Francisco Ayala – Una Nochebuena en tierra de infieles, o son como niños

El jardín de las malicias

Ya se acercaban las Navidades.

Nuestro providente municipio se aprontaba a reproducir una vez más su anual milagro: que los desnudos árboles urbanos del invierno florecieran en bombillas eléctricas. Por radio y televisión, las atrocidades cotidianas —atentados terroristas, inundaciones e incendios, secuestros, asesinato de rehenes y toda clase de calamidades— nos llegaban alternando con pías exhortaciones a celebrar las inminentes fiestas del amor, la buena voluntad y la fraternidad universal mediante adquisición urgente de apetecibles mercaderías. Eran voces autorizadas, conocidas, persuasivas. Los divos del «bel canto» recomendaban amablemente, a porfía, varias marcas de vino espumante; escritores famosos, ponderando con sutileza la importancia suma de su propio nombre, aconsejaban aplicar el ocio de las vacaciones al noble ejercicio de la lectura en libros de lujosa encuadernación; fascinantes actrices, apuestos galanes de cine, exageraban los efectos mágicos de algún producto de belleza; y si el espectáculo de los niños hambrientos o trucidados en otros continentes pudo habernos perturbado por un momento, era un alivio el ver enseguida la felicidad con que nuestros rubitos gordezuelos se extasiaban ante los coloridos juguetes que los fabricantes ponían a su alcance.

Todo era algo fantasmagórico; todo se nos hacía un tanto irreal. Y así como de los perfumes anunciados sólo la forma del frasco y su marca llegaba a nuestros ojos y oídos, pero no a nuestro olfato el aroma, también los diferentes horrores, la muerte múltiple y ubicua, apenas rozaban nuestra sensibilidad, embotada por la costumbre, y se nos antojaba cosa ajena.

Un incidente callejero vino, sin embargo, a sacarnos pronto de tan engañosa ilusión. Fuimos víctima en aquellos días de uno de esos atracos que, por frecuentes, ya ni siquiera mencionan los periódicos. Navajeros diestros, apremiantes, impávidos, nos despojaron en un instante de cuanto llevábamos encima, dejándonos estupefactos y rabiosos. Ello era, pues, muy de veras. Tampoco nosotros estábamos a salvo; como a cualquier otro, a nosotros podía ocurrirnos lo mismo que a los demás. Y así, al tocarnos ahora ser protagonistas —o mejor, agonistas pasivos— del mínimo episodio tantas veces repetido cada día, según sabíamos bien, pero que nunca antes nos había afectado personalmente, su realidad se nos hizo efectiva, provocando en nuestro ánimo un confuso azoramiento, desproporcionado sin duda a su causa. Aun habiendo sido trivial, la experiencia nos había resultado devastadora. Dos o tres días después, todavía no conseguíamos vencer el malestar que nos produjo; al contrario, más bien parecía que nuestra desazón se acentuaba por momentos. No era en verdad temor lo que nos afligía, sino la conciencia viva y actual de nuestra indefensión. Y en este estado de abatimiento, decidimos por último alejarnos de la ciudad, sustraernos por algunos días a sus imprecisos, pero, ay, demasiado ciertos riesgos, siguiendo así el venerable ejemplo de la Sagrada Familia que, al huir hacia Egipto, supo eludir la saña cruel del rey Herodes.

Nuestra fuga no sería, como la suya, en beneficio de la redención del hombre por el Hijo de Dios, sino —modestamente, egoístamente— para apaciguamiento de nuestro ánimo conturbado: era cuestión de poner tierra por medio, tomándonos siquiera el breve respiro de unas vacaciones.

¿Y por qué no, precisamente en Egipto mismo? Sí, en Egipto, cuyos excepcionales atractivos —monumentos incomparables, las célebres pirámides, palmeras y camellos a la orilla del Nilo, y para colmo, un clima benigno en esta época del año— proclamaban, entusiastas, en sus carteles de propaganda las agencias de viajes. La Sagrada Familia había escapado de la sarracina a toda prisa, montados madre y niño a lomos de un asnillo que el padre, paciente y abnegado, arreaba a la zaga; pero es lo cierto que ellos no estaban lejos del país donde buscaban refugio, y aquéllos, además, eran otros tiempos. Tampoco habíamos quedado nosotros tan pobres como nuestros santos precursores. A fin de cuentas, aún nos restaba algún dinero en el banco, y bien podíamos gastarlo en recuperar nuestra calma disfrutando del placentero esparcimiento en un ambiente exótico.

Tal cual lo pensamos, lo hicimos.

Y como no era cuestión de afrontar las incertidumbres y pejigueras que aventuras turísticas semejantes traen consigo cuando uno las acomete librado a su propia iniciativa, nos dirigimos a una de esas empresas que todo se lo dan resuelto al viajero inexperto y comodón. Si habíamos juzgado prudente sustraernos durante las próximas Navidades a los peligros de la civilización moderna, prudente sería también entregarnos a los cuidados de avezados y diligentes especialistas para que nos introdujeran con paso seguro en los secretos de la civilización más antigua del mundo.

La agencia que elegimos tenía dispuestos y programados varios planes de excursión, a cual mejor. Eran viajes en grupo, asistidos por representantes suyos en cada lugar, y acompañados de eruditos guías que podrían facilitarnos cuantos conocimientos considerásemos de utilidad, curiosidad o particular interés. Después de haber estudiado varias posibilidades, nos decidimos por uno de los programas, que se ceñía muy bien a nuestros deseos y a nuestros recursos económicos, según claramente mostraba el prospecto.

Comprendía, no sólo la inexcusable visita al Museo Egipcio, a la mezquita de Mohamed Alí y a los bazares de Khan el Khalily en El Cairo, y el no menos prescindible paseo en camello con las consiguientes fotografías al pie de las pirámides, sino también un crucero en lujosa embarcación por el Nilo para explorar los templos fabulosos de Karnak y de Luxor, la Tebas de los griegos, Menfis y Sakkara, las presas de Asuán, y hasta —entre otras muchas cosas— se nos ofrecía la conmovedora oportunidad de orar en la iglesia edificada sobre la casa que, hace dos milenios, albergó a la Sagrada Familia, indemne y tranquila tras su precipitado viaje. Amablemente, con paciencia admirable, los empleados de la agencia nos pusieron al tanto de cuantos detalles deseábamos conocer. Satisfechos, en fin, pagamos el precio; y habiéndosenos dado la seguridad de que todo estaría puntualmente dispuesto a nuestro servicio según lo convenido, quedamos en concurrir al aeropuerto en la fecha y hora fijadas para, incorporados allí al grupo, emprender la expedición.

Hasta ese momento habíamos tratado tan sólo con impersonales, correctos, atareados, eficientísimos empleados de la empresa. En el aeropuerto debíamos conocer ahora a nuestros compañeros de grupo y, sobre todo, al representante de la agencia, quien —hombre o mujer, aún no lo sabíamos— nos acompañaría durante toda la excursión.

Resultó ser un hombre, un cuarentón que se nos presentó, muy desenvuelto.

Soy Víctor, dijo; Víctor Cachafaz, y me pongo a la disposición de ustedes. En seguida alzó la cabeza y pareció mirarnos por encima del hombro.

En realidad, es que estaba contándonos discretamente a los ahí reunidos.

Seríamos unos treinta, poco más o menos. Él tenía una hoja de papel en una mano —la lista, probablemente—, y en la otra el paquete de nuestros pasajes de avión. Pidió los pasaportes a todo el mundo, y se alejó llevándoselos para efectuar las diligencias del caso.

Entre tanto, y cuando los compañeros de viaje nos escrutábamos unos a otros con tímido disimulo —había en el grupo personas de varias edades, parejas recientes, algún matrimonio de edad madura, jovencitas, un señor viejo de aspecto autoritario—, se nos acercaron unos mensajeros que, de parte de la agencia, venían a proveernos de sendas bolsas con el nombre y el emblema de la empresa en ostensible destaque, y a obsequiarnos con sendas botellas de vino espumoso, cuya envoltura llevaba un lacito lindo y una etiqueta que nos deseaba Felices Pascuas. Era, como nos aclaró más tarde el señor Cachafaz, un detalle delicado de la casa, en atención a las fiestas, para que pudiéramos celebrar con champaña nacional la cena de Nochebuena, que caería durante nuestro crucero fluvial. Eso comenzaba bien, no hay duda. Nosotros, los viajeros —hombres, mujeres, jóvenes y no tan jóvenes, viejos incluso— metimos, complacidos, cada cual su botella en la correspondiente bolsa y, despreocupados ya de los equipajes, de los que se había hecho cargo nuestro mentor después de habernos pasado lista y comprobado que nadie faltaba a la cita, pasamos a la sala de espera desde donde iríamos dentro de poco rato a abordar el avión.

Ahí, en la sala de espera, el grupo, que momentos antes apenas había empezado a aglutinarse alrededor del representante de la empresa, se diluyó de nuevo entre los demás pasajeros del avión con destino a El Cairo, y a Jeda, en Arabia Saudí, miembros acaso de otra excursión conducida por distinta agencia, tal vez algún funcionario diplomático o comercial, algún ingeniero y, muy probablemente, musulmanes devotos en peregrinación a La Meca, pues también para éstos, cuando disponen de medios económicos, el precepto religioso se hace más llevadero.

Dentro ya del avión, los asientos que se nos habían asignado eran correlativos; y así, nosotros vinimos a estar sentados delante de los que ocupaban el señor viejo de bigotes autoritarios, que en efecto resultó ser un coronel retirado, otro señor, éste de edad incierta y maneras clericales, de quien, aun cuando tampoco él vestía los hábitos de su profesión, se supo más tarde que era sacerdote, y entre uno y otro nuestro Víctor Cachafaz, el pastor del rebaño turístico a que pertenecíamos; y tan pronto como el avión despegó y empezó a tomar altura emprendieron ellos una conversación que había de durar todo lo que duró el trayecto, conversación que, desde la fila de delante, escuchábamos nosotros sin necesidad de aguzar el oído. Se había iniciado con las trivialidades de costumbre acerca de los viajes aéreos y de cuánto más confortables y seguros son hoy que surcar procelosos océanos o desplazarse a ras del suelo, pasándose luego a filosofar, con ilustración de oportunas anécdotas para todos los gustos, sobre los beneficios educativos, ventajas, inconvenientes y placeres que trae consigo el recorrer tierras exóticas. El coronel, hombre locuaz y entusiasta, conocía ya muchas de ellas; había estado en Japón, en Birmania y en el Amazonas; ahora se proponía ver Egipto y otros países de África. El sacerdote, por su parte, era ésta la tercera vez que visitaba Egipto. Estaba, según podía notarse, muy versado en los misterios de Isis y de Osiris.

La familiaridad que uno y otro mostraban con el ancho mundo permitió que se estableciera de inmediato una fácil comunicación con nuestro Cachafaz, quien era a su vez —según pudimos confirmarlo durante los días sucesivos— un sujeto de expansiva simpatía y gran desparpajo, vivaz, chistoso, algo descarado, y sólo reticente, impreciso y dudoso en cuanto a las particularidades y perspectivas de la excursión, pues en este particular desconfiaba siempre de cómo puedan funcionar las cosas en un lugar como Egipto. Aparte estos momentos de reserva un tanto ominosa, el buen hombre desplegaba una efusiva cordialidad. A sus compañeros de asiento les contó alegremente y no sin gracejo algo de su vida y milagros, como más adelante contaría esas mismas cosas y otras semejantes a cuantos tuvieran humor para oírle.

Confesó que desde muy pequeño había tenido que ganarse la vida desempeñando diferentes oficios; que había sido recadero en una oficina, y luego aprendiz de cerrajero; que durante una temporada hizo de camarero en un hotel de la Costa Azul; que fue ayudante del secretario (así dijo) de un importante club deportivo en Barcelona; que había estado empleado en Aerolíneas Argentinas, pero que sobre todo —y ésta era la actividad que más se acomodaba a sus aficiones— había trabajado, como ahora, en varias importantes agencias de turismo. Eran éstos —lo hacía notar— cargos de mucha responsabilidad y no poco sacrificio, pero que ofrecían en cambio compensaciones muy estimables, no siendo la menor el saber que se estaba al servicio de personas que, a lo mejor tras largos años de privaciones y llegada la hora de la jubilación, pueden cumplir por fin su acariciado sueño de regalarse con unas vacaciones por todo lo alto en parajes fabulosos de incomparable belleza. «Ustedes», decía a sus vecinos de asiento, «son hombres cultos y viajados, para quienes nada de esto constituye novedad; pero créanme, la mayor parte de nuestra clientela está formada por gentes sencillas, que se ponen con toda ingenuidad en nuestras manos y confían muy de buena fe en nosotros. Todo les admira, todo les encanta; y si alguna vez tienen una decepción, como es inevitable que en ocasiones ocurra, se resisten a reconocerlo ellos mismos, pues han invertido sus ahorros, y les resultaría demasiado triste admitir que sólo fue para cosechar cansancio y fastidio. Créanme, son como niños».

«¡Son como niños, créanme!». Entretenidos con esta charla que, a trechos, nos llegaba desde atrás, se nos pasó el tiempo hasta aterrizar en El Cairo a primera hora de la tarde.

Nuestro mentor, puesto en actividad, nos reunió a todos para que comprobásemos si estaba completo el equipaje de cada uno, y luego, tras unas cuantas idas y venidas, cabildeos y misteriosas diligencias, nos hizo desfilar sin más trámites ante la ventanilla de la policía y nos fue entregando los pasaportes, sellados ya con bonitas estampillas y cuño de escritura árabe.

En seguida pidió silencio, atención.

Debía comunicarnos que el barco de nuestro crucero por el Nilo se encontraba en Luxor. Era necesario, pues, alterar ligeramente los planes de viaje. En lugar de empezar la excursión, según estaba programado, por El Cairo, volaríamos desde ahí mismo a Luxor, donde podríamos extasiarnos al contemplar las maravillas del Alto Egipto. Había que aguardar el vuelo de la compañía aérea egipcia, que —lamentaba él tener que decírnoslo— era algo impredecible. Un poco de paciencia, eso era todo.

La tuvimos, qué remedio. Y en las astrosas salas de aquel aeropuerto hubimos de pasarnos, cuidando nuestros respectivos bolsos de mano lastrados con las botellas de champaña, el resto de la tarde y buena parte de la noche, hasta que, ya de madrugada, fuimos transportados por aire a Luxor, la antigua Tebas, como nos informó nuestro guía, y en autobús hasta la orilla del río, donde estaba amarrado nuestro barco.

¿El nuestro? ¿Ése era nuestro barco? Lo que allí veían nuestros ojos, cansados de la noche en vela, para nada se parecía a la atractiva foto en colores ni en nada respondía a las prometedoras descripciones con que el folleto de la agencia nos había seducido. Hubo protestas. La gente se negaba a aceptar el engaño. «Es intolerable», gritaban unos. «Es un escándalo. Tendrán que devolvernos el dinero», invocaban otros: «Pero oiga, Víctor, ¿qué me dice usted de esto? A esto no hay derecho, señor Cachafaz»; y el pobre señor Cachafaz se esforzaba por apaciguar los ánimos, procurando que la gente entrase en razón: Sí, él comprendía… Desde luego… Él se hacía cargo… Es bien sabido que la propaganda exagera siempre… Cosa natural… ¿Quién lo ignora? Pero, señores…; mientras que, indiferentes a todo, unos árabes andrajosos se apresuraban a sacar del autobús nuestras maletas y las alineaban en el muelle frente al triste navío.

Y ahí estábamos nosotros, parados entre las filas de nuestras maletas y el barco (el autobús había desaparecido no bien las descargó) sin saber qué hacernos y sin que nuestro mentor tomase iniciativa alguna. Miraba al suelo, miraba al barco, miraba a las maletas, nos miraba a nosotros, y dejaba que pasara el tiempo. Era, sin duda, su táctica esperar a que, desahogándose en quejas e improperios, remitiera la indignación general. Una buena táctica, sin duda. Como niños desamparados, ya varios alzaban a él la vista en demanda de una solución, y ni siquiera faltó quien reflexionara en voz baja: la culpa no es suya, sino de la empresa; al fin y al cabo, ¿qué puede remediar el pobre hombre? Lo cierto es que Cachafaz —ya lo dije— era un tipo simpático, dicharachero, y durante las horas interminables que habíamos pasado juntos en el aeropuerto de El Cairo procuró charlar con unos y otros para aliviarnos de la aburrida espera, y supo de esta manera, derrochando labia, congraciarse a la gente.

«Pero vamos a ver, señor mío, ¿qué es lo que estamos haciendo aquí? Usted tiene que hallar una solución», conminó una de las señoras, cuya hija, una muchachita delgada y rubia, no hacía más que hablarle al oído, urgida tal vez de alguna apremiante necesidad. «Aquí no habremos de pasarnos toda la mañana». Y el coronel acudió en apoyo de su demanda: «Sí, amigo Víctor, usted es quien dirige esta expedición al desierto, y es a quien corresponde adoptar las provisiones pertinentes». «Pues bien, señores —dijo el interpelado—, dentro de unos pocos minutos llegará el autobús que debe llevarnos a los templos, esos majestuosos templos que, como ustedes saben…». «¿Qué? pero ¿qué está diciendo usted?». Las palabras de nuestro guía, pronunciadas en tono suave y casual, levantaron un clamor furioso. «De eso, nada; ni hablar. Después de la nochecita que hemos pasado, lo que ahora nos hace falta es descansar».

Entramos en esta porquería de barco, nos acomodamos en nuestros camarotes, y luego, a la tarde… «Es que, aclaró con voz apesadumbrada Víctor Cachafaz, es que los camarotes no están desocupados todavía. Hasta la hora de la comida no los desocupa la excursión anterior». Para qué decir más. Aquello fue una pequeña algarada. Cachafaz aguantaba el chubasco a pie firme y abiertos los brazos en expresión de desolada impotencia, pues, sintiéndolo muchísimo y reconociendo la enorme razón que nos asistía, no encontraba manera de poner remedio a la situación. «Por favor, por favor, señores, calma, y tratemos de no empeorar aún más las cosas…». «Pero ¿usted pretende que nos pongamos en movimiento sin haber tenido ocasión siquiera de lavarnos las manos? Y esas maletas, ¿es que van a quedarse tiradas ahí en medio de la calle? ¿Y nosotros vamos a ir arrastrando toda la santa mañana nuestras bolsas de mano con la impedimenta, botella de champaña incluida? ¿Pero es que puede tolerarse semejante abuso?». Con la mejor voluntad del mundo, nuestro mentor se arregló para que, uno por uno, pudiéramos pasar a evacuar nuestras necesidades en un camarote de la tripulación, y dejásemos en él también las bolsas de mano. Después de la comida —nos aseguraba— encontraríamos nuestras maletas, que entre tanto no corrían riesgo alguno de robo, pues quedaban bien vigiladas. Y así, casi en estado sonambúlico, fuimos a visitar las imponentes ruinas de los templos faraónicos.

Volvimos, exhaustos, para comer y echarnos a dormir; y a partir de esa tarde, ya estuvimos alojados por tres días consecutivos en el barco, que remontaba la corriente del Nilo hasta Asuán, deteniéndose en Edfu y en Kom-Ombu, donde había templos que visitar.

La calma azul del río, el aire templado, más bien fresco, el sol acariciante, el paisaje con fondo de palmeras sobre tierras doradas u ocres creaban para nosotros la atmósfera que, tras de un sueño largo y reparador, nos permitiría cumplir ese otro sueño por el que habíamos pagado un buen precio: el de apoderarnos con mirada insaciable de las muchas bellezas que la historia, la literatura y la propaganda turística prometían a nuestro viaje. Egipto estaba constituido en nuestra imaginación por una mezcla desordenada de nociones diversas, concitadas por su solo nombre.

Egipto era el relato bíblico de la aventura de José con la mujer de Putifar, ilustrado por la conocida novela de Thomas Mann y por reminiscencias musicales de «La corte de Faraón»; eran las esculturas vistas en los grandes museos del mundo o la fotografía en libros de arte de las que aún no habíamos visto directamente; eran los escarabajos sagrados y las joyas y magníficas preseas de sus vitrinas; era la leyenda misteriosa de la vengadora tumba de Tut Ankhamen, y la exposición de sus tesoros que hace algunos años recorriera varios países; era la «Aída» de Verdi; era una decoración de figuras en perfil con que una amiga entusiasta había adornado su estudio; era el recuerdo vago de las mal aprendidas dinastías en el bachillerato, eran los mamelucos de Napoleón en el cuadro de Goya, era el «Antonio y Cleopatra» de Shakespeare, era ¿quién sabe cuántas cosas más? Pero todo ese abigarrado, pintoresco y absurdo conjunto asumía en nuestra mente un carácter de irrealidad fantasmagórica, estaba ahí flotando sin contacto alguno con nuestras vidas actuales, mientras que ahora, a partir de ahora, empezábamos a enfrentarnos con unos edificios, unas piedras, unos signos, unas pinturas, unos enseres que, por su mera presencia, nos hacían ingresar tácitamente y como a hurtadillas en la vida remota, pero muy efectiva, que vivieron otros seres humanos, progenitores de muchos de los hombres, mujeres y niños con quienes nos cruzábamos en estas estrechas callejuelas, o que, cual enjambre de insistentes, tenaces moscas, nos asediaban a la entrada de los recintos acotados ofreciéndonos baratijas, collares, postales, «souvenirs», y en cuyas facciones creíamos descubrir de cuando en cuando con deleite, con una deliciosa sorpresa, los rasgos físicos de las milenarias imágenes diseñadas sobre los muros o esculpidas en alabastro o granito.

¿No sería esto, sin embargo, en alguna medida, efecto ilusorio de una imaginación estimulada por el deseo? Pues bien sabíamos que Egipto sufrió a lo largo de los siglos muy diversas y sucesivas dominaciones, y que la musulmana había traído poblaciones árabes en cantidad considerable, superponiendo su civilización sobre la antigua. Ahí estaban, programadas dentro de nuestra excursión turística, las visitas a los monumentos de esa civilización, el mausoleo de Aga Khan, la mezquita de Mohamed Alí; y por lo demás, ¿no era acaso hoy el árabe la lengua del país? Escrutando la apariencia de sus gentes, sí, quizá pudiera descubrirse entre ellas el poso de los primitivos egipcios; pero… diluido, sin duda, en su mezcla con los diversos invasores.

Los más recientes eran, en cambio, perfectamente distinguibles a primera vista. Los más recientes invasores éramos nosotros, los turistas. Los trajes, las facciones, los andares y maneras, las actitudes, el comportamiento todo, nos singularizaba como extraña, benéfica y transitoria migración frente a los naturales de la tierra. Nuestro grupo estaba formado por una treintena de personas, o poco más.

Íbamos, apresurados, de un lado para otro, nos deteníamos en puntos señalados a escuchar, atentos, las explicaciones del guía, alzando unánimes las cabezas hacia los lugares que se nos indicaban, admirando lo que a nuestra admiración se proponía, y después de haberlo admirado, encaminándonos hacia el autobús que nos conduciría a otro paraje, a otro templo, a otro monumento, a otro mausoleo, a otro bazar, a otro pintoresco paisaje de palmeras y camellos.

Este grupo nuestro era —claro está— no más que una pequeña, aunque aguerrida unidad (sólo una mesnada, por así decirlo, ferviente y bien pertrechada) en la moderna cruzada de la actual invasión turística. Otros muchos grupos similares, distinguido cada cual por los emblemas de su propia empresa, concurrían con nosotros a cubrir el campo, se nos atravesaban, adelantándosenos unas veces a la entrada de tal o cual puesto, aguardando otras a que desalojáramos nosotros la posición para ocuparla enseguida ellos, obstruyendo acaso el avance de nuestra vanguardia o llegando casi a cortar nuestra retaguardia y, con frecuencia, dirigiéndonos al paso algún jovial saludo de simpatía, como tampoco era raro que dejásemos atrás a un grupo u otro cuyo caudillo, con ademanes aparatosos y encendidas frases, arengaba a sus huestes en alemán, en catalán, en francés, en inglés o acaso en nuestra propia lengua castellana. Después de cada salida, cansados, cubiertos de polvo, pero enriquecidos con el botín espiritual de nuestra expedición, nos retirábamos al navío, donde nos esperaba la bien ganada recompensa de la comida o cena.

A propósito de comida: hasta entonces, todavía no habíamos podido darnos el gusto de saborear los exóticos manjares que eran uno de los pequeños alicientes de nuestra excursión. En más de una ocasión habíamos oído ponderar las exquisiteces de la cocina arábiga, y deseábamos paladearlas; pero —bien se comprende— durante el crucero no hubiera podido arriesgarse la empresa a incurrir en el desagrado de aquellos viajeros —que suelen ser muchos— apegados a la rutina doméstica, y tenía que atenerse a ese pasto ordinario que suele encubrirse bajo el título prestigioso de cocina francesa.

Lo que se nos servía en el barquito era aceptable: ni invitaba al entusiasmo ni justificaba la protesta. La primera vez que ahí nos sentamos a la mesa, pedimos nosotros una botella de vino, vino del país, por supuesto, que nos pareció de calidad menos que mediocre, pero a un precio prohibitivo —lo cual se explica bien: la religión mahometana a la que aquel pueblo es fiel veda, según nadie ignora, el consumo de bebidas alcohólicas, y no es sino muy natural que el pecado le cueste caro a quien en él incurre—.

Escarmentados, nos redujimos en adelante al agua mineral.

Pero se acercaba la Nochebuena, y en nuestro camarote, como en los de nuestros compañeros de viaje, teníamos guardadas las botellas de champaña que la generosidad de la empresa nos había procurado y que desde el comienzo mismo habíamos arrastrado hasta allí en nuestras mochilas de turistas. Con su espumoso contenido nos regalaríamos en la festiva ocasión de celebrar el nacimiento de Nuestro Redentor.

Ocurrió, sin embargo, que esa misma mañana el señor Cachafaz, anunciando enfáticamente que a la cena de Nochebuena se añadiría un postre especial para que brindáramos con el champaña famoso, nos advirtió también con discreta «nonchalance» que, «pour déboucher» (esto es, por el descorche, como enseguida nos tradujo su elegante expresión francesa) se nos cobraría una cierta suma; y ante la alarmada curiosidad de alguien que quiso averiguar con insistencia a cuánto ascendería la imprevista alcabala, mencionó una cifra que (pronto echamos la cuenta) sextuplicaba en moneda egipcia el bien conocido precio original de la botella. «¿Cómo? ¿Así que por permitírsenos beber nuestro modesto espumoso teníamos que pagar seis veces lo que valía?». Nos mirábamos unos a otros, un tanto estupefactos. «Pero ¿qué es lo que ha dicho?», preguntaba una señora, «¿que tenemos que pagar nuestro champaña?». «No, querida, “pour déboucher”», le aclaró, irónico, el marido.

La atmósfera estaba poniéndose cargada. «Es demasiado», protestaba uno.

«¡Qué abuso!», clamaba otro. «Esto es ya intolerable». Crecía la indignación; nadie sabía cómo iría a estallar la tormenta. Y fue el sacerdote, hombre sereno y sensato, quien, con tono grave, y tras un momento de reflexión, interpeló a Víctor Cachafaz: «Mire usted, amigo Víctor, una cosa quiero decirle. Sepa que de la historia de la Pasión de Nuestro Señor, con ser tan atroz toda ella, hay un detalle que a mí me parece el más odioso, por cuanto añade a la crueldad el ludibrio; y es que sus infames verdugos le hicieran cargar por la calle de la Amargura con la cruz en que habían de clavarle. Aunque la comparación sea impropia y hasta quizá un poco irreverente, es lo cierto que la empresa a la que usted representa aquí nos ha hecho cargar a cada uno de nosotros con la botella en que a la postre pensaba clavarnos». Hizo una pausa el sacerdote y agregó:

«Acaso debiera yo recomendar a mis compañeros de viaje que imitasen la mansedumbre del Cordero Divino; pero para eso tendría que predicar con el ejemplo y no puedo hacerlo; pues, en cuanto a mí, no estoy dispuesto a pasar por ello. Antes derramo el champaña por el retrete, se lo aseguro».

«¡Basta ya de bromas!». Las autorizadas palabras del vicario de Cristo tuvieron la virtud liberadora de destapar, o descorchar, la furia que —unos más y otros menos, según temperamentos— todos sentíamos querer estallarnos en el pecho, y a la que dimos salida en chorros de denuestos y espumarajos de rabia. «¡Qué escándalo!». «¡Qué vergüenza!». «¡Qué latrocinio!». «¿De modo que, bajo capa de atento regalo navideño, nos obligan esos señores a transportar una partidita de vino pasándola libre de impuestos por la aduana egipcia, y luego quieren cobrarnos seis veces su importe por bebérnoslo? Pues sí que tiene gracia». «Pero ¿qué?, ¿es que se han creído que somos niños, para pretender engañarnos de esta manera? ¿Piensan que somos bobos, que somos idiotas? Pues yo, por mi parte, no voy a dejarme estafar…».

Pero estábamos cogidos en la trampa. Víctor Cachafaz, gacha la cabeza, que movía de cuando en cuando cavilosamente con aire de contrita contrariedad, callaba. «Pero diga algo, hombre», le increpó al cabo de un rato el coronel para sacarle de su obstinado mutismo. «¿Qué tiene usted que decir de todo esto? ¿Acaso no es usted la persona encargada?». ¡Nada! Él continuaba mirando al suelo; movía la cabeza, y callaba. Siguió un silencio ominoso. Hasta que por fin pudimos oírle murmurar en tono opaco y compungido algo así como que la culpa no era suya, que no estaba en su mano el remediarlo, que lo sentía tanto, que si de él dependiera, pero que aun con la mejor voluntad del mundo…

Estábamos cogidos en la trampa. La cena especial era para aquella misma noche en el barco. Ahí presos, celebraríamos el nacimiento del Niño Jesús navegando sobre las tranquilas aguas del Nilo, y si alguno de nosotros deseaba a los postres levantar su copa de champaña, ya sabía. Llegó la hora de la cena. Sonó la campana que nos llamaba al comedor, y allá fuimos. Hubo quienes, resignados, habían resuelto pasar por todo y pagar el descorche; hubo quienes, acogidos al mal menor, se pusieron de acuerdo para «descorchar» tan sólo una botella y consumirla entre varios, repartiéndose el líquido y el gasto; hubo quienes, antes y después de la cena, bebieron en la intimidad de los camarotes; hubo quienes, todavía furiosos, arrojaron con despecho sus botellas a ese río de cuyas aguas, en tiempos remotos, fuera rescatado Moisés por la hija de un Faraón. E incluso es posible que no faltaran quienes continuasen llevándose el presente griego de sus botellas en su mochila de turistas hasta el final de la excursión.

La excursión terminaba en El Cairo donde, tras haber visitado Menfis y Sakkara, pudimos ir a admirar las famosas pirámides de Giza, la esfinge famosa, las grandiosas mezquitas y el museo, y donde, sustraídos por un rato a la tutela de la agencia de viajes, y separados nosotros del rebaño y su perro guardián, logramos paladear en un restaurante egipcio los deliciosos platillos de la cocina árabe.

No alcanzamos, en cambio, a cumplir nuestro deseo de postrarnos en el lugar que diera refugio en su día a la Sagrada Familia: la iglesia de San Sergio estaba cerrada ya cuando acudimos. Pero, eso sí, durante los trayectos recorridos en aquellas tierras de maravilla sacamos muchísimas fotografías que serán sin duda ocasión de renovado deleite cada vez que, en tiempos venideros, nos pongamos a repasarlas.