Joseph Sheridan Le Fanu – Schalken el pintor

felices pesadillas

 «Pues es un hombre con el que

no tengo nada en común; ni hay nadie que pueda

imponer su mano sobre nosotros dos.

Aparte, pues, de mí su vara

y deje de amedrentarme su estampa».

 

 Hay una obra extraordinaria de Schalken que se conserva bastante bien. El curioso tratamiento de la luz constituye, como es habitual en todas sus obras, el principal mérito aparente del cuadro. Y digo aparente porque su verdadero valor estriba en el tema y no en el tratamiento, pese a que éste es ciertamente exquisito. El cuadro en cuestión muestra el interior de lo que podría ser la cámara de algún antiguo edificio religioso, en cuyo primer plano aparece una figura femenina ataviada con una especie de túnica blanca, que le cae desde la misma cabeza. Sin embargo, este atuendo no es hábito de ninguna orden religiosa. La figura sostiene en la mano una lámpara, único foco de luz que ilumina su figura y su rostro, el cual esboza una de esas sonrisas enigmáticas que tan bien sientan a una mujer bonita cuando está tramando una jugarreta. En segundo plano, y casi en la más completa oscuridad, salvo el contorno de su silueta definido por el tenue arrebol de una vela agonizante, se aprecia la figura de un hombre vestido a la antigua usanza de Flandes en actitud de alarma, la mano sobre la empuñadura de la espada, como si fuera a desenvainarla de un momento a otro.

Hay algunos cuadros que nos impresionan y asombran por la manera especial en que representan no simples formas y combinaciones ideales que han pasado por la imaginación del artista, sino escenas, rostros y situaciones que han existido en la realidad. Este cuadro singular posee algo que le imprime carácter de realidad.

Y en verdad que así es, pues registra fidedignamente una escena extraordinaria y misteriosa, y eterniza, en el rostro de la figura femenina que ocupa el lugar más destacado del cuadro, un retrato perfecto de Rose Velderkaust, la sobrina de Gerard Douw, el primero y me parece único amor de Godfrey Schalken.

Mi bisabuelo, que conoció bien al pintor, le oyó contar a él mismo la terrible historia del cuadro, que luego le regaló. El relato y el cuadro se han convertido en una especie de patrimonio de nuestra familia. Y ahora, una vez descrito el lienzo, voy a intentar relatar, si me dan la venia, la tradición oral que circula asociada al mismo.

A pocas personas les sienta tan mal el manto del romance como al zafío Schalken, hombre desgarbado pero diestro pintor de óleos que deleitan a los críticos de nuestro tiempo casi tanto como sus modales repugnaron a los refinados de su tiempo; y, sin embargo, este hombre, tan tosco, obstinado y desaliñado en el cénit de su celebridad, en sus días menos gloriosos pero más felices fue el protagonista de un exaltado romance lleno de misterio y pasión.

En sus años jóvenes Schalken estudió con el inmortal Gerard Douw; y, a pesar de su temperamento flemático, se enamoró perdidamente de la bella sobrina de su adinerado maestro. Rose Velderkaust era más joven que él, pues no había alcanzado aún los diecisiete años de edad, y, si hemos de creer lo que se cuenta, poseía la delicadeza y gentileza que acompañan a las bellas y rubias doncellas flamencas. El joven pintor la adoraba y amaba con toda su alma. Y su amor no quedó sin recompensa. Un buen día le declaró sus sentimientos y arrancó de ella una respuesta afirmativa, aunque tímida. Era el pintor más dichoso y orgulloso de toda la cristiandad. Pero había algo que empañaba su júbilo: era pobre y desconocido, y no se atrevía a pedir al viejo Gerard la mano de su preciosa pupila. Primero tenía que labrarse un nombre y ganarse la independencia profesional.

Así pues, sabía que le esperaba una época dura llena de incertidumbres y desabrimientos, durante la cual tendría que hacer frente a innúmeros obstáculos. Pero había ganado el corazón de su querida Rose Velderkaust, lo cual suponía media batalla ganada. Huelga decir que sus esfuerzos se intensificaron a partir de entonces y que, como prueba su perdurable celebridad, se vieron coronados por el éxito.

Pero aquellos intensos esfuerzos y las esperanzas que los sostenían y embellecían estaban, ay, destinados a sufrir un inesperado contratiempo, una perturbación tan extraña y misteriosa que torna inútil toda investigación y arroja sobre la propia historia una sombra de terror preternatural.

Un día en que Schalken se hallaba trabajando en el taller después de que sus compañeros se hubieron marchado ya a sus casas, como anochecía deprisa, dejó a un lado los colores y se aplicó en terminar un esbozo en el que había puesto un empeño extraordinario. Era una composición religiosa que representaba las tentaciones de un rechoncho san Antonio. El joven artista poseía suficiente discernimiento, pese a no tener una especial inclinación religiosa, para no sentirse satisfecho de su obra; así, eran numerosas las raspaduras y correcciones de que habían sido objeto el santo y el demonio, aunque todas ellas en vano. En la espaciosa y vieja estancia reinaba un gran silencio. Schalken llevaba unas dos horas trabajando de esta guisa, sin éxito aparente. El sol ya se había ocultado y el agonizante crepúsculo estaba deviniendo en noche oscura. La paciencia del joven pintor estaba agotada. Se sentía furioso y mortificado ante aquella producción inacabada. Mientras con una mano se apartaba de la frente sus luengos mechones, con la otra blandía el trozo de carboncillo que tan mal había cumplido su cometido, y cuyas manchas se dispuso ahora a limpiarse en sus holgados calzones flamencos.

—¡En qué maldito momento se me habrá ocurrido pintar este tema! —exclamó el joven—. ¡Maldito cuadro, maldito diablo, maldito santo!

En aquel momento oyó cerca una especie de resoplido seco que le hizo volverse bruscamente y percatarse de que su trabajo estaba siendo observado por un desconocido. A un metro y medio por detrás de él se hallaba un anciano envuelto en una capa y tocado con un sombrero cónico de ala ancha; en la mano, que llevaba protegida por una especie de guantelete, portaba un largo bastón de ébano rematado por lo que parecía, a la luz del último resplandor del crepúsculo, una cabeza maciza de oro, y, en el pecho, entre los pliegues de la capa, se distinguían los eslabones de una cadena del mismo metal. La estancia estaba tan oscura que no se veía nada más allá de aquel personaje, cuyo sombrero impedía que se le vieran los rasgos de la cara. No habría resultado fácil adivinar la edad del intruso; pero cierta cantidad de pelo negro que le asomaba por debajo del sombrero, junto con su porte firme y tieso, permitían suponer que sus años no sobrepasaban la sesentena. Aquella persona desprendía tanta gravedad e importancia, y había un algo tan extraño y hasta se podría decir tan aterrador en su perfecta, pétrea, tranquilidad que el irritado artista consiguió reprimir el amago de comentario hostil que había empezado a aflorarle a los labios. Así, tan pronto se hubo repuesto de la sorpresa, lo invitó educadamente a tomar asiento y le preguntó si traía algún recado para su maestro.

—Di a Gerard Douw —sentenció con el mismo ademán impasible— que Minheer Vanderhausen, de Rotterdam, desea hablar con él mañana por la noche a esta misma hora, y a ser posible en esta misma habitación, sobre un asunto de especial importancia. Eso es todo.

Transmitido el mensaje, el desconocido se volvió bruscamente y, con paso rápido pero silencioso, salió de la habitación antes de que Schalken tuviera tiempo de articular una respuesta. El joven sintió curiosidad por ver qué dirección tomaba aquel burgués de Rotterdam al salir del estudio, y a tal fin se dirigió veloz a la ventana, desde la que se podía ver la puerta de la calle (entre la puerta del estudio y la de la calle había un pasillo bastante largo, por lo que Schalken sabía que el viejo y extraño visitante no habría podido alcanzar la calle entre tanto). Pero esta maniobra suya resultó vana. Lo cual lo dejó harto perplejo, pues no había ninguna otra salida. ¿Se había esfumado como por ensalmo, o tal vez se había escondido en un rincón del pasillo con algún fin siniestro? Esta última posibilidad suscitó en su ánimo una vaga desazón, que le quitó las ganas tanto de seguir solo en la habitación como de aventurarse a salir al pasillo. Sin embargo, con un esfuerzo sin duda desproporcionado con la no probada gravedad del momento, conjuró todo el valor que le quedaba y, tras cerrar bien la puerta y meterse la llave en el bolsillo, sin mirar a derecha ni izquierda atravesó el pasillo que hacía tan poco había atravesado —si es que no seguía allí todavía—, su misterioso visitante, sin atreverse a respirar siquiera hasta que salió a la calle.

—Minheer Vanderhausen… —dijo para sí Gerard Douw cuando se acercaba la hora convenida—. Minheer Vanderhausen, de Rotterdam… En mi vida había oído ese nombre hasta ayer. ¿Qué puede querer de mí? Lo más seguro que le haga un retrato. O tal vez se trate de un pariente pobre que quiere ser aprendiz mío. O alguien con una colección que tasar. O… No, no hay nadie en Rotterdam que me pueda dejar una herencia. Bueno, sea lo que sea, pronto saldremos de dudas.

Había llegado de nuevo el final de la jornada y todos los caballetes, salvo el de Schalken, se quedaron vacíos. Gerard Douw se había puesto a pasear por la estancia nervioso e impaciente, ora deteniéndose a mirar el trabajo de alguno de sus alumnos ora, más frecuentemente, acercándose a la ventana para ver a los transeúntes que pasaban por la calle oscura donde se hallaba situado su estudio.

—¿No dijiste, Godfrey —exclamó Douw volviéndose a Schalken tras una larga y minuciosa indagación desde su puesto de observación—, que la hora fijada eran las siete de la tarde según el reloj del Ayuntamiento?

—Acababan de dar las siete cuando lo vi, señor —contestó el aprendiz.

—Pues entonces ya se acerca la hora —dijo el maestro, consultando un reloj grande y redondo como una naranja—. Así que se llama Minheer Vanderhausen, de Rotterdam, ¿no es así?

—Así es, señor.

—Un hombre ya mayor y ricamente vestido, ¿no?

—Sí, por lo que pude ver —contestó el alumno—, no podía ser joven, aunque tampoco muy viejo; y su atuendo era rico y austero, como el que suelen llevar los burgueses acaudalados y respetables.

En aquel momento, el sonoro reloj del Ayuntamiento empezó a desgranar las siete campanadas; los ojos de maestro y aprendiz se habían quedado fijos en la puerta y Douw esperó a la última campanada para exclamar:

—Bien, bien; pronto recibiremos a su señoría, si es que tiene intención de ser puntual; si no, tú te quedarás a esperarlo, Godfrey, puesto que ya lo conoces. Claro que… ¿y si, al final, resulta ser una farsa montada por Vankarp o algún bromista como él? Me gustaría que hubieras tenido valor para liarte a palos con el viejo burgomaestre. Apostaría una docena de florines a que su señoría se habría quitado rápidamente la careta pidiendo piedad para un viejo conocido…

—Aquí llega, señor —dijo Schalken en voz baja, a modo de admonición. Volviéndose bruscamente hacia la puerta, Gerard Douw pudo ver a la misma figura que, un día antes, había saludado tan inesperadamente a su alumno Schalken.

Había algo en el porte de aquel personaje que al punto convenció al pintor de que no se trataba de ninguna mascarada, sino que se hallaba realmente en presencia de alguien importante; así, sin dudarlo se quitó el sombrero y, con un saludo cortés, invitó al desconocido a tomar asiento. El visitante hizo un amago de movimiento con la mano, como agradeciendo este gesto de cortesía, pero permaneció en pie.

—Tengo el honor de estar ante Minheer Vanderhausen, de Rotterdam, ¿no es así? —dijo Gerard Douw.

—Así es —contestó el visitante lacónicamente.

—Creo saber que su señoría desea hablar conmigo —continuó Douw—; aquí me tiene, pues, en espera de sus órdenes.

—¿Es de total confianza este hombre? —preguntó Vanderhausen volviéndose hacia Schalken, que se había situado detrás de su maestro.

—De total confianza —confirmó Gerard.

—Entonces que lleve este cofre a un joyero para que tase el valor de su contenido y vuelva con el certificado de la tasación.

Mientras decía aquello, colocó un cofrecito de unos veinte centímetros cuadrados en manos de Gerard Douw, el cual quedó tan asombrado de su peso como de la brusquedad con que el desconocido se lo había dejado. De acuerdo con las órdenes del desconocido, se lo dio a Schalken para que fuera a cumplir el encargo.

Éste ocultó su preciosa carga bajo los pliegues de la capa y, atravesando velozmente dos o tres callejuelas, se detuvo en una casa que hacía esquina, cuya planta baja estaba ocupada a la sazón por una orfebrería regentada por un judío. Penetró en la tienda y, tras pedir al pequeño hebreo que lo llevara al lugar más secreto, sacó de la capa el cofre de Vanderhausen. Iluminado por una lámpara, parecía estar enteramente recubierto de plomo, con la superficie muy arañada y ensuciada, y casi blanca por el paso del tiempo; la retiraron parcialmente, y debajo apareció un cofre de madera dura, que también abrieron con cierta dificultad. Protegidos por dos o tres capas de lino, contenía un montón de lingotes de oro, perfectamente colocados y, según la primera impresión del judío, de la mejor calidad. Éste, le pareció a Schalken, estuvo tocando y sobando todos y cada uno de los lingotes del glorioso metal con un placer especial; después de examinarlos detenidamente, los volvió a poner en su sitio mientras exclamaba:

—¡Mein Gott, qué perfección! ¡Ni un grano de aleación! ¡Qué belleza, qué hermosura!

Después del escrutinio, el judío certificó de su puño y letra que el valor de aquellos lingotes sometidos a tasación ascendía a no sé cuántos miles de táleros. Con el ansiado documento en el bolsillo y el magnífico tesoro bien guardados bajo la capa, Schalken volvió sobre sus pasos y, al entrar al estudio, encontró a su maestro y al desconocido conversando porfiadamente.

Con anterioridad, una vez que el aprendiz había marchado a llevar a cabo su encargo, Vanderhausen se había dirigido a Gerard Douw en los siguientes términos:

—Esta noche no puedo entretenerme con usted más que unos minutos, por lo que trataré de resumirle en pocas palabras el asunto que me ha traído hasta aquí. Usted visitó la ciudad de Rotterdam hará unos cuatro meses, en cuya ocasión vi, en la iglesia de San Lorenzo, a su sobrina Rose Velderkaust. Es el caso que deseo casarme con ella; y espero que, si le convenzo de que soy más rico que cualquier hombre con el que usted haya podido soñar casarla, secundará mi solicitud haciendo uso de la autoridad que le asiste. Si aprueba mi propuesta, deberá cerrar el trato aquí y ahora, pues no puedo esperar cálculos ni dilaciones.

Gerard Douw quedó enormemente sorprendido de la comunicación que acababa de hacerle Minheer Vanderhausen, pero no se atrevió a expresar su sorpresa, pues, al margen de la prudencia y cortesía dictadas por la ocasión, el pintor notó una especie de frío y opresión —como dicen que ocurre cuando uno se encuentra junto a un objeto que produce antipatía natural— todo el tiempo que estuvo en presencia de aquel estrafalario desconocido, sensación que no le permitió decir nada que pudiera ofenderlo en lo más mínimo.

—No me cabe la menor duda —dijo Gerard, tras dos o tres carraspeos preliminares— de que la alianza que usted propone sería a la vez ventajosa y honrosa para mi sobrina, pero debe comprender que ella dispone también de su libre albedrío y que puede no estar de acuerdo con lo que nosotros consideramos ventajoso para ella.

—No trate de embarullarme, señor pintor —soltó Vanderhausen—; usted es su tutor y ella su pupila. Ella será mía si así lo dispone usted.

El hombre de Rotterdam avanzó un poco mientras le hablaba, y Gerard Douw, sin saber por qué, rezó para sus adentros para que volviera pronto Schalken.

—Deseo —dijo el misterioso caballero— poner en sus manos cuanto antes la prueba de mi riqueza como garantía de mi trato generoso para con su sobrina. El muchacho volverá dentro de un par de minutos con una suma cuyo valor es cinco veces superior a la fortuna que su sobrina tiene derecho a esperar de su marido. Esa suma quedará en manos de usted, junto con su dote, para que disponga de la manera que le parezca más adecuada para los intereses de su pupila; será exclusivamente para ella mientras viva. ¿No le parece una disposición generosa?

Douw asintió, plenamente convencido de que aquella fortuna era extraordinariamente favorable a su sobrina; aquel desconocido, pensó, debía de ser a la vez muy acaudalado y generoso, y semejante oferta no se podía despreciar aunque proviniera de un tipo raro o de una persona de presencia no demasiado atractiva. Rose no podía esperar un casamiento demasiado bueno, pues tenía una dote muy modesta, que debía enteramente a la generosidad de su tío; como tampoco podía presumir de sus orígenes, pues éstos distaban mucho de ser linajudos; y, en cuanto a las demás objeciones, Gerald decidió —y, habida cuenta de las costumbres de la época, tenía derecho a ello— no prestarles atención por el momento.

—Señor —dijo dirigiéndose al desconocido—, su oferta es generosa, pero, independientemente de las dudas que yo pueda tener para cerrar el trato de inmediato, es el caso que desconozco absolutamente todo sobre su familia y rango. Pero supongo que no tendrá usted reparo alguno en enterarme enseguida al respecto.

—En cuanto a mi respetabilidad —dijo el desconocido con tono cortante—, debe usted darla por descontada por el momento. Haga el favor de no aburrirme con sus preguntas; no logrará saber de mí más que lo que yo decida revelarle. Ya tiene suficientes garantías de mi respetabilidad: mi palabra, si es usted honorable, y mi oro, si es usted mezquino.

«Es un viejo bastante irritable», pensó Douw. «Le gusta salirse con la suya; pero, pensándolo bien, no tengo derecho a rechazar su oferta. Sin embargo, no pienso comprometerme innecesariamente».

—No se comprometerá usted innecesariamente —dijo Vanderhausen adivinando y parafraseando misteriosamente lo que acababa de pensar su interlocutor—; pero se comprometerá si es necesario, supongo. Y yo le haré ver que lo considero indispensable. Si le convence el oro que voy a dejar en sus manos, y no desea que mi propuesta se retire de inmediato, antes de que me vaya debe usted haber firmado este compromiso.

Dicho lo cual, le pasó un documento en el que figuraba por escrito que él, Gerard Douw, entregaba en matrimonio a Wilken Vanderhausen, de Rotterdam, a su sobrina, Rose Velderkaust, etcétera, antes de una semana a partir de aquella fecha. Mientras el pintor leía con atención dicho contrato a la luz de un titilante candil colgado en la pared opuesta, Schalken, como ya hemos dicho, entró en el estudio y, tras hacer entrega al desconocido del cofre y de la tasación efectuada por el judío, se dispuso a retirarse, pero Vanderhausen le dijo que esperara, y acto seguido entregó a su vez el cofre y el certificado a Gerard Douw y permaneció un rato en silencio mientras éste cotejaba ambas cosas con lo estipulado en el contrato que tenía en sus manos. Finalmente, preguntó:

—¿Da su consentimiento?

El pintor le dijo que le gustaría disponer de otro día para reflexionar.

—Ni una hora más —dijo el pretendiente con ademán impasible.

—Bueno, si no hay más remedio… —dijo Douw con un esfuerzo enorme—. Doy mi consentimiento. Es un buen trato.

—Entonces firme inmediatamente —dijo Vanderhausen—, pues ya me estoy aburriendo.

Mientras decía esto sacó una cajita con material de escribir, y Gerard firmó aquel importante documento.

—Que este joven sea testigo del trato —dijo el viejo pretendiente. Y Godfrey Schalken fue testigo, sin saberlo, de un acto que lo privaba para siempre de su querida Rose Velderkaust.

Una vez firmado el contrato, el extraño visitante lo plegó y metió con parsimonia en un bolsillo interior.

—Volveré mañana a las nueve de la noche a ver al objeto de nuestro contrato, Gerard Douw.

Dicho lo cual, Wilken Vanderhausen salió raudo de la estancia con un saludo frío.

Schalken, ansioso de despejar sus dudas, se había acercado a la ventana para ver desde allí la salida del desconocido; pero, para su asombro y casi terror, no vio salir a nadie. Luego marchó del taller en compañía de su maestro, si bien hablaron muy poco por el camino, pues a ambos les sobraban motivos para reflexionar, alarmarse y esperar. Sin embargo, Schalken no sospechaba todavía la amenaza que se cernía sobre el más querido de sus proyectos.

Por su parte, Gerard Douw tampoco estaba al corriente de la atracción mutua existente entre el aprendiz y su sobrina; aunque, de haberlo estado, es poco probable que hubiera considerado esto como óbice para que se cumplieran los deseos de Minheer Vanderhausen. En aquella época el matrimonio era ocasión y objeto de trueque y especulación, y a cualquier tutor le habría parecido tan absurdo dar importancia a la atracción mutua en semejante acto contractual como redactar los vinculantes aspectos financieros del mismo en términos sentimentales.

En cualquier caso, el pintor no comunicó a su sobrina el paso importante que había dado con relación a ella, no porque previera oposición por su parte, sino por simple miedo al ridículo, pues, si le hubiera pedido la descripción de su futuro esposo, no sólo se habría visto obligado a confesarle que no había visto su rostro sino que tampoco sabía quién era realmente. Al día siguiente, después de comer, Gerard Douw mandó venir a su sobrina y, tras mirarla de arriba abajo con aire satisfecho, la cogió de la mano y le dijo con tono paternal, sin quitar los ojos de su bonita e inocente cara:

—Rose, mi pequeña, esa preciosa carita te va a traer suerte. —Rose se sonrojó y sonrió—. Es muy difícil que se den en una misma persona una carita y un temperamento como los tuyos, y, cuando se dan, el hechizo de amor que producen suele resultar irresistible para cualquier cerebro o corazón masculinos. Confía en mí, tesoro, que pronto te casarás. Pero dejemos eso, que el tiempo apremia, y ten preparado el salón para las ocho de esta noche; da la orden de que nos sirvan la cena a las nueve. Espero a un amigo. Mira, mi querida mozuela, ponte todo lo guapa que puedas. No quiero que piense que somos pobres o desaseados.

Dicho lo cual, se dirigió a la estancia donde estaban trabajando sus alumnos.

Al caer la tarde, Gerard llamó a Schalken, que estaba a punto de marchar a su sombría casucha, y le pidió que fuera a su casa a cenar en compañía de Rose y Vanderhausen. Por supuesto que aceptó la invitación. Poco después, Gerard Douw y su aprendiz se encontraban en el señorial, y ya por entonces antiguo salón, que se había engalanado para recibir al desconocido. Un fuego animado chisporroteaba en la chimenea, cerca de la cual una mesa antigua, que con los resplandores de la lumbre parecía de oro pulido, estaba ya preparada para la cena; a su alrededor, y dispuestas en orden riguroso, estaban las sillas de alto respaldo, algo toscas pero sobradamente confortables. El pequeño grupo, compuesto por Rose, su tío y el joven artista, esperaba la llegada del visitante con especial impaciencia. A las nueve en punto se oyeron unos golpes en la puerta de la calle y alguien fue rápidamente a abrir. Siguieron unos premiosos pero decididos pasos primero escaleras arriba y luego a lo largo del pasillo; por fin la puerta de la habitación se abrió lentamente e hizo su aparición un personaje que sobresaltó, y casi aterrorizó, a nuestros flemáticos holandeses (Rose estuvo a punto de proferir un grito de terror). Era el esperado, un espectro ataviado como Minheer Vanderhausen; los ademanes, los andares, la altura eran los mismos, aunque sus rasgos no habían sido vistos nunca antes por ninguno de los allí presentes. Iba envuelto en un gabán oscuro, que no le llegaba del todo a las rodillas; unos calcetines de seda púrpura recubrían sus piernas, y sus zapatos iban adornados con rosas del mismo color. La abertura delantera del gabán dejaba ver un traje muy oscuro, de negro azabache; llevaba las manos enfundadas en un par de guantes de cuero espeso, que le subían hasta más arriba de las muñecas, a modo de guanteletes. En una mano llevaba el bastón y el sombrero, que acababa de quitarse, y la otra le colgaba pesadamente a un lado. Sobre los pliegues de la gorguera almidonada le caían abundantes y luengos mechones entrecanos, que le ocultaban por completo la nuca. En todo esto no había nada particularmente objetable; pero ¡Dios mío, qué rostro! Toda la carne era de color azul plomo —esa coloración generalmente provocada por medicinas metálicas administradas en cantidades excesivas—; los ojos, que presentaban una proporción exagerada de blanco turbio, sugerían un estado indefinible de trastorno; los labios, a tono con el resto del rostro, eran casi negros; y, en conjunto, todo su semblante despedía un aire sensual, maligno y hasta satánico. Era curioso cómo aquel venerable desconocido parecía esforzarse por exhibir su carne lo menos posible; así, durante su visita no se quitó los guantes ni una sola vez. Después de permanecer un buen rato en el umbral de la puerta, Gerard Douw halló por fin el valor y la serenidad suficientes para invitarlo a entrar, y, con una muda inclinación de cabeza, el desconocido penetró en la estancia. Había algo indescriptiblemente raro, y hasta horrible, en todos sus movimientos, algo indefinible que no era natural ni humano; era como si sus miembros estuvieran gobernados y movidos por un espíritu no acostumbrado a la maquinaria corporal. El desconocido habló muy poco durante su visita, que no excedió la media hora; y el propio anfitrión apenas tuvo valor suficiente para articular unas cuantas frases de cortesía: el terror nervioso que inspiró la presencia de Vanderhausen fue tal que se habría necesitado muy poco para que sus anfitriones salieran huyendo despavoridos. Sin embargo, éstos conservaron la suficiente sangre fría para fijarse en dos cosas bastante extrañas de su visitante: durante todo el tiempo que estuvo allí sus ojos no se cerraron ni movieron una sola vez; y, en segundo lugar, había una especie de quietud fúnebre en toda su persona, fruto de la ausencia de movimiento respiratorio en el pecho. Estas dos peculiaridades, que cuando se cuentan pueden parecer poco relevantes, producen un efecto muy fuerte y desagradable cuando se ven y observan.

Por fin, Vanderhausen privó al pintor de Leyden de su nefasta presencia, y, para alivio general, el pequeño grupo oyó cerrarse la puerta tras él.

—Querido tío —exclamó Rose—, ¡qué hombre tan espantoso! No me gustaría volver a verlo ni por todo el oro del mundo.

—¡Silencio, joven necia! —la conminó Douw, pese a no tenerlas tampoco todas consigo—. Un hombre puede ser más feo que el diablo y, sin embargo, si su corazón es bueno y obra con rectitud, vale más que todos los petimetres emperifollados que se pasean por la calle mayor. Rose, querida, es cierto que este hombre no tiene un rostro atractivo, pero me consta que es rico y generoso; y, aunque fuera diez veces más feo todavía, estas dos virtudes bastarían para contrarrestar su deformidad: si no bastan, lo reconozco, para modificar su aspecto exterior, sí bastan para que no lo consideremos un obstáculo.

—¿Sabes una cosa, tío? —dijo Rose—. Cuando lo vi junto a la puerta no pude dejar de pensar que estaba viendo a la vieja estatua de madera policromada que tanto me asustó en la iglesia de San Lorenzo de Rotterdam.

Gerard rió, aunque no pudo por menos de reconocer en su fuero interno la justeza de aquella comparación. Sin embargo, estaba decidido a no permitir ninguna alusión de su sobrina a la fealdad de su futuro esposo, si bien, por otra parte, no dejaba de agradarle bastante, a la vez que le causaba cierta perplejidad, el que pareciera totalmente desprovista del pavor misterioso que sentían hacia el desconocido tanto él como su aprendiz Godfrey Schalken.

A la mañana siguiente llegaron de varios puntos de la ciudad ricos presentes para Rose en forma de sederías, terciopelos, joyas, etcétera, así como un paquete dirigido a Gerard Douw que contenía un contrato de matrimonio debidamente redactado entre Wilden Vanderhausen, del muelle del Pescante, de Rotterdam, y Rose Velderkaust, de Leyden, sobrina de Gerard Douw, maestro en el arte de la pintura, también de la misma ciudad; contenía asimismo el compromiso por parte de Vanderhausen de hacer a su novia unas concesiones más espléndidas todavía que las que había esperado su tutor, y de garantizar a la misma el usufructo de la manera más irreprochable posible: se dejaba el dinero en manos del propio Gerard Douw.

En esta historia no hay ninguna escena sentimental que describir, ni tampoco se habla de la crueldad de los tutores, de la magnanimidad de los pupilos ni de los tormentos o arrobos de los amantes. El relato que presento aquí rebosa de sordidez, frivolidad e inmisericordia. Menos de una semana después de la primera entrevista que acabamos de relatar, el contrato de matrimonio quedó debidamente firmado, y Schalken vio cómo el tesoro por cuya existencia habría arriesgado su propia vida le era arrebatado con solemne pompa por su repelente rival. Pasó dos días o tres sin acudir al taller; luego volvió y, aunque con menos alegría, consiguió trabajar con mucho mayor empeño que antes: el estímulo del amor había dejado paso al estímulo de la ambición.

Transcurridos varios meses, Gerard Douw, contrariamente a lo que él esperaba, y a la promesa previamente expresada por ambas partes, no tuvo ninguna noticia de su sobrina ni de su honorable esposo. Los intereses del dinero, que debían exigirse en sumas trimestrales, permanecían en sus manos sin que nadie los reclamara. A partir de entonces, cada día que pasaba su inquietud iba en aumento. Poseía la dirección completa en Rotterdam de Minheer Vanderhausen y, tras un período de vacilación, decidió viajar a dicha ciudad —viaje que, por cierto, no entrañaba ninguna dificultad especial— para asegurarse de la seguridad y bienestar de su pupila, a la que profesaba un sincero y profundo afecto. Pero su búsqueda resultó vana. Nadie había oído hablar en Rotterdam del tal Minheer Vanderhausen. Gerard Douw no dejó ninguna casa del muelle del Pescante sin visitar, pero nadie le facilitó una sola pista sobre el objeto de sus pesquisas, por lo que no tuvo más remedio que regresar a Leyden, más perplejo y preocupado que antes de emprender aquel viaje.

A su llegada, se dirigió presuroso al establecimiento donde Vanderhausen había alquilado el pesado —pero para la época lujosísimo— carruaje que lo había llevado a Rotterdam a él y a su flamante esposa. El cochero le dijo que, tras un largo viaje con varias etapas, habían llegado a Rotterdam al anochecer, pero que, unos dos kilómetros antes de entrar en la ciudad, una pequeña comitiva de hombres sobriamente vestidos, a la antigua usanza, con barbas en pico y mostachos, se había cruzado en la carretera impidiendo el avance del carruaje. El cochero había frenado al punto, casi convencido, habida cuenta de lo tarde que era y de lo solitario que estaba el camino, de que iban a ser víctimas de alguna fechoría. Sin embargo, sus temores se disiparon, sólo en cierto modo, al ver lo que vio: aquellos extraños individuos posaron sobre el suelo una litera antigua de gran tamaño, y el novio, tras abrir la portezuela del coche desde dentro, se apeó y ayudó a la novia a hacer lo propio; después de lo cual condujo a ésta, que tenía los ojos empapados de lágrimas y las manos encogidas por el miedo, hasta la litera, en la que ambos se acomodaron. Los hombres rodearon luego la litera, que levantaron al punto y portaron en dirección de la ciudad. El cochero holandés vio cómo, antes de que ésta se hubiera alejado demasiado, era deglutida por las sombras de la noche. Bajó a mirar en el interior del vehículo y encontró una bolsa cuyo contenido triplicaba ampliamente la tarifa del viaje. Eso era todo lo que había visto, y no tenía nada más que añadir acerca de Minheer Vanderhausen y su bella dama.

Aquel misterio se convirtió en motivo de permanente angustia y aflicción para Gerard Douw. Ciertamente, Vanderhausen había cometido un fraude en el contrato suscrito con él, aunque no se le alcanzaba con qué fin había actuado de aquella manera. No se le alcanzaba cómo aquel hombre de aspecto tan honorable podía ser semejante villano, y cada día que pasaba sin tener noticias de su sobrina, sus temores aumentaban en vez de disminuir. Asimismo, la pérdida de su gentil compañía lo había dejado muy deprimido, y, para vencer la tristeza que solía invadirle principalmente al final de la jornada, pedía a Schalken cada vez con mayor frecuencia que lo acompañara a cenar.

Una noche en que el pintor y su alumno se hallaban sentados junto a la lumbre, tras una opípara cena, sumidos en una silenciosa y deliciosa melancolía, sus digestiones se vieron repentinamente interrumpidas; estaban llamando con vehemencia, mejor dicho con desesperación, a la puerta de la calle. Las preguntas del criado que fue a averiguar la causa de aquel ruido tuvieron como respuesta nuevos y más violentos golpes en la puerta. El pintor y su alumno oyeron luego abrirse la puerta de la calle, e inmediatamente después unos apresurados pasos escalera arriba. Schalken se dirigió a la puerta de la habitación, pero ésta se abrió bruscamente y Rose entró en tromba en la habitación. Tenía un aspecto salvaje y los ojos desencajados por el terror y el agotamiento, pero su vestido los sorprendió tanto como su inesperado aspecto: llevaba una especie de sayo de lana blanca, cerrado a la altura del cuello, que iba arrastrando por el suelo. Venía muy sucia y perturbada por el viaje. Tan pronto como la pobre criatura entró en la estancia cayó desvanecida. Los dos consiguieron reanimarla después de mucho esfuerzo. Una vez recobrado el conocimiento, Rose exclamó con esa impaciencia que es fruto del terror:

—¡Vino, deprisa! ¡O me dais vino o estoy perdida!

Asustados por aquella petición, tan extraña como urgente, le ofrecieron al punto el vino, que ella bebió con una prisa y una ansiedad que los sorprendió a los dos por igual. Después de beberlo, exclamó con la misma urgencia:

—¡Comida! ¡Dadme algo de comer, por el amor de Dios, o moriré!

Sobre la mesa quedaba un buen trozo de cordero asado, y Schalken se aplicó de inmediato a cortarle un poco, pero, ¡imagen más que mortal del hambre!, ella se le adelantó: cogió ávidamente el trozo y lo desgarró y devoró como una fiera. Cuando el paroxismo del hambre hubo amainado, pareció sentir de repente una gran vergüenza, o también pudo ser que otros pensamientos más turbadores y espantosos se hubieran apoderado de ella, pues rompió a llorar amargamente y a retorcerse las manos:

—¡Por favor, llamad a un ministro del Señor! —exclamó—. No me sentiré segura hasta que no venga. ¡Llamadlo inmediatamente!

Gerard Douw despachó al instante a un mensajero y logró convencer a su sobrina para que se fuera enseguida a descansar a su dormitorio; pero no arrancaron su consentimiento hasta que no le hubieron prometido que no la dejarían sola ni un segundo.

—¡Oh, que venga ya el ministro del Señor! —repitió en tono de súplica—. Sólo El podrá liberarme. Los muertos y los vivos no pueden ser la misma cosa: Dios lo ha prohibido.

Tras proferir estas misteriosas palabras, se dejó guiar por ellos hasta el dormitorio.

—¡No me dejéis sola ni un momento, por favor! —volvió a implorarles—. Si lo hacéis, estoy perdida.

Al dormitorio de Gerard Douw se accedía a través de una estancia muy espaciosa. Schalken y él portaban sendas velas para que todos los objetos estuvieran suficientemente iluminados. Estaban entrando en esta habitación cuando Rose se detuvo de repente y, con un misterioso siseo que a los dos les produjo un escalofrío de terror, dijo:

—¡Oh, Dios mío! ¡Está ahí! ¡Está ahí! ¡Miradlo: anda por ahí! —gritó señalando hacia la puerta de la alcoba.

Schalken creyó ver una silueta oscura e imprecisa penetrar en el dormitorio. Desenfundó la espada y, levantando la vela para que su luz iluminara con mayor claridad el interior del dormitorio, penetró en pos de la sombra que se les había adelantado. Pero no vio a nadie allí; nada más que los muebles. Sin embargo, no se le ocultaba que algo había entrado furtivamente en la alcoba. Varias gotas de un sudor frío empezaron a deslizarse por su frente. La angustia con la que Rose les imploraba que no la dejaran sola ni un momento acrecentaba aún más su terror.

—Lo he visto —aseguraba ella—. Está ahí. No me puede engañar. Lo conozco bien. Está aquí cerca; está conmigo; está en esta habitación. ¡Por el amor de Dios, si queréis salvarme no os mováis de mi lado!

Al final lograron convencerla para que se echara sobre la cama, desde donde no dejaba de suplicarles que permanecieran a su lado. De vez en cuando repetía: «Los muertos y los vivos no pueden ser lo mismo. Dios lo ha prohibido». O decía otras frases arcanas, como: «Que los desvelados descansen, y los sonámbulos duerman». Hasta la llegada del sacerdote estuvo pronunciando frases inconexas de esta índole. Gerard Douw empezó a temer, lógicamente, que el terror o los malos tratos hubieran perturbado la mente de la pobre muchacha, y hasta llegó a pasársele por la cabeza, considerando su aspecto hosco, la hora intempestiva y, sobre todo, su actitud agreste y despavorida, que se hubiera escapado de algún manicomio y tuviera auténtico miedo de que sus perseguidores pudieran atraparla. Así, decidió pedir consejo médico tan pronto como la mente de su sobrina se hubiera tranquilizado gracias a los buenos oficios del sacerdote cuyos auxilios tan urgentemente ella misma había solicitado; entre tanto, no se atrevió a hacerle ninguna pregunta para no reavivar recuerdos dolorosos y horribles que hubieran podido aumentar aún más su agitación. Pronto llegó el sacerdote —un hombre de aspecto ascético y edad venerable—, a quien Gerard Douw tenía en gran estima por ser un avezado polemista (sin duda era más temido por su combatividad que amado por su caridad) de moral inflexible, cerebro sutil y corazón frío. En cuanto Rose lo vio entrar en la habitación le pidió que rezara por ella como se reza por quien se encuentra en manos de Satanás y a quien sólo el cielo puede traer un poco de esperanza.

Para que entiendan cabalmente el suceso que voy a contar ahora es preciso aclarar antes la situación exacta de las distintas partes en juego. El anciano sacerdote y Schalken se hallaban en la antesala, a la que ya me he referido; Rose se hallaba acostada en la alcoba, cuya puerta estaba abierta, y, junto a la cama, y por deseo expreso de ésta, se hallaba su tutor. Una vela ardía en la alcoba y tres en la estancia contigua. El anciano sacerdote carraspeó, pero antes de que tuviera tiempo de empezar, una repentina ráfaga de viento apagó la vela que iluminaba la estancia donde se hallaba tendida la pobre muchacha, la cual, alarmada en extremo, exclamó:

—¡Godfrey, trae otra vela! La oscuridad es peligrosa.

Gerard Douw, olvidándose en aquel momento de sus reiteradas órdenes, en medio de la agitación del momento pasó a la sala contigua para traerle lo que pedía.

—¡Por Dios, no se vaya, querido tío! —gritó la desdichada muchacha mientras saltaba de la cama y se precipitaba detrás de él para detenerlo.

Pero su aviso había llegado demasiado tarde, pues, tan pronto como aquél hubo traspasado el umbral, la puerta que separaba las dos habitaciones se cerró violentamente detrás de él, como empujada por un fuerte viento. Schalken y su maestro se precipitaron hacia la puerta, pero sus conjuntos y desesperados esfuerzos no sirvieron de nada. Oyeron en la alcoba gritos incesantes, con ese desgañitamiento que caracteriza al terror desesperado. Schalken y Douw volvieron a emplearse a fondo para abrir la puerta, pero ésta no cedió ni un milímetro. Ya no oían ruidos de ningún forcejeo ni brega, pero los gritos parecieron aumentar en volumen mientras, creyeron oír, se descorrían los pestillos de la ventana y ésta chirriaba sobre el alféizar, como si la hubieran abierto. Un último alarido, tan largo y desgarrado que apenas parecía humano, retumbó desde la alcoba, y un segundo después se hizo el silencio. Sólo se oyó el ruido de unos pasos ligeros cruzando la estancia, como desde la cama a la ventana. Casi al mismo tiempo, la puerta dejó de resultarles infranqueable, y, cediendo a su presión, los precipitó dentro de la habitación. Estaba vacía. Pero la ventana estaba abierta, y Schalken se subió a una silla para divisar la calle y el canal. No vio ninguna silueta humana, sino sólo, o al menos eso creyó él, la fase final de un remolino en las aguas del ancho canal, como si un momento antes éste se hubiera abierto para recibir un cuerpo pesado.

Nunca se halló el menor rastro de Rose ni se supo nada con certeza de su misterioso cortejador (tampoco hubo nadie que aportara alguna pista en medio de aquel intrincado laberinto y permitiera mantener viva la esperanza). No obstante, ocurrió una cosa que, aunque para nuestros lectores más cerebrales no tenga ningún valor probatorio, dejó una fuerte y duradera impresión en el espíritu de Schalken. Muchos años después de los acontecimientos que acabamos de relatar, Schalken, que vivía a la sazón muy lejos de allí, recibió notificación de la muerte de su padre y de su próximo entierro en la iglesia de Rotterdam. El cortejo fúnebre tenía que realizar un viaje muy largo y, como se puede suponer, no contaba con demasiados asistentes. Schalken llegó tarde, y con dificultad, a Rotterdam para asistir al funeral. Sin embargo, el cortejo no había llegado todavía. Llegó la noche, y aún seguía sin aparecer.

Schalken se dirigió entonces a la iglesia, que encontró abierta y donde vio que estaba anunciada la ceremonia; vio también que habían abierto la cripta en que iba a recibir sepultura el cadáver. El sacristán, al ver paseando por la iglesia a un caballero bien vestido con el propósito declarado de asistir a las anunciadas exequias, lo invitó hospitalariamente a compartir con él el calor de una lumbre que, como era costumbre hacer en invierno en tales ocasiones, había encendido en la chimenea de un cuarto que comunicaba con la cripta mediante un tramo de escaleras. Allí se sentaron Schalken y su anfitrión, el cual, tras unos cuantos intentos vanos por hacer entrar a su huésped en conversación, decidió por fin recurrir a su pipa y jarra de cerveza para hacer más llevadera la soledad. A pesar de la tristeza y preocupación del momento, el cansancio de un viaje precipitado de casi cuarenta horas hizo mella en la mente y el cuerpo de Godfrey Schalken, que cayó en un sueño profundo, del que fue despertado por alguien que le dio unos golpecitos en el hombro. En un primer momento Schalken pensó que el viejo sacristán lo había llamado, pero éste ya no estaba en el cuarto. Tras restregarse los ojos, percibió una figura femenina que iba envuelta en una especie de hábito blanco, que le cubría también la cabeza, y portaba una lámpara; ésta empezó a avanzar en dirección del tramo de las escaleras de la cripta. Schalken sintió una vaga alarma ante aquella aparición y, al mismo tiempo, un irresistible impulso a seguir su estela. La siguió unos instantes, pero, al llegar a las escaleras, se detuvo. La figura se detuvo también y, al volverse, la luz de la lámpara que llevaba le reveló el rostro y los rasgos de su primer amor, Rose Velderkaust. No había nada horrible, ni siquiera tristeza, en su semblante. Esbozaba aquella misma sonrisa picaruela que había seducido al artista en los años felices de su primera juventud. Un sentimiento mixto de terror e interés, demasiado intenso para poder oponerle resistencia, lo empujaba en pos del espectro, si es que de un espectro se trataba. La aparición, seguida de Schalken, bajó las escaleras, tomó un pasillo estrecho a la izquierda y, para gran sorpresa de éste, lo introdujo en lo que le pareció un aposento holandés a la antigua moda, como los que había inmortalizado Gerard Douw en sus cuadros. Toda la estancia estaba llena de ricos y antiguos muebles, y en un rincón se hallaba una cama de cuatro columnas, con cortinajes negros a su alrededor; la figura se volvía frecuentemente hacia él con la misma sonrisa picaruela. Pero, llegada junto a la cama, descorrió las cortinas y proyectó la lámpara hacia el interior, y el pintor vio con horror la lívida y demoníaca figura de Vanderhausen completamente erguida sobre la cama; al instante cayó sin conocimiento al suelo, donde permaneció hasta que a la mañana siguiente lo descubrió el encargado de la cripta. Estaba en una celda bastante grande en la que nadie había entrado desde hacía mucho tiempo; estaba tendido junto a un enorme ataúd que descansaba sobre cuatro pequeños pilares, los cuales servían de protección contra eventuales ataques de bichos.

Hasta el día de su muerte, Schalken estuvo convencido de la realidad de esta visión y decidió legar a la posteridad una curiosa prueba de la fuerte impresión que le había producido: un cuadro ejecutado poco después de dicha experiencia, que me parece especialmente valioso por cuanto que en él podemos ver no sólo ese estilo característico suyo que ha hecho que sus cuadros sean tan cotizados, sino sobre todo la plasmación pictórica de su primer amor, Rose Velderkaust, cuyo misterioso destino siempre será objeto de especulación.