Peter Handke – FRagmento de La tarde de un escritor

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A pesar de lo mucho que le atraía salir, tardó, como siempre, en hacerlo. Primero abrió las puertas de todas las estancias de la planta baja, de forma que la luz que venía de todos los puntos cardinales se entremezcló como siguiendo un juego. La casa parecía deshabitada. Era como si estuviera reclamando que no sólo se trabajara y se durmiera en ella, sino que también se viviera. Cosa de la que, sin duda, el escritor era incapaz desde hacía mucho tiempo, igual que de llevar una vida en familia. Los tresillos, las mesas–comedor o los pianos le producían, nada más verlos, una sensación extraña, nada hogareña; los baffles, las tablas de ajedrez, los jarrones, incluso las librerías ordenadas le chocaban; en su casa los libros se apilaban en el suelo o en el alféizar de la ventana. Únicamente de noche, sentado a oscuras donde fuera y teniendo ante sí unas estancias en hilera justamente iluminadas, o ésa era su impresión, por las luces de la ciudad y su reflejo en el cielo, experimentaba una especie de bienestar. Esas horas en las que ya no tenía, por fin, que cavilar ni prever, sino que simplemente permanecía sentado en silencio, recordando todo lo más, eran en efecto sus horas predilectas en la casa, y él las prolongaba hasta que esa meditación quedaba imperceptiblemente convertida en unos sueños igual de pacíficos. En cambio durante el día, sobre todo después de haber trabajado, ese silencio en seguida le parecía demasiado. Escuchar el ruido del lavavajillas en la cocina y el zumbido de la lavadora centrifugando en el baño—y a ser posible las dos a un tiempo— era casi un alivio. Incluso sentado al escritorio fue necesitando, con el tiempo, los ruidos del mundo exterior: una vez, tras llevar meses escribiendo en la torre de un rascacielos prácticamente aislado contra el ruido.