Dolores Redondo – Fragmento de Todo esto te daré

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La llamada a la puerta sonó autoritaria. Ocho golpes seguros, rápidos, de quien espera ser atendido con diligencia. El tipo de requerimiento que jamás podría confundirse con la llamada de un invitado, de un operario o de un repartidor. Más tarde, pensaría que al fin y al cabo es así como uno espera que llame la policía.

            Durante un par de segundos observó pensativo el cursor parpadeante al final de la última frase. La mañana se le estaba dando bien, mejor que en las últimas tres semanas, porque, aunque odiaba admitirlo, escribía más a gusto cuando estaba solo en casa, cuando trabajaba sin horarios, liberado de las rutinarias interrupciones para la comida o la cena, y simplemente se dejaba llevar. En aquella fase de la escritura siempre era igual, Sol de Tebas estaría terminada en un par de semanas, quizá antes si todo iba bien. Y hasta entonces aquella historia sería lo único en su vida, su obsesión, lo que le ocuparía día y noche, lo único en lo que pensaría. Lo había experimentado con cada novela, una sensación a la vez vital y demoledora, como una inmolación que adoraba y temía experimentar a partes iguales. Un acto privado que, por experiencia, sabía que en esos días no le convertía en la mejor compañía. Levantó la vista para dirigir una rápida mirada hacia el pasillo que separaba el salón donde escribía de la puerta de entrada, y de nuevo al cursor que parecía palpitar cargado ya de las palabras que tenía que escribir. Un engañoso silencio se apoderó de la estancia creando por un instante la falsa esperanza de que el intempestivo visitante se hubiera rendido. Pero no lo había hecho; percibía la presencia de su energía imperativa y quieta al otro lado de la puerta. Volvió la mirada de nuevo hasta el cursor y acercó las manos al teclado decidido a terminar la frase. En los segundos que siguieron llegó incluso a contemplar la posibilidad de no hacer caso a la llamada que, insistente, retumbaba de nuevo en el pequeño recibidor.

            Irritado, no tanto por la interrupción como por el desconsiderado modo de llamar, se dirigió a la entrada y abrió la puerta tirando del picaporte con rabia mientras farfullaba una maldición dirigida al portero de la finca, al que ya había advertido en más de una ocasión de lo poco que le agradaban las interrupciones mientras trabajaba.

            Dos guardias civiles, un hombre y una mujer, de uniforme, retrocedieron un paso cuando él abrió la puerta.

            —Buenos días, ¿es éste el domicilio de Álvaro Muñiz de Dávila? —preguntó el hombre consultando brevemente una pequeña tarjeta que desapareció en el hueco de su mano.

            —Sí —contestó Manuel olvidando de inmediato su enfado.

            —¿Es usted un familiar?

            —Soy su marido.

            El guardia civil dirigió una rápida mirada a su compañera, un gesto que no pasó inadvertido para Manuel, pero su natural paranoia ya había alcanzado en aquel momento cotas suficientes como para restar importancia al gesto.

            —¿Le ha ocurrido algo?

            —Soy el alférez Castro, y a la ofensa mi compañera, la sargento Acosta, ¿nos permitiría entrar? Hablaremos mejor dentro.

            Era escritor, podía desarrollar la escena sin demasiado esfuerzo; dos guardias civiles uniformados pidiéndole entrar en su casa para hablar con él no podían ser portadores de buenas noticias.

            Manuel asintió y se echó a un lado. En el estrecho recibidor los guardias se veían inmensos con sus uniformes verdes y sus botas militares. Las suelas chirriaron sobre el barniz oscuro del parquet como si fueran marinos borrachos intentando mantener el equilibrio en la cubierta de un barco demasiado pequeño. Los guio a través del pasillo hacia el salón, donde tenía ubicada su mesa de trabajo, pero en lugar de conducirlos hasta los sofás se detuvo bruscamente, se giró, casi chocando con ellos, y obstinado repitió:

            —¿Le ha ocurrido algo?

            No era una pregunta, en algún momento entre la entrada y el salón había dejado de serlo para convertirse casi en una plegaria, una retórica machacona que su mente repetía insistente: «Por favor, no; por favor, no; por favor, no». Y lo hacía aunque de sobra sabía que la rogativa no servía de nada. No sirvió cuando el cáncer devoró a su hermana en apenas nueve meses. Ella, enfebrecida y agotada pero determinada como siempre a infundirle valor, a consolarle, a cuidar de él, bromeaba con el rostro ya preso de la muerte sepultado en la blandura de la almohada. «Tardaré lo mismo en irme del mundo que lo que tardé en llegar a él.» Siguió rogando, humillado, a un poder superior e inútil, para el que recitó la vieja fórmula mientras caminaba, arrastrando los pies como un lacayo servil, hasta aquel despacho pequeño y caldeado donde el médico le dijo que su hermana no pasaría de aquella noche. No, no servía de nada, aunque decidido a resistir había enlazado las manos en muda súplica mientras escuchaba las palabras, una sentencia ineludible para la que no se esperaba la llamada de ningún gobernador.

            El alférez se entretuvo admirando la magnífica biblioteca que cubría por completo dos de las paredes del salón, echó una ojeada a la mesa de trabajo de Manuel y después posó de nuevo la mirada en él.

            —Quizá debería sentarse —dijo el guardia haciendo un gesto hacia el sofá.

            —No quiero sentarme, dígamelo ya —insistió mientras se daba cuenta de que había sonado un poco brusco; después, para suavizarlo, dejó escapar un suspiro y añadió—: Por favor…

            El guardia vaciló incómodo, desvió la mirada hacia un punto por encima del hombro de Manuel y antes de hablar se mordió el labio superior.

            —Se trata de… su…

            —Se trata de su marido —interrumpió la mujer haciéndose cargo de la situación mientras advertía de reojo el alivio mal disimulado de su compañero—. Lo lamentamos pero tenemos malas noticias. Sentimos tener que comunicarle que el señor Álvaro Muñiz de Dávila ha tenido un grave accidente de tráfico esta madrugada. Cuando llegó la ambulancia ya había fallecido. Lo siento mucho, señor.

            El rostro de la sargento dibujaba un óvalo perfecto remarcado por el modo en que se había peinado recogiendo el cabello en la nuca, en un moño del que algunos mechones comenzaban a escapar. Lo había escuchado perfectamente, Álvaro había muerto; sin embargo, durante unos segundos se sorprendió pensando en la serena belleza de aquella mujer de un modo tan absoluto que a punto estuvo de verbalizar la turbadora percepción que ocupaba por completo su mente. Era muy bella, aunque parecía no ser consciente de la prodigiosa simetría de sus facciones, y eso la tornaba más hermosa aún. Volvería a pensar en ello más tarde, impresionado de cómo su cerebro había encontrado una salida de emergencia en un intento de salvar su cordura, y de los segundos que pasó refugiado en el trazo exquisito del rostro femenino, que, aunque entonces aún no lo sabía, constituyó el primer salvavidas al que aferrarse. Fue sólo un instante, precioso, pero insuficiente para impedir la avalancha de preguntas que ya se formaba en su mente. Sin embargo, sólo dijo:

            —¿Álvaro?

            La sargento lo tomó por el brazo, más tarde pensaría que lo había hecho del mismo modo en que agarran a los detenidos, y le condujo sin resistencia hasta el sofá, le empujó levemente por el hombro y cuando estuvo sentado ella se acomodó a su lado.

            —El accidente se produjo de madrugada. El coche se salió, por lo visto, en una zona recta y con bastante visibilidad, no parece que haya ningún otro vehículo implicado, y, según los compañeros que nos han informado desde Monforte, todo apunta a que pudo quedarse dormido al volante.

            La escuchaba con atención haciendo un esfuerzo por atender a los detalles de su explicación e intentando no oír el coro de voces que cada vez más alto gritaba en su interior: «Álvaro ha muerto», «Álvaro ha muerto», «Álvaro ha muerto».

            El hermoso rostro de la mujer dejó de ser suficiente. Con el rabillo del ojo veía al alférez entretenido en ojear los objetos que invadían la superficie de su mesa de trabajo. Un vaso con restos de café y la cucharilla reposando en su interior, la invitación para asistir a un prestigioso premio literario, utilizado como posavasos, el teléfono móvil con el que había hablado con Álvaro hacía unas horas y el cursor parpadeando anhelante al final de la última línea que había escrito aquella mañana en la que había pensado, pobre imbécil, que se le estaba dando bien. Y entonces concluyó que ya no importaba, nada importaba si Álvaro había muerto, y debía de ser así, porque aquella sargento se lo había dicho y el coro griego que se había instalado en su cabeza no dejaba de repetirlo en ensordecedor crescendo. Entonces, llegó el segundo salvavidas.

            —¿Ha dicho Monforte? Pero eso está en…

            —Monforte, en la provincia de Lugo. Es ahí donde está el acuartelamiento desde el que nos han llamado, aunque realmente el accidente se produjo en un pequeño municipio perteneciente a la localidad de Chantada.

            —No es Álvaro. —La rotundidad de su afirmación atrajo la atención del alférez que, perdiendo el interés por los objetos del escritorio, se volvió hacia él desconcertado.

            —¿Cómo?

            —No puede ser Álvaro, mi marido viajó anteayer por la tarde a Barcelona para reunirse con un cliente. Se dedica al marketing empresarial. Ha trabajado durante semanas en un proyecto para un grupo hotelero catalán, tenían previstos varios actos promocionales y esta misma mañana, a primera hora, tenía fijada la reunión para la presentación, así que es imposible que estuviera en Lugo, debe de tratarse de un error. Hablé anoche con él y si no lo hemos hecho esta mañana es porque, como he dicho, tenía una reunión a primera hora y yo no me levanto temprano, pero voy a llamarle.

            Se puso en pie y avanzó pasando junto al alférez mientras hacía caso omiso a la carga de indulgencia que pesaba como plomo en el cruce de miradas que intercambiaron los guardias. Cuando alcanzó el escritorio buscó con manos torpes entre los objetos que poblaban la superficie de la mesa, haciendo tintinear la cucharilla contra el borde del vaso donde los restos de café ya habían dibujado un cerco indeleble. Tomó el móvil. Pulsó un par de teclas y escuchó sin dejar de mirar a la sargento, que le observaba con rostro abatido.

            Manuel esperó hasta que la señal de llamada se extinguió.

            —Debe de estar en la reunión, por eso no lo coge… —trató de explicar.

            La sargento se puso en pie.

            —Se llama usted Manuel, ¿verdad?

            Él asintió como si aceptase una carga.

            —Manuel, venga aquí, siéntese a mi lado, por favor.

            Él regresó al sofá, con el teléfono aún entre las manos, e hizo lo que le pedía.

            —Manuel, yo también estoy casada —dijo mientras dirigía una breve mirada al oro casi mate de su alianza de boda— y sé por experiencia, sobre todo por mi trabajo, que nunca tenemos la absoluta certeza de lo que está haciendo nuestra pareja. Es algo con lo que uno debe aprender a vivir sin torturarse a cada segundo por la incertidumbre. Seguramente habría una razón para que su marido estuviese allí y para que no se lo hubiera contado, pero estamos seguros de que es él. Si nadie ha contestado al móvil es porque lo tienen en custodia los compañeros de Monforte. Han trasladado el cuerpo de su marido al Instituto Anatómico Forense del hospital de Lugo, pero además tenemos la identificación positiva de un familiar. Sin lugar a dudas se trata de Álvaro Muñiz de Dávila, de cuarenta y cuatro años.

            Había ido negando con la cabeza cada argumento de la sargento Acosta mientras achacaba su error respecto a Álvaro al brillo extinto de aquel anillo que la obligaba a establecer absolutos sobre las relaciones de pareja. Apenas habían transcurrido unas horas desde la última vez que había hablado con Álvaro y estaba en Barcelona, no en Lugo, qué demonios pintaba Álvaro en Lugo. Manuel conocía a su marido, sabía dónde estaba y desde luego no era en una maldita carretera de Lugo. Odiaba los absolutos sobre parejas, odiaba los absolutos sobre todas las cosas y comenzaba a odiar a aquella sargento listilla.

            —Álvaro no tiene familia —rebatió.

            —Manuel…

            —Bueno, imagino que tiene familia como todo el mundo, pero no mantenía ningún tipo de contacto, cero relación. Es algo que ya era así desde mucho antes de que Álvaro y yo nos conociéramos, cuando él era muy joven y se independizó. Están ustedes equivocados.

            —Manuel, su nombre y su número de teléfono aparecían como referencia Aa en el móvil de su marido —explicó ella paciente.

            —La referencia Aa… —musitó.

            Lo recordaba, hacía años que venían haciéndolo. La referencia Aa, «Avisar a», una recomendación que se había lanzado desde la DGT para establecer a quién querías que se avisara en caso de accidente. Pulsó la tecla de la agenda en su móvil y vio su propio Aa, Álvaro. Permaneció unos segundos repasando cada una de las letras que componían su nombre mientras sentía cómo la mirada se le nublaba por el peso de las lágrimas que comenzaban a agolparse en sus ojos. Entonces, llegó otro salvavidas.

            —Pero nadie me ha llamado… Tendrían que haberme llamado, ¿no?

            El alférez casi pareció satisfecho al poder tomar la palabra.

            —Hasta hace un par de años lo hacían así, se avisaba por teléfono a la persona indicada y, si no la había, al teléfono marcado como «casa» o «padres» y se les daba la noticia… Pero era muy traumático y en más de una ocasión estas llamadas provocaron ataques cardíacos, accidentes o… reacciones indeseadas… Intentamos mejorar. Ahora el protocolo exige una identificación positiva, se avisa al cuartel más cercano al domicilio del finado y acudimos siempre dos guardias, uno de los cuales es un alto mando, como en este caso, y comunicamos la noticia personalmente o le acompañamos para la identificación.

            Así que todo aquel baile de siéntese y estese quieto no tenía otro fin, era un protocolo establecido para dar la peor noticia del mundo. Un protocolo que sólo dos de los tres presentes conocían y para el que, ahora lo sabía, no había cabido recurso alguno desde el principio.

            Durante unos segundos se quedaron inmóviles y en silencio, hasta que el alférez hizo un gesto apremiante a la mujer.

            —Quizá quiera llamar a algún familiar o algún amigo para que le acompañe… —sugirió ella.

            Manuel la miró, aturdido. Sus palabras apenas le alcanzaban, como si hablase desde otra dimensión, o bajo el agua.

            —¿Qué tengo que hacer ahora? —preguntó.

            —Como le he dicho, el cuerpo permanece en el Anatómico Forense del hospital de Lugo, allí le indicarán qué pasos debe dar y le entregarán el cadáver para que pueda enterrarlo.

            Fingiendo una entereza que en absoluto poseía, se puso en pie y caminó hacia la entrada forzando a los agentes a seguirle mientras les prometía que llamaría por teléfono a su hermana en cuanto ellos se hubieran marchado. Consciente de que si quería deshacerse de los guardias tenía que parecer sereno, les estrechó la mano y sintió la escrutadora mirada de los agentes, que no se correspondía con los gestos amables con que se despedían. Les dio las gracias una vez más y cerró la puerta.

            Esperó unos segundos apoyado contra la cálida madera, seguro de que ellos también escuchaban al otro lado. Observó desde aquel ángulo, en el que probablemente nunca se había detenido lo suficiente, el modo en que el pequeño pasillo se abría al salón como un ramillete apretado en los tallos que explotaba de luz al otro extremo. El hogar que compartía con Álvaro desde hacía quince años y que, visto desde aquel observatorio ignorado de su propia casa, se le antojó inmenso. La luz que entraba a raudales por la ventana desdibujaba los ángulos de los muebles licuando su blancura hasta diluirlos con las paredes y el techo, y en aquel instante, aquel territorio amado, conocido, dejó de ser su hogar y se convirtió en un océano de sol helado, una infernal noche islandesa que le hizo sentirse huérfano de nuevo, como aquella otra noche en el hospital.

            Llamar a su hermana. Sonrió amargamente al pensarlo, ojalá hubiera podido. Sintió el mareo escalándole el pecho como un animal caliente e indeseable intentando apostarse en su regazo, y los ojos se le llenaron de lágrimas al darse cuenta de que las dos únicas personas a las que hubiera querido llamar estaban muertas.

            Conteniendo las ganas de llorar, regresó al salón, se sentó en el mismo lugar que había ocupado antes y tomó de la mesita el teléfono. Al activar la pantalla, el nombre de Álvaro apareció como opción de llamada, lo miró durante unos instantes, suspiró y buscó un nuevo nombre en la agenda.

            La voz femenina y dulce de Mei respondió al otro lado. Mei Liu era la secretaria de Álvaro desde hacía más de diez años.

            —Ah, hola, Manuel, ¿cómo estás? ¿Cómo va tu última novela? Ya estoy mordiéndome las uñas de impaciencia. Álvaro me ha dicho que será increíble…

            —Mei —cortó su retahíla—, ¿dónde está Álvaro?

            Al otro lado de la línea se hizo el silencio durante un par de segundos y Manuel supo entonces que le mentiría, y hasta tuvo uno de esos flashes de clarividencia en los que uno es capaz de ver, por un instante, la tramoya que mueve el mundo y que, piadosamente, permanece oculta a nuestros ojos durante casi toda la vida.

            —¿Álvaro? Pues… Está en Barcelona.

            —No me mientas, Mei —pidió con rudeza, aunque casi susurrando.

            El silencio en la línea le trajo la certeza de su desazón y el modo en que ella aprovechaba la pausa para buscar desesperada un subterfugio que le proporcionase unos segundos más para pensar.

            —No te miento, Manuel… ¿Por qué iba a mentirte? —Su voz era ahora más aguda, como si estuviese a punto de llorar. Disculpas, preguntas… Todas las evasivas posibles para eludir una respuesta directa—. Está… está en Barcelona, en la reunión con los directivos de esa cadena hotelera catalana.

            Manuel apretó el teléfono en su mano hasta que los nudillos se le blanquearon, cerró los ojos y con gran esfuerzo contuvo el deseo de lanzarlo lejos, de destrozarlo, de romperlo en mil pedazos y acallar las mentiras que le llegaban a través de la línea. Habló procurando controlar el tono lo suficiente como para no ceder al deseo de gritar.

            —Dos guardias civiles acaban de salir de mi casa después de decirme que Álvaro no estaba en Barcelona, que se mató anoche en un accidente de tráfico y que ahora está en el depósito de cadáveres de Lugo… Así que de una puta vez dime, porque es imposible que tú no lo supieras, ¿dónde estaba Álvaro? —Arrastró las sílabas de cada palabra susurrándolas para contener la ira.

            La voz de la mujer se quebró en un aullido que apenas le permitió distinguir qué decía.

            —… Lo siento, Manuel, lo siento.

            Colgó el teléfono, y Mei, que pudo haber sido el tercer salvavidas, nunca llegó a serlo.