David Safier – Fragmento de Más maldito karma

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El día de nuestra muerte no tuvo ninguna gracia. Y ello no se debió únicamente a la muerte en sí. Para ser exactos: ésta tan sólo ocupó el puesto número seis de los peores momentos del día. En unos puestos por detrás —en el décimo— acabó el momento, sucedido un par de horas antes, en el que Sylvie, mi compañera de piso, se plantó delante de mi cama de Ikea, me destapó y me soltó:

—Daisy, llevas cinco meses sin pagar el alquiler.

—¿Y por eso me despiertas tan pronto? —me quejé.

Mis ojos intentaron, en vano, acostumbrarse a la luz, y mi cabeza me dio a entender que el día anterior debería haberme bebido entre tres y ocho tequilas menos.

—Son las dos de la tarde —repuso mordaz Sylvie.

Llevaba su carca conjunto de estudiante-de-Derecho-en-el-último-semestre, mientras que yo estaba tumbada en ropa interior que olía a humo.

—Pues eso, pronto.

Me tapé la cabeza con la sábana, pero la muy asquerosa me la volvió a quitar. Después abrí un poco más los ojos y me di cuenta de que mis otros dos compañeros de piso también estaban en mi minicuarto, del que Sylvie había dicho una vez que había zonas arrasadas por un huracán que parecían más ordenadas. Ahí estaban, por un lado, Ayshe, la rolliza profesora de secundaria en ciernes, que más adelante quería dar clase a niños de emigrantes pobres para que pudiesen llegar a ser algo más que lo que se esperaba de ellos; y, por otro, Jannis, mi mejor amigo desde el colegio. Delgado y con gafas, era el único de los tres que no parecía de tan mal café como un salafista en un concierto de Miley Cyrus.

—Tu rollo de anoche ha hecho pis de pie en nuestro retrete —me regañó Ayshe.

Me puse de lado: el brasileño cachas al que me había llevado la noche anterior de la pista del Berghain ya se había ido. Sin quedarse a desayunar. Como a mí me gustaban los hombres.

—Apuesto a que ni siquiera sabes cómo se llama —añadió corrosiva.

—Pues claro que lo sé —contesté con cierto descaro, no soportaba que me echaran cosas en cara por la mañana temprano.

—Y bien, ¿cómo se llama?

—Esto…

No me venía a la memoria ni a tiros, pero, claro, no podía admitirlo, y por ello busqué un nombre cualquiera que sonara brasileño. Por desgracia tenía tal dolor de cabeza que sólo se me ocurrían chorradas. Cosas como Bonorro, Bonoloriño o Longofalo, unos nombres que preferí no decir.

—Se llama Falcao —espetó malhumorada Ayshe.

—Y ¿cómo es que sabes tú eso? —pregunté sorprendida.

—Porque llevo semanas diciéndote que me gusta.

Mierda, sí, era verdad. Pero ni se me había pasado por la cabeza la noche anterior. Cuando uno está borracho, lo olvida todo. Y cuando se toma unas pastillas. Y se está cachondo. Sobre todo cuando se está cachondo.

Me incorporé un poco, me apoyé en la pared y dije:

—Deberías darme las gracias.

—¿Las gracias?

—Ahora sabes que mea de pie y que no te conviene.

Ayshe no me dio las gracias.

—Muy bien, y ahora ¿podríamos volver a lo esencial? —intervino Sylvie—. Queremos el alquiler.

—Lo pagaré cuando me den el próximo papel.

—Daisy, la última vez que te pagaron por actuar fue hace siglos.

—Bueno, en la historia del universo los siglos son algo muy relativo —objeté.

Hacía siete meses, en la serie Aktenzeichen XY, y el papel era el de una chica que hace jogging y encuentra un cadáver. En ese rodaje mi única frase fue: «Creo que he pisado algo».

—¿Y si probaras con un trabajo de verdad, para variar? —propuso la bocazas de Ayshe.

—Menuda chorrada —respondí.

No estaba hecha para tener un trabajo de verdad. Probé una vez, y no me hizo ninguna gracia.

—Seguro que pronto le dan un papel —intentó mediar Jannis mientras se limpiaba las gafas con la descolorida camiseta.

Era la única persona en la faz de la Tierra que aún creía en mi talento. Creyó en mí cuando hice de Bestia en La bella y la bestia con el grupo de teatro del instituto, en Bremerhaven. Y también cuando encarné a una joven drogadicta en un papel secundario en la serie de detectives Tatort en Kiel y un importante periódico semanal dijo de mí: «El talento juvenil es otra cosa». Y siguió creyendo en mí incluso después de que perdiese mi empleo en una telenovela porque la redactora de la cadena opinó que la gente no quería ver «mujeres con una cara con personalidad» después de comer. Con lo de «mujeres con una cara con personalidad», claro está, se refería a alguien como yo: con la nariz ligeramente torcida, el pelo rebelde de chucho y los ojos de un color indefinible. Cuando la loca de la redactora me insinuó además que había una cosa que se llamaba cirugía plástica, le respondí que con gusto me ocuparía de que le hiciese falta a ella. Eso no ayudó lo que se dice mucho a que esa cadena me diera más trabajo.

—Queremos el dinero ahora —afirmó con determinación Sylvie.

—Decidme, ¿vosotras dos, en qué momento os volvisteis tan puñeteramente serias? —quise saber. Antes éramos amigas íntimas y salíamos a quemar Berlín, y ahora, de pronto, eran dos bobas mayores.

—Estoy organizando una boda que hay que pagar —insistió Sylvie.

—Tú y tus sueños de princesa —contesté esbozando una sonrisilla.

Ella torció el gesto.

—Antes a las princesas las casaban a la fuerza, ¿sabes? —añadí con amabilidad—. Y luego las encontraban en un húmedo castillo de los Cárpatos, con un tío viejo y gordo que no había oído hablar en su vida de la limpieza dental profesional.

—Daisy, tú tan romántica como siempre —apuntó Jannis, y se puso las gafas, ya limpias.

—Los humanos son las únicas criaturas que quieren atarse para siempre a una única pareja.

—Eso es lo que hace que seamos tan especiales —adujo Sylvie.

—También somos las únicas criaturas que han inventado armas nucleares, residuos tóxicos y a Ronald McDonald.

—Nunca sabrás lo que es el amor, Daisy —replicó mi compañera de piso, no con acritud, sino más bien compasiva.

El amor. También lo había probado. Y tampoco me hizo ninguna gracia. Menos incluso que el trabajo de verdad. Fue en Bremerhaven, cuando aún iba al colegio. Tom tenía veintiún años, estudiaba algo relacionado con los medios de comunicación y tocaba en un grupo alternativo llamado Schlumpfines Lovers, Los amantes de Pitufina. Lo vi en el escenario, sentí mariposas en el estómago, empezamos a salir y dejé que me desvirgara. Y posiblemente hubiese seguido con él un poco más si esas semanas mi madre no hubiese enfermado de cáncer y muerto a cámara rápida. Por aquel entonces era un poco difícil hablar con Tom de mi dolor. Todo lo que se le ocurrió decir para animarme fue: «La muerte es una putada».

A las dos semanas del entierro me preguntó: «¿Cuándo volverás a estar de humor para acostarte conmigo?». Y al cabo de cuatro semanas cortó diciendo: «Me agobia demasiado verte triste».

En ese momento las mariposas de mi estómago sufrieron una muerte lenta, dolorosa.[1] Después fue precisamente Jannis, mi discreto compañero de clase, la única persona del mundo con la que pude hablar de todo: de mi madre, con la que siempre estaba discutiendo, cosa de la que me avergonzaba mucho cuando murió. De mi padre, del que sabía que tenía un lío desde hacía tiempo con una compañera de su despacho de consultoría (sí, mi padre ni siquiera esperó a que la muerte lo separase de mi madre). Y de que nada me gustaría más que dejar el puto instituto, en el que no hacían otra cosa que dar el coñazo con la segunda parte de Fausto, guerras mundiales y discusiones de curvas. Jannis me entendía. Era el único.

Dos días antes del examen de selectividad me largué de casa y me fui a vivir a Berlín a un piso compartido con Ayshe y Sylvie, que en aquella época no estaban obsesionadas con el trabajo, sino que eran mujeres divertidas, a las que les gustaba empinar el codo. Jannis me siguió poco después. Estudiaba Historia, y yo trabajaba en lo que llamaba mi carrera de actriz. Quería interpretar papeles que fueran importantes para mí, que fueran importantes para las personas. Como Meryl Streep o Glenn Close o Sandra Bullock. Pero por desgracia yo no era Streep, Close o Bullock. Por desgracia yo sólo era yo. Ahora, en el ecuador de la veintena, Jannis seguía siendo el único hombre que había entrado en mi cuarto del piso compartido con el que no había acabado en la cama de Ikea. El sexo, eso siempre lo había tenido claro, se cargaría nuestra amistad. Y para mí eso era lo más valioso del mundo entero.

—Hay una cosa más —añadió Sylvie.

—Me muero de ganas de saber qué es.

—¿Por casualidad ayer por la noche me cogiste dinero de la cartera?

«¿Cómo, si no, habría pagado el taxi para volver a casa?», pensé.

—No, yo no —mentí como una bellaca, y añadí, haciéndome la ofendida—: Y me parece fatal que pienses eso de mí.

A Sylvie no le convenció mucho mi respuesta, pero como abogada en potencia, sabía que, en caso de duda, sin pruebas no había más remedio que absolver al acusado. Se mordió los labios y respondió:

—Dejaremos el alquiler para la semana que viene. Entonces, o pagas o te vas a la calle.

—Y hoy limpias tú el retrete —espetó Ayshe.

Antes de que pudiera decir nada, ya habían salido las dos de mi habitación. Respiré hondo. Y Jannis también. La caza de brujas le había parecido desagradable. Y mi comportamiento más aún. Cohibido, cogió una hoja de la triste planta de la repisa de la ventana. La hoja se desmenuzó en su mano.

—Daisy, también tienes unas cuantas facturas sin pagar —comentó Jannis señalando un montón de cartas sin abrir.

—En nuestra sociedad las facturas están sobrevaloradas.

—¿Y la honradez?

—¿Cómo dices?

—Ayer por la noche te vi coger el monedero de Sylvie.

Ese instante en el que me miró profundamente desilusionado ocupó el puesto número nueve de los peores momentos del día. De pura vergüenza me metí debajo de las mantas.

—¿Crees que no puedo verte ahí debajo? —preguntó Jannis.

—No, porque soy invisible.

—Y ¿cuándo volverás a ser visible?

—Nunca.

—¿Es ése tu plan para solucionar todo este lío?

—Pues sí, y me parece muy creativo —aseguré.

—Y muy meditado.

—Meditar las cosas también está sobrevalorado.

—Es impresionante lo adulta que puedes ser, Daisy.

—Sí, ¿no?

—Y ahora en serio, así no podemos seguir.

No lo dijo en tono de reproche, pero sí categórico. Y supe que tenía razón: no, así no podíamos seguir. Al menos no sin un expreso doble. Pero antes de que pudiera pedirle a Jannis que me hiciera uno, me sonó el móvil. Busqué el teléfono, en vano, en el caos de mi habitación llena de trastos y cajas de pizza vacías (la pizza era mi alimento básico: si ya tenía una cara con personalidad, bien podía esforzarme para tener también una barriga con personalidad). Jannis sacó el móvil de mis pantalones vaqueros, lo miró y dijo:

—Tu agente.

Mi agente se llamaba Schmohel y tenía importantes contactos nacionales e internacionales… en su día. Hacía unos treinta años aproximadamente. Ahora en su agencia sólo tenía contratados tres artistas: una servidora, una estrella de películas policiacas trasnochada y un monologuista cómico cuyos atroces juegos de palabras podían hacer que los espectadores sufrieran un aneurisma cerebral.

Me caía bien el viejo y desgreñado Schmohel, y por motivos incomprensibles, probablemente porque su hija había cortado toda relación con él, yo también le caía bien. Sea como fuere, me dio un buen subidón ver su nombre en la pantalla. Y es que si Schmohel llamaba, seguro que era porque quizá tuviese un papel para mí. Le quité el teléfono a Jannis y mi agente me saludó con estas palabras:

—Daisy, cariño, ¿tú sabes francés?

Ni papa, habría sido la respuesta correcta, pero como estábamos hablando de un papel le mentí:

—Pues claro.

—Estupendo, cariño —se alegró Schmohel—. ¿Qué dirías si te digo dos palabras: James Bond?

—Diría: ¡Dios mío! —exclamé, ya que sabía que justo entonces se estaba rodando en Babelsberg la nueva película de James Bond, titulada You will never die alone, No morirás solo.

—Sería mejor que respondieras mon Dieu —rio Schmohel—. Tengo un papel para ti en la película.

—¿Cómo lo has conseguido? —Casi no me podía creer tanta suerte.

—A la productora de Bond, Barbara Broccoli, la conozco desde que su padre hacía las películas con Sean Connery y ella era una niña que jugaba con muñecas. A Barbara se le acaba de caer una actriz, y hay que cubrir su papel cuanto antes, y al verse en ese apuro, la pequeña Barbara se ha acordado del bueno de Schmohel.

—Y ¿qué papel es? —pregunté entusiasmada. Esperaba con toda mi alma que, contra todo pronóstico, pudiera ser una chica Bond.

—Haces de una agente del servicio secreto francés que muere. Tienes una página escasa de diálogo.

Adiós a la chica Bond. Aunque eso estaba claro. Pero daba lo mismo: cualquier papel en una película de Bond por fin pondría en marcha mi carrera. Y, sobre todo, traería pasta a mi bolsillo.

—Sólo hay una cosita de nada —observó Schmohel.

—¿Cuál?

—Dentro de media hora tienes que estar en los estudios de Babelsberg caracterizada. ¿Podrás? Si no, acortarán el papel y cogerán a una figurante.

En Berlín, uno no se podía fiar de los cercanías, para ellos el horario era más bien algo orientativo. Así que debía ir en coche, y con el tráfico berlinés tampoco iba muy sobre seguro. Pero si lo decía, no me darían el papel, por eso contesté:

—Salgo ahora mismo.