Javier Castillo – Fragmento de El día que se perdió la cordura

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Introducción

24 de diciembre de 2013. Boston

Son las doce de la mañana del 24 de diciembre, falta un día para Navidad. Camino por la calle tranquilo, con la mirada perdida y todo parece que va a cámara lenta. Miro hacia arriba y veo cuatro globos de color blanco alzarse alejándose hacia el sol. Mientras ando, escucho gritos de mujeres y noto cómo la gente a lo lejos no para de observarme. A decir verdad, me parece normal que me miren y griten, al fin y al cabo, estoy desnudo, cubierto de sangre y llevo una cabeza entre mis manos. La sangre de mi cuerpo ya está casi seca, aunque la cabeza aún sigue goteando lentamente. Una mujer se ha quedado paralizada en mitad de la calle al verme. Casi suelto una carcajada cuando se le ha caído la compra al suelo.

Todavía no me puedo creer lo que hice anoche, aunque en el fondo tengo una sensación de tranquilidad y paz interior que jamás había tenido. Es extraño, pero es la verdad.

Miro de nuevo a la mujer y sigue inmóvil. Le dedico una sonrisa de oreja a oreja y veo cómo empieza a temblar. Dios, qué bueno soy.

Recuerdo con nostalgia los cuatro meses que me he pasado ensayando la mirada perdida delante del espejo. Día sí, día también, cuatro horas diarias de ensayo. Me satisface pensar que soy autodidacta, pero supongo que es la semifalsa sensación de autorrealización que sienten todos los que se proclaman autodidactas. Siempre se me ha dado fatal la interpretación y nunca he sabido mentir. No supe hacerlo ni tan siquiera cuando le dije a ella, a mi todo, hace tantos años, el motivo por el que íbamos a aquel sitio en mitad de la noche. Me encantaba su sonrisa, y su mirada era una auténtica perdición. No se le podía mentir a esa mirada. Podría haber estado toda una vida observándola mientras amanecía, mientras los rayos de sol iluminaban su pelo, y mientras abría los ojos y me sonreía al despertar.

En mi silencio interno, empiezo a escuchar de fondo las sirenas de la policía y, poco a poco, percibo todo lo demás: el caos de la gente, bebés llorando, pasos a toda velocidad.

Me detengo donde estoy, suelto la cabeza de J.T. y sonrío a los policías mientras se acercan rodeándome y apuntándome con sus armas. Me arrodillo en el suelo y, antes de caer inconsciente por un golpe en la cabeza, solo tengo tiempo de decir:

—Falta un día para Navidad.

Capítulo 1

26 de diciembre de 2013. Boston

Creo que es el segundo día que estoy aquí encerrado. Al abrir los ojos no hay nada. La luz que entra por debajo de la puerta apenas permite que alcance a ver mi mano a veinte centímetros. Fuera se oyen, de vez en cuando, los pasos de los vigilantes y alguna que otra voz a lo lejos. Durante todo este tiempo me imaginaba que esto iba a ser mucho más aterrador y, al contrario, me siento relajado en esta oscuridad. Tal vez sea por lo que acabo de hacer, por lo que ha pasado hace un par de noches. Creo que poco a poco todo comienza a ubicarse y por muchos actos, tanto bondadosos como malévolos, que uno realice al final sigues siendo tú. Puede que no el mismo tú, pero tú al fin y al cabo. Aún resuenan en mi interior los llantos de antes de anoche y aquel grito desgarrador. Las imágenes del fuego me atormentan en cuanto me quedo dormido. Sin embargo, creo que nunca me he sentido mejor en mi vida.

Capítulo 2

26 de diciembre de 2013. Boston

Se intensificaron los pasos y el ajetreo fuera. «Ya vienen», pensó el prisionero. Desde dentro de la habitación se oía de fondo lo que hablaban en el exterior.

—¿Es en esta celda? —preguntó una voz grave al otro lado de la puerta.

—Sí, director —musitó otra voz.

—¿Cuánto lleva aquí?, ¿lo ha visitado alguien? —preguntó de nuevo la voz grave.

—Desde ayer por la mañana, director, como usted me ordenó, no se han permitido las visitas. Los periodistas se impacientan y quieren saberlo todo. Una periodista ha intentado esta mañana hacerse pasar por un familiar para entrar a verlo y hablar con él. Superó todos los controles hasta esta puerta, donde yo mismo la expulsé. Ya hemos tomado medidas para que no vuelva a suceder. Los vigilantes del centro han sido llamados para que expliquen lo ocurrido y ahora mismo les están tomando declaración —respondió la segunda voz.

—Despidan a las personas que la dejaron pasar. Además, quiero una lista con sus nombres. Me encargaré personalmente de que no vuelvan a trabajar en un centro psiquiátrico de por vida —respondió tajante la voz grave con tono de mando—. Por su parte, muchas gracias. Ha hecho un buen trabajo. Se puede retirar —añadió.

—Gracias, señor, a su servicio —respondió la segunda voz. Tras aquellas palabras se oyeron unos pasos alejándose de la puerta.

Desde la oscuridad del interior la única luz que se percibía era la del umbral de la puerta, donde ahora se podían ver las dos sombras de los pies de quien se encontraba al otro lado.

«Aquí viene», pensó el prisionero. En ese momento, el ambiente se quedó en silencio, como si el vacío se hubiese apoderado de la habitación y hubiese absorbido el sonido.

De repente, la oscuridad absoluta del interior se resquebrajó con una luz cegadora, dejando ver al prisionero, que se encontraba acurrucado en el suelo y miraba sonriendo escuetamente al director. El prisionero vestía el uniforme blanco del centro psiquiátrico y tenía la piel pálida y unas amplias ojeras profundas. Su cabello era moreno oscuro y, aunque su aspecto actual parecía demacrado, la mirada con sus ojos azules sorprendía por su belleza. Sus pupilas se habían contraído tanto con el cambio de luz que solo se apreciaba el azul intenso de sus ojos. El prisionero se sujetaba las rodillas con los brazos en una esquina de la celda y permaneció inmóvil pese a la expresión amenazadora del director. La habitación estaba acolchada en blanco y había sido ideada para los pacientes y enfermos mentales más peligrosos o con tendencia a autolesionarse y, aunque de momento no había mostrado indicios de autolesión, el director optó por proteger al paciente más mediático de su carrera como psicólogo.

Nada más saber que su centro sería el destino temporal del «decapitador», como lo habían apodado en la prensa, reunió a todo el personal del centro en la cantina y explicó durante una charla de media hora la importancia que tenía para todo el complejo psiquiátrico el tratamiento, los cuidados y las precauciones que se debían llevar a cabo con el nuevo inquilino temporal.

—Recordad: tendremos a la prensa en la puerta del centro todos los días mientras dure la evaluación psicológica. Intentarán entrar por todos los medios posibles. Conseguir una entrevista con alguno de vosotros o con el mismísimo «decapitador». Tratarán de compraros, con dinero, viajes, o cualquier cosa. Solo os doy una advertencia: un viaje o el dinero que os ofrezcan solo os durará varios días, semanas, o incluso varios meses; a cambio, buscaréis trabajo de por vida. Si alguno de vosotros comenta algo en la prensa de lo que ocurre dentro del centro, o del estado del nuevo inquilino, yo me encargaré de que no encuentre trabajo en ningún otro centro psiquiátrico —resumió el director al final de la charla.

El director sabía perfectamente manejar las sutilezas del lenguaje y los miedos de las personas, y aprovechaba su situación de poder en el centro para manipular a su antojo al personal.

Se quedó mirando fijamente al prisionero a los ojos, que seguía dedicándole una sonrisa y lo observaba sin parpadear. Durante un segundo, el prisionero sonrió más, y su perfecta sonrisa de dientes blancos lo sorprendió. En cierto modo, y a pesar de su aspecto pálido, el prisionero era atractivo. Al director le recordaba a Tom, un antiguo compañero de facultad con quien solía estudiar. Ambos, durante los años de estudio en la Facultad de Psicología, compartieron apuntes, fiestas y mujeres. Al director le sorprendía la facilidad con la que Tom conseguía citas con chicas en la universidad. Con una sonrisa, una mirada y su manera de ser descarada, Tom flirteaba con chicas que acababa de conocer y a los pocos minutos volvía con un post-it con un nombre y un número de teléfono.

El prisionero tenía los bordes de las uñas sucias, con restos de tierra, y los nudillos magullados. Presentaba algún que otro rasguño en los brazos y en la cara. El director lo miró fijamente de nuevo a los ojos. «¿Qué clase de persona decapita a otra y camina tranquilamente por la calle?», pensó el director. La mirada del prisionero le desconcertaba.

—Está bien, levántate —ordenó.

El prisionero se incorporó lentamente sin apartar la mirada.

—Tengo tu expediente aquí —dijo—. Son más de ciento cincuenta folios. El centro de investigación de la policía ha elaborado un dossier descriptivo de las doce horas posteriores a tu detención. Se ha interrogado a más de treinta personas de la zona en la que te vieron deambular desnudo a las doce de la mañana del 24 de diciembre —añadió—. La primera llamada a la policía fue a las 12.01 de la mañana de un comerciante de Irving Street. A las 12.03 ya se habían recibido diecisiete llamadas a la policía de gente que te había visto —dijo en tono serio—. En los últimos dos días, no se habla de otra cosa que no sea tu caso. Noticias, tertulias, periódicos e incluso en las redes sociales. Llevas siendo trending topic mundial en Twitter durante dos días. Has causado un gran revuelo. En todas partes se hacen la misma pregunta: ¿quién es el decapitador? —resumió—. A mí, en cambio, solo me interesa la única pregunta que de verdad ofrece respuestas: ¿por qué asesinaste y decapitaste a esa mujer?

El prisionero ni se había inmutado ante la contundencia de las palabras del director. Corrigió su postura, estiró su espalda, miró fijamente al director y sonrió.

—Ya me han dicho que en doce horas de interrogatorios no has hablado absolutamente nada. Ni siquiera para pedir agua. La policía baraja dos hipótesis: una, que eres mudo y que no puedes hablar. Esta hipótesis yo la descarto completamente. Ya habrías respondido por escrito o realizado algún gesto para que te diésemos algo con lo que escribir. Y dos, eres más listo de lo que aparentas, y quieres jugar con todo el departamento de policía —añadió. El prisionero sonrió—. Por lo que veo, incluso después de dos días de confinamiento en una celda de nivel 1 tu disposición a no hablar, ni explicarte, no se ha quebrantado. Creo que otro par de días, esta vez sin comida, tal vez te ayuden algo más en la recuperación de tu habla.

El prisionero cambió el gesto, se puso completamente serio. Parecía como si hubiera dejado su alegría a un lado y la estuvieran pisoteando. El director pensó que había funcionado. En unas horas podría comenzar el examen psicológico.

—Creo que nos vamos a entender a la perfección. Yo estoy aquí para ayudarte y para hacer que tu estancia en nuestro centro sea lo más agradable posible. Si estás dispuesto a cooperar conmigo, a entender qué ha ocurrido, y por qué, todo se solucionará —dijo el director.

Durante años de trabajo como psicólogo en varios centros psiquiátricos del país, había utilizado la misma frase, en el mismo orden, con enfermos mentales. En su primer año como psicólogo interno de un centro en Alabama, había tenido que tratar a una chica con esquizofrenia que había intentado ahogar a su bebé en el fregadero. Los doctores pensaban que oía voces que le decían qué hacer. La chica comenzó su tratamiento contra la esquizofrenia a los seis meses de quedarse embarazada y, en el primer cumpleaños de su bebé, lo sumergió en el fregadero hasta que su marido oyó los llantos desde el garaje y acudió en su rescate. Después de una semana en el centro, y tras solo tres sesiones, el doctor Jenkins dedujo que la chica había simulado su esquizofrenia para deshacerse del bebé, y de su marido, para fugarse con un amante. Su talento como psicólogo no pasó desapercibido entre los jueces y fiscales, y pronto se labró la reputación suficiente como para que le designaran director de un pequeño centro psiquiátrico al sur de Washington. Tres años después, y tras numerosos éxitos, lo nombraban director del complejo psiquiátrico de Boston, el de mayor prestigio del país.

—¿Quieres hablar? —preguntó el director con la esperanza de haber conseguido infundir el miedo en la celda de confinamiento.

De repente, el prisionero volvió a sonreír.

Capítulo 3

13 de junio de 1996. Salt Lake

El pueblo de Salt Lake era el destino de cientos de familias en verano. En los últimos años, la fuerte campaña de promoción del nuevo alcalde del pueblo, junto con la inversión en la mejora de la zona costera del lago, había atraído a la clase media-alta del este del país para que eligieran este lugar como destino de vacaciones. Numerosas familias habían adquirido sus segundas viviendas en la zona nueva de Salt Lake, una extensión de dos kilómetros que bordeaba el lago desde el centro del pueblo. Salt Lake, a pesar de su nueva imagen, no era un destino turístico por excelencia, pero sí tenía un aire encantador que recordaba a Nueva Orleans en los años cincuenta. Los propietarios de las grandes casas independientes de madera blanca y amplios ventanales de la zona nueva las alquilaban durante los meses de verano por semanas a las familias que visitaban la ciudad a razón de tres mil dólares semanales, más del doble del sueldo mensual de un reparador de moquetas o de un carpintero. Esto había propiciado, en los últimos años, el auge de la construcción de casas en la zona nueva, y la rehabilitación de las más antiguas que se encontraban cerca del lago.

Salt Lake se distribuía en forma de «C» en la zona oeste del lago. En el centro del pueblo se ubicaba un pequeño campanario con una plaza central, donde normalmente durante el verano se montaba un pequeño mercadillo de cosas usadas. Dos calles paralelas comunicaban la plaza central con el embarcadero y con el lago. Rodeando la plaza se encontraba la calle Wilfred, la nueva zona comercial de la ciudad, que era un hervidero durante el día, con pequeñas tiendas de ropa, muebles, objetos antiguos y algún que otro puesto ambulante de comida.

El embarcadero conservaba aún su antigua estructura de madera y servía de punto de anclaje a varias decenas de pequeñas embarcaciones de recreo. Durante la noche el largo embarcadero se iluminaba con las antiguas farolas, que aún seguían funcionando, y le otorgaban una luz tenue bajo la que paseaban numerosas parejas.

La familia de Amanda ya llevaba varios años visitando Salt Lake durante el verano. Les aportaba la tranquilidad que les robaba el estrés de Nueva York, donde su padre trabajaba como abogado para uno de los principales bufetes de la ciudad. Este año las vacaciones de verano habían sido en junio, antes que los años anteriores, como premio al reciente ascenso de su padre a socio. Steven Maslow se había convertido en el abogado más exitoso del bufete, gracias a su racha imparable de casos ganados. Había defendido a todo tipo de delincuentes, desde ladrones de joyas y de bancos, a asesinos y políticos acusados de algún escándalo sexual. Era un abogado que conocía a la perfección a las personas y que contaba con una facilidad asombrosa para llevar a la gente a su terreno. En el ámbito personal, era un padre de familia severo que creía en la disciplina y en el trabajo duro. A pesar de su severidad, adoraba a sus dos hijas: Amanda y Carla.

Amanda tenía dieciséis años, su cabello era moreno cobrizo y sus ojos eran de color miel, al igual que los de su madre. Sus labios eran delgados pero a la vez carnosos y, cuando sonreía, dejaban paso a una sonrisa blanca que le marcaba dos hoyuelos junto a la boca. Su hermana Carla, de siete años, morena y con el pelo a la altura de los hombros y ondulado, siempre le estaba diciendo que no sonriera tanto, que si se le marcaban más los hoyuelos se le iba a ver la lengua a través de ellos. Amanda siempre respondía igual a su hermana:

—¡Eso es lo que quiero! —decía sonriendo y marcándolos aún más.

En el taxi que habían cogido desde la pequeña estación de tren de Salt Lake viajaban Amanda, Carla, su padre, Steven, y su madre, Kate.

Kate, de cuarenta y un años, tenía el pelo de color castaño claro, sus ojos eran idénticos a los de sus hijas, de un color miel vivo. Tenía tres pecas, que para Steven recordaban al cinturón de la constelación de Orión. A Kate le encantaba jugar con Carla, y anteriormente con Amanda, pero últimamente a su hija mayor parecía interesarle más otras cosas que jugar con su hermana o su madre.

El taxi en el que viajaban recorría el bulevar de Saint Louis, un antiguo barrio francés del pueblo, que aún conservaba varias tiendas de vinos donde a Steven le gustaba comprar botellas con sabores peculiares para regalar a jueces, fiscales y compañeros de trabajo. Al final del bulevar se encontraba la entrada a la zona nueva, que bordeaba el lago, y donde se ubicaban las nuevas casas del pueblo.

—¿El número 35 me dijo, señor? —preguntó el taxista.

—El 36 —corrigió Steven.

—Exacto, el 36. Quería ponerlo a prueba —bromeó el taxista.

—¡Risas, risas! —gritó Carla a su padre al ver que no se reía, mientras estiraba con las manos una sonrisa en sus labios.

—Carla, por favor, compórtate —rechistó su padre.

—Solo quería que sonrieras, papá —respondió Carla.

—Carla, cariño, ya sabes que a tu padre no le gusta demasiado bromear —aclaró su madre.

—Hemos llegado —interrumpió el taxista—, el número 36 de New Port Avenue.

La casa en la que solían quedarse en Salt Lake todos los años era la pequeña villa de los Rochester, en la zona antigua. Una pequeña casa de madera de una planta, donde la pintura poco a poco había ido cediendo al paso del tiempo. El señor Rochester todos los años se inventaba mil motivos por los que no había tenido ocasión de pintarla. Trabajo, mal tiempo en las fechas en las que lo pensaba hacer, haber estado fuera de la ciudad e incluso que los botes de pintura los había extraviado el servicio de mensajería cuando los encargó de un color especial a una empresa de Nueva York. Steven Maslow sabía perfectamente que no lo hacía porque el señor Rochester era un gandul, pero aun así le gustaba esa pequeña casa. Tenía un encanto peculiar. Su pequeño porche había sido testigo de numerosas cenas con Kate años antes de nacer las niñas, cuando todavía él se preocupaba más de vivir, y sobre todo de sonreír, que del trabajo, los casos y las cenas de empresa.

Este año, en cambio, y con motivo del ascenso a socio del bufete, el señor Maslow había decidido alquilar durante un par de semanas una de las nuevas casas victorianas de la zona nueva. El número 36 de New Port Avenue era una casa de dos plantas, blanca y de grandes ventanales. El tejado estaba pintado de color azul, el mismo azul del que se veían las cortinas a través de las ventanas. La casa ocupaba una amplia parcela. Desde la acera hasta la puerta principal, un camino de grandes losas blancas interrumpía el verde vivo del césped del jardín. La confianza de la gente de Salt Lake, unida a la escasa delincuencia de la zona, propiciaba que prácticamente ninguna de las casas tuviera valla. La visión de la casa sorprendía a la gente que paseaba. Sus paredes recién pintadas de un blanco perfecto destacaban frente al resto de casas de las parcelas colindantes.

—¡Guau! —gritó Carla aún desde dentro del taxi.

Amanda se quedó mirando la casa callada sin bajarse del taxi. A pesar de que este año no le apetecía nada pasar un par de semanas en Salt Lake, al ver la casa se entusiasmó. Odiaba el olor de la antigua casa de los Rochester y, además, este año esperaba poder disfrutar del verano en compañía de su compañera de clase Diane, su mejor amiga, y con la que compartía pupitre, y gustos por los chicos, en el instituto.

—¿12,20 dólares? —dijo Kate al taxista mientras sacaba un billete de veinte del monedero—. Tome, quédese con el cambio. ¡Amanda!, sal y ayuda a tu padre con las maletas —gritó a su hija mayor que aún no había salido del taxi.

Lentamente Amanda se bajó del coche y caminó hasta situarse al lado de su padre, que estaba intentando colocar las maletas en la acera. Las cogió sin decir una palabra, refunfuñando, y las arrastró hasta la casa. Al pisar una de las grandes losas del suelo del camino que conducía a la casa, esta estaba suelta y se movió, causando que Amanda tropezara y casi se cayese con las maletas. El tropiezo hizo que el asa de la maleta se enganchase con una de sus pulseras y se rompiera, haciendo caer decenas de pequeñas bolitas de colores por el suelo.

—¡Ahh, se me ha roto la pulsera por culpa de esta losa suelta! ¡Vaya comienzo!

—Amanda, deja de quejarte, es solo una pulsera —replicó su madre—. Tu padre ha trabajado mucho para conseguir unas merecidas vacaciones en esta preciosa casa. ¿O acaso prefieres pasar el verano en la vieja casa del señor Rochester?

—Ni loca… —respondió mosqueada.

Al agacharse a recoger las pequeñas bolas de la pulsera, Amanda se percató de que la losa suelta tenía una piedra justo debajo de una de las esquinas. Se agachó para retirarla y vio una pequeña hoja amarillenta, manchada de tierra y que estaba doblada varias veces. La recogió y se la guardó en el bolsillo.

—¿Qué has cogido? —preguntó su madre, que la vio ponerse nerviosa.

—Las bolas, mamá… —respondió Amanda enseñando la mano llena de las piezas de la pulsera.

—Déjalas por ahí dentro en la casa, intentaré arreglártela.

—Está bien, mamá. No te preocupes —asintió Amanda aliviada—. Carla, ¿te vienes a elegir habitación? —le preguntó a su hermana.

—¡Síííííííí! —gritó Carla—. ¡Me pido la más grande!

—¡De eso ni hablar! —rechistó sonriendo Amanda—. ¡Anda, vamos! —añadió al tiempo que dejaba las maletas en el porche y alentaba a su hermana.

Steven y Kate se miraron seriamente mientras las niñas entraban. Hace años, cuando eran jóvenes, en cada una de esas miradas, ellos transmitían pasión y alegría. Hoy, en esa mirada ya no había amor, solo un sentimiento de complacencia, de conformidad y de lejanía, como la de dos extraños que se cruzan en la calle y que, por un segundo, piensan que ya se conocen, pero no es así.

Capítulo 4

26 de diciembre de 2013. Boston

En la puerta del complejo psiquiátrico de Boston se aglutinaban más de ciento cincuenta medios acreditados. Todos esperaban cualquier noticia para entrar en antena con las breaking news. A las 15.00 de la tarde estaba prevista una rueda de prensa por parte del doctor Jenkins para informar del estado del «decapitador» y para aportar datos que ayudasen a esclarecer lo que todo el mundo quería saber: «¿Quién es?».

El doctor Jenkins miró su reloj de muñeca. Eran las 9.47 y se encontraba cara a cara con el prisionero en la sala de aislamiento.

—Creo que tienes mucho que contar. Las motivaciones, muchas veces infravaloradas, son el motor de la conducta humana. He vivido cientos de casos en los que la motivación principal para asesinar ha sido el dinero, el poder o el interés en general. Contigo, sin embargo, tengo la intuición de que no ha sido así. Podrías ser un pobre hombre que perdió los papeles en un momento concreto, sobrepasado por la situación, y que actuó sin pensar las consecuencias. Si este es tu caso, y se demuestra, podrías continuar con tu vida en poco tiempo —explicó el doctor Jenkins.

El prisionero bajó la mirada… y comenzó a reír a carcajadas.

El doctor Jenkins se inquietó, y miró a su alrededor para comprobar si seguía estando cerca de la puerta. El protocolo de seguridad del centro establecía medidas de control del personal que garantizaban que los doctores, y los enfermeros, no fueran heridos por ningún interno. El doctor acababa de recordar que desde el inicio de la conversación había estado ignorando las nuevas medidas de seguridad que él mismo definió.

Estas fueron adoptadas tras la muerte de una enfermera, años atrás, al ir a medicar a uno de los pacientes. El interno comenzó a sonreír a la enfermera, a la vez que se negaba a tomarse sus tres pastillas diarias de tranquilizantes. Cuando ella se acercó, el interno le mordió el cuello, seccionándole la carótida. Murió en apenas unos minutos. Cuando llegó el personal de seguridad a la habitación, se encontraron al interno vestido con la ropa ensangrentada de la enfermera y con la boca y las manos cubiertas de sangre. La enfermera se encontraba tumbada en la cama inerte, desnuda y con el improvisado enfermero intentando darle la medicación. Fue un auténtico shock en el centro.

—¿No piensas hablar? —insistió el director mientras caminaba hacia atrás dirección a la puerta.

—La policía no ha conseguido sacarle ni una palabra, señor —interrumpió una voz femenina desde la puerta de la sala.

—Pensaba que había dejado bien claro que me dejaran solo con él —respondió el director, mientras desviaba su mirada hacia la puerta.

Bajo el marco de la puerta se encontraba una joven de cabello moreno y de piel clara, delgada, de unos treinta y tantos años. En la mejilla tenía algunas pecas, que seguramente habían sido objeto de burla durante la infancia, pero que ahora le otorgaban una belleza inusual.

—Creo que necesitará mi ayuda, doctor Jenkins —dijo la joven.

El prisionero se sentó en el suelo acolchado, sonrió y bajó la mirada.

El director se relajó. Se aproximó a la puerta, mirando fijamente a la joven con superioridad. La apartó del arco de la puerta y sin más dilación cerró, inundando de oscuridad el interior de la habitación.

—¿Quién es usted? —preguntó el director a la joven.

—Me llamo Stella Hyden, experta en perfiles psicológicos del FBI —respondió a la vez que sacaba su identificación—. Me envía el inspector Harbour para ayudarle con la evaluación psicológica. Tengo órdenes de estar presente en cada interrogatorio, y durante cada una de las entrevistas, que tenga con el «decapitador».

—¿El inspector Harbour? Hace años que no se inmiscuye en ninguno de mis casos.

—Como entenderá, este es un caso especial. Medio mundo está hablando del caso. Supongo que querrá cubrirse las espaldas y tener un mayor control sobre el transcurso de las investigaciones —respondió Stella.

—No entiendo, ni siquiera cuando tuvimos aquí a Larry el violador, que acaparó bastantes noticias en la prensa, me llamó una sola vez. Supongo que el inspector se está haciendo mayor y no sabe en qué entretenerse —rechistó el director.

—Llámelo y negócielo con él. Yo mientras tanto, tengo que hacer mi trabajo. Necesito el dossier descriptivo del caso y sus primeras impresiones —aseveró Stella—, ¿qué piensa sobre él? ¿Alguna idea de su nombre o país de procedencia? Por sus rasgos faciales, podría ser de cualquier país del mundo occidental —añadió.

—Me parece que va usted demasiado rápido, agente —respondió el director, mientras comenzaba a andar por el largo corredor dirección a su despacho—. Lo único que le puedo contar, por ahora, es que en este primer contacto que he tenido con él me ha parecido inusualmente valiente. Su mirada no denotaba arrepentimiento ninguno. Lo que más me ha inquietado, sin ninguna duda, ha sido esa maldita sonrisa. Todavía no tengo muy claro si entiende nuestro idioma, o si está intentando jugar con nosotros —resumió el director.

—¿A qué hora tiene prevista la entrevista? Según tengo entendido, hay una rueda de prensa a las 15.00. ¿Para contar qué? Aún no sabe absolutamente nada sobre él —inquirió Stella acompañando al director camino a su despacho.

—Todo a su tiempo, agente Hyden. Aún tengo cosas que entender de todo esto. Mi rueda de prensa puede esperar —respondió el director.

—¿Acaso piensa cancelarla? —dijo Stella con nerviosismo.

—Ni mucho menos, agente. Esta rueda de prensa la dará usted. Yo tengo que pensar qué demonios hay dentro de la mente de ese hijo de puta.

Capítulo 5

25 de diciembre de 2013. Quebec, Canadá

El Parque Nacional La Mauricie, en Quebec, se sitúa en zona boscosa boreal del continente americano, y está repleto de pinos rojos, blancos, grises y alcornoques. En esta época del año, el frío de la noche había congelado las partículas de agua que se depositaban en sus ramas, otorgándoles un tono apagado. La densidad del bosque, con miles de árboles por kilómetro cuadrado, lo convertía en un auténtico laberinto que había causado la desaparición de numerosos grupos de excursionistas que se aventuraban a descubrir la zona sin la experiencia necesaria. En 2008, y tras cincuenta y cuatro días de búsqueda, fueron encontrados los restos de una familia que practicaba senderismo en su profundo bosque.

A las 16.30, justo antes del atardecer, el silencio del bosque del Parque Nacional solo era acompañado por el sonido de las miles de ramas de los árboles al rozarse cuando el aire las mecía y por el aleatorio graznido lejano de las aves de la zona.

En algún lugar del bosque, y a setecientos kilómetros del centro psiquiátrico de Boston, una silueta encapuchada salió de una cabaña de madera con un hacha en las manos y se adentró entre los árboles.

Minutos después se oyó un grito desgarrador.

Capítulo 6

13 de junio de 1996. Salt Lake

Ya en el interior de la casa, Amanda subió las escaleras para elegir habitación. La escalera de madera blanca se encontraba en el lado izquierdo del hall. El blanco de las paredes solo era interrumpido por varios cuadros de paisajes repartidos por el recibidor. Con cada paso de Amanda, cada peldaño de madera crujía escuetamente. Al llegar a la planta superior, contempló por un segundo el largo pasillo, con las paredes empapeladas, en el que se disponían a cada lado las habitaciones.

Al abrir una de las puertas, Amanda se encontró con un espacioso dormitorio con un amplio ventanal que lo iluminaba, y cuyas cortinas azules se mecían con la suave brisa. El mobiliario de la habitación solo incluía una enorme cama de madera blanca y un escritorio en el que únicamente había una pequeña lámpara.

No había nada, a excepción del gran ventanal, y su luz, que a Amanda le llamara la atención. Su desánimo por acompañar este año a sus padres durante las vacaciones hizo que preparara su maleta sin apenas ropa, con la intención de pasar la mayor parte de las vacaciones en casa, en su habitación, echando de menos la vida en la ciudad. Mientras tiraba su vacía maleta encima de la cama, Amanda gritó:

—¡Ya he elegido habitación!

Los pasos rápidos de Carla se acercaron corriendo a la nueva habitación de Amanda. Se asomó por el arco de la puerta y preguntó:

—¿Esta es la que eliges, Amanda? ¡La mía es mejor!

—¡Pues para ti! —respondió haciéndole burla a su hermana.

A pesar de que Amanda siempre estaba incordiando a Carla, y que no compartían ningún interés en común por la evidente diferencia de edad, la amaba con todas sus fuerzas. Ella era el motivo por el que aún disfrutaba algo de las vacaciones con sus padres. No sabía cómo, pero de cualquier pequeño gesto, Carla conseguía sacarle siempre una sonrisa.

A principios del reciente curso en el instituto, Amanda tuvo algunas diferencias con el profesor de educación física, pues la humilló delante de toda la clase por no querer trepar por la cuerda, algo que ella consideraba innecesario para su educación. Cuando Amanda llegó desanimada a casa por lo sucedido, Carla recogió una de las cortinas de su salón e intentó trepar por ella. A mitad de camino la cortina se descolgó y Carla se cayó de culo, haciendo a Amanda reír a carcajadas. Cuando su madre, Kate, llegó a casa y se encontró la cortina rota, y a las dos niñas riendo sin parar, no pudo contener una carcajada.

Carla salió corriendo de nuevo escaleras abajo, dejando a Amanda sola en la habitación. Entonces apartó las cortinas azules y observó las vistas de la casa. Desde allí aún podía ver el taxi que los había traído alejándose dirección al centro de Salt Lake. Frente a la casa, al otro lado de la calle, se encontraba otra, mucho más pequeña, y cuya fachada había sucumbido al paso del tiempo. En cierto modo tenía el encanto de la vieja casa de los Rochester.