Luca D’Andrea – Fragmento de La sustancia del mal

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Siempre es así. En el hielo, uno primero oye la voz de la Bestia, y luego muere.

Grietas idénticas a aquella en la que me encontraba estaban llenas de montañeros y escaladores que habían perdido las fuerzas, la razón y, finalmente, la vida por culpa de esa voz.

Una parte de mi mente, esa parte animal que conocía el terror porque había vivido en el terror durante millones de años, comprendía lo que la Bestia silbaba.

Ocho letras: «Márchate».

No estaba preparado para la voz de la Bestia.

Necesitaba algo familiar, humano, que me arrancara de la cruda soledad del glaciar. Levanté la mirada por encima de los bordes de la grieta, allá arriba, en busca de la silueta roja del EC-135 del Socorro Alpino de los Dolomitas. Pero el cielo estaba vacío. Una saeta desportillada de un azul cegador.

Fue eso lo que me derrumbó.

Empecé a balancearme adelante y atrás, con la respiración acelerada, con la sangre vacía de toda clase de energía. Igual que Jonás en el vientre de la ballena, me encontraba solo ante la presencia de Dios.

Y Dios gruñía: «Márchate».

A las dos y diecinueve minutos de ese maldito 15 de septiembre, del hielo surgió una voz que no era la de la Bestia. Era Manny, con su uniforme rojo destacando en todo aquel blanco. Repetía mi nombre, una y otra vez, mientras el cabestrante lo iba bajando lentamente hacia mí.

Cinco metros.

Dos.

Sus manos y sus ojos estaban buscando heridas que explicaran mi comportamiento. Sus preguntas: cien y mil cosas a las que no podía dar una respuesta. La voz de la Bestia era demasiado fuerte. Me estaba devorando.

—¿No lo oyes? —murmuré—. La Bestia, la…

La Bestia, hubiera querido explicarle, aquel hielo tan antiguo, consideraba intolerable la idea de un corazón caliente sepultado en sus profundidades. Mi corazón caliente. Y también el suyo.

Y ahí estábamos: las dos y veintidós minutos.

La expresión de sorpresa en la cara de Manny que se transforma en puro terror. El cable del cabestrante que lo levanta como a una marioneta. Manny que sale disparado hacia arriba. El rugido de las hélices del helicóptero que se convierte en un grito estrangulado.

Por último.

El grito de Dios. El alud que destruye el cielo.

¡Márchate!

Fue entonces cuando vi. Cuando me quedé solo, más allá del tiempo y del espacio: vi.

La oscuridad.

La oscuridad total. Pero no morí. Oh, no. La Bestia jugueteó conmigo. Me dejó vivir. La Bestia que ahora susurraba: «Te vas a quedar conmigo para siempre, para siempre…».

No estaba mintiendo.

Una parte de mí todavía sigue allí.

Pero, como habría dicho mi hija Clara con una sonrisa, esa no era la z al final del arcoíris. No era el final de mi historia. Al contrario.

Ese fue solo el inicio.

Con seis letras: «Inicio». Seis letras: «Bestia».

Las mismas que: «Terror».

(We Are) the Road Crew

1.

En la vida, como en el arte, solo hay una cosa que importa: los hechos. Para conocer los hechos, los que se refieren a Evi, Kurt y Markus y a la noche del 28 de abril de 1985, es esencial que lo sepáis todo sobre mí. Porque no se trata solamente de 1985 y de la masacre del Bletterbach. No se trata solamente de Evi, Kurt y Markus, sino también de Salinger, Annelise y Clara.

Todo está relacionado.

2.

Hasta las dos y veintidós del 15 de septiembre de 2013, es decir, hasta el momento en que la Bestia estuvo a punto de matarme, se me había definido como el cincuenta por ciento de una estrella en ascenso en un ámbito, el de los documentales, que más que estrellas tiende a producir minúsculos meteoritos y flatulencias devastadoras.

A Mike McMellan, el otro cincuenta por ciento de la estrella en cuestión, le gustaba decir que aun aceptando que fuéramos estrellas fugaces en rumbo de colisión con el planeta llamado Fracaso Total, habríamos tenido el privilegio de desaparecer en la hoguera reservada a los héroes. A partir de la tercera cerveza me manifestaba de acuerdo con él. Aunque fuese el único motivo, era una excusa óptima para un brindis.

Mike no era solo mi socio. También era el mejor amigo que podéis tener la suerte de conocer. Era irritante, vanidoso, egocéntrico tanto y más que un agujero negro, obsesivo hasta extremos insostenibles, y dotado de la misma capacidad de concentración en un único tema que un canario cargado de anfetaminas. Pero también era el único artista de verdad que había conocido.

Fue Mike —cuando aún no éramos más que la combinación de medios talentos menos cool de la Academia de Cine de Nueva York (curso de Dirección para Mike, de Guion para el que suscribe)— quien se dio cuenta de que si nos empeñábamos en seguir nuestras ambiciones hollywoodenses acabaríamos con el culo aplastado a base de patadas, amargados y farragosos como el maldito profesor «Llamadme Jerry» Calhoun, el exhippie que más había disfrutado torturando nuestras primeras y tímidas creaciones.

—Que le den por culo a Hollywood, Salinger —dijo Mike—. La gente está hambrienta de realidad, no de gráficos por ordenador. La única manera que tenemos de hacer surf en este Zeitgeist de mierda es alejarnos de la ficción y dedicarnos a la amada, vieja y sólida realidad. Cien por cien garantizada.

Enarqué una ceja:

—Zeitgeist?

—Tú eres el teutón, socio.

Mi madre era de origen alemán, pero no había nada de qué preocuparse, estaba a años luz de sentirme discriminado por Mike. Al fin y al cabo, yo había crecido en Brooklyn y él, en el Medio Oeste de mierda.

Consideraciones genealógicas aparte, lo que Mike pretendía decir en ese húmedo noviembre de hace tantos años era que iba a tener que tirar mis (pésimos) guiones y, junto a él, ponerme a filmar documentales. Trabajar con instantes dilatados para transformarlos en un relato que discurriera bien desde el punto a hasta el punto z, según el evangelio del difunto Vladimir Jakovlevič Propp (uno que sabía tanto de historias como Jim Morrison de paranoias).

Un auténtico lío.

—Mike… —resoplé—. Poseo ejemplares del National Geographic que se remontan a 1800. Solo existe una categoría de personas peores que quienes quieren triunfar con las películas: los documentalistas. Muchos de ellos tienen antepasados que murieron en busca de las fuentes del Nilo. Llevan tatuajes y bufandas de cachemira al cuello. Es decir: son unos capullos, pero unos capullos liberales, y por eso se sienten absueltos de todos los pecados. Por último, pero no por esto menos importante: tienen familias cargadas de pasta que subvencionan sus safaris por todo el mundo.

—Salinger, a veces eres muy, pero que muy… —Mike negó con la cabeza—. Déjalo estar y escúchame. Necesitamos un tema. Un tema fuerte para un documental que haga saltar la banca. Algo que la gente ya conozca, algo familiar, pero que nosotros dos vamos a mostrar de una manera nueva, diferente a todo lo que se haya visto hasta ahora. Estrújate el cerebro, piensa y…

No sé cómo y no sé por qué, pero mientras Mike me estaba mirando con esa jeta suya de asesino en serie, mientras un millón de razones para rechazar esa propuesta se arremolinaban en mi cabeza, oí que un gigantesco clic me estallaba en el cerebro. Una idea absurda. Demencial. Incandescente. Una idea tan idiota que amenazaba con funcionar rematadamente bien.

¿Qué había más electrizante, potente y sexi que el rock and roll?

Era una religión para millones de personas. Un latigazo de energía que unía a las generaciones. No había ni un alma en este planeta que nunca hubiera oído hablar de Elvis, de Hendrix, de los Rolling Stones, de Nirvana, de Metallica y de todo ese tren chispeante de la única y auténtica revolución del siglo XX.

Fácil, ¿verdad?

No.

Porque el rock también eran esos grandes y fornidos guardaespaldas vestidos de oscuro, parecidos a armarios de dos puertas y con la mirada de un pitbull, a los que se paga por alejar a listillos como nosotros. Algo que de buena gana hasta harían gratis.

La primera vez que intentamos poner en marcha nuestra idea (Bruce Springsteen en un bolo de calentamiento previo a la gira en un local del Village) salí bien librado, con algún empujón y un par de cardenales. A Mike le fue peor. La mitad de su cara se parecía a la bandera escocesa. La guinda del pastel: nos libramos de una denuncia por un pelo. A Springsteen le siguió el concierto de los White Stripes, el de Michael Stipe, el de los Red Hot Chili Peppers, el de Neil Young y el de los Black Eyed Peas, que en esa época estaban en la cima de su fama.

Coleccionamos un montón de moratones y muy poco material. La tentación de rendirse era fuerte.

Fue en ese momento cuando el dios del rock miró en nuestra dirección, vio nuestros patéticos esfuerzos para rendirle homenaje y con una mirada benévola nos mostró el camino del éxito.

3.

A mediados de abril conseguí hacerme con un contrato doble para montar un escenario en el Battery Park. No era para un grupo cualquiera, sino para la más controvertida, diabólica y denostada banda de todos los tiempos. Señoras y señores: con todos ustedes, Kiss.

Trabajamos como aplicadas hormiguitas concienzudas; luego, mientras los obreros se marchaban, nos escondimos en una montaña de basura. Silenciosos como francotiradores. Cuando llegaron las primeras berlinas oscuras, Mike pulsó el botón Rec. Estábamos en el séptimo cielo. Era nuestra gran oportunidad. Y, como es natural, todo se precipitó.

Gene Simmons salió de una limusina tan larga como un transatlántico, se desperezó y ordenó a sus lacayos que soltaran la correa de su querido cuatro patas. En cuanto se sintió libre, el caniche blanco y horroroso, de expresión luciferina, empezó a ladrar en nuestra dirección igual que uno de los sabuesos del infierno que cantaba Robert Johnson («And the day keeps on reminding me, there’s a hellhound on my trail / Hellhound on my trail, hellhound on my trail»). En dos saltos, el chucho se me vino encima. Apuntaba a la yugular, el muy cabrón. Esa bola de pelo quería matarme.

Grité.

Y algo así como doce mil energúmenos que no habrían hecho un mal papel en el Salón de la Fama de los degolladores nos agarraron, nos patearon, nos golpearon y nos arrastraron hacia la salida, con la intención —gruñeron— de arrojarnos de cabeza al océano. No lo hicieron. Nos dejaron magullados, abatidos y cansados en un banco rodeado de desechos, reflexionando sobre nuestra condición de Coyote tras el Correcaminos. Permanecimos allí, incapaces de aceptar la derrota, escuchando el eco del concierto que iba apagándose. En cuanto terminaron los bises, seguimos con la mirada a la multitud que comenzaba a disgregarse, y justo cuando estábamos a punto de regresar a nuestra guarida unos tipos grandotes con barbas de Ángeles del Infierno y rostros patibularios empezaron a cargar altavoces y amplificadores en los camiones Peterbilt de la banda. En ese preciso instante, el dios del rock se asomó desde el Valhala y me mostró el camino.

—Mike —murmuré—. Nos hemos equivocado completamente. Si queremos hacer un documental sobre el rock, sobre el auténtico rock, debemos apuntar la cámara hacia el otro lado del escenario. El otro lado, socio. Esos tipos son el auténtico rock. Y —añadí sonriendo— no hay copyright sobre ellos.

Esos tipos.

Los roadies. Los que hacen el trabajo sucio. Los que cargan los ocho ejes, los conducen de una punta a otra del país, los descargan, montan el escenario, preparan el equipo, esperan el final del show de brazos cruzados y, nuevamente, como dice el poema: «Millas por recorrer antes del sueño».

Oh, sí.

Dejadme que os lo diga, Mike estuvo increíble. Dando coba, desplegando espejismos de dinero y de publicidad gratuita, persuadió a un aburridísimo mánager de la gira para que nos autorizara rodar algunas tomas. Los roadies, en modo alguno acostumbrados a toda esa atención, nos protegieron bajo sus alas. No solo eso: fueron los barbudos quienes convencieron al mánager y a los abogados de que nos permitieran ir con ellos (con ellos, no con la banda; y fue este as en la manga lo que los persuadió de verdad) a lo largo de toda la gira.

Fue así como vio la luz Nacidos para sudar: Road Crew, el lado oscuro del rock and roll.

Nos dejamos la piel, creedme. Seis semanas de locura, migrañas, resacas de trabajo y sudor, al final de las cuales habíamos destrozado dos cámaras, coleccionado varias intoxicaciones alimentarias, un esguince de tobillo (me subí al techo de una roulotte que se reveló frágil como una galletita de té; estaba sobrio, lo juro) y aprendido doce maneras diferentes de pronunciar fuck you.

El montaje duró un verano a cuarenta grados sin aire acondicionado, que pasamos despellejándonos ante un monitor que iba fundiéndose, y a principios de septiembre de 2003 (año mágico, si es que alguna vez hubo alguno) no solo habíamos terminado nuestro documental, sino que también estábamos satisfechos con el resultado. Se lo mostramos a un productor llamado Smith, que de mala gana nos había concedido cinco minutos, solo cinco. ¿Podéis creerlo? Le bastó con tres.

—Un factual —sentenció Mister Smith, emperador supremo del Canal—. Doce episodios. Veinticinco minutos cada uno. Lo quiero para principios de noviembre. ¿Podéis hacerlo?

Sonrisas y apretones de manos. Al final, un autobús apestoso nos llevó de regreso a casa. Atontados y un tanto aturdidos, verificamos en la Wikipedia qué demonios era eso de factual. La respuesta era la siguiente: una mezcla entre serie de televisión y documental. En otras palabras, teníamos menos de dos meses para volver a montarlo todo de nuevo y crear nuestro factual. ¿Imposible?

Sin bromas.

El 1 de diciembre de ese mismo año, Road Crew salió en antena. Y fue un éxito de audiencia.

De repente estábamos en boca de todo el mundo. El profesor Calhoun llegó a fotografiarse con nosotros mientras nos hacía entrega de lo que parecía un bodrio parido por Dalí, pero que era, en cambio, un premio que se otorgaba a los estudiantes meritorios. Lo subrayo: meritorios. Los blogs hablaban de Road Crew, la prensa escrita hablaba de Road Crew. MTV emitió un especial presentado por Ozzy Osbourne, quien, con gran disgusto de Mike, no se comió ningún murciélago.

Pero no todo fue de color de rosa.

Maddie Grady, del New Yorker, nos destrozó con un hacha poco afilada. Un artículo de cinco mil palabras con el que me estuve estrujando el cerebro durante meses. Según GQ, éramos misóginos. Según Life, éramos dos misántropos. Según Vogue, encarnábamos la redención de la Generación X. Y esto, la verdad, nos hirió de muerte.

En marzo del año siguiente, 2004, Mister Smith nos hizo firmar un contrato para una segunda temporada de Road Crew. Teníamos el mundo en un puño. Luego, un poco antes de salir para el rodaje, sucedió algo que sorprendió a todos, a mí el primero.

Me enamoré.

4.

Y, por extraño que parezca, el mérito fue de «Llamadme Jerry» Calhoun. Organizó una especie de proyección del primer capítulo de Road Crew, seguida por el inevitable debate para sus estudiantes. «Debate» apestaba a emboscada, pero Mike (que tal vez esperaba tomarse la revancha hacia nuestro viejo maestro y hacia el mundo en su totalidad) insistió en aceptar, y yo me limité a ir tras él, como siempre que a Mike se le metía algo en la cabeza.

La criatura que hizo mella en mi corazón estaba en la tercera fila, semioculta tras un tipo de unos ciento cincuenta kilos y con una mirada a lo Mark Chapman (un admirador de la blogosfera, supuse de inmediato), en la temida aula 13 de Calhoun, esa a la que algunos estudiantes de la Academia de Cine de Nueva York llamaban «el Club de la Lucha».

Al finalizar la proyección, el gordinflón fue el primero que quiso expresar su opinión. Lo que dijo en treinta y cinco minutos de perorata puede resumirse así: «Mierda por aquí, mierda por allá, ¡mierda en todos los rincones de la ciudad!». Entonces, satisfecho, se limpió un hilillo de baba, se sentó y se cruzó de brazos, con una expresión de desafío en esa cara de pizza que llevaba puesta.

Estaba a punto de vomitarle encima una larga (larguísima) serie de consideraciones poco correctas sobre los gordos presumidos, cuando sucedió lo imposible.

La chica rubia pidió la palabra y Calhoun, que permanecía de pie, se la concedió. Se levantó (era realmente agraciada) y dijo, con un fortísimo acento alemán:

—Me gustaría preguntarle. ¿Cuál es la palabra exacta para Neid?

Me eché a reír y en mi interior le di las gracias a mi querida Mutti por su obstinación en enseñarme su lengua materna. De pronto, esas horas pasadas autoflagelándome la lengua contra los dientes, aspirando vocales y redondeando la r como si tuviera un ventilador atascado en la boca, adquirían una luz completamente distinta.

—Mein liebes Fräulein —empecé mientras gozaba de un sonido similar al del descorche de año nuevo, producido por el abrir de ojos de esa masa de estudiantes erectos (gordinflón incluido)—. Sie sollten nicht fragen, wie wir «Neid» sagen, sondern wie wir «Idiot» sagen.

Querida señorita, no debe preguntar cómo decimos «envidia», sino cómo decimos «idiota».

Se llamaba Annelise.

Tenía diecinueve años y estaba en los Estados Unidos desde hacía poco más de un mes para unas prácticas. Annelise no era ni alemana, ni austriaca, ni suiza. Venía de una minúscula provincia del norte de Italia, donde la mayoría de la población hablaba alemán. Alto Adigio/Tirol del Sur, tal era el nombre de ese extraño lugar.

La noche antes de salir para la gira hicimos el amor mientras que de fondo Springsteen cantaba «Nebraska», y esto me reconcilió, al menos un poco, con el Boss. La mañana fue difícil. Pensé que nunca volvería a verla. No fue así. Mi dulce Annelise, nacida entre los Alpes, a ocho mil kilómetros de la Gran Manzana, transformó las prácticas en un permiso de estudios. Sé que suena como una locura, pero tenéis que creerme. Me quería y yo la quería a ella. En 2007, mientras Mike y yo nos estábamos preparando para filmar la tercera (y última, como nos habíamos prometido) temporada de Road Crew, en un pequeño restaurante de Hell’s Kitchen le pedí a Annelise que se casara conmigo. Aceptó con tal arrobamiento que rompí a llorar de un modo muy poco viril.

¿Qué más podría desear?

El 2008.

Porque el 2008, mientras Mike y yo, agotados, nos tomábamos un descanso después de la emisión de la tercera temporada de nuestro fuck-tual, en un día cálido de mayo, en una clínica de Nueva Jersey rodeada de verde, nació Clara, mi hija. Y a continuación: olorosas montañas de pañales, homogeneizados para decorar ropa y paredes, pero sobre todo horas y horas dedicadas a observar a Clara, que aprendía a descubrir el mundo. ¿Y cómo olvidar las visitas de Mike con la novia de turno (que duraba entre dos y cuatro semanas, con un pico máximo de un mes y medio, aunque se tratara de Miss Julio), en las que intentaba de todas las maneras posibles enseñarle a mi hija su nombre antes de que Clara consiguiera pronunciar la palabra «papá»?

En el verano de 2009 conocí a los padres de Annelise, Werner y Herta Mair. No sabíamos que el «cansancio» con el que Herta justificaba mareos y palidez era una metástasis en una fase muy avanzada. Murió pocos meses después, a finales de año. Annelise no quiso que la acompañara al funeral.

2010 y 2011 fueron años hermosísimos y frustrantes. Hermosísimos: Clara trepando por todas partes, Clara preguntando «¿qué es esto?» en tres idiomas diferentes (el tercero, el italiano, Annelise me lo estaba enseñando también a mí y se me daba bastante bien, era un estudiante motivado por una maestra que me parecía muy sexi); Clara creciendo, simplemente. ¿Frustrantes? Seguro. Porque, después de haber presentado a Mister Smith algo así como cien mil proyectos distintos (todos rechazados), a finales de 2011 empezamos el rodaje de la cuarta temporada de Road Crew. La que habíamos jurado que nunca vería la luz.

Todo salió mal, la magia se había perdido y lo sabíamos. La cuarta temporada de Road Crew es un largo e infeliz canto fúnebre sobre el final de una época. Pero el público, como generaciones de copywriters saben, adora sentirse triste. La audiencia fue mejor que la de las tres temporadas anteriores. Incluso el New Yorker nos aduló hablando del «relato de un sueño lúcido que se hace pedazos».

Así que Mike y yo nos encontrábamos nuevamente agotados, apáticos. Deprimidos. Incluso los que hasta hacía poco nos habían tratado como a apestados alababan ahora el trabajo que nosotros considerábamos el peor de nuestra carrera. Por eso en diciembre de 2012 acepté la propuesta de Annelise. Pasar unos meses en su pueblo natal, una insignificante mota en el mapa llamada Siebenhoch, Alto Adigio, Tirol del Sur, Italia. Lejos de todo y de todos.

Una buena idea.

Los héroes de la montaña

1.

Las fotografías que Annelise me había enseñado de Siebenhoch no le hacían justicia a ese pueblo encaramado a mil cuatrocientos metros de altitud. Es verdad, las ventanas con geranios eran aquellas, las calles estrechas para mantener el calor, también. ¿Las montañas nevadas y el bosque alrededor? De postal. Pero en vivo era… diferente.

Un magnífico lugar.

Me gustaba la pequeña iglesia rodeada por un cementerio que no hacía pensar en la muerte, sino en el eterno descanso de las oraciones. Me gustaban los tejados puntiagudos de las casas, los cuidados setos de flores, las carreteras libres de socavones, me gustaba el dialecto a ratos incomprensible que deformaba la lengua de mi madre (y, a todos los efectos, de mi infancia) en un dialokt disonante y mal hablado.

Me gustaba incluso el supermercado DeSpar adormilado en un claro arrebatado por la fuerza a la vegetación, el entrelazamiento de las carreteras provinciales y nacionales, así como los caminos de herradura semienterrados por la maraña de las hayas, de los helechos y de los abetos rojos.

Me gustaba la expresión de mi esposa cada vez que me enseñaba algo nuevo. Una sonrisa que la hacía parecerse siempre a la niña que, me imaginaba, había corrido por esos bosques, jugado con bolas de nieve, caminado por aquellas calles, y que luego, cuando fue mayor, cruzó el océano para llegar hasta mis brazos.

¿Qué más?

Me gustaba el speck, sobre todo el curado que mi suegro traía a casa sin revelar nunca el origen de esa delicia —ciertamente ninguna de las que él llamaba «tiendas para turistas»—, y las bolas de masa, cocinadas de cuarenta maneras distintas por lo menos. Devoraba tartas, strudel y lo que fuera. Me eché encima cuatro descarados kilos y no me sentí culpable en lo más mínimo.

La casa en la que estábamos era propiedad de Werner, el padre de Annelise. Se encontraba en la frontera oeste de Siebenhoch (suponiendo que un pueblo de setecientas almas pueda tener fronteras reales), en el punto en que la montaña ascendía hasta tocar el cielo. En el piso de arriba había dos dormitorios, un pequeño estudio y un baño. En la planta baja, una cocina, una despensa y lo que Annelise llamaba salón, aunque «salón» resultaba un término simplista para esa habitación. Era enorme, con una mesa en el centro y muebles de madera de haya y de pino que Werner había construido con sus propias manos. La luz llegaba a través de dos ventanales que daban a un césped y desde el primer día coloqué una butaca allí delante por el placer de dejar que el espacio —las montañas y el verde (que cuando llegamos se encontraba cargado con una capa compacta de nieve)— se adentrara en mí.

Estaba sentado en esa butaca cuando el 25 de febrero vi el helicóptero surcando el cielo por encima de Siebenhoch. Era de un bonito color rojo flamante. Pensé en ello toda la noche. El 26 de febrero, el helicóptero se había convertido en una idea.

Una idea obsesiva.

El 27 me di cuenta de que necesitaba hablar con alguien.

Con alguien que supiera. Alguien que lo entendiese.

El 28, lo hice.

2.

Werner Mair vivía a unos kilómetros en línea recta de nosotros, en una localidad con poquísimas comodidades que la gente del lugar llamaba Welshboden.

Era un hombre severo que apenas sonreía (una magia que tan solo le resultaba sencilla a Clara), pocas canas en las sienes, ojos penetrantes de un azul cielo que tendía al gris, nariz afilada y arrugas como cicatrices.

Se acercaba a los ochenta en una forma física deslumbrante y lo encontré ocupado en cortar leña en mangas de camisa, a pesar de que la temperatura estuviera un poco por debajo de cero.

En cuanto me vio llegar apoyó el hacha sobre un soporte y me saludó. Apagué el motor y me bajé. El aire era punzante, puro. Respiré a pleno pulmón.

—¿Más madera, Werner?

Me tendió la mano.

—Nunca se tiene suficiente. Y el frío hace que uno se mantenga joven. ¿Te apetece un café?

Entramos.

Me quité la chaqueta y el gorro y me senté al lado de la chimenea. Bajo el olor del humo se filtraba un agradable aroma de resina.

Werner preparó la cafetera (hacía el café a la italiana, en la variante alpinista: un escupitajo negro como el alquitrán que te mantenía despierto durante semanas) y se sentó. Sacó de un mueble un cenicero y me guiñó un ojo.

Werner contaba que había dejado de fumar el día en que Herta había dado a luz a Annelise. Sin embargo, después de la muerte de su esposa, tal vez por aburrimiento o tal vez (sospechaba yo) por nostalgia, había empezado a darle otra vez. A escondidas, porque si Annelise lo hubiera visto con un cigarrillo entre los dedos lo habría desollado vivo. Aunque me sentía culpable por animarle con mi compañía (y mi discreción), en ese momento, mientras Werner encendía una cerilla con la uña del pulgar, el tabaquismo de mi suegro me venía bien. No hay nada mejor que compartir un poco de tabaco para una charla entre hombres, ¿sabéis?

Me lo tomé con calma. Intercambiamos algunas trivialidades. El tiempo, Clara, Annelise, Nueva York. Fumamos. Nos bebimos el café y un vaso de agua de Welshboden, para eliminar el sabor amargo.

Al final, se lo solté.

—He visto un helicóptero —empecé—. Rojo.

La mirada de Werner me traspasó de parte a parte.

—Y te has preguntado qué tal quedaría en televisión, ¿verdad?

Verdad.

Ese helicóptero no habría agujereado la pantalla. La habría hecho pedazos.

Werner sacudió la ceniza del cigarrillo en el suelo.

—¿Has tenido alguna vez una de esas ideas que te cambian la vida?

Pensé en Mike.

Pensé en Annelise. Y en Clara.

—De lo contrario, no estaría aquí —fue mi respuesta.

—Yo era más joven cuando tuve la mía. No surgió por azar, surgió de un duelo. Nunca es bueno que las ideas procedan de los duelos, Jeremiah. Pero es algo que sucede y no puedes hacer nada. Las ideas llegan y punto. A veces, se marchan, y otras, echan raíces. Como las plantas. Y, como las plantas, crecen y crecen. Tienen vida propia —Werner se detuvo para observar la brasa del cigarrillo, antes de arrojarlo a la chimenea—. ¿Cuánto tiempo tienes, Jeremiah?

—Todo el que se necesita —le contesté.

—Nix. Error. Tienes el tiempo que tu esposa y tu hija te han concedido. Para un hombre, la familia debe ser el primer pensamiento. Siempre.

—Cierto… —dije, y creo que me sonrojé un poco.

—De todos modos, si quieres oír esta historia, no nos llevará demasiado. ¿Ves esa fotografía?

Señaló una instantánea enmarcada, que colgaba bajo el crucifijo. Werner se acercó, y la rozó con las yemas de los dedos. Como a muchos montañeros, también a él le faltaban algunas falanges: en su caso, la primera del meñique y del anular de la mano derecha.

La imagen en blanco y negro representaba a cinco jovenzuelos. El de la izquierda, un mechón de pelo rebelde en la frente y la mochila al hombro, era Werner.

—La tomamos en 1950. No recuerdo bien el mes. Pero a ellos los recuerdo. Y también recuerdo las risas. Son lo que menos se desvanece a medida que vamos envejeciendo. Olvidas aniversarios, cumpleaños. Olvidas caras. Por suerte, también olvidas los dolores, los sufrimientos. Pero las risas de esa época, de cuando aún no eres un hombre, pero tampoco eres ya un niño…, esas permanecen dentro de ti.

A pesar de que tenía unas cuantas primaveras menos, entendía lo que Werner trataba de decirme. Dudaba, no obstante, de que su memoria pudiera fallar. Werner pertenecía a una clase de montañeros forjada en acero. A pesar de sus canas y de las arrugas en la cara, me resultaba imposible considerarlo viejo.

—La vida era dura, aquí en Siebenhoch. Por la mañana, a la escuela, en el valle; por la tarde y hasta la noche a partirse el lomo en los campos, en los pastos, en el bosque o en los establos. Yo era afortunado porque mi padre, el abuelo de Annelise, se salvó del derrumbe en la mina, mientras que muchos de los chicos de los cursos superiores eran huérfanos, y crecer sin un padre en el Tirol del Sur, en aquellos años, era cualquier cosa menos un paseo.

—Puedo imaginármelo.

—Imaginártelo sí, quizá —respondió Werner sin apartar los ojos de la fotografía—. Pero dudo que puedas comprenderlo de verdad. ¿Has tenido hambre alguna vez?

En cierta ocasión me asaltó un drogadicto que me amenazó con una jeringuilla en la garganta, y a un buen amigo mío lo apuñalaron cuando regresaba de un concierto en el Madison Square Garden. Pero no, nunca había pasado hambre.

Así que no respondí.

—Éramos jóvenes, inconscientes, y por tanto felices, no sé si sabes a qué me refiero. Lo que más nos gustaba era escalar montañas —una expresión entre la melancolía y la ironía, que desapareció rápidamente—. En esa época, aquí entre nosotros, el montañismo era para gente rara y para soñadores. No se trataba de un deporte respetable como hoy en día. De alguna manera fuimos pioneros, ¿sabes? Con el tiempo el montañismo se ha convertido en turismo, y hoy el turismo es la primera fuente de ingresos de todo el Alto Adigio.

Era cierto. Había hoteles por todas partes, restaurantes y teleféricos para facilitar el ascenso a las cimas de las montañas. En invierno los turistas se concentraban en las zonas de esquí, y en verano se dedicaban a las excursiones por el bosque. No podía culparlos: tan pronto como el clima cambiara, con el deshielo, tenía pensado comprarme unas botas robustas y, con la excusa de llevar a Clara a tomar un poco de aire puro, ver si este muchacho de Brooklyn podía competir con los habitantes de las montañas del lugar.

—Sin turismo —prosiguió Werner—, el Alto Adigio sería una provincia pobre, habitada únicamente por campesinos cada vez más viejos, y Siebenhoch ya no existiría, tenlo por seguro.

—Sería triste.

—Muy, muy triste. Pero no ha sucedido eso —parpadeó—. En cualquier caso… Para la gente de esa época, sobre todo para la gente de estos pagos, ir a las montañas significaba ir a trabajar a las montañas. Llevar las vacas a pastar, cortar leña para el fuego. Cultivar. Eso era la montaña. Para nosotros, sin embargo, era diversión. Pero éramos imprudentes. Demasiado. Competíamos por ver quién podía escalar la pared más empinada, nos cronometrábamos, desafiábamos la intemperie. ¿Y el equipo? —Werner se dio un golpe en el muslo—. Cuerdas de cáñamo. ¿Sabes lo que significa caer cuando estás asegurado con una cuerda de cáñamo?

—No tengo ni la más remota idea.

—El cáñamo no es elástico. Si te caes con las cuerdas modernas, esas de nailon y de quién sabe qué más, resulta casi divertido. Se estiran y absorben tu peso. El cáñamo es otra historia. Corres el riesgo de quedarte lisiado de por vida. O peor. Y además… Los clavos de escalada, los martillos y todo lo demás estaban hechos a mano, los hacía el herrero del pueblo. El hierro es frágil, fragilísimo, y era caro. Pero nosotros no teníamos cine, ni teníamos coches. Nos habían educado para ahorrar hasta el último céntimo. Y nos sentíamos muy felices utilizando el dinero para nuestras escaladas —Werner se aclaró la garganta—: Nos sentíamos inmortales.

—No lo erais, ¿verdad?

—Nadie lo es. Pocos meses después de tomar esa fotografía, hubo un accidente. Habíamos subido cuatro. Croda dei Toni, ¿has estado alguna vez? En el dialecto de Belluno significa «Corona de los truenos», porque cuando llueve y caen los rayos es un espectáculo que le pone a uno la piel de gallina. Es un hermoso lugar. Pero eso no significa que la muerte sea menos amarga. La muerte es la muerte, y todo lo demás no importa.

Lo leí en su rostro. Estaba pensando en Herta, que murió con un monstruo devorándole el cerebro. Respeté su silencio hasta que se sintió de nuevo dispuesto a proseguir con su relato.

—Tres de ellos no lo consiguieron. Yo me salvé solo porque tuve suerte. Josef murió entre mis brazos mientras yo gritaba y gritaba y pedía ayuda. Pero aunque alguien me hubiera oído, ¿sabes cuántos kilómetros había entre el punto en el que la cuerda se rompió y el hospital más cercano? Veinte. Imposible salvarlo. Imposible. Esperé a que la muerte se lo llevara, recé una oración y regresé. Y tuve la idea. O mejor dicho, la idea vino a mí. Después del funeral nos reunimos, junto con algunos otros, para beber en memoria de los muertos. Aquí entre nosotros, ya te habrás dado cuenta, beber es algo común. Y esa noche bebimos como esponjas. Cantamos, reímos, lloramos, blasfemamos. Más tarde, mientras llegaba el amanecer, expuse mi idea. Aunque nadie lo decía, aunque haya algunas cosas que de nada sirve escuchar con tus propios oídos, para el resto del mundo éramos unos locos que se la estaban buscando. Así que nadie podría o querría ayudarnos si nos metíamos en problemas allí arriba.

—Para salvaros tan solo podíais confiar en vuestras fuerzas.

—Así es, Jeremiah. Fue así como fundamos el Socorro Alpino de los Dolomitas. No teníamos dinero, no teníamos ningún apoyo político, debíamos pagar de nuestro bolsillo todo el equipo, pero funcionó —Werner me ofreció una de esas sonrisas que solo Clara lograba arrebatarle—. Uno de nosotros, Stefan, compró un manual de primeros auxilios. Lo estudió y nos enseñó las principales técnicas de reanimación. Respiración boca a boca, masaje cardíaco. Aprendimos a entablillar una fractura, a reconocer un traumatismo craneal. Cosas de ese tipo. Pero todavía no era suficiente. Comenzaban a llegar los primeros turistas, como los llamábamos en esa época, y con ellos, gente inexperta y mal equipada, aumentaban las intervenciones. Íbamos siempre a pie hasta que compramos la primera camioneta, en el 65, un cajón destartalado que de todas formas tan solo podía llegar hasta cierto punto. Luego había que apañárselas a la antigua usanza. Transportando al herido a hombros. A menudo y con naturalidad llevando a los muertos a hombros.

Intenté imaginarme la escena. Sentí escalofríos. Me duele admitirlo, pero no fueron solo escalofríos de terror, porque yo también, como Werner, tenía una idea en la cabeza.

—Llegábamos, encontrábamos el cadáver, rezábamos una oración; luego, el más viejo del grupo ofrecía una ronda con una botella de coñac o de grappa, un trago por persona, y al más joven le tocaba la misión de transportar el cadáver. Regresábamos a la base. Que por aquel entonces no era más que el bar de Siebenhoch, el único lugar donde había un teléfono.

—Joder —murmuré.

—En fin, resumiendo. Aquí, en Siebenhoch, el auténtico turismo llegó a principios de los años noventa, cuando Manfred Kagol tuvo la idea del Centro de Visitantes, pero ya en los años ochenta otros valles trabajaban duro para atender día a día las peticiones de los turistas. Los turistas traen dinero. Cuando el dinero empieza a moverse, tú también lo sabes, llegan los políticos, y si tienes un poco de cabeza, a los políticos los puedes manejar como mejor te parezca.

No me habría gustado estar en el pellejo del politicastro de turno que intentara tomarle la medida a Werner Mair.

—De manera que llegaron los fondos. Establecimos convenios con Protección Civil y con la Cruz Roja. A finales de los años setenta, participamos en un proyecto especial con los helicópteros del ejército. Los resultados fueron sorprendentes. Si antes los que sobrevivían a un accidente eran tres heridos de cada siete, con el helicóptero se llegaba a seis de cada diez. No está mal, ¿verdad?

—Diría que no.

—Pero queríamos más. En primer lugar —contó Werner mostrándome el pulgar—, queríamos un helicóptero que estuviera a nuestra disposición todo el tiempo, sin tener que enfrentarnos en cada ocasión a los caprichos de algún coronel —al pulgar se le añadió el índice—. Queríamos mejorar esa estadística. Ya no queríamos más muertos. Así que…

—Queríais un médico a bordo.

—Exactamente. El helicóptero reduce el tiempo, el médico estabiliza al paciente. Conseguimos tener el primer helicóptero en el 83. Un Alouette que, en la práctica, consistía en dos tubos soldados el uno al otro y un motor de cortacésped. Trasladamos la base desde aquí a Pontives, cerca de Ortisei, porque allí teníamos la oportunidad de construir un hangar y un helipuerto. Solo entonces llegó el médico de a bordo, después de que Herta y yo abandonáramos Siebenhoch.

—¿Por qué?

Una mueca en la cara de Werner.

—El pueblo se estaba muriendo. Aún no había turismo suficiente. El Centro de Visitantes era solo una idea en la cabeza de Manfred… ¿Te das cuenta de que siempre volvemos a hablar de las ideas? Y yo tenía una niña a la que debía alimentar.

—Podrías haberte quedado como parte del equipo de rescate.

—¿Recuerdas lo que te dije antes de explicarte todo esto?

—Yo no… —balbucí, confuso.

—Un hombre ha de tener una única prioridad. Su familia. Cuando nació Annelise yo no era viejo, pero en fin, ya no era un jovencito. Es cierto, Herta era veinte años más joven que yo y estaba acostumbrada a pasar las noches sabiendo que iba a subir a alguna cima para rescatar a algún escalador en apuros, pero la llegada de la niña lo cambió todo. Me convertí en padre, ¿comprendes?

Sí, lo comprendía.

—Un amigo me había encontrado un trabajo en una imprenta de Cles, cerca de Trento, y nos mudamos allí cuando Annelise tenía unos meses. Solo cuando hubo terminado la escuela primaria decidimos volver aquí. Mejor dicho, fue ella la que insistió. Le gustaba este lugar. Para Annelise era únicamente el pueblo de las vacaciones, pero de alguna manera se sentía unida a él. Lo demás, como se dice en estos casos…

—Es historia.

Werner me observó largo rato.

Werner no miraba. Werner escrutaba. ¿Habéis visto alguna vez un ave de presa? Werner tenía esa misma mirada. Lo llaman carisma.

—Si estás convencido de que quieres hacer lo que tienes en la cabeza, puedo dar un telefonazo a un par de personas. Luego corre de tu cuenta ganarte su respeto.

La idea.

Ya lo tenía todo en la cabeza. Montaje. Voz en off. Todo. Un factual como Road Crew pero ambientado allí, entre aquellas montañas, con los hombres del Socorro Alpino de los Dolomitas. Sabía que Mike estaría entusiasmado con aquello. También tenía el título. Se llamaría Mountain Angels y sería un éxito. Lo sabía.

Lo sentía.

—Pero tengo que avisarte. No va a ser como te lo esperas, Jeremiah.

La voz de la Bestia

1.

Unos días más tarde hablé del tema con Annelise. Luego llamé por teléfono a Mike. No, no era una broma. Y sí, yo era un puto genio. Siempre lo había sabido, gracias de todos modos.

El 4 de abril, Mike se presentó en Siebenhoch. Llevaba un gorro de piel calado hasta las cejas y una bufanda de Harry Potter alrededor del cuello. Clara cantaba: «¡Tío Mike! ¡Tío Mike!», mientras aplaudía con las manos, como hacía desde que levantaba poco más de un palmo del suelo, …

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