Marcos Chicot – Diario de Gordon

Marcos Chicot - Diario de Gordon

Domingo 6 de junio

Gordon abandonó la cama de buen ánimo, dispuesto a disfrutar de las experiencias que le deparara el nuevo día. Era un hombre enérgico y emprendedor, y resultaba gozoso contemplarlo derrochando vitalidad desde primera hora de la mañana. En apenas dos horas fue capaz de ducharse y arreglarse con exquisita elegancia, y antes de las doce ya estaba dispuesto para el desayuno.

Mientras lo preparaba en la cocina, espaciosa y decorada con el gusto y distinción propios de él, contempló por la ventana a los vecinos de enfrente. La terraza de ellos quedaba a menos de diez metros de su propia ventana, al otro lado del patio interior que separaba ambos edificios. Se trataba de una familia encantadora, matrimonio y dos hijos pequeños, con los que mantenía una estupenda relación, igual que con el resto de vecinos, pues Gordon era muy apreciado en el vecindario. Su carácter afable le granjeaba la amistad y el cariño de todos aquellos que tenían la fortuna de conocerlo.

El hijo pequeño de los vecinos se asomó a la ventana y lo descubrió observando.

—¡Aaaah! —chilló con temblorosa voz infantil—. Mami, el señor gordo me está mirando.

Gordon sonrió ante la inocente confusión. La madre apareció en escena y se llevó apresuradamente al niño al interior de la vivienda al tiempo que le dirigía una rápida mirada sin llegar a despegar los labios.

—¡Buenos días, querida vecina! —dijo Gordon en un tono más que audible.

La vecina no debió de oírlo porque no respondió a su amable saludo.

Gordon ensanchó aún más su satisfecha sonrisa y continuó dedicándose a la laboriosa preparación que exigía su desayuno. Cuatro huevos fritos, varias lonchas de beicon churruscado y seis rebanadas de pan tostado con mantequilla y mermelada. Hay que confesar que, a pesar de haberse propuesto un desayuno ligero, por pura coquetería no por necesidad, no pudo evitar alimentarse de forma más completa con unas gruesas rodajas de mortadela, su alimento de calidad favorito. El café, eso sí, lo tomó con leche semidesnatada.

Con el estómago asentado y el espíritu tranquilo de los hombres justos, se dispuso a disfrutar de un agradable paseo por el parque. Nuestro hombre merecía sin duda esos momentos de asueto, pues prácticamente todo su tiempo —cercana ocasión tendremos de comprobarlo admirados—, lo dedicaba sin queja ni descanso al trabajo que desempeñaba con gran habilidad en el departamento de reclamaciones de la cadena de electrodomésticos Truman & Hansen, la mayor y más excelente de cuantas operaban en el país.

En el luminoso ascensor coincidió con una vecina, llegada al edificio hacía apenas un mes, que llevaba a airear a su pequeño infante. A Gordon le encantaban los niños, pero éste en concreto le resultó un poco repelente.

En su párvula mirada se reflejaban oscuras intenciones.

A pesar del evidente riesgo rascó la pequeña cabeza, disimulando la grima que eso le producía, para que el chico no se sintiera rechazado y porque la nueva vecinita estaba de quitar el hipo.

—Hola, bonito. ¿Vas con mami a dar una vueltecita por el parque?

Mientras sonreía a la madre de aquella criatura y escarbaba en la nuca del renacuajo, éste le dio un pisotón que le hizo ver las estrellas.

—¡Pero qué malo eres! —le regañó azorada su encantadora madre—. Pídele perdón a este señor tan amable.

—Es igual, señora —dijo Gordon mientras el niño sonreía maliciosamente sin intención de disculparse.

Manteniendo sujeta la cabeza del arrapiezo, se agachó mostrando su sonrisa más amplia.

—Qué travieso eres, bonito —fue bajando la voz y acercándose a su infantil oreja, bromeando, de forma que al final sólo el niño podía oírlo—. Ten cuidado con lo que haces con esa piernecita, a ver si te vas a quedar sin ella. ¿Entiendes? —preguntó tensando la mano que tenía apoyada en el tierno cogote.

El niño no respondió, pero pareció entender porque dejó de sonreír y se quedó callado y muy muy quieto, paralizado podríamos decir. Al salir del portal, Gordon y la casi seducida vecina se despidieron cordialmente.

Antes de dirigirse al parque, se detuvo frente al portal de su edificio y disfrutó durante unos instantes del calor del sol y de la húmeda brisa que jugaba con su elegante peinado. El portero acababa de cortar el césped y se extendía por la atmósfera un agradable olor vegetal. La escena era admirable a la par que bucólica. Rodeado de las plantas de su portal parecía la estatua de algún héroe mitológico.

Sumido en ese estado de placidez, el pobre Gordon no podía ni de lejos imaginar los sucesos que antes de que el sol se pusiese iban a acontecerle, ni la suma vileza de las personas, si es que así puede llamárselas, con las que iba a enfrentarse a vida o muerte.

En el parque se entretuvo observando la curiosa fauna que deambula, sin orden ni criterio, por los jardines públicos de las grandes ciudades. A pesar de que la civilización debería condensarse en los núcleos urbanos, allí donde sociedad y tecnología se enlazan de forma más sublime, es precisamente en los parques de las ciudades donde uno puede verse sobresaltado por la visión de personajes cuyas conductas y atuendos —por no llamarlos disfraces— resultarían pavorosos de no estar en lugar público y a plena luz del día.

Gordon tuvo que esquivar a jóvenes sin educación ni prudencia alguna, que se abalanzaban sobre él montados en los más grotescos artilugios con ruedas. Estos cacharros han sido ideados por algún fabricante para sacar los cuartos a los insensatos descerebrados sin importarle que se partan la crisma o, peor aún, que descalabren a alguna persona decente que padezca el infortunio de cruzarse en su camino.

Además de los proyectiles humanos, también campaban a sus anchas animales feroces dispuestos a morderle a uno las canillas en cuanto su dueño se descuidara. Esos animales mostraban, cuando la persona que debía controlarlos se distraía, una expresión de fiereza y maldad en la mirada que sólo en pesadillas se podría haber visto anteriormente. Estas fieras tan peligrosas corrían enloquecidas detrás de las pelotas o palos que les lanzaban irresponsablemente sus dueños, o detrás de palomas, ardillas y cualquier otro inocente animal que echarse a las fauces, humanos incluidos.

En un desagradable incidente, una de esas pelotas, peligrosas como granadas de mano por lo que viene detrás, cayó justamente delante del pobre y desprevenido Gordon. Como él intuyó, a los dos segundos una enorme masa descontrolada de músculos y colmillos hizo su aparición derrapando hasta golpearlo; atrapó la pelota con los dientes, la dejó de nuevo en el suelo y se enfrentó a Gordon mirándolo directamente a los ojos y olfateando el mejor lugar donde hincarle los afilados caninos. Gordon actuó como el héroe que era, e ignorando el golpe que el perrazo le había propinado y la terrible amenaza que sobre él se cernía, adoptó un aire indiferente mientras buscaba con la vista al domador de aquella fiera.

Su vida corría un serio peligro.

Un desarrapado veinteañero llegó trotando y contuvo al animal:

—Vamos, Ricky, no molestes.

La babeante alimaña desistió de sus criminales intenciones al saberse vigilado y, tras escoger la pelota en lugar de la carne de Gordon para ocupar sus insaciables mandíbulas, siguió al individuo que, asombrosamente, no daba muestra alguna de ir a disculparse por haber jugado con su vida.

Gordon, ignorando el riesgo que corría, decidió recriminarle:

—Jovenzuelo, debería llevar sujeta a esa bestia.

—Lo siento —dijo el desarrapado como si nada, no sin antes poner cara de imbécil.

—Pues no parece que lo sienta. Y su perrazo ha estado a punto de morderme, después de arrollarme.

El jovenzuelo lo miró con expresión de perplejidad, debía de estar drogado, y lo agredió verbalmente en lugar de mostrar congoja y arrepentimiento.

—¡Pero qué dice! No lo ha tocado ni le ha ladrado ni nada. Además, es un cachorrillo y lo único que hace es jugar.

—¿Que qué digo? Digo que debería estar en una perrera, y usted, deslenguado, en un reformatorio —sentenció con vehemencia.

A pesar de lo correcto y justo de sus palabras, otros jóvenes con ridículos ropajes, probablemente pertenecientes a la banda del primer sujeto, hicieron su aparición y se sumaron a la agresión.

—Oiga, cómo alucina, nadie se ha metido con usted. Y el perro ése no lo ha tocado, además de que sólo mide un palmo.

Gordon templó su ánimo, y se aprestaba valeroso a la batalla, cuando el enorme animal salvaje lanzó un poderoso ladrido cuyo significado era tan claro como la sanguinolenta mirada que le dirigía. A pesar de que aquellos… delincuentes, deberíamos decir, se merecían una lección de urbanidad, el brillo de los punzantes colmillos convenció a Gordon de que sus lecciones no iban a ser adecuadamente atendidas. No obstante, no pudo menos que ponerlos en su sitio mientras digna y presurosamente se alejaba.

—Sois unas lacras para la sociedad. El cáncer de la civilización.

Lo acertado de su sentencia los dejó sin palabras, aunque cuando se alejaba sonriente y ufano le pareció que decían algo como loco, gordo y calvo, obviamente desprovistos de todo criterio y entendimiento, seguramente por la sopa de drogas en que debían de estar flotando sus cerebros.

El sofoco por lo sucedido, unido a la calurosa temperatura de la mañana casi veraniega, hizo que Gordon sintiera unas ganas irreprimibles de beber algo fresco. Tenía que evitar deshidratarse a causa del abundante sudor, que formaba amplios y oscuros cercos en el cuello de la camisa y en las axilas. Como nuestro hombre era prudente hasta controlando los gastos que la satisfacción de las necesidades más primarias le suponían, decidió acudir a una fuente cercana en lugar de pagar precios inmorales por una bebida comercial.

Tras dos minutos de dura caminata, llegó a una fuente del parque en la que advirtió con inquietud que un montón de animalillos, en este caso humanos, jugueteaban llenando globos con agua y lanzándoselos entre ellos. Esperó a un momento de calma en el atropellado juego de los pequeños monstruos y se acercó lentamente. Cuando casi alargaba la mano para abrir el grifo y que manara el líquido que tanto necesitaba, un par de pillos lo adelantaron malévolamente con sus bicicletas y comenzaron a llenar varios globos. Los globos eran gigantes y el chorrillo de la fuente ridículo, por lo que Gordon contempló angustiado el riesgo cierto de desvanecerse mientras aquellos egoístas trataban de acaparar todas las reservas de agua de la ciudad. Su organismo estaba llegando al límite, cuando reparó en que uno de los niños había dejado al pie de la fuente una lata de refresco para poder realizar la operación de llenado. Impelido por la necesidad y aprovechando el descuido, cogió el refresco que el niño había depositado en el suelo. En el momento en que se lo llevaba a la boca, justo antes de que pudiera dar el primer trago, un ruido espantoso, un chillido inhumano, surgió de la garganta de una de aquellas bestias evidenciando que no eran inocentes criaturas, como habían tratado de aparentar, sino exactamente lo contrario. El problema fue que también a él lo pusieron en evidencia, pues debido a aquel estruendo decenas de personas dirigieron sus ávidas miradas al cándido Gordon. En un instante todo el parque lo miraba, él sostenía a un centímetro de la boca una lata de refresco que claramente no le pertenecía, y un niño pequeño lo señalaba y lloraba a sus pies como si lo hubiera torturado antes de desvalijarlo. El otro niño no lloraba sino que ponía su granito de arena al chillar acusatoriamente:

—¡Nos ha robado la lata! ¡Es un ladrón! ¡Aaaaaaaaah!

Gordon trató de sonreír a la vez que ponía la lata de refresco en las manos del niño, a ver si así se callaba, pero el maldito enano siguió gritando con todas sus fuerzas.

Trató de tranquilizarlo haciendo uso de sus profundos conocimientos de psicología infantil:

—Niño, no sigas gritando, que ya te la he devuelto, ¡leches!

Según hablaba intentó taparle la boca con la mano para poner un poco de orden, pero la pequeña fiera lo mordió y gritó aún más fuerte. Varios adultos se acercaron y, confundidos por la escena, empezaron a recriminarle su actitud.

—Está robando el refresco a los niños.

—Pero qué clase de persona es usted.

—Debería darle vergüenza, con esa facha de señoritingo.

Mientras aquellos confundidos y enloquecidos espectadores decían todas las barbaridades que se les ocurrían, el niño le lanzó la lata de refresco manchando su traje y magullándole la pierna. A continuación rompió a llorar y a chillar con frenético histerismo, como si Gordon le hubiera dado a él con la lata en la cabeza.

—¡Buaaaaaaaaaaaa!

La gente que se arremolinaba en torno al irreal suceso parecía pensar que era un violador, un secuestrador y un asesino, a juzgar por la agresividad que comenzaba a mostrar hacia el maltratado Gordon. Éste trató por última vez de apaciguar a aquellos pequeños siervos de Satanás.

—Venga, renacuajo —masculló entre dientes—. ¿Por qué no te bebes toda el agua de la fuente y te callas de una vez, bonito?

—¡Que se la beba tu padre, viejo! —Eso pareció darle una idea—. ¡Papá! ¡Papáaaaaaa!

La situación se volvía insostenible. Dos docenas de personas lo tenían casi rodeado y no daban muestras de ir a comportarse de forma razonable. Seguramente eran parientes de los jóvenes delincuentes de los perros antropófagos, por lo que Gordon eligió la única alternativa posible antes de que el padre de la criaturita se presentara.

Empujó la bicicleta del niño, que le cerraba la salida, y echo a correr como alma que persigue el diablo, nunca mejor dicho. Afortunadamente nadie parecía seguirlo, tan sólo unas cuantas voces indignadas se alzaron de nuevo en su contra en una especie de colérica catarsis final.

Tras recorrer unos cincuenta metros, bajó el ritmo porque su corazón amenazaba con reventar y apenas podía respirar. Cambió un par de veces de camino, mirando con inquietud hacia atrás, y se encaminó a su casa con intención de librarse definitivamente del bestiario que poblaba aquella jungla urbana.

Unos minutos después, todo parecía en calma. Estaba andando por un camino de arena a punto de salir del parque, cuando un grito pavoroso sonó a sus espaldas y sintió un fuerte golpe en la cabeza y otro en la espalda. Un instante después sus ropas estaban empapadas y el pelo mojado le caía descolocado por la cara sin que quedara rastro alguno de su distinguido peinado.

—¡Ja, ja, ja! ¡Viejo gordo!

—¡Calvo! —Los dos hijos de Satanás lo espetaban mientras huían a gran velocidad pedaleando en sus condenadas bicicletas.

Él no pudo reaccionar, aturdido como estaba por los golpes y la humillación. En un primer instante pensó en acudir a una comisaría, pero por experiencias previas sabía que no podía fiarse de la comprensión de los agentes. Así pues, insultado, amenazado, golpeado, humillado, empapado y ultrajado de todas las maneras posibles, llegó a su casa; bebió por fin el agua que tanta falta le hacía, se puso el pijama, rezó por la resurrección de Herodes y la destrucción de Sodoma —el parque maldito— y se acostó dispuesto a olvidar y, tal vez, pues nuestro hombre era magnánimo, a perdonar algún día.