y si en esos momentos Wanda era todavía más cruel, si cabalgaba sobre Carmen, si la pateaba, si la hacía ladrar y gruñir como el personaje de Naná. ¿Qué deliciosas jornadas se estaría él perdiendo? No podía evitar imaginándolas lejos de su alcance, solas en el departamento de Carmen. Wanda leyendo alguno de sus textos preferidos para luego recrear las escenas entre ambas.

—Te has quedado pensativo —le dijo de pronto Wanda con una sonrisa irónica en los labios.

—Pensaba en ustedes —contestó Tomás

—¿En nosotras? —le inquirió Wanda—. ¿Qué piensas de nosotras?

—Deben de disfrutar mucho su comunidad de intereses —respondió Tomás. Quiso haber dicho algo más sutil, algo que hiciera alusión a la relación existente entre ambas pero se contuvo.

—Realmente la disfrutamos —intervino Carmen. Luego de pronunciar esas palabras miró fijamente a Wanda como instándola a que fuera ella quien prosiguiera. Entonces Wanda dijo:

—Tomás, eres mi mejor amigo, y quiero confiarte algo. Tú me conoces, y lo que quiero decirte es que Carmen y yo somos… bueno, no estamos en pareja, pero nos relacionamos. ¿Entiendes, verdad?

En ese momento Tomás creyó percibir una sensación de alivio en el rostro de Carmen. Ahora comenzaba a comprender, era como una presentación en sociedad, era como darle un poco de publicidad a algo íntimo, a algo que Carmen debía de estar viviendo como un peso.

—Lo entiendo —dijo Tomás mientras trataba de desentrañar los planes de Matilde. Si el almuerzo lo había sorprendido sobremanera ahora estaba todavía más absorto. Wanda, su propia creación, su otra vida, se estaba escapando de su control.

Tardó unos segundos en recomponerse y entonces dijo en tono formal:

—Te agradezco por la confianza Wanda. Y enhorabuena —exclamó levantando su copa y dirigiéndose a ambas mujeres. Él y Wanda sabían que era un festejo fingido.

—Te dije que era mi mejor amigo —dijo Wanda mirando a Carmen. Ambas se sonrieron—. ¿Estás contenta?

—Sí —le respondió Carmen—. Lo que has hecho me dará fuerzas suficientes para hacer lo que debo.

—¿De qué hablan? —las interrumpió Tomás, extrañado por el diálogo que se había entablado entre ambas.

—Es que Carmen quiere contarle lo nuestro a sus padres —comenzó a decirle Wanda—, y necesitaba que yo hiciera lo propio con alguien. Como no tengo familia ese alguien no podías ser más que tú, Tomás.

Todo empezó a dar vueltas en la cabeza de Tomás. ¿Cuál era el plan de Matilde? Entonces se dirigió a Carmen tratando de prevenir:

—¿Y cómo piensas que lo tomarán tus padres?

—Sé que mal —contestó ella—. Pero no me importa. Ellos sueñan para mí una familia normal, un esposo, hijos. Ah, los hijos, ya estoy cansada de la insistencia de mi madre con ellos. A veces pienso que no lo hace por mí. Pienso que es más la necesidad de ella de tener nietos que la mía de ser madre. Será un golpe duro, para ellos y para mí. Pero ya que eres tan amigo de Wanda puedo decírtelo, quiero consagrarme a ella.

—Debes de estar muy enamorada, Carmen —le dijo Tomás, tratando a la vez de hurgar en los ojos de Matilde. Una vez más, éstos le parecieron inexpresivos, fríos, como si fueran un escudo que hacía inaccesible su interior. Pero lo que más le impactó fue la palabra consagrarse. Ése es un término religioso, devoto, y Carmen deseaba a viva voz consagrarse a Wanda, como si Wanda fuera una especie de santa o la propia María que venía a redimirla a través de esa consagración.

—Lo estamos —dijo entonces sorpresivamente Wanda, antes de que Carmen pronunciara palabra alguna. Luego ambas mujeres se miraron y se obsequiaron una sonrisa como si Tomás no estuviera presente. Esta vez la sonrisa de Carmen era una sonrisa plácida, casi se diría que distendida.

El almuerzo transcurrió entre otros comentarios de menor trascendencia y cierta inquisición de Tomás hacia Carmen. No obstante, era Wanda quien controlaba las respuestas de su amante y quien, con sutileza, con delicadez calculada, iba poniendo los frenos o los avances a la conversación.

Cuando todo terminó, Wanda y Carmen se despidieron y Matilde se fue con Tomás supuestamente hacia la oficina.

—¿Qué estás haciendo? —le preguntó él mientras caminaban hacia Boulevard España a la búsqueda de un taxi.

—Jugando —le respondió ella con fría indiferencia.

—Vamos a tu departamento —dijo él parando un taxi que divisó antes de llegar a la avenida.

—Tengo una hora antes de mi primera cita —contestó ella subiendo al vehículo por la puerta que Tomás gentilmente había abierto para ella.

Una vez en el departamento de Matilde, Tomás se arrojó sobre el sofá y le pidió un whisky. Ella fue hasta el bar, sirvió un Chivas Regal con poco hielo y se lo alcanzó. Luego se sentó a su lado.

—Al fin la has conocido en persona —comenzó a decirle Matilde mientras deslizaba su mano hacia la entrepierna de Tomás. Empezó a acariciarlo rítmicamente por sobre el pantalón mientras le decía al oído—: Sabes, Carmen es tan complaciente, y tiene una fantasía oculta y poderosa —mientras hablaba comenzaba a notar en su mano la paulatina erección de Tomás. Bajó un poco su mano y tomó sus testículos—. La otra noche estuvimos en su departamento, creo que no te lo conté. La desnudé totalmente y la hice sentar en el piso frío. Luego le leí unos párrafos de La guerra de las mujeres. ¿Sabes lo que es La guerra de las mujeres? —le preguntó mientras desabrochaba el pantalón de Tomás y extraía su miembro ya totalmente erecto por influjo de las caricias.

—No, no lo sé —respondió él en un gemido.

Los dedos de Matilde jugaban delicadamente con el pene de Tomás. Sin dejar de hacerlo comenzó a contar:

—Ocurrió en el año 800 después de Cristo, en la actual República Checa. Las mujeres derrotaron y esclavizaron a los hombres en un poblado. Como ejemplo de su poder Sarka y Vlasta, las dos mujeres líderes, sometieron a tortura a Ctirad, un mensajero de los hombres que aún permanecían libres y que había sido enviado con el fin de llegar a un acuerdo. Entonces ataron al infeliz y lo condujeron al mismo sitio donde antes los hombres castigaban a las mujeres adúlteras. Allí, le propinaron una salvaje golpiza hasta dejarlo como un ovillo de carne y sangre. Pero lo más refinado fue la idea de Sarka. Ató una cuerda al pene y a los testículos del desgraciado y el otro extremo al arnés de su caballo. Entonces lo arrastró a la vista de todas las mujeres que a su paso lo golpeaban. No contentas con eso Sarka lo castró con su cuchillo, pero con sumo cuidado para que no muriera desangrado. Luego le vaciaron los ojos y le seccionaron las tetillas. Finalmente, el pobre hombre fue arrojado a un pozo, donde las mujeres lo orinaron y defecaron hasta que murió.

El pene de Tomás seguía erecto entre los dedos de Matilde, quien luego de la historia comenzó a lamerlo lentamente. Lo introducía en su boca y enseguida lo sacaba para continuar narrándole:

—Carmen se excitó tanto con la historia que cuando terminé de contársela la vi masturbándose, desnuda en el piso frío, de rodillas, con los ojos casi extraviados. Gemía sola y yo me quedé un rato mirándola, sus gritos se hacían más y más fuertes.

Entonces Matilde se interrumpió y tomó entre sus dientes un testículo de Tomás, apretándolo sin llegar a herirlo. Tomás gimió.

—Gritas como Carmen —continuó ella soltando la presa de sus dientes para continuar la narración—. Había entrado en un trance. Se masturbaba furiosamente. Entonces yo me desnudé, me acerqué a ella. Estaba en tal trance que casi ni cuenta se dio. Tomé uno de sus pezones entre mis dientes y mordí, gritó, gritó, gritó y tuvo el mejor orgasmo de su vida.

Cuando terminó de decir, un violento chorro de esperma se incrustó en la cara de Matilde, el espeso líquido bañó sus mejillas y labios. Matilde cerró los ojos y se incorporó, acercó su cara a la de Tomás y éste comenzó a limpiarla lamiendo su propio fluido, como ya otras veces lo había hecho.

Tomás había conducido a Matilde al departamento para conversar, para inquerirle sobre sus propósitos, para recriminarle, para recordarle que era él quien tenía el control del juego. Sin embargo Matilde lo condujo por otros caminos. «La hábil Matilde», pensaba Tomás mientras recorría con la lengua el anguloso rostro empapado por su propio esperma.

El regreso de Carmen

Wanda estaba parada en la terminal de Tres Cruces mientras la gente hormigueaba a su alrededor. Eran las 17 horas, y el autobús proveniente de Minas estaba próximo a llegar. De él descendería Carmen junto con las noticias. Había viajado el día anterior a hablar con sus padres. Dos personas de más de sesenta años que toda su vida vivieron en una pequeña ciudad del interior y cuyos únicos desvelos eran la felicidad de su única hija. Eso, se dijo Matilde, debió de haber hecho mucho más traumática la confesión. Pero Carmen estaba decidida, quería sacarse el peso que la agobiaba, quería asumirse como era y que los demás la asumieran como tal. No podía ocultarle a sus padres que había encontrado el amor, aunque ese amor no fuera lo que sus padres desearan para ella. Años de prejuicios le debían de haber caído encima durante la conversación, y su liberación debió de haber sido en extremo dolorosa. Pudo haberla disuadido, pedirle que esperara, pero no lo hizo. La dejó ir, ingenua e inocente a confesar a su familia que estaba enamorada de una mujer. De una mujer inexistente, de una puta a sueldo de quien la había creado.

El autobús no tardó en llegar. Desde dentro del edificio Matilde vio cómo Carmen descendía hacia el andén, enfundada en un impermeable que la cubría de la delgada llovizna. ¿Por qué, se preguntó, los acontecimientos tristes deben siempre ocurrir en días grises?

Lo primero que hizo Carmen al verla fue echarse en sus brazos. La estrechó con fuerza, como lo harían dos amigas que hace años no se encuentran. Así estuvieron unos segundos. Wanda respondió al abrazo apretándola fuertemente contra su cuerpo.

—Tomemos un café —dijo Wanda, y ambas se dirigieron a una confitería en la misma terminal. Se acomodaron y aguardaron en silencio a que el mozo trajera el pedido.

—¿Cómo te fue? —preguntó por fin Wanda.

—Fue horrible —respondió Carmen. Sus ojos estaban vidriosos. Había llorado durante el viaje.

—¿Quieres hablar ahora de ello?

—No, no quiero entrar en detalles. Lo que sí quiero decirte es que ya no tengo más padres, sólo te tengo a ti.

La frase fue como un latigazo en el corazón de Matilde. Hacía tiempo que no experimentaba esa sensación con Carmen, sólo una vez antes la había sentido. Era extraño como un grupo de palabras podía obstruir el pecho, obstruirlo físicamente, causar una sensación de ahogo.

—¿Qué quieres decir con que ya no tienes más padres?

—Fue lo que me dijeron. Soy una vergüenza para ellos. Una pervertida que jamás les dará un nieto, maldijeron no haber tenido otros hijos, maldijeron que yo fuera su única hija —explicó Carmen mientras sus enrojecidos ojos se aguaban aún más. Parecía que iba a romper en llanto, a derrumbarse allí mismo, pero tuvo la entereza suficiente como para no hacerlo.

—¿Por qué lo hiciste? Podíamos haber seguido como estábamos.

—Debía hacerlo —afirmó, como hablándose a sí misma—. Pensé que un padre ama a sus hijos por encima de cualquier cosa, y no quería seguir viviendo en una mentira. Odio la mentira.

Wanda guardó silencio y bebió de un sorbo el café que todavía ni siquiera había tocado.

—¿Qué harás ahora? —le preguntó.

—Lo de siempre. Seguir con mi trabajo. Y amarte —dijo Carmen sonriéndole con tristeza.

—Vamos a mi departamento —dijo Wanda de pronto.

—Sí, vamos —aceptó Carmen.

Ambas tomaron un taxi desde la misma terminal y se dirigieron al piso que Tomás había alquilado para Wanda. Una vez allí las dos mujeres se fundieron en un extenso beso. Estuvieron largo rato sentadas en el sofá, besándose y acariciándose como dos adolescentes que no desean realizar otros avances. En determinado momento Carmen prorrumpió en un llanto ahogado, le había llegado el momento del derrumbe.

Wanda la consoló besándole la frente, las mejillas, los labios, acariciándole el largo cabello negro.

—¿Qué voy a hacer ahora? —dijo entonces Carmen enjugándose las lágrimas.

Wanda no le respondió, se limitó a mirar el piso. Carmen se veía tan frágil ahora, tan indefensa, que sintió poder hacer con ella lo que deseara.

—Cuéntame alguna historia —le pidió Carmen acurrucándose contra ella.

Wanda meditó algunos instantes y luego comenzó a decir:

—Te ves tan frágil hoy, como una pequeña mascota.

—Sí —asintió Carmen acurrucándose aún más a ella.

—Hay un libro llamado Ceremonia de mujeres. No lo escribió ninguna figura destacada, sino una Mistress profesional. ¿Sabes lo que es eso?

—Una prostituta especializada en dominación, lo sé.

—Bien, en ese libro cuenta diversas técnicas de humillación sexual. Cuenta de la utilidad de colocar un collar de perro a la mascota, que en el caso era un hombre, que sólo podía caminar a cuatro patas detrás de ella, completamente desnudo. Pero el toque distintivo consistía en poner un anillo que colgara del collar. En ese anillo ella introducía el taco de acero de aguja de su zapato con el propósito de dejar caer el peso de su pierna y pie sobre el cuello de su mascota. En esa posición, la mascota debía lamer y besar suave y dedicadamente el pie y el calzado de su ama.

—¿Y el ama quiere de verdad a su mascota? —preguntó Carmen mientras se secaba las lágrimas. Había dejado de llorar, y habló con una voz suave, leve, casi infantil, tan infantil como lo era el contenido de su pregunta.

—No puede vivir sin ella —le respondió Wanda sabiendo perfectamente el sentido de la pregunta de Carmen.

—¿Te gustaría que fuera tu mascota? —le preguntó Carmen apretándose aún mas fuertemente contra ella, como buscando mayor protección.

Wanda le correspondió rodeándola con sus brazos, atrayéndola hacia sí como si estuviera consolando a una hermana o a una amiga.

La calle de las complacencias

Tomás Zaneck esperó que en la pantalla apareciera el nombre de Carmen. Escasos minutos de diferencia separaron la entrada de Carmen y la de Wanda a la sala de chat.

—Te estoy extrañando —dijo Carmen a modo de saludo.

—Yo también —escribió Wanda—. Pero hoy tengo mucho trabajo, por eso te propuse que chateáramos un rato, es una forma de estar juntas.

—Lo sé, y me gusta. Me recuerda los tiempos en que sólo teníamos esto.

—A mí también. Cuéntame, ¿qué sentiste ayer?

Al hacer la pregunta Tomás tenía en mente las imágenes del último video que Matilde había filmado. El encuentro de ambas mujeres en la tarde del domingo ya había sido examinado por él con deleitable placer. En él, Matilde y Carmen jugaron largo rato, entre risas y caricias, con un grueso falo de látex que se adhería al pubis con un arnés. Se alternaban para penetrarse. Primero Wanda se posaba sobre Carmen acostada boca arriba cual si fueran hombre y mujer en la más tradicional de las posiciones y luego invertían los roles. Cuando una salía de la otra, quien hacía el rol de mujer se hincaba frente a la que tomaba el rol del hombre para colocarse en la boca el falo de goma húmedo de su propio flujo. Sin embargo había una diferencia en la alternancia. Cuando Carmen hacía el papel de hombre penetraba a Wanda con suavidad, permanecía sobre ella, besándole los labios y el cuello y moviéndose lentamente como con cuidado de no lastimarla. En cambio Wanda era diferente. Se colocaba la prótesis y permanecía de pie, erguida, desnuda, los pechos firmes y las manos en la cintura. En esa posición llevaba la pelvis hacia delante de modo que el falo pareciera aún más largo. Así permanecía unos minutos frente a la cama donde Carmen la miraba extasiada, arrodillada sobre el colchón. La diferencia era palmaria. Wanda tomaba el cuerpo de Carmen como si fuera un muñeco, lo colocaba en cuatro patas y así la penetraba, pero lo hacía con fuerza, con violencia, enterrando el falo alternadamente en su vagina y en su ano. Luego la giraba para colocarla boca arriba en la cama, abría con fuerza sus piernas y la penetraba posándose sobre ella. Pero a diferencia de Carmen, Wanda se movía locamente dentro de su amante a la par que tiraba de sus cabellos con ambas manos. Carmen parecía, cuando ocupaba el rol de hombre, hacer el amor a Wanda casi como con respeto, con precaución, procurando proveerle de un placer suave. Daba la impresión de que no fuera ése su papel natural. Y así parecía porque Carmen era Carmen cuando se entregaba, cuando era poseída. Wanda en cambio, era mucho más natural en su rol activo, en su papel de poseedora, y a diferencia de Carmen, le hacía el amor a ésta más que con respeto, dejando entrever un dejo de desprecio, de superioridad, sensación que seguramente ambas experimentaban y a su modo disfrutaban.

—Todo lo que hacemos me gusta —respondió Carmen—. Eres tan dulce y cálida conmigo —agregó enseguida, antes de que la respuesta de Wanda apareciera en la pantalla. Seguramente, pensó Tomás, la calidez a que se refería Carmen no era la violencia de sus juegos sexuales sino el trato posterior que Wanda le dispensaba. Invariablemente terminaban acariciándose como dos ingenuas adolescentes incapaces, por el natural temor propio de la edad, de llegar a otros extremos.

—Pensé que no te gustaban más los hombres —escribió Tomás tratando de conducir la charla hacia ese tema.

—No, no me gustan. Pero disfruto de la penetración si tú lo haces. No imagino que estoy con un hombre cuando me penetras, siempre sé que estoy contigo, y eso es lo que quiero.

Tomás meditó unos segundos antes de teclear su respuesta. Luego escribió:

—¿Y si las dos jugáramos con un hombre real?

La frase apareció en la pantalla del computador de Carmen y ésta la sintió como un dardo. Al principio no supo qué responder. También meditó unos segundos.

—¿Lo dices en serio?

—Sí.

—Pensé que nos amábamos.

—Y nos amamos.

—No puedo creer que seas la misma Wanda que conozco.

—No te enojes. Es que disfrutaste tanto ayer, cuando jugábamos con el pene que pensé que disfrutarías tanto o más jugando con uno real.

—Pensé que éramos una pareja. Aunque no vivamos juntas por razones que entiendo.

—Discúlpame, fue sólo una idea.

—Una idea que jamás se me ocurriría a mí. He perdido a mis padres por ti y ahora me propones que metamos a un hombre en nuestra cama.

—Lo siento, es que me excité tanto ayer.

—Dime —escribió Carmen sin completar la frase.

—¿Qué? —respondió Tomás.

—¿Tú deseas estar con un hombre?

—No, fue sólo una ocurrencia, no me hagas caso.

—Hablaremos luego. ¿Está bien? —escribió Carmen. Tomás no quiso forzar la charla porque percibió que Carmen podía estar molesta y asintió. Salió del chat e inmediatamente llamó al celular de Matilde para narrarle la conversación que había mantenido con Carmen ante la posibilidad de que ésta la llamara antes.

—No debiste hacerlo —le recriminó Matilde.

—Reconozco que fue un impulso —le dijo él en tono de disculpa—. Debes recomponer la relación.

—Yo la conozco mucho más que tú. No vuelvas a hacer nada sin antes consultarlo conmigo —dijo Matilde en tono duro y colgó.

Tomás permaneció pensativo durante algunos minutos. Al principio le excitaba el juego de crear una mujer y hablar por ella, de ser Wanda. Pero ahora su creación parecía independizarse y él no era más que un voyeur. Tenía decenas de videos que miraba a escondidas o en el departamento de Matilde. Sus anteriores visitas a Matilde, tan cargadas de originales juegos eróticos, se habían ahora convertido en meras sesiones de cine pornográfico, sólo que con dos actrices reales, una de las cuales ni imaginaba que estaba siendo subrepticiamente filmada. A veces Matilde le susurraba frases hirientes. «¿Cuál de las dos te gustaría ser?», le decía mientras en la pantalla una Wanda imponente, desnuda, atraía hacia su sexo a una Carmen arrodillada y sumisa. «¿Cuál de las dos te gustaría ser?», le volvía a decir al oído, mientras su mano estrujaba sus tetillas cual si fueran los senos de una mujer, a la vez que en la pantalla aparecía una Carmen atada a la cama y una Wanda jugando con sus pezones lentamente hasta erigirlos en dos pequeños y duros penes. «¿Cuál de las dos te gustaría ser?», le insistía lamiendo su oído mientras en la pantalla los clítoris de ambas se frotaban uno al otro en una danza frenética. «Yo soy tú», le respondía él invariablemente. «Yo te creé», le decía mientras Matilde avanzaba sobre él tan imponente como cuando avanzaba sobre Carmen. Y así terminaban haciendo el amor frente al televisor. La carne de Tomás se hundía en la carne de Matilde y ya no sabía quién quería ser.

El sonido de su teléfono celular lo sacó de sus pensamientos. Era Matilde.

—Hablé con ella.

—¿Cómo te fue?

—La noté un poco molesta. La veré esta noche.

—¿En dónde?

—No te preocupes, tendrás lo tuyo. Me refiero al video, claro está —le dijo ella con cierta ironía y colgó.

Esa noche Wanda y Carmen se encontraron a la hora señalada. Aunque estaba un poco fresco para la época decidieron salir a caminar por la rambla.

—Te molestó nuestra charla de hoy en la mañana —dijo Wanda de manera directa y firme.

—Un poco —respondió Carmen—. Es que nunca se me hubiera ocurrido compartirte con un hombre.

—Tonta —le dijo Wanda, sonriéndole y rozándole levemente la mano con la suya—, ni pensaría en compartirte. Ven sentémonos aquí.

Ambas mujeres se sentaron en el muro que separaba la acera de la playa, de espaldas al tránsito y de frente al mar. Permanecieron en silencio por algunos minutos contemplando la extensa planicie azul grisácea. De ella partía un sonido ronco y continuo que se apagaba por un instante cuando las olas tocaban la arena para volver a recomenzar inmediatamente. Por un momento Matilde sintió el impulso de rodear a Carmen con sus brazos, de que ella apoyara la cabeza en su hombro, de rozarle los labios con los suyos.

—Lo de hoy fue una idea loca —comenzó a hablar Wanda sin siquiera manifestar su impulso—. ¿Sabes? Anoche estuve leyendo un libro de Brian Aldiss, y en un pasaje sugería que una mujer satisfacía sexualmente a dos hermanos siameses. Me puse a imaginar cómo sería la experiencia, pero inmediatamente la imagen se me presentó al revés. Imaginé que tú y yo eramos siamesas, unidas por nuestros costados, una sola mujer con cuatro pechos y dos vaginas, y me puse a pensar cómo podría un hombre satisfacernos a ambas. ¿Comprendes? La imagen inversa del libro de Aldiss, y quizás la pensé así por lo unida que me siento a ti. Era algo muy complicado para explicártelo en el chat —terminó diciendo Wanda con una amplia sonrisa que parecía implorar el perdón de Carmen.

—Siento que me estás llevando por un camino terrible. Te amo, pero a veces me das miedo.

—Es que el amor no debe ser trivial. El miedo va siempre a un lado del amor —dijo Wanda con aire ceremonioso, como aprovechándose de su mayor experiencia—. ¿Volvemos?

Carmen asintió y caminaron lentamente hasta el departamento de Wanda. Se introdujeron por una pequeña callejuela empedrada a cuyos lados añosos árboles la tornaban aún más oscura, no permitiendo que la tenue luz de la luna se filtrara hasta ellas. El silencio apenas era interrumpido por un viento moderado que mecía las copas de los árboles.

—Ésta es la calle de las complacencias —dijo Wanda interrumpiendo el silencio.

—¿La calle de las complacencias?

—Sí, conduce a mi departamento —rió Wanda con dulzura. Allí te explicaré.

Caminaron en silencio las dos cuadras que las separaban del departamento. Una vez en él, Wanda tomó de su biblioteca una hoja bajada de Internet y leyó:

Cuando las caricias desganadas de tu amante o los besos indiferentes de tu esposa sean como icebérgs de un hielo inderretible. Cuando el hastío haya hundido su colmillo infeccioso en lo más profundo de tu corazón. Cuando te encuentres cansado de rutinas y estés buscando una experiencia nueva. Cuando sientas todo eso y mucho más, es que ha llegado el momento decisivo de visitar sin asomo de remordimiento la siempre novedosa calle de las Complacencias. Esta calle ha existido, existe y existirá mientras el mundo tenga su giro planetario y los humanos no alcancemos la plena satisfacción de nuestras más íntimas necesidades eróticas. Toda cultura, toda época, toda ciudad ha ofrecido, ofrece y ofrecerá en el instante adecuado y en sus circunstancias, los deleites innegables de esta acogedora vía. Allí se puede gozar desde una simple copulación con la ramera de turno hasta el desfloramiento de una niña virgen, si se lleva la cartera bien nutrida y se ostenta la influencia necesaria para que la dueña de casa quiera agasajarte con tan exquisito y raro manjar. De igual manera puedes buscar una que acepte ser atormentada mientras lucha indefensa sobre la cama o atada fuertemente de algún pilar apropiado con lazos de fina seda o rebumbioso metal. Tal vez sea más interesante para ti recibir que dar los latigazos por mano de una espigada damisela vestida solamente con altas y negras botas, además de un cinturón y brazaletes hechos con piel de oso o de cualquier otro animal que funcione como símbolo de fortaleza. En vez de latigazos quizás prefieras una paliza con garfios, tan popular entre aquellos que quieren santificarse, o disfrutar otras torturas de diverso estilo mientras una jovencita, bella y degenerada, manipula tus partes con fruición perversa. Si tus deseos van aún más lejos, pueden darte a oler sus prendas íntimas o taponarte la boca con unas tanguitas recién usadas cuya tibieza evoque claramente su lugar de origen. Es posible observar también desde un desván, a través de la mirilla indiscreta, los complicados ritos a que otros se someten por su propio gusto, o someten a sus lujuriosas víctimas, si pagan la tarifa establecida para estos y otros placeres especiales como esas catárticas orgías. Y así sucesivamente, no carecerás de ninguna extravagancia si haces los méritos adecuados para ello. Te aseguro que Procusto no hubiera creado nada más apetecible para tus secretos e inconfesables deseos en esta dulce y generosa calle de las Complacencias.

—Es de un tal Jorge Barros, lo bajé de la red —dijo Wanda inmediatamente que concluyó la lectura—. Quiero que mi casa sea para ti la casa de las complacencias, quiero que aquí liberes todas tus fantasías, y que no me reproches por liberar las mías.

Carmen se levantó del asiento donde había disfrutado de la lectura y se paró frente a Wanda.

—Entonces hoy serás como una prostituta para complacerme —le dijo divertida.

—Así es, imaginemos que soy una ramera de la calle de las Complacencias. Estoy para servirte —terminó diciendo Wanda con un brillo en los ojos.

—Bien, entonces desnúdate.

Wanda cumplió la orden con lentitud. Primero el suéter, luego la blusa y el sostén. Permaneció de pie, frente a Carmen con sus firmes pechos y su pantalón de jean oscuro. Luego de unos segundos se bajó el ajustado pantalón haciendo rítmicos movimientos y apareció lentamente la pequeña tanga negra que se dibujaba sobre su pubis.

—Dame la bombacha —casi le ordenó Carmen una vez que Wanda permanecía sólo con esa prenda cubriendo su cuerpo. Wanda se la sacó y la dejó caer a los pies de Carmen. Ella la tomó y comenzó a pasar su lengua por el interior que hasta unos segundos antes había servido de apoyo a la vagina de Wanda—. Ya sabes lo que deseo —le dijo sin dejar de oler y lamer la prenda íntima de Wanda. Entonces ésta se le acercó, tomó la bombacha en sus manos e hizo una pequeña pelota con ella, que luego introdujo íntegra en la boca de Carmen. Una vez que la boca estaba llena, cruzó su sostén por sobre los labios atándolo en la nuca. Inmediatamente se abocó a desnudarla. Luego de la tarea estaban frente a frente ambas mujeres completamente desnudas. Wanda otra vez imponente, Carmen amordazada con la ropa íntima de su amante, casi se diría que saboreando su gusto. Entonces Wanda descargó una cachetada sobre la mejilla de Carmen. Y otra, y otra, hasta llegar a seis. Ahí Carmen cayó de rodillas al piso y se acurrucó contra los pies de Wanda.

Wanda entonces la apartó colocando un pie en su cabeza y empujándola hacia un costado sin llegar a lastimarla, fue nuevamente hasta la biblioteca y extrajó otro poema del mismo autor de «La calle de las complacencias». Sin acercarse a Carmen, que permanecía amordazada y tirada en el piso, leyó el nuevo poema, que se llamaba «Diferencia»:

La puta normal se acuesta con el cliente, le da confianza y cumple su tarea lo mejor que puede, luego de cobrar por los servicios prestados. Agrega un «hasta pronto» y se dispone para el nuevo acto.

La puta de clase, la que es inteligente, sabe muy bien que su función principal no es la subasta de un cuerpo sino ponerle alas grandes, llenas de fantasía, a los sueños reprimidos de todos sus parroquianos.

Luego caminó lentamente hacia su amante, quien la aguardaba ansiosa, todavía en el piso.

—Tráeme el collar —le ordenó secamente. Días atrás Tomás había enviado un mail a Carmen proponiéndole un juego. Debía ir a una tienda de animales y adquirir un collar de perro que se ajustara a su cuello, de esos que tienen pequeñas púas en su cara interna, destinadas a que el animal no pueda tironear del collar. Debía también comprar una cadena y una argolla. Carmen lo hizo con gran excitación, pues le quedaba claro que el pedido estaba relacionado con el pasaje que Wanda le había narrado del libro Ceremonia de mujeres. Sabía que ese collar le estaba destinado y ello le provocaba extrañas sensaciones. Luego de comprarlo había caminado por el parque sin rumbo fijo pensando en ello. Ese mismo día le entregó la compra a Wanda. «¿Me lo pondrás?», le preguntó ansiosa. «Cuando lo desee», le respondió ella, y no volvieron a hablar de ello por varios días. Ahora había llegado el momento. Carmen, amordazada y con la bombacha de Wanda llenando su boca, se paró y fue al dormitorio. Abrió el placard y volvió con el collar y la cadena.

—Póntelo —le ordenó Wanda sin acercársele.

Carmen la obedeció y ajustó el collar a su cuello. Estaba de pie, desnuda, amordazada con la ropa íntima de su amante, su cuello rodeado por el collar y sosteniendo la cadena que emergía de éste entre sus manos. Wanda entonces se le acercó, tomó el extremo de la cadena y dio un tirón con fuerza medida. De la boca sellada de Carmen salió un gemido, las púas se habían incrustado en su nuca, y entonces cayó al suelo. Ya Carmen sabía lo que debía hacer. Caminó en cuatro patas y se acercó lo más posible a los pies de Wanda. Wanda entonces comenzó a caminar por todo el departamento y Carmen la seguía siempre en cuatro patas. Cuando el dolor en las rodillas le era insoportable, cuando ya le parecía que sus huesos se perforaban e intentaba detenerse a descansar, Wanda tiraba de la cadena y las púas nuevamente se incrustaban en su cuello. No sabía qué era peor, si el dolor de las rodillas o el del cuello. Se sentía descendiendo a profundidades desconocidas, oscuras, pero cuando se detenía a reflexionar en ello automáticamente enlentecía su marcha y entonces el collar volvía a atenazar su cuello. Así estuvo casi media hora, hasta que Wanda fijó la cadena a un saliente de la pared. Lo hizo a la altura exacta que no le permitiera a Carmen ni pararse ni arrodillarse sin que las púas volvieran a herirla nuevamente, de modo que debía permanecer en cuclillas. Entonces tomó un abrigo y salió a dar una caminata dejando a su amante en esa postura. Bajó hasta la rambla, el mar ahora estaba revuelto y se mostraba de un color marrón oscuro que le desagradó profundamente. Sin embargo, la brisa salina la impulsó a caminar despacio unas cinco o seis cuadras por la costanera. Quería demorarse, dejar a Carmen un buen rato a solas, que sintiera la espera, que la aguardara ansiosa, que supiera que ella era su dueña. Luego vería el video, así sabría lo que Carmen estaba haciendo durante su caminata.

Entonces tomó el celular y llamó a Tomás. Le contó con detalles lo que estaba sucediendo.

—Quisiera verla —le dijo él.

—La verás, todo se está filmando.

—Iré para allí.

Matilde dudó unos segundos antes de responderle.

—No, lo estropearás todo, te prometo que luego veremos juntos el video —en el fondo la idea le excitó profundamente a Matilde, pero temía perder definitivamente a Wanda. Si aceptaba, la trinidad se consumaría, llegaría a su clímax, pero Wanda Soch dejaría de ser Wanda Soch; dejaría de ser esa persona creada, mezcla de Matilde y Tomás, quizás la hija que ella nunca tuvo. Tomás asintió, porque también comprendió que su creación podía desaparecer y allí terminó la llamada. Muy seguramente en el ánimo de Tomás se debatían el deseo de la realidad y el deseo de continuar como el creador del monstruo, esperando el momento en que su creación diera el paso final, el paso que necesariamente estaba latente en su naturaleza. Pero todavía Matilde no podía entender y volvió al departamento.

Habían transcurrido casi veinte minutos desde su salida. Abrió la puerta y se dirigió al dormitorio. Allí estaba Carmen, esperándola, todavía en cuclillas por temor al dolor que el collar podía provocarle. La miró directamente a los ojos. Los ojos de Carmen estaban vidriosos y enrojecidos. Había llorado. En silencio se le acercó y quitó el collar que le rodeaba el cuello. Una vez que lo hizo vio que había dejado una circunferencia enrojecida en la piel de Carmen y algunas pequeñas heridas cuya sangre había ya secado. La levantó en sus brazos. Carmen se dejaba hacer, tenía las rodillas entumecidas, y sintió un gran alivio cuando Wanda la tendió sobre la cama y liberó su boca. Primero desató el sostén que servía de mordaza, y luego con suavidad extrajo la bombacha de dentro de su boca, estaba empapada de la saliva de Carmen. Cuando la operación terminó Carmen respiró profundamente y rompió en un llanto ahogado. Se abrazó a Wanda sin dejar de llorar y gritar. Y en eso, cuando parecía calmarse, se alejó un poco del cuerpo de Wanda. Ambas mujeres estaban sentadas frente a frente y de pronto Carmen le dio con todas sus fuerzas una cachetada a Wanda. Su mejilla enrojeció enseguida, y sin decir palabra le dirigió una mirada helada que obligó a Carmen a bajar una mirada que hasta un momento antes había mantenido desafiantemente alta.

—Si fue demasiado para ti, lo siento —le dijo Wanda— pero no vuelvas a pegarme.

—No lo sé, no sé qué pensar —le respondió Carmen sin moverse —. No he sentido que me ames, me hiciste sufrir.

—Pensé que eso te excitaba.

—Sí, no sé, fue todo muy confuso, me sentí tan humillada. Cuando me pediste que comprara el collar me gustó la idea, pero hoy, cuando te fuiste, dejándome sola, no lo sé…

—No te excuses a ti misma, no lo hagas. Te contaré una historia y verás que de nada debes avergonzarte. Aristóteles daba extensos discursos en público sobre la superioridad del hombre, enseñando que la mujer simbolizaba la pasividad, la debilidad y destacaba sobre todo su carencia de inteligencia. Pero eso en sus discursos y sus tratados. Sin embargo, en su villa, en el propio jardín, expuesto a las miradas de cualquiera, se sometía a su ama, la hermosa Phyllis, que hacía de él un hombre-caballo. Imagínate al filósofo, con riendas y montado por la bella Phyllis, sometido a extensas cabalgatas hasta quedar exhausto. Se dice que es el primer «hombre-caballo de la historia». Y él también se excusaba. Hay pinturas famosas del filósofo montado por su amazona. Explicándolas, en un libro sobre arte, se contaba la excusa que el filósofo daba a sus vecinos. Él decía que se dejaba ensillar y cabalgar hasta el agotamiento porque ello era una lección educativa. Quería «proteger, alertar y enseñar» a su discípulo Alejandro acerca de los riesgos del amor. Esos riesgos terribles que a él mismo, al gran filósofo, le habían convertido en presa de una bella mujer.

Carmen la escuchaba en silencio, inmóvil y con la mirada todavía baja, como si no se atreviera a enfrentar nuevamente a Wanda.

—Sabes que te amo —continuó Wanda, acariciándole el cabello, y enseguida acercó sus labios a los de ella, los rozó suavemente, y acarició su mejilla—. ¿Entiendes la importancia de lo que has hecho? —dijo mientras la acariciaba.

Carmen la miró sorprendida, sin entender la pregunta. Pensó unos instantes, y allí creyó comprender.

—Sí —respondió con voz casi inaudible y haciendo a la par un gesto de asentimiento con su cabeza, mientras esbozaba una sonrisa apenas perceptible.

—Podías haberte liberado y no quisiste. Nada te impedía quitarte el collar, tus manos estaban libres, y sin embargo no lo hiciste.

Desayuno en el puerto

Matilde y Tomás volvieron a encontrarse para desayunar. Lo hicieron en la confitería frente al Puerto del Buceo, a ambos les gustaba sentir cerca el mar, y ya la habían tomado como refugio cada vez que deseaban encontrarse fuera del departamento de ella.

Habían transcurrido casi diez meses desde que todo comenzó. Diez meses de encuentros, de mails, de filmaciones subrepticias. Diez meses recorriendo y recreando historias, diez meses de lecturas que a su vez eran fuente de nuevas experiencias. Sin saberlo, Carmen se había convertido en una mujer sin intimidad, siempre a la vista de un voyeur oculto, de una presencia permanente e ignorada. O era filmada o Matilde revelaba cada uno de los detalles de su vida. Integraba la trinidad sin saberlo.

Esta vez fue Matilde quien pidió la cita. Ambos cumplieron con el ritual del desayuno sin cruzarse palabra alguna, salvo las indispensables, como si quisieran que nada importunase lo que tenían que decirse. Ambos también sabían que el tema de conversación sería inevitablemente Carmen, pues exclusivamente en torno a ella había girado su relación durante esos últimos diez meses.

Comieron sin prisa las tostadas y bebieron el café lentamente, contemplando el horizonte brumoso que poco a poco se cernía sobre el mar y que parecía avanzar hacia ellos. Comenzaba el invierno.

—Quiero que nos dejes —dijo entonces Matilde cuando vio que ambos terminaron el desayuno. Habló sin apartar la vista del paisaje, en el cual la bruma comenzaba a desdibujar los pequeños barcos y lanchas anclados pacíficamente en el puerto.

—¿Que las deje? ¿A ti y a Carmen? ¿A eso te refieres? —le preguntó él en rápida sucesión, sorprendido por la manera directa en que ella había iniciado la conversación.

—Sí —respondió ella tajante, y mientras lo hacía giraba la cabeza para enfocarse directamente en los ojos de Tomás—. Voy a decirle la verdad, o parte de ella por lo menos. No te meteré a ti en nada. Voy a decirle que no me llamo Wanda, que no soy una economista, que no trabajo en ninguna corporación y le confesaré a lo que realmente me dedico. Le diré que fui yo quien la contactó en el chat, que era yo quien le enviaba los mails, y que le mentí por vergüenza. Por supuesto omitiré lo de las filmaciones. Son tuyas, consérvalas y recuérdanos.

Tomás no supo que responderle y sólo atinó a volver a preguntar para darse tiempo, para poder formarse una composición de lugar, un estado de situación, y entonces decidir su forma de proceder. Por ello, sólo se le ocurrió preguntar:

—¿Por qué?

—Porque estoy enamorada de ella, y si esta comedia tenebrosa continúa sé que la perderé —le contestó Matilde con inusual franqueza—. Lo admito, me he enamorado, la necesito.

—¿Y no temes perderla cuando sepa que eres una puta? —le dijo duramente Tomás con evidente intención de herirla.

—Es una posibilidad —contestó ella haciendo caso omiso al agravio—. En tal caso continuaré con mi vida y la olvidaré.

—¿Y tú de verdad crees que voy a salirme de la relación así como así? —dijo él inmediatamente, con una voz extrañamente fría y a la vez suave. Una voz que Matilde desconocía y que llegó a intranquilizarla. Era una voz que prometía malos augurios—. ¿Acaso no recuerdas que yo creé a Wanda? —insistió él—. ¿Acaso no recuerdas cómo apareció Carmen en nuestras vidas?

—Tú creaste la cáscara de Wanda, lo que se puede conocer a través de la red. Eso no es más que una caricatura. Le diste una apariencia y burdas fantasías. Yo en cambio la convertí en un ser de carne y hueso, le di un espíritu, algo que tú no podías nunca haberle dado. Tomás —dijo Matilde luego de hacer una pausa y cambiar el tono de su voz. Ahora su tono era menos duro, diríase que hasta suplicante—, nos conocemos desde hace años, más que un cliente eres un amigo. Esto es muy importante para mí. Después de mucho tiempo vuelvo a sentir amor por alguien, vuelvo a excitarme pensando en otra persona, a ponerme ansiosa a medida que se acerca la hora de verla, y no quiero perder eso como ya lo perdí una vez.

—¿Y tú crees que esto no es también importante para mí? —le contestó Tomás en el mismo tono de voz que segundos antes había sorprendido e intranquilizado a Matilde—. Esto es para mí una segunda vida que hace soportable la primera, es como ser otra persona, tener ese espacio al lado del real, es como volver a nacer.

—Pero lo mío es amor, Tomás, y es más importante que tu ficción —le dijo Matilde sin abandonar el tono casi suplicante que había adoptado, sin posturas, sinceramente. La súplica y Matilde era para Tomás una combinación hasta ahora impensada, imposible de concebir. Una Matilde implorando era una especie de contradicción monstruosa.

—Lo mío también es importante —respondióle Tomás, ahora consciente de la debilidad de su interlocutora, cuyos ojos se habían tornado vidriosos. Tomás nunca había visto llorar a Matilde. ¿Lloraría ahora?, pensó. Y se dijo que sería interesante verla llorar, aún cuando más no fuera esa sola vez.

—Lo que tú pretendes es imposible —dijo por fin ella, cambiando sorpresivamente de tono y volviendo a ser la Matilde de siempre, aún cuando sus ojos continuaban vidriosos. Habló como si quisiera reponerse, mientras a la vez luchaba por contener el llanto.

—No te das cuenta —prosiguió ella— que lo que quieres es ser una mujer y amar a otra mujer y por eso inventaste toda esta historia que ya no puede continuar. No puedes cambiar la naturaleza, Tomás. Tu segunda vida, lo que llamas tu segunda vida, es una farsa, una mentira, entiéndelo por favor —terminó diciéndole visiblemente molesta.

—Continuará —le respondió él con la misma voz segura que lo había caracterizado durante toda la conversación—. ¿Cómo crees que reaccionaría ella si se enterara de que tú, su gran amor, la ha filmado en sus momentos más íntimos para satisfacción de un cliente? Olvidas que tengo copia de todas las cintas. ¿Cómo crees que reaccionaría al recibir el video en que está sola, esperándote con un collar de perra sujeto a una pared, desnuda, luego de que la pasearas en cuatro patas, arrastrándola cada vez que se detenía?

—Eso fue idea tuya —lo interrumpió Matilde alzando levemente la voz, cuidándose de no gritar, pero apretando los dientes como intentando contener el grito.

—¿Crees que no te dejaría? ¿Piensas que no te despreciaría? —continuó él sin reparar en las palabras de ella.

—No te atreverías —contraatacó ella—. ¿Cómo reaccionaría tu mujer si se enterara de mi existencia y de este juego?

Tomás rió.

—A mi mujer, querida amiga, sólo le importa la comodidad que yo le brindo. ¿Sabes cuánto hace que ni siquiera la toco?

Matilde se sintió acorralada. Tuvo el impulso de armar un escándalo, de abofetear a Tomás allí mismo, delante de todos, y luego salir huyendo. No hizo nada de eso, y en su lugar suplicó:

—No me quites la posibilidad del amor, por favor. Ya lo perdí una vez, no quiero perderlo de vuelta. Te prometo que seguiré contigo, cumpliendo tus fantasías, lo que desees, pero déjame a ella, déjame intentarlo.

—Vuelve a tu primer amor si eso es lo que quieres —le dijo él mirándola fijamente— pero Carmen es de Wanda, y Wanda es mi creación.

—Estás loco —le contestó ella—. Y vacío.

Al decir esta última palabra se levantó de su silla, tomó rápidamente la cartera y el abrigo y salió sin siquiera ponérselo, pese al frío y al viento que soplaba. Tomás la contempló impávido a través de los cristales, mientras ella, con paso apurado, se perdía en la bruma que ya había ganado hasta la misma calle.

La falsa María

El avión comenzó a descender lentamente atravesando los densos nubarrones que ocultaban como una cortina oscura y densa el aeropuerto de Montevideo. Matilde tenía la mirada extraviada en esos jirones de algodón casi negro que se arremolinaban cerca de la ventanilla. Hacía ya tres años que no pisaba Montevideo, y durante el corto vuelo desde Buenos Aires, reconstruyó uno a uno los extraños sucesos que habían cambiado completamente su vida.

Luego de la caída de Carmen en el abismo, luego de que taimada y cínicamente Tomás le revelara el engaño mediante el cruel envío de una copia de cada uno de los videos en su poder, luego de que Tomás saciara su sed de destrucción, por supuesto que no matando a su presa como un psicópata común, descuartizando el cuerpo, mutilando los miembros, sino a través del ciberespacio, seccionando el alma y descuartizando los sentimientos, bastando para ello un simple mail y un envío postal, todo comenzó a cambiar. Matilde ni siquiera atinó a defenderse cuando Carmen irrumpió en el departamento con las cintas, los insultos y el llanto. En ese preciso momento ella también se enteraba de cómo Tomás la había destruido, y con ella a ese amor que estaba padeciendo. Ningún efecto surtió el arrepentimiento sincero, algo se había quebrado en Carmen, no un sentimiento, no el orgullo, sino algo mucho más profundo, se había quebrado su razón. Era débil, insegura, había roto sus lazos de familia por algo que creía hermoso, y de pronto, se descubría como el mero objeto de la perversidad de un hombre y una mujer. No soportó la terrible violación de su intimidad que revelaban las cintas, no soportó que sus más ocultas fantasías fueran un objeto de exhibición o risa para otros. Ante ello Matilde nada podía hacer sino callar, y callada permaneció mientras Carmen se iba, sabiendo que se iba para siempre. Decir algo habría sido, de todos modos, completamente inútil.

También inútil habría sido increpar a Tomás. Ya todo estaba consumado, ya había sido despojada, ya no era Wanda Soch, sino que volvía a ser Matilde, la puta, la refinada, la creativa servidora de sus clientes, la agitadora de las fantasías más ocultas, pero la puta en todos los casos.

Pero hay cosas que cambian definitivamente la vida, y el triángulo con Carmen y Tomás cambió vidas, y una de ellas fue la de Matilde. Se puede transitar de puta a escritora con suma facilidad y así nació La falsa María. Tenía el material en la cabeza, tenía cientos de mails y varias cintas de video; sólo había que contar la historia y cambiar los nombres. Nadie sabría, nadie imaginaría que se trataba de una historia real, sólo la autora y otras dos personas. El libro fue un éxito de ventas. Quizás más que por su calidad literaria por el pasado de la autora, que impúdicamente se estampaba en la contratapa. Había sido una exigencia, una condición ineludible del editor que a Matilde no le importó demasiado. Al fin de cuentas no tenía familia, ni siquiera una pareja a quien ocultar su vida anterior, y tampoco se avergonzaba de la vida que había llevado. En algún momento había pensado en salir a la búsqueda de aquel su primer amor. Sabía que aquel joven era ahora un exitoso y conocido abogado. Abandonó esa idea cuando vio impresa por primera vez la contratapa de La falsa María. Ya no podría ocultarle a él esa vida pasada. Pero La falsa María le permitió abandonar esa vida. Tenía ahorros y ahora un suculento fondo por derechos de autor. Vendió su departamento en Montevideo y se mudó a Buenos Aires, donde compró un pequeño piso de tres ambientes en La Recoleta. De eso hacía ya dos años.

Durante ese tiempo no había vuelto a Montevideo, no deseaba hacerlo, quería empezar una nueva vida, pero en los últimos meses esa decisión se fue debilitando poco a poco. En Montevideo había perdido todo, había perdido los únicos dos amores de su vida, y había ganado la historia que fructificó en su novela, pero la novela no había sido otra cosa que una catarsis para mitigar su pérdida. En Buenos Aires se había ensimismado, se había dedicado a la soledad. Los círculos literarios serios la ignoraban, la consideraron una escritora de pornografía, aunque a ella tampoco eso le importaba. Pero la soledad estimula el recuerdo, el recuerdo estimula la nostalgia; y poco a poco comenzó a añorar las largas caminatas por la rambla de Pocitos, el recorrer los barrios arbolados y oscuros del Cordón, mezcla de barrio céntrico y suburbano, en el que todavía perduran almacenes en las esquinas y niños jugando al fútbol en las calles. Decidió volver también porque se acercaba la Navidad. Ya había pasado dos navidades en soledad, pero esta tercera, aún en soledad, la pasaría en su ciudad, recorriendo sus lugares favoritos, el parque Rodó en el que pasó parte de su infancia, volver a los pasillos de aquella Facultad de Medicina que tuvo que abandonar cuando murieron sus padres, y aún cuando no quisiera admitirlo, aquellos lugares en los que había deambulado con Carmen sin siquiera animarse a recorrerlos tomadas de la mano como cualquier pareja enamorada.

Muy dentro suyo, y esto siempre sucede cuando se regresa a la ciudad del ser amado, esperaba encontrarla, pero encontrarla de casualidad, cruzarse con ella en alguna calle, verla de pronto y sorprenderse, sentir nuevamente aquellas palpitaciones que le probaban que todavía se encontraba con vida, no con esa vida biológica que conservaba sino con la otra vida, la que creía perdida.

Sin embargo sabía que ello no era posible. Luego de que el engaño saliera a luz, se había preocupado de conocer el destino de Carmen. Sabía que sus padres continuaron dándole la espalda. Cuando un padre reniega de su hija siempre hay un momento en que al final se perdona, en que se acoge al hijo nuevamente, en que la culpa y el remordimiento pueden más que todo lo pasado por más terrible que ese pasado sea. Pero hay padres que se llevan esa culpa con ellos a la tumba, no son verdaderos padres, y Carmen no tenía verdaderos padres. Hasta el criminal más terrible goza en la cárcel de las visitas de su familia; hasta el peor de los homicidas disfruta de la mano de su madre entre las suyas. Pero nada de eso tuvo Carmen. No lo tuvo cuando entró en crisis y debió ser internada en el peor de los infiernos, el Hospital Vilardebó de Montevideo, porque sus padres ni siquiera se preocuparon de pagarle una clínica privada, y mucho menos de visitarla.

Pero ella tampoco podía condenarlos. A su modo se nutrió de Carmen para su obra, a su modo utilizó sus padecimientos para describir con fría precisión, con sádica fineza su estadía en el hospital. Tomás la utilizó para elaborar su loca fantasía de vivir otra vida; y ella también la usó para su propio beneficio. Por ello no le pareció cruel titular el capítulo que narraba esa estadía como «El jardín de las delicias», parafraseando la novela de Mirbeau que tanto había inspirado algunos de sus encuentros con Carmen. Sólo que ahora Miss Clara eran los internos y Carmen era uno más de aquellos chinos desgraciados que sólo existían para los placeres de la dueña de la villa y sus verdugos.

Con cruda prosa relató cómo durante las noches los alojados en el pabellón de los hombres se cruzaban al pabellón de las mujeres, ya que las entradas sólo estaban separadas por un derruido muro muy fácil de trasponer, y un muro derruido es nada para contener los instintos. Atravesado el muro, los internos, hombres y mujeres, se entregaban a frenéticas orgías y a violaciones múltiples. Con fruición había descrito cómo un epiléptico tuvo una crisis mientras penetraba a Carmen, sujetada por dos oligofrénicos que hacían ese trabajo mientras esperaban su turno. Había descrito hasta el último detalle. Los brazos inertes de Carmen, al punto tal que la tarea de la pareja de oligofrénicos era completamente inútil, pues ella ni siquiera se resistía, se resignaba a su suerte, ni siquiera gemía o gritaba, ni siquiera se movía mientras el epiléptico, en medio de una penetración alocada, comenzaba a temblar y echar espuma sobre su cara, arrastrando el cuerpo entero de Carmen en el patético temblor. Se había solazado en contar cómo Carmen era violada noche tras noche. Luego del episodio del epiléptico, los dos oligofrénicos la tomaron para sí. Como perros de presa alejaban a todos los demás de ella. Mientras uno la sometía, el otro vigilaba para que nadie más se acercara a participar del festín. Cuando querían estar solos la arrastraban fuera del pabellón, al fondo arbolado dividido por el muro que separaba el acceso a los pabellones de hombres y mujeres, y allí los dos participaban del cuerpo de Carmen. Las páginas de La falsa María se daban el lujo de describir las caras barbudas, los pelos revueltos de los dos oligofrénicos, la saliva que caía de sus bocas y los sonidos guturales que emitían sus gargantas como forma grotesca de demostrar su placer mientras penetraban conjuntamente a Carmen. La frenética actividad de la pareja de oligofrénicos, turnándose en el uso de los orificios de Carmen contrastaba con la inercia de ella; era como un cuerpo muerto sólo que con los ojos abiertos mirando las estrellas del cielo nocturno.

Esa actitud pasiva de Carmen, según se cuenta en La falsa María, la convirtió en «caballo». Un caballo es aquel hombre o mujer que puede ser montado por cualquiera.

Fueron los oligofrénicos quienes la convirtieron en «caballo». La moneda de circulación en los hospitales son los fármacos, y el resto del pabellón liberó a Carmen de los oligofrénicos consiguiéndoles —con la complicidad de algunos enfermeros— una abundante cantidad de fármacos y alcohol. Ese contrato convirtió a Carmen en «caballo». Libre de la posesión de los dos oligofrénicos, Carmen podía entonces ser montada por cualquiera, incluso hasta por los propios enfermeros que aportaron a la compra. Matilde narró con precisión cada uno de los usos a que fue destinada Carmen. Un jorobado paranoico la arrancó de su cama una noche, la arrastró de los cabellos hasta el baño y allí la penetró violentamente por el ano. El resto del pabellón sabía lo que sucedía y hacía fila a la puerta del baño, para pasar de a uno, una vez el jorobado culminara su faena. Ser un caballo viene de la jerga carcelaria, pero se trasladó a los hospitales. Cuando alguien es un caballo puede ser tomado en cualquier momento y lugar, pero por razones lógicas eso siempre sucede en las noches. Las noches de Carmen eran las noches de un caballo. En las cárceles, hay dos formas de montar a los caballos. O se los violenta entre varios para inmovilizarlos cada vez que se desea usarlos, o se los droga previamente para anular la resistencia. Nada de eso era necesario con Carmen. Era un «caballo» resignado a su destino. Parecía haber nacido para ello. Cuando por las noches alguien se acercaba a su camastro se dejaba arrastrar como un peso muerto. Era sólo un cuerpo pasivo.

Mientras todo esto pasaba por su mente, Matilde se dio cuenta de que casi mecánicamente había cumplido todos los ritos administrativos que siguen al descenso de un avión y se encontraba en el hall del aeropuerto. Había por fin regresado.

La fiesta del semen

Lo que más indignó a la crítica fue el capítulo siguiente al «Jardín de las delicias». Desde el título, «La fiesta del semen», hasta el contenido, fue calificado como un obsesivo ejercicio sádico. Mientras recorría en el autobús de la aerolínea la costa montevideana hacia su destino céntrico, ni siquiera el soleado paisaje marino pudo evitarle el recuerdo de ese capítulo. El libro tenía ya un año de editado, y sin embargo, este primer regreso a Montevideo, hizo que volviera a instalarse en su pensamiento.

«La fiesta del semen» ocurrió precisamente la noche de Navidad. Como Carmen era un «caballo» fue sacada del pabellón de mujeres y llevada al de hombres. Y al decir sacada uno podría pensar que hubo que utilizar la violencia para arrancarla de su cama, que entre varios la arrastraron de los cabellos o de la túnica hasta convertir la tela en jirones. No, bastó que se le apersonaran uno de los oligofrénicos y el jorobado, para que Carmen, con sólo verlos, se levantara de su cama sin decir palabra, sin que fuera necesaria orden alguna y mucho menos el más mínimo forcejeo. Como corresponde a un «caballo», Carmen se limitó a seguir a los dos emisarios, quienes tampoco debieron ayudarla a trasponer el muro que separaba los pabellones. Hasta ese momento, cuenta el libro, eran los hombres quienes saltaban el muro para trasladarse al pabellón de las internas, pero ahora existía un caballo. Y no era que no hubiera otros caballos entre las mujeres o los hombres; y no era tampoco que todavía Carmen conservara algo de su belleza. Si bien tenía los ojos muertos y el otrora cabello negro y sedoso lucía ahora desprolijo y sucio, su cuerpo mantenía su esplendor. Lo que en realidad había cambiado era que a otros «caballos» había que reducirlos, había que tomarlos por sorpresa, y era mucho más fácil hacer eso mientras dormían en sus camas que trasladarlos al pabellón de hombres. Pero ese ritual había cambiado ahora que estaba Carmen. Parecía que sólo fuera un cuerpo, y en eso sólo se había convertido. Su mente estaba en otro lugar. Por esa razón caminó en silencio al lado de sus custodias, por esa razón ella misma hizo el esfuerzo de saltar el muro, y por esa razón entró lentamente al pabellón de los internos y permaneció parada, con los ojos cerrados, a la espera de los demás.

La fiesta en sí consistió en verter en la boca, vagina y ano de Carmen la mayor cantidad de esperma posible. Mientras tres hombres la penetraban a la vez otros tantos se masturbaban sobre ella, y cuando todos se turnaron, cuando todos derramaron en ella sus fluidos, la alzaron en andas, como se alza al jugador victorioso, y la pasearon cantando y gritando por todo el pabellón. Carmen nada decía, su cuerpo desnudo e inmóvil era sostenido por decenas de brazos y el griterío, los sonidos emanados de gargantas enfermas, retumbaban en sus oídos pero ella parecía no escuchar. Inmediatamente, sin bajarla, el grupo de alienados se dividió en dos, y comenzaron a lanzar a Carmen por los aires de un grupo a otro, en un frenesí de gritos, rugidos de los sordomudos y bailes grotescos de los deformes. Luego los dos grupos se volvieron a unir en una masa de carne, brazos y delirio, y así, en andas, devolvieron a Carmen al pabellón de mujeres, desnuda y empapada en semen. Así se durmió esa noche sin siquiera vestirse ni asearse.

El encuentro

Matilde caminaba lentamente por la calle que unía su antiguo departamento con la rambla. Desde ella soplaba un viento salobre y a lo lejos se proyectaba un atardecer rojizo, con el sol ya casi hundido en el mar. Era su segundo día en Montevideo y sólo había deambulado. Le dolían las piernas de tanto caminar, pero caminar es la mejor manera de reflexionar, de recordar, y eso precisamente era lo que quería. Por algún momento se le cruzó la idea de visitar a Carmen, pero le había perdido el rastro. Sólo sabía que hacía ya un año salió del hospital y a partir de ahí, nada. Había telefoneado un par de veces al departamento de Carmen y siempre la atendió una voz masculina. Colgó inmediatamente. Quizás habría vuelto con sus padres, pero eso le pareció improbable.

Ahora Carmen ya no existía, ya no estaba en la pecera del hospital. El enfermero que por unos pocos dólares al mes le contaba los detalles de la estadía de Carmen en el hospital tampoco sabía nada de ella después de que le dieran el alta. Los mails que ese enfermero corrupto le enviaba fueron el material en bruto para buena parte de su libro. Eran extensos y morbosos, Matilde los pulía y los incorporaba a la novela. Cuando Carmen dejó el hospital se acabaron los mails y el sobresueldo de informante que gustoso recibía el enfermero. La última frase del último mail podría haberse omitido y Matilde igualmente la hubiera estampado en La falsa María: «Ingresó en crisis; abandonó el hospital completamente loca.»

Mientras se acercaba al mar fue concibiendo otra idea. Se trataba de esas ideas que parecen nacer de golpe, aparecer de la nada, pero que sin embargo uno percibe que siempre estuvieron presentes, latentes en cada acción, y a esa conclusión se llega porque todos los actos de Matilde desde que decidió regresar a Montevideo apuntaban a que en algún momento esa idea afloraría en ella. De Tomás sí nada sabía, y pensó en llamarlo.

Ésa era la idea. La que estaba latente desde que compró el pasaje de avión y puso el primer pie en él. A partir de ese momento ya no había retorno.

Imaginaba ahora que Tomás habría seguido con su vida, que habría conseguido alguna otra puta que le siguiera en sus juegos. Quizás habría repetido la historia de Carmen, quizás Wanda Soch continuaba existiendo en el ciberespacio. Y eso en parte le indignó, porque Wanda Soch siempre sería Matilde, Wanda Soch era una mezcla de Tomás y Matilde, un ser nuevo, alguien con personalidad, alguien con una especie de vida, con una peculiar existencia propia.

Casi instintivamente extrajo su celular y sin darse tiempo a reflexionar discó el número del celular de Tomás. Aún siendo víspera de navidad un gustoso Tomás que supo disimular muy bien la sorpresa, quedó en pasar por el hotel donde Matilde se estaba alojando. Ella tomó un taxi y a la media hora de llegar a su habitación él se anunció en el hall. Ella lo hizo subir. Cuando abrió la puerta ambos quedaron inmóviles, mirándose fijamente. Luego de esos instantes Matilde le invitó a sentarse y, como antes, como siempre, le sirvió un whisky.

—Por el reencuentro —le dijo él alzando el vaso— y por tu éxito como escritora.

Matilde nada contestó.

—He leído varias veces tu libro —continuó él, mientras saboreaba la bebida—. Veo que sabes sacar provecho de las experiencias.

—¿Cómo estás, Tomás? —le preguntó Matilde sin siquiera preocuparse del comentario.

—Muy bien. Aunque te extrañé todo este tiempo. Eres una mujer especial, desapareciste de la noche a la mañana.

—¿No tienes puta? —le espetó ella intentando herirlo, pero inmediatamente que dijo la última palabra se dio cuenta de que en realidad se estaba hiriendo a sí misma. Lo que en verdad perseguía era saber si alguien había ocupado el lugar que ella había dejado vacante.

—Claro que la tengo —rio él—. A propósito, veo que conservas el cabello corto, como Wanda.

Matilde lo miró fijamente y esbozo una sonrisa que Tomás no supo interpretar.

—¿Y qué tal tu puta nueva? —preguntó ella.

Tomás meditó unos instantes y entonces le dijo:

—¿Quieres conocerla? Estoy seguro de que te gustará. Es más, se trata de la mujer ideal para ambos.

—Ha pasado mucho tiempo, Tomás —dijo ella cambiando el tono de voz, quitándole dureza—. ¿Qué has sentido por Carmen?

—Placer.

—Quiero decir qué sentiste cuando la destruiste.

—Allí precisamente radicó el placer. Y más disfruté leyendo su estadía en el hospital. A propósito, ¿todo eso pasó en verdad o lo inventaste?

—¿Ni siquiera te preocupaste luego de conocer su suerte?

—¿Y tú te preocupaste de conocer su suerte para ayudarla o para escribir tu libro? —contestó fríamente.

Matilde acusó el golpe y bajó la mirada. Otra vez volvieron a su mente los recuerdos. El patético trato con el enfermero, ese hombre pequeño, calvo y rapaz, que cada mes le enviaba un mail contándole los padecimientos de Carmen contra la entrega de un cheque.

—¿Tan de pronto acabó el amor que decías sentir por ella? —prosiguió Tomás con tono mordaz.

—Tú me creaste, ¿recuerdas? Soy tu monstruo. Te lo dije una vez, y sigo siéndolo. Nada bueno puede esperarse de tu creación.¿Recuerdas Metrópolis, la vieja película de Lang?

—Vagamente —respondió Tomás sin saber adónde quería Matilde conducir la conversación.

—Allí se construye una mujer artificial, la falsa María —continuó ella, con tono suave, como cuando se disponía antes a contarle alguna historia a Carmen—. Tenía un aspecto metálico pero ciertamente femenino. Nuestra mujer artificial había sido creada en dos fases, una primera, en la que tiene aspecto de robot, y la segunda, en la que se convierte en doble de una mujer real. La finalidad de la falsa María es meramente ser un instrumento de poder y su más poderosa herramienta es sin duda la seducción. Hay en la película, una escena de una danza que lleva esa seducción a sus últimos límites. La falsa María es maligna, y esa malignidad se revela ya al finalizar su construcción y con la primera enseñanza o instrucción que recibe, que es deshacer todas las buenas enseñanzas de la verdadera María. Pero he aquí que la falsa María, pese a su naturaleza de robot, se revela, toma decisiones propias y termina conduciendo a los trabajadores a una revolución orgiástica en la que destruyen todas las máquinas y llegan a olvidar a sus hijos. Terminada esa orgía febril, recuperada la cordura por parte de los trabajadores, atrapan a la falsa María y la llevan a la hoguera cual si fuera una bruja. Entre las llamas, ella ríe a la vez que recupera su aspecto metálico.

—Estás tratando de explicarme el por qué de nuestro reencuentro.

Matilde asintió con un leve movimiento de cabeza, sin dejar de fijar sus ojos en los de Tomás. Se hizo un breve silencio entre ambos, como si a pesar del tiempo transcurrido ya se entendieran con la sola mirada.

—Sabes, Wanda… —empezó a decir Tomás deteniéndose deliberadamente en el nombre.

—Dime.

Esa sola palabra era la respuesta que Tomás esperaba. Significaba para él que Wanda seguía existiendo, que Matilde seguía siendo esa mujer artificial, esa falsa María.

El mundo seguía siendo un mundo nuevo para ambos.

FIN