Lorenzo Silva – Fragmento de Recordarán tu nombre

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La Historia tiene estos recovecos: instantes y lugares en los que de repente, entre dos hombres, que por lo común no son dos hombres cualesquiera, pero tampoco tienen por qué ser los más reputados ni los más insignes, se dirime y acontece todo. Absolutamente todo.

El recoveco del que nace este libro tiene lugar en Barcelona, en el edificio de la antigua Aduana, en el Pla de Palau. Estamos en julio, hacia la mitad de su decimonoveno día, en el año 1936. Reunidos en un despacho, varios hombres analizan una grave situación. Suena un teléfono. Preguntan por uno de ellos, el de más edad. Se llama José Aranguren Roldán, ostenta el grado de general de brigada de la Guardia Civil y, aunque formalmente se encuentra a las órdenes de uno de los hombres que están en la habitación, posee una autoridad, moral y de otra índole, que nadie osa discutirle. Ni siquiera quien con arreglo a la ley tiene las atribuciones para decidir: un capitán de Caballería llamado Frederic Escofet, responsable de la comisaría general de Orden Público de la Generalitat de Cataluña. Los presentes saben que lo que el general diga tiene detrás a tres mil seiscientos guardias civiles, todos los de Cataluña, que no dudarán en cumplir sus órdenes y que son, por cohesión, instrucción y disciplina, la pieza principal que en esa jornada se halla sobre el tablero que a todos mantiene absortos.

Quien llama y pregunta por Aranguren no es otro que el cabecilla de la sublevación militar que desde primeras horas del día ha estallado en la ciudad. Se llama Manuel Goded Llopis y es general del ejército. Ha llegado pocas horas antes en un hidroavión procedente de Mallorca y se encuentra en la Capitanía General, donde ha arrestado y destituido al general Llano de la Encomienda, que ostenta la legítima jefatura de las tropas por designación del gobierno de la República. Hay varias razones para que Goded pregunte por Aranguren. Como los demás, sabe que sus guardias le obedecerán y son la clave de lo que ha de suceder en la jornada. Además, se conocen personalmente desde tiempo atrás. Ambos coincidieron en Marruecos, con ocasión de las operaciones de Alhucemas de 1925, en las que los dos hubieron de probar su coraje frente a un enemigo feroz e irreductible. Goded sabe la pasta de la que está hecho Aranguren. Incluso certificó, como jefe de Estado Mayor, los méritos que el guardia civil acreditó en combate. La apelación a su autoridad invoca también la antigua camaradería, templada bajo el fuego, de dos viejos compañeros de armas.

La conversación es tensa. Para Aranguren doblemente, porque ve cómo le observan los otros; cómo se preguntan, mientras escuchan, de qué lado estará en realidad: si apuesta por defender la Generalitat y la legalidad de la República o si baraja la posibilidad de unirse a la sedición protagonizada por hombres que le son afines; no en balde se formaron en la misma academia y compartieron fatigas y pólvora en los duros riscos y las luminosas playas de África. Quizá porque desea disipar esa duda para él odiosa (nunca ha contemplado ni contempla otra opción que acatar la disciplina a la que se debe como guardia civil y atenerse al compromiso de lealtad a la República en el que empeñó su honor y su palabra), Aranguren, tras escuchar las recriminaciones de su compañero por unirse, le dice, al pueblo rebelde contra el ejército que se sacrifica por el bien de la patria, responde secamente:

—Aquí no hay más rebeldes que ustedes.

Y a continuación pregunta a Goded si se ha sublevado contra el régimen republicano o contra el gobierno. Su interlocutor le responde que va contra el gobierno, ante lo que Aranguren, por si acaso sirve para hacerle reconsiderar sus propósitos ilícitos, aunque pocas esperanzas puede albergar, le informa de que desde la noche anterior hay un nuevo gabinete. Goded, contrariado, le replica que eso no importa y, suavizando el tono, vuelve a invitarle a que se una a la rebelión. Ante la firme negativa del viejo general, que ha rebasado ya los sesenta años, el jefe rebelde monta en cólera y amenaza con fusilarle al día siguiente, cuando haya triunfado el pronunciamiento que encabeza en la ciudad. Los dos saben que es un farol, que quien amenaza carece de la fuerza que, en cambio, tiene el amenazado bajo sus órdenes. Aun así, nadie lleva nunca todas las cartas en la mano, y Aranguren, de nuevo sin alterarse, encaja el desafío y lo repele con estas palabras:

—Si mañana me fusilan, fusilarán a un general que ha hecho honor a su palabra y a sus juramentos militares. Pero si mañana le fusilan a usted, fusilarán a un general que ha faltado a su palabra y a su honor.

Es el fin de la conversación, el momento en que no hay vuelta atrás y quedan cristalizados la suerte y el destino de los dos hombres que están a ambos lados de la línea telefónica, de la ciudad en la que sus caminos vuelven a cruzarse y del país al que ambos proclaman servir. Como esta no es una novela de intriga, podemos aclarar desde ya lo que ha de ocurrir finalmente: los van a fusilar a los dos, en esa Barcelona por cuya posesión se enfrentan; al rebelde, al cabo de tres semanas, en los fosos del castillo de Montjuïc; al leal, menos de tres años después, al otro extremo de la ciudad, en el Camp de la Bota. Los dos al lado del mar, aspirando como último aire la brisa del Mediterráneo, junto al que no nacieron. Quiere el destino que los dos compartan una circunstancia más, la de haber venido al mundo junto al Atlántico: mirándolo desde poniente Goded, originario de Puerto Rico, y desde levante Aranguren, que vio su primera luz en otro puerto, el de Ferrol. Barcelona, la ciudad que ambos forasteros se disputan, quedará a partir de esa hora, como el resto del país, sumida en una larga noche y marcada por cicatrices que ocho décadas no lograrán borrar. Lo que decide la conversación entre los dos generales, además de su suerte como individuos, es ni más ni menos que el fracaso de la rebelión en Cataluña, lo que permitirá a la República sobrevivir al levantamiento armado, salvará a la Generalitat de su abolición fulminante y habrá de precipitar a España a una prolongada y cruenta guerra civil.

Durante los tres años siguientes, los insurrectos extenderán una y otra vez por los campos y ciudades de España la barbarie frente a la que dicen alzarse. En cuanto al gobierno legalmente constituido, lo que vale tanto para el de la República como el de la Generalitat, no sabrá ni podrá, tras verse despojado de la autoridad y de los medios naturales para el mantenimiento de la ley, impedir que en la zona por él administrada campen a placer asesinos de la peor índole, que con sus atropellos suministrarán a su vez munición moral al enemigo. Con ello se ahondará la zanja abierta entre los españoles, hasta el punto de arruinarles la conciencia de formar una sola comunidad y sumirlos en una división agria y persistente, quién sabe por cuánto tiempo aún. Todo esto se decide entre dos hombres de los que, para rematar la paradoja histórica, la inmensa mayoría de los catalanes y españoles de hoy no guardan ni el más mínimo recuerdo. Dos actores secundarios de la Historia, llamados, por eso mismo, a convertirse en literatura.

Ese 19 de julio de 1936, cuando nada aún sabe, pero todo lo acepta, porque ha vivido y conoce lo suficiente para prever las consecuencias, Aranguren, tras colgar el auricular, manifiesta con estoicismo:

—He cumplido con mi deber.

Y es que no tenía otra opción, como el tipo que ochenta años después escribe estas líneas no tenía otro remedio que acabar contando su historia, por múltiples y poderosas razones, que esta vez, a diferencia de otras, me disuaden además de interponer otro narrador que encarne la voz del cuento. Para rematar este prólogo, me limitaré a consignar dos de esas razones, ambas vinculadas a la sangre que circula por mis venas. La sangre no nos condena a ser ni creer nada, pero impone que ciertos asuntos no puedan dejar de concernirnos.

Siempre que miro una fotografía de Aranguren me acuerdo de mi abuelo Manuel: un hombre que también lo perdió todo, aunque en su caso pudo continuar viviendo, por cumplir con su deber. Estaba mi abuelo, con quien pude conversar un día al respecto, imbuido de ese deber como de pocas cosas en la vida, y sufrió como un trauma irreparable que atenerse a él le costara tan caro. Por un azar del destino, o no, estuvo a las órdenes del propio Aranguren, en una fecha tan señalada como el 14 de abril de 1931, en la que uno era agente del cuerpo de Seguridad y el otro, jefe superior de Policía de Madrid. Ese día, tanto Aranguren como mi abuelo, y como cualquier hombre sensato, acataron, pese a las resistencias de algunos que tenían por encima (Aranguren al director general de Seguridad, Emilio Mola; mi abuelo a un oficial demasiado nervioso), el advenimiento de la República por la que los españoles se habían inclinado de manera abrumadora.

Y aunque no oculto que mis ideas y simpatías, en la conversación telefónica contada más arriba, están con el hombre que se ciñe a su juramento y a la legalidad que es su misión defender, antes que con el que opta por volver las armas que le encomendaron, y aun otras de las que se apodera, contra el gobierno elegido por sus conciudadanos, no ignoro que este último se dispone a sacrificarse por lo que a su vez cree o quiere creer debido, ni tampoco olvido que, al saberse derrotado, aceptará detener la lucha para evitar más muertes. Sería más cómodo despacharlo como un salvapatrias alucinado, un esbirro de los poderes oscuros que impulsaron la sublevación militar contra un régimen constitucional, democrático y regeneracionista. Se me opone, sin embargo, un pequeño inconveniente, que aboca a mi relato a defraudar las expectativas de quienes esperen ajustes de cuentas y argumentos para la adhesión o la execración incondicionales. Y no es que pretenda ser aséptico, concepto no ya voluntarista, sino incluso estrafalario para cualquier español que se proponga emprender una narración referida, en todo o en parte, al suceso medular de la historia reciente del país, conformador de su presente y condicionante aún de su futuro. Lo que trato de decir es que mis ideas y simpatías, que son inequívocas y explícitas, cuentan con un nada desdeñable contrapeso.

Aquí es donde entra en juego mi otro abuelo, Lorenzo, a quien un día de 1923, en Larache, cuando estaba a punto de completar su servicio militar, un teniente coronel le persuadió de reengancharse y no emigrar a Argentina, como era su intención, una vez cumplido el periodo de permanencia en filas. Gracias a ello, mi abuelo acabó yendo destinado al cuartel-convento de la Trinidad, en Málaga, en el barrio del mismo nombre, donde vivía mi abuela, con la que se casó y andando los años tuvo a mi padre. Aquel teniente coronel, de quien mi abuelo guardaba buen recuerdo, se llamaba Manuel Goded Llopis: el traidor al que plantó cara, en su hora crucial, el protagonista de mi historia, pero también el hombre al que le debo existir y poder estar ahora mismo escribiéndola, en un coche que, mientras remato la frase, y para que todo sea más extraño y caprichoso, avanza a toda velocidad por una autopista polaca, camino de Breslavia; igual de lejos de los dioses que la convulsa Barcelona donde los dos generales que dan pie a este relato sellaron su destino, porque, como ya estipuló hace dos milenios un sabio griego, los dioses están igual de lejos de todas partes.