Elisabet Benavent – Fragmento de La magia de ser Sofía

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Siempre me gustó ser camarera. A día de hoy sigo acordándome a diario de alguno de los detalles que me hicieron tan feliz. Solía entrar en la cafetería animada, deseando poner en marcha la cafetera para prepararme uno muy largo. Encendía todas las luces, respiraba hondo y sonreía como si estuviera sonando una canción de fondo, la iluminación fuera dorada y preciosa, y una cámara estuviera captando el momento. A veces la barra de El café de Alejandría, la cafetería donde trabajaba, se convertía en el escenario de los Sofía Music Awards, los premios «Sofía» a la mejor interpretación o el Festival de Cine de Sofía. Eso no significaba que no hubiera días en los que entrara pisando fuerte, como un mamut, farfullando que todo olía siempre como a posos del café, a viejo, polvoriento y cerrado y que «no tenía el chichi para farolillos». Pero es que las vidas tienen días buenos y días malos. El cansancio, dormir poco, la mala contestación de un cliente o que una niña de diez años me preguntara qué bebida tiene menos calorías podía darme risa o ganas de apuñalar con un bolígrafo. Alguna que otra vez en mis años como camarera me metí en problemas por mandar a tomar por el culo a alguien con muy buen oído. Pero esos días malos no eran habituales porque… aunque había quien opinaba que podía aspirar a más, tenía lo que quería.

El café no era mío, claro está. Era una casi treintañera a quien la crisis pilló recién licenciada. Ni créditos para jóvenes emprendedores ni suerte. Mi generación tuvo más ganas que fe. Más cojones que apoyo. No es una queja; podría haber nacido en otra época bastante peor como… la Edad Media. Así que contando que vivo en una época donde teóricamente todos somos iguales, puedo ponerme lo que me dé la gana, mi padre no elige marido por mí y hay agua corriente…, coño, qué bonita es la vida, ¿no?

A decir verdad, no las tenía todas conmigo cuando entré a trabajar en El café de Alejandría, este pequeño lugar al que dedico horas y vida. Me habían llenado la cabeza de ideas grandilocuentes sobre el futuro y yo pensaba que aquel trabajo era solo de paso. Pero ¿sabes qué asignatura falta en todas las carreras? «Cómo evitar los pedos vaginales en clase de yoga». No, espera, olvídalo. Eso no. Bueno, eso sí, pero me refería a «la vida real». Y en la vida real lo importante es estar más a gusto que un arbusto y ser fiel a aquello que te produce felicidad y a mí, qué sorpresa, siempre me hizo feliz «el Alejandría». También ayudó el hecho de que después de licenciarme terminase trabajando en un par de franquicias hasta casi los veintiséis, momento en el que encontré aquel anuncio tan extraño… «Se necesita camarera con experiencia y magia». No recuerdo los años previos al Alejandría con especial emoción, la verdad, no sé si porque mis trabajos anteriores me mostraron negocios sin alma o porque el que no tenía alma era mi ex, con el que estuve desde los veinte hasta…, hasta justo antes de entrar a trabajar en el café. Cambié la decepción de una ruptura poco amable por un trabajo que me haría feliz durante años.

Éramos, en total, ocho en el equipo. Cuatro personas que nos repartíamos el horario de mañana y de tarde de lunes a viernes, tres chicos que cubrían los fines de semana y el jefe, Lolo, que siempre estaba allí… Creo que vivía en el almacén, porque no sé de dónde cojones salía, pero cuando me tocaba abrir, siempre aparecía como por arte de magia en el sitio más inesperado. Una vez lo encontré dormido en los baños y casi se me aflojó el grifo y me hice pis encima del susto. Hablo en serio cuando digo que creí que vivía allí.

Todos nosotros (dueño con somnolencia incluido) éramos muchas cosas además de camareros. No me refiero solo al hecho de que de vez en cuando nos tocara el papel de psicólogos, que también, pero El café de Alejandría (o «el Alejandría», como lo conoció todo el mundo) nunca fue una cafetería al uso. Tenía aquel rincón de la música, donde teníamos un tocadiscos y algunos vinilos a la venta, poquito y de lo mejor, se empeñaba en decir Lolo. En otra de las esquinas, un salón de lectura con estanterías repletas de libros sobre una pared de ladrillo rojizo a la vista. Allí éramos prescriptores, críticos musicales al estilo de finales de los ochenta, articulistas, tertulianos y curábamos muchas heridas con un buen café. Fuimos especialistas en saber qué necesitaban nuestros parroquianos y lo preparábamos con mimo, una pizca de conversación y ganas de relacionarnos. Y con la botella de Tía María a mano, también. Muchas veces la charla se reducía a literatura: recomendábamos a Miller, a Verne o a Woolf a gente que se empeñaba en leer solamente a Auster, a Murakami o… el Marca. O al revés. Mi especialidad eran, por ejemplo, las causas perdidas y defendía con vehemencia lo mismo a las últimas tribus del Amazonas como al pop comercial catalogado de «malo» por una panda de modernos. Los clientes eran personas de confianza y todos escuchaban, opinaban y respetaban los turnos de palabra. Porque… la clientela era otra de las peculiaridades de la cafetería. Todos éramos… especiales. Como si alguien hubiera hecho un casting. Una pandilla de tarados, aseguraba Oliver, mi mejor amigo. Así que El café de Alejandría fue un psiquiátrico por horas y un circo con trapecistas y payasos en el que nunca sabías qué papel ibas a tener que interpretar, si el de doctor o el de loco, el de artista o el de titiritero.

Mi madre decía que era una vergüenza que, después de tanto estudiar, me contentara con trabajar en una cafetería. Había intentado encontrar algo «de lo mío», pero lo único con lo que me había topado era con currículos que iban pero no volvían y llamadas que nunca se recibían. Pero mi madre nunca lo entendió. Ni la aceptación, ni la familiaridad, ni la zona de confort que fue durante años la barra del Alejandría. Además, hay algo que no tiene precio pero que, no obstante, la cafetería podía pagar y era mi independencia. Mi madre es más pesada que una vaca en brazos y no tengo con ella la mejor de las relaciones. La quiero y eso pero cuando suena el teléfono móvil y veo que es ella… casi preferiría volver a la Edad Media. Lo peor y lo más triste (para ambas) es que mantengo una muy buena relación con mi padre, que, cinco años después de divorciarse de mi madre, volvió a casarse con Mamen, diecisiete años más joven que él y con la que solo me llevo diez años. A ratos entiendo que mi madre no lo haya llevado bien pero ¿por qué narices lo tengo que pagar yo?

Así que, aunque filóloga de formación y de alma, era camarera en una cafetería a la que hubiera entregado casi mi vida entera. Lolo era un cruce entre profesor, sensei, dueño, amigo y padre. No dudaba en echarnos broncas de veinticinco minutos si intuía que habíamos perdido la pasión, pero después siempre teníamos la oportunidad de hablar para expresar los motivos por los que arrastrábamos los pies y las botellas acumulaban más polvo, aunque a veces fueran cosas como «Cobro poco», «Me duele la tripa» o «Un cliente me ha llamado feo».

Era un sitio precioso. De verdad. Todos los muebles eran vintage, comprados en el rastro y restaurados con mimo por Lolo y ninguno hacía juego con el otro. Era una especie de cajón de sastre mágico, como el salón de casa de esa abuela a la que tanto quisiste. Debe de ser por eso que amaba tanto aquel rincón del mundo, porque se respiraban cosas viejas, nuevas, historias y el olor del café como en los buenos recuerdos. Y magia. Mi adorada magia. La que siempre busqué y la que cada cliente que se aferraba al Alejandría también intentaba atrapar. El Alejandría era un portal a un mundo donde a nadie le importaban las rarezas de los otros y eso me parecía lo más mágico del cosmos. Servíamos de todo: desayunos, trozos de tarta, tostas y copazos. Siempre le digo a todo el mundo que éramos la versión casera de un Starbucks, pero con más magia, más luz y… alcohol.

Me gustaban muchas cosas del Alejandría. La banda sonora, que siempre escogíamos nosotros. El olor a café molido y libros viejos. La gente que venía, a quienes nos dirigíamos por sus nombres. La organización del trabajo. Cuando la cosa estaba tranquila, Lolo no se volvía loco enconmendándonos tareas absurdas como limpiar el polvo donde no lo había. No le importaba vernos parados siempre que el trabajo estuviera hecho y nosotros, todos, fuimos buenos camareros. Así que leí muchas y muy buenas novelas apoyada en la barra del Alejandría. Diría que me hice mayor entre sus botellas, sus «especialidades del día» y las páginas amarillentas de esos ejemplares que podías llevarte de su biblioteca siempre y cuando te comprometieras a devolverlos o a cambiarlos por otros.

Además de mi pasión por pasar tiempo en el Alejandría (a veces, terminado el turno, me sentaba a tomar un café como si fuese una clienta más) escondía otras como mi gata Holly, la música de los años ochenta o la lectura. Podría decir que los libros son mis mejores amigos, pero caería en un tópico que me hubiese empujado al suicidio por ingesta del «café latte con aroma de calabaza» que servíamos y que engordaba como la furia cocinera de una abuela (y de vez en cuando daba cagaleras). Me gusta leer por lo que nos gusta hacerlo a mucha gente… porque al abrir los libros siempre encontramos un viaje y una vida que suplantamos y que nos probamos como un vestidito en Zara, sin el inconveniente de que a mí jamás me sube la pu(ta)ñetera cremallera a la primera. Sí, puedo decir que durante años consagré mi vida a los libros y al café. Haciendo balance… la vida real me había reportado:

1. Una relación que había terminado porque lo que no me daba a mí se lo daba a una amiga mía… No sé si me entiendes.

2. Una madre insoportable que me cambiaría, sin duda, por cualquiera de las hijas de sus amigas, todas prometidas o esperando su primer retoño, vestidas de blanco, morenas, perfectas y flacas.

3. Una pandilla de amigos con poco en común compuesta, entre otros, por Mamen, mi madrastra, y Oliver, mi mejor amigo y el niño que más me pegaba en la guardería.

4. Una talla peleona, porque Zara considera que no soy digna de la mayor parte de sus vaqueros. El día que uno abrocha, me lo llevo a casa sin pararme a pensar en cómo me queda porque lo importante es que abrocha. Ni caso al hecho de ir marcando las pechugas de pollo en la entrepierna.

Y no, no soy adorablemente gordita, como las heroínas de ciertos libros que finalmente consiguen todo lo que quieren. Mido un metro setenta. Peso ochenta y dos kilos. Me abrocho una talla 44 no tan fácil como a veces me gustaría. Durante mucho tiempo sentí que todos los tíos con los que me cruzaba parecían formar parte de la comunidad del anillo e ir de camino al Monte del Destino para destruir el anillo de poder. Yo necesito un tío grande… alto, masculino, como esos poderosos hombres nórdicos que siempre tienen pinta de volver de amontonar leña en la puerta de su cabaña. «Mi leñador». Pero, según la opinión de mi madre, esos se van con chicas pequeñas y bonitas, no con una como yo. Me gustaría explicarle lo equivocada que está, pero no es el momento y no lo entendería.

No quiero dar una impresión equivocada de mí misma, que conste; después de años sin aceptarme me había creído por fin que era lo suficientemente buena tanto para mí como para los demás. Y quien no lo viera que se fuera por donde hubiera venido. Yo me veía sexi con un escote y unos pantalones apretados y no me pasaba el día quejándome de mi talla o culpando al tamaño de mi culo o al de mis jamones por las cosas que me sucedían… o que no me sucedían. Pasaba de dramas. Era feliz con lo poco que tenía, que me parecía mucho. ¿Qué necesidad tenía de meterme en ese berenjenal que los optimistas llaman amor?

No buscaba a un hombre a cualquier precio. En realidad, creo que ni siquiera buscaba a un hombre. El día que me di cuenta de que estar constantemente a la caza del amor había jodido mi existencia fue el más feliz de mi vida. Ni siquiera puede compararse al día que Oliver me concedió el deseo de que mi tarta de cumpleaños estuviera hecha de croquetas de jamón, porque aceptar que la búsqueda del amor me hacía sentir desgraciada me quitó un enorme peso de los hombros. Fue como si los astros se alinearan. Como si los donuts no engordaran. Como si mi sueldo se triplicara. La presión desapareció y de pronto resurgí yo, en plan Madre de Dragones, haciéndole gestos obscenos al puto Cupido para indicarle por dónde se podía meter sus flechas. Por donde amargan los pepinos, más o menos. No fue cuestión de una hora o dos, pero de verdad que deseché de mi vida la necesidad de romance. Desde hacía cosa de dos años no buscaba que me quisieran. Es peligroso buscar que a una la quieran porque es fácil disculpar algunos actos que nos hacen sentir miserables en favor de un bien más grande: EL AMOR. Uhhhh, ohhhh. Amorrrr. Que Camilo Sesto o Lolita cantaran cuanto quisieran al amor que yo estaba de puta madre yendo a mi aire. Era el mejor amante que había tenido, me quería de la hostia, pero no porque me hubiera convertido en una ególatra hedonista y narcisista, sino porque me cuidaba y me daba caña como el mejor de los novios. Vale, no tenía pene pero…, joder, ahora que lo pienso lo que estoy diciendo suena francamente mal.

Centrémonos: no quería tener hijos. No quería casarme. No quería todo lo que mi madre quería para mí. Mi único objetivo era que mi vida fuera emocionantemente tranquila y poder encontrar magia cada día. Hacer muchas cosas, no parar quieta, viajar muy lejos, despedirme de la vida con el pelo lleno de canas y la sensación de haberme pegado el colocón del siglo sin necesidad de drograrme. Siempre quise acabar arrugada como una pasa de tanto reír, aunque según mi madre yo tendré menos arrugas porque «llegada una edad, te ajamonas o te amojamas» y tengo muy clara cuál de las dos opciones es la mía. Pues oye, ni tan mal.

Pero no buscar el amor no significaba no desear que un día me tocase. Es solo que…, que había relegado una necesidad a la categoría de deseo, donde soñar despierta no me hacía daño y no me empujaba a infravalorarme, a pensar que las demás lo tenían y yo no porque no lo merecía o porque no era como debiera ser. No buscarlo significaba no correr dando bandazos, vivir el presente con lo que tenía en ese momento, no con lo que pudiera experimentar en el futuro. Claro que quería enamorarme pero no iba a buscarlo. Quería que fuera él quien me encontrara. Que la magia viniera a por mí.

Y quizá aquella fue una de las razones por las que, sinceramente, le abrí la puerta de par en par. Sí, a él. Al que se sentaba frente al ventanal en la mesa redonda con la lamparita de flecos. Ese chico a quien no pude dejar de mirar desde el día que cruzó la puerta del Alejandría. Ese que entró por primera vez un 5 de enero como un regalo de Reyes y volvió religiosamente cada día. El único que brillaba. Ese que me iba a enseñar tantas cosas nuevas de mí misma. Ese que vivió en primera persona lo que estaba a punto de sucederme.

3

Él

El primer día entró como quien encuentra una máquina de Coca-Cola y una bolsa llena de monedas en mitad del desierto. Como si lo único que necesitara en aquel momento fuera un café. A veces nos da por pensar que el Alejandría era una especie de rincón cósmico al que se sentían atraídas personas que necesitan algo de él. El ambiente, el cuarto de baño, un café o un lugar donde cargar el teléfono móvil. Da igual si prosaico o poético, pero Héctor entró aquí buscando algo. O a alguien.

Nos llamó la atención nada más abrir la puerta. Las campanitas sonaron alegremente mientras mi compañero Abel y yo charlábamos sobre una serie americana que nos encantaba. Compartía con Abel cada turno desde hacía cuatro años y nos habíamos convertido en algo así como hermanos de café. En el trabajo no dábamos pie con bola si no estábamos juntos. El día que nos cambiaban el turno a alguno de los dos era como un día perdido. Me daba paz interior, en plan zen, y era mi compañero de fechorías… Por eso aquel día los dos seguimos con la mirada los pasos del cliente nuevo hasta una mesa libre frente a la cristalera. Y a los dos se nos notó en la cara que nos gustaba lo que veíamos.

Héctor solo tuvo que pedir un café con leche para que lo nombráramos «Dios del día». Era una tontería que hacíamos para mantenernos entretenidos: nombrábamos al cliente guapo del día entre susurros y risitas, y le servíamos unas galletitas en el platito junto a la taza, como un premio que solo nosotros entendíamos. Y quizá fueron aquellas galletitas las que lo fidelizaron, quién sabe. O quizá fuimos nosotros.

Abel y yo teníamos una norma: si un cliente venía dos días seguidos, presuponíamos que volvería un tercero. Por lo tanto, lo tratábamos como si esperáramos su regreso como el de un amigo, para que se sintiera en casa. Le preguntábamos su nombre y, discretamente, nos acercábamos a él, como habíamos hecho con el resto de la «familia», hasta que se sintiera parte del Alejandría. Como con Ramón, el abogado que odiaba su trabajo y que venía a desayunar para poder hablar de cosas triviales con alguien amable; con Vero, la estudiante de oposiciones que no se concentraba en el silencio de una biblioteca pero a la que le cundía muchísimo desplegar sus apuntes sobre la mesa de la esquina; o con Rafael, el jubilado que cuidaba a sus nietos y venía a leer el periódico mientras esperaba a que salieran del colegio. Así fue como Abel se decidió a preguntarle el nombre.

Mi compañero de turno sostenía que Héctor no era guapo y que afeitado debía de ser un tío más, tirando a una normalidad que lo haría invisible entre un montón de gente, pero es que Abel era muy exigente con los cánones de belleza. Yo en cambio siempre creí que Héctor tenía algo especial. No sé si sería la manera en la que se apartaba el pelo de la cara o cómo fruncía el ceño para todo. No sé si sería la ropa con la que se vestía, siempre tan… elegantemente desaliñada. Héctor era una especie de caballero de antaño, de los que vivían sin un duro en el bolsillo pero siempre vestían de punta en blanco. La puntera de sus botas marrones estaba mucho más que desgastada, pero eran unos zapatos bonitos que lustraba a menudo y se notaba. Su abrigo gris se veía bueno y cuidado, pero era muy antiguo… mucho. Las camisas que lucía siempre estaban un poco arrugadas, como si por mucho que las planchara nunca quedaran impecables. El pelo no es que estuviera enmarañado… es que no dejaba de tocárselo ni un instante. Tenía una especie de manía… siempre lo peinaba con los dedos, tirando suavemente de él desde las raíces mientras respiraba hondo y a mí me encantaba aquel gesto. Lo tenía de un precioso color tabaco, como el tono de su barba, corta pero espesa, que cubría mentón, mejillas, barbilla… Los ojos azules, con un pequeño aro grisáceo cerca de la pupila; la nariz, rotunda pero elegante, suave en sus formas pero masculina. Alto y grande por naturaleza, aunque probablemente a los veinte fue lo más desgarbado que ha parido madre. Héctor era el tipo de tiarrón que nunca pasará de moda, porque por mucho que se lleven los hipsters, los raperos, los intelectuales o los agentes de bolsa… él estará ahí, en medio, sin importarle nada más.

Está claro que fijarnos… nos fijamos en él. Así que cuando, el segundo día, se sentó en la misma mesa, la que está junto al ventanal de la cafetería, empujé a Abel fuera de la barra para que le tomara nota. A mí me suele gustar ver los toros desde la barrera.

Al notar que alguien se acercaba Héctor despegó los ojos de su cuaderno y le pidió un café con leche sin demasiada ceremonia.

—¿Te gusta dulce?

—¿Perdón? —respondió frunciendo el ceño en un gesto que ahora sé que usaba mucho.

—Perdona, no sé tu nombre.

—Héctor.

—Encantado, Héctor. ¿Te gusta el café dulce? Te lo digo porque la especialidad del día es café latte con espuma de dulce de leche y está riquísimo.

—Ehm… —vaciló—. Vale.

Cuando Abel regresó a la barra con el pedido de Héctor supe que no se iba a terminar aquel café, porque es una cochinada tan rica como densa. Estaba convencida de que si un día algún cliente tuviera la brillante idea de dar la vuelta a la taza no caería ni gota. Pero también fui consciente de que, de alguna manera, con aquel gesto nos lo habíamos ganado.

Y de hecho, así fue porque a partir de entonces Héctor se convirtió en cliente asiduo del Alejandría, entraba todos los días sobre las tres de la tarde y se iba minutos antes de que acabase mi turno, a las cuatro. A veces, no obstante, me iba y él seguía sentado en su mesa con el ordenador portátil, un cuaderno o un libro; o a veces hablando por teléfono con un tal Sebas que lo ponía de los nervios y que, según Abel, era su novio. Incluso hicimos una apuesta: si Héctor era gay, yo me encargaría de limpiar la cafetera todos los días durante un mes. Si por el contrario era heterosexual, Abel se encargaría de que las aceiteras estuvieran como los chorros del oro y lo cierto es que… nunca volvieron a coger demasiado polvo.

Y allí estaba como siempre junto al ventanal donde se podía leer el nombre del local: El café de Alejandría. Aquel día no traía su portátil, solo un cuaderno manoseado donde apuntaba cosas mientras hablaba por teléfono con voz muy baja. Desde que hizo su entrada triunfal en la cafetería y le pusimos nombre, no habíamos dejado de parlotear sobre él, imaginando su vida y haciendo chistes en los que siempre aparecía como el salvador descamisado que nos sacaba en volandas del local a lo Oficial y caballero. Tenía una de esas expresiones… no taciturnas pero sí reservadas que suscitaban muchas preguntas… ¿De dónde sería? ¿Cuántos años tendría? ¿Querría hacerme cosquillas en los muslos con la barba? ¿A qué se dedicaría? Y sin darme cuenta, lo dije en voz alta. Lo de la barba y mis muslos no, lo último.

—Es profesor de universidad, fijo —respondió Abel, que estaba enjuagando unos platitos para meterlos en el lavavajillas—. Como Indiana Jones. Seguro que tiene un buen látigo.

—Qué va. Debe de ser… representante de artistas o… actor.

—Porno —se burló—. Voy a buscarlo en un par de páginas web, a ver si lo encuentro.

—No tendrás tanta suerte —le dije con ironía.

—Ojalá fuera puto —añadió.

Me giré a mirarlo con una sonrisa socarrona.

—Nos íbamos a quedar sin un duro.

—Yo por este pedía un crédito —suspiró.

—¿Le has servido ya el café? —le pregunté.

—No. Me estoy haciendo el difícil. ¿Quieres ir tú?

—Ni de coña. A mí los guapos me apabullan y parezco boba. Ve tú. Llévale la especialidad del día sin que se te caigan las babas dentro. ¡Y el premio! —Y lo empujé para meterle prisa.

—Allá voy, «Dios del día» —dijo.

Abel se afanó en preparar una bebida megadulce. A este ritmo íbamos a provocarle diabetes. Cuando salió taza en mano hacia su mesa, me guiñó un ojo y fingió estar chupando algo grande. En fin.

—Hola, Héctor, ¿qué tal? —le saludó Abel con amabilidad—. Café latte con un poco de leche condensada y unas gotitas de Baileys.

—Ahm…, esto…, ¿podrías traerme también un vaso de agua?

—Claro —contestó Abel.

—Gracias —respondió en un tono bastante seco.

—A ti, por guapo. —Y le guiñó un ojo.

No te confundas: Abel no responde a ese cliché, fue un solo gesto para congraciarse con él, para ver si le seguía el rollo y terminaba ganando nuestra apuesta. Si tuviera que definirlo diría que es chiquitín y maquiavélico, divertido y comilón. Le gusta reírse a carcajadas y hacer chistes de pedos. No tenía pareja pero sé que estuvo perdidamente enamorado durante demasiado tiempo de un ex que no dejaba de aparecer cuando él creía haberlo olvidado. No te toquetea ni te llama «chocho» sin parar ni habla de sí mismo en femenino. Es Abel y ya está.

—Es gay —me dijo al volver mientras llenaba un vaso de agua.

—Es hetero —le contesté.

—Da igual. En la vida nos va a susurrar guarradas en el oído mientras se corre entre nuestras piernas.

Pestañeé un poco sorprendida. Vaya…, era una lástima que no fuera a hacerlo nunca. La imagen mental me había valido un microorgasmo.

—No sonríe ni bajo pena de muerte —murmuró mi compañero mientras secaba las gotitas de agua que recorrían el exterior del vaso—. ¿Te has dado cuenta?

—No. —Arqueé las cejas—. ¿No sonríe?

—No. Qué cerdo me ponen los rancios, joder —contestó.

Me eché a reír cuando Abel salió atusándose el flequillo y me fijé en que, efectivamente, Héctor agradecía el vaso de agua sin amago de sonrisa. Lo disculpé para mis adentros porque más que rancio me parecía tímido.

¿A qué se dedicaría? A algo serio, como salvar vidas, a lo mejor. Quizá trabajaba en una ONG. O en una librería. Quizá… era un Gi-Joe a punto de salvar el mundo y yo… Catwoman. O alguien que llevara menos lycra. Él Thor y yo una científica que estudiaba el poder de su mazo. Él mi enfermero y yo la paciente cachonda. Ya vale, Sofía…

Aquel día la estancia de Héctor fue breve. Lo llamaron por teléfono en cuanto se terminó el café y se levantó de inmediato mientras contestaba.

—Hola, reina. —Sonrió y se lamió los labios, que seguramente todavía mantenían el dulce del café—. Voy para allá. Un juego de llaves no estaría nada mal.

Diría que el alma se me cayó a los pies cuando lo escuché hablar de esa forma tan dulce pero Abel también lo había oído y había aceptado la derrota en nuestra apuesta, así que las gallinas que entraban por las que salían. No sé en qué mundo tíos como Héctor andan solteros a la espera del amor, pero en este no.

Dejó un par de monedas sobre la mesa y le indicó a Abel con señas que dejaba allí el dinero. Ya se disponía a salir cuando este le respondió:

—Adiós, Héctor. Hasta mañana.

Héctor se despegó el teléfono de la oreja un segundo y nos lanzó una mirada confusa por turnos, como si no entendiera por qué tendríamos que volver a vernos al día siguiente, pero ya… era tarde, querido. Una vez ponías un pie dentro del Alejandría, eras suyo y ese aliento que habías compartido entre sus cuatro paredes, lo que habías pensado, sentido y soñado… le pertenecía un poco, como todos nosotros.

Yo también le sonreí. Había algo en él que me hacía sentir… como si nos conociéramos de mucho y no lo supiéramos. Como si se nos hubiera olvidado toda una vida juntos. Como si me hubiera contado algunas pasiones oscuras y le hubiera guardado el secreto con tanto recelo que hasta se me hubiera extraviado el recuerdo. Quizá fuera solo una premonición. Quizá no era hacia detrás donde debíamos mirar, sino hacia delante. Y con una sonrisa tonta escuché la campanilla de la puerta que acompañaba su salida.

Hasta mañana, Héctor.

4

Cambios

La vida había empezado a girar hacía poco. Poca cosa, era verdad, pero ahí estaban, los primeros atisbos de cambio. Pequeñas pinceladas de lo que pronto se convertiría en una realidad: todos los demás avanzaban excepto yo. ¿Sabéis esa sensación absurda de confort cuando sientes que no eres el único que tiene asignaturas pendientes con la vida?

Hasta el momento todo mi entorno se encontraba en la misma situación: Oliver tenía la profundidad emocional de una servilleta; Mamen dos hijas preadolescentes que no la dejaban vivir tranquila; Julio, mi compañero de piso, era un friki solitario; en la cafetería todos daban muestras de algún tipo de trastorno mental… así que el hecho de que viviera en el eterno día de la marmota no importaba porque, total, todos estábamos perdidos de alguna manera. Perdidos y tranquilos. Pero… ¿y si los demás empezaban a descongelar sus vidas?

Escogí vivir en un piso justo arriba del Alejandría por varios motivos: la comodidad el primero, claro. Llegaba escaldada, buscando un cambio de vida, un «recomponer lo roto» (que por supuesto era yo) y lo único que quería era estar cómoda. Y tranquila. Y en aquel piso si me caía con fuerza de la cama podía caer justo detrás de la barra del curro. La vida del barrio, céntrico a más no poder, y el encanto de sus calles estrechas de adoquines traicioneros también me hicieron olvidar, obvio, que una habitación aquí era infinitamente más cara que en otras zonas de la capital. Pero, sin duda, lo que más pesó en la decisión fue una mezcla entre el encanto de este pequeño piso de dos habitaciones, lo cerca que estaba del piso de Oliver y lo lejos que pillaba la casa de mi madre.

El edificio tenía más de cien años, pero los muebles con los que pretendieron alquilármelo databan del pleistoceno. Era tan mono… Con un poco de maña y varias visitas a Ikea, estaría perfecto. Y necesitaba un nido lo antes posible: después de una ruptura de todo menos amable no soportaba vivir en casa de mamá otra vez y no iba a correr a los brazos de papá; debía mostrar madurez y eso implicaba asumir mi nueva soledad. Así que le pedí al dueño del piso que me diera una semana para encontrar compañero y… a los dos días apareció Julio, que trabajaba para un laboratorio farmacéutico a las afueras de Madrid, tenía un hurón y se emborrachaba con una cerveza con limón. Era total. Madre poniendo el grito en el cielo en 3, 2, 1…

Cuatro años después de tomar aquella decisión podía decir que estaba contenta, tranquila y feliz; jamás nos arrepentimos de la osadía de lanzarnos a la convivencia sin conocernos lo más mínimo. No discutimos ni una vez. Bueno, en una ocasión hubo un conato de crisis provocada por el hecho de que me comiera sus yogures sin darme cuenta, pero lo solucionamos rápido. Ambos pagábamos religiosamente alquiler y gastos, éramos formales, cumplíamos con nuestros turnos de limpieza e incluso destinábamos una partida anual de ahorrillos a renovar un poco la casa y ponerla bonita. Él no se quejaba de mi música a toda pastilla. Yo no me quejaba de su hurón, Roberto, que estaba perdidamente enamorado de mi gata Holly y hacía nido en mis cajones. Había semanas en las que no nos dirigíamos la palabra y otras en las que nos pasábamos horas preguntándonos chorradas el uno al otro. Y no había problemas porque no éramos amigos, sino buenos compañeros de piso.

La prueba de fuego para saber que me gustaba vivir con Julio fue el día que encontré a Holly; estaba dentro de una caja de zapatos en el contenedor de la esquina. Maullaba como una descosida y era del tamaño de la palma de mi mano. Ni siquiera le pregunté a Julio o al casero; la cogí y me la metí dentro del abrigo… y lo único que dijo cuando me vio aparecer con ella fue que para que no echara de menos a su madre tenía que envolver un despertador en una toalla y ponerlo a su lado. «Creerá que es el corazón de su madre y podrá dormir mejor». Era un pozo de sabiduría, Julio. Aunque creo que esto lo sabía porque él mismo lo practicaba. Su relación «madre-hijo» era todo lo contrario de la mía.

La convivencia con Julio era pacífica, no obstante, había algunas reglas en casa: nadie entraba sin llamar al dormitorio o al baño (este último compartido, claro), no se fumaba si no era en la ventana, los animales tenían que estar al día de vacunas y revisiones, y todos los viernes por la noche el salón de casa era mío para mi cena semanal de «cuéntame tus mierdas» a la que él estaba invitado si quería… pero nunca quiso.

No sé cómo empezó la costumbre pero me reconfortaba ver a mis amigos al menos una vez a la semana, aunque fuera solo una hora, para compartir las mierdas de la semana. Desahogarnos berreando, brindando con botellines de cerveza, contando nuestras miserias para reírnos y darles menos importancia porque, escucha, todo mejora si te ríes. Dicen que mal de muchos es consuelo de tontos y nosotros debíamos de ser tontos no, del siguiente pueblo. Sin embargo, no era tan fácil mantener esta tradición porque cuando Oliver no tenía la minga a remojo, estaba pensando en ponerla, así que muchos viernes la cosa iba de cenar deprisa y beber unas copas como si no hubiera tomorrow, porque el chato había quedado con alguna zagala para hacer spinning sin bicicleta.

—Yo soy el sillín —me decía poniendo morritos.

Y yo vomitaba asco y pena por no tener un tío que fuera mi sillín. Pero sin celos, ¿eh? Me daría un cólico solo de imaginarme teniendo sexo con Oliver. Nosotros nunca confundimos lo nuestro. Supongo que el hecho de que no pegáramos ni con cola era fundamental. Pero, además, lo respaldaba nuestra historia personal. Oliver me trató en los primeros cursos del colegio como si yo fuera un sparring. Siempre que se cabreaba, daba igual con quién, venía a por mí; decía que porque era la adversaria más digna, yo creo que porque al estar acolchada de carnes se hacía poco daño al pegarme. No cambió cuando fuimos creciendo; bueno, solo un poco: las peleas físicas pasaron a ser «intercambios pasionales de opiniones» por no decir broncas en arameo. Él era el niño mono de la clase que se convirtió en el chico guapo de la clase y yo la niña gordita que con los años se transformó en la chica «rellenita» y… ambos nos odiábamos; éramos la némesis del otro.

Amiga de todos los tíos pero novia de ninguno: ley de mi adolescencia. No es que Oliver me tolerara mucho entonces; él estaba muy preocupado haciéndose el gallito e intentando impresionar a todas las hembras del corral como para ser simpático y amable conmigo. Hasta que la tutora nos emparejó para un proyecto que se llamó «Tu mano derecha». Y los dos somos zurdos…, me pareció de coña. Como si no tuviera suficiente aprendiendo que la adolescencia no era un paseo en barca, unieron nuestros pupitres y me dejaron encargada de que Oliver aprobara (o al menos hiciera los deberes) a cambio de medio punto extra en la evaluación. Hubo muchas más parejas y no escuché que nadie se quejara… excepto nosotros, que nos peleábamos por cosas como «respiras muy fuerte» o sencillamente «respiras». Creí que la situación sería tan insostenible que disolverían el programa «mano derecha» o nos buscarían otra pareja… hasta que un alumno de otro curso me gritó gorda mientras hacíamos gimnasia y Oliver le encajó la cabeza entre dos barrotes. Fue como fumar la pipa de la paz pero más violento y con visita al despacho de la directora. Él aprobó el curso. Y el siguiente. Y el siguiente. Y a mí nadie volvió ni a toserme cerca.

La noche y el día. Creo que por eso siempre se sostuvo nuestra amistad. Él, con su traje impoluto, tan gentleman, tan «de otro planeta donde se exhala sex-appeal» y yo… con mi delantal de folclórica lleno de lunares y volantes, terminando de preparar la cena.

—Tú no te levantes, cielito —gruñí de mal humor—. ¿Estás cansado del trabajo?

—¿Tienes nueces? —Ni siquiera se giró a mirarme, pero lo hizo cuando le di con la espumadera en la cabeza—. ¡Marrana! ¡Que llevo el pelo limpio y luego tengo que salir!

—¡¡Te estoy hablando!! ¿Puedes ayudarme? —le dije bastante irritada.

—Pero ¡si nunca quieres que haga nada porque dices que ensucio más que ayudo! —me reprochó.

—Pues… ábreme una cerveza y dame conversación aunque sea, ¿no? —le dije señalando la nevera.

Farfulló que era peor que una novia y yo respondí que antes me metería a monja. Roberto y Holly rodaron por el suelo en un abrazo de amantes y los vimos pasar haciendo ruiditos, como si fuera normal que una gata y un hurón fueran uña y carne.

—¿Le has dado ya la charlita sobre los anticonceptivos? —me preguntó Oliver levantando una ceja—. Si esa gata y ese hurón se aparean…, ¿qué tendrán? ¿«Gaturones»? ¿«Hurogatos»?

—No, Oliver…, de ahí es de donde vienes tú.

Me tiró el paquete de tortitas para las fajitas encima y yo me descojoné. En realidad Oliver es lo más alejado de un hurón, tan guapo, con ese pelazo cobrizo tan impresionante y su buena planta, pero nunca perdería la oportunidad de meterme con él.

—Tu puta madre en bicicleta —farfulló.

Sonó el timbre a tiempo de cortar una pelea que podía haber terminado conmigo tirada en el suelo y él retorciéndome el brazo o… con Oliver en urgencias. No hemos superado nuestra etapa adolescente.

—Abre, será Mamen —le dije.

—¿Te he contado que el otro día se me meó una tía en la tienda? —me comentó como de pasada.

Oliver abrió la puerta de abajo y la de la casa y yo le lancé una mirada de incomprensión.

—¿Perdona? —pregunté incrédula.

—Lo que nos pasa en esa tienda no es normal, Sofi. Yo creo que es cosa de brujería. ¿Te acuerdas de aquella chica tan rara con la que estuve saliendo? —Se abrió una cerveza.

—Querrás decir follando. No conozco a ninguna chica que haya sido tu novia en los últimos veinte años.

—Creo que me echó un mal de ojo. —Puso una expresión afectada y se colocó la mano sobre el vientre—. Me noto muy malas vibraciones.

—Son pedos.

Desde la cocina de concepto abierto se escucharon los jadeos de Mamen atravesando la puerta de entrada. El ascensor le daba pavor porque decía que era más antiguo que el cosmos, así que siempre subía andando, lo que no la convertía en una atleta olímpica, claro. Cerró la puerta, se apoyó en ella, sofocó una arcada y después se abanicó con la mano. Fuera debía de hacer como mucho dos grados pero ella estaba acalorada porque «le encantaba el deporte».

—¿Menopausia? —le pinchó Oliver mientras le tendía una cerveza.

—Saca al hurón del salón… ya —dijo muerta de miedo.

Cogí a Roberto con ternura porque no entendía por qué a Mamen le daba tanto asco y él se retorció en mi mano como una salchichilla peluda mientras Holly maullaba para que se lo devolviera.

—¡¡¡Julio!!! —grité.

—¿¡¡¡¡Qué!!!!?

—Cuida de los niños, amor —le dije. Lancé a los dos animalillos hacia el pasillo y él los recogió con susurritos, más rojo que un pimiento. Nunca estuvo muy ducho en las conversaciones «chico-chica» pero… vaya, aun así le iba mejor que a mí.

Cuando volví a la cocina Mamen estaba renegando de mis hermanas mientras daba vueltas a lo que tenía en la sartén y bebía cerveza directamente del botellín.

—No sé qué hacer con ellas, de verdad lo digo. ¡Qué suerte que sean mellizas, decían! ¡Las dos criadas a la vez! ¿Y la adolescencia qué? Porque me han pedido el disco de los Gemeliers y les ha dado igual que amenace con morirme.

—Me caían mejor cuando eran fans de los One Direction —le respondí.

—Claro, japuta…