Lorenzo Silva – El alquimista impaciente

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La postura era cualquier cosa menos confortable. El cuerpo estaba boca abajo, con los brazos extendidos en toda su longitud y las muñecas amarradas a las patas de la cama. Tenía la cara vuelta hacia la izquierda y las piernas dobladas bajo el vientre. Las nalgas se sostenían un poco en alto sobre los talones y entre ellas se alzaba, merced a su imponente curvatura, un aparatoso mástil de caucho rojo rematado por un pompón rosa.

—No sabía que los fabricaran así —dijo Ruiz, perplejo.

—El personal tiene mucha imaginación para estas cosas —observó con estoicismo el sargento Marchena, su superior inmediato.

—Pues la combinación resulta de chiste.

—Según lo mires, cabo. El peluche quedará muy cómico, pero el artefacto debe de doler un huevo —calculó el sargento, con gesto aprensivo—. Y si se sujeta así de tieso es que tiene dentro un buen trozo.

—Bueno, le pondrían vaselina —aventuró Ruiz.

—¿Para darle pasaporte luego? Mucho melindre me parece.

Una suave voz femenina interrumpió su coloquio:

—¿No es un poco pronto para hablar de homicidio?

Hasta ese momento la guardia Chamorro, mi ayudante, había permanecido callada, lo que otorgaba un relieve singular a su interrogación. Quizá deba indicar que Chamorro y yo llevábamos en la habitación poco más de cinco minutos, de los que habríamos empleado tal vez tres en reconocer el cadáver. Marchena y Ruiz, que estaban destinados en el puesto a cargo de aquella demarcación, habían llegado primero y habían esperado durante un buen rato a que apareciéramos nosotros, los listos de la unidad central. La ironía de Chamorro era bastante sutil: sólo yo, por haberla sufrido reiteradamente en carne propia, podía captar todos sus matices. Pero a Marchena no le faltaba perspicacia, y al oírla debió de pensar que hasta entonces se había expresado con demasiada libertad delante de aquella jovencita. Por lo que mi trato con él me permitiría después averiguar, Marchena, pese a su engañoso gracejo sevillano, profesaba ideas algo rancias. A sus cuarenta y pocos años, tenía la edad suficiente para haber sido educado en la firme creencia de que a las mujeres hay que apartarlas de los peligros del mundo.

—Claro, prenda —dijo, desafiando a Chamorro con su mirada socarrona—. ¿Qué sería de nosotros si no vinierais los de Madrid para alumbrarnos?

—¿Me toma el pelo, mi sargento? —inquirió Chamorro, sin arrugarse.

—No, mujer —replicó Marchena, con una dulzura sospechosa—. Ya lo veo. Primero debió de amarrarse. Después usó los pies para ensartarse con ese pedazo de poste. Y una vez conseguido, se murió de la impresión.

El exabrupto de Marchena me sorprendió doblado junto al cadáver, examinando las ligaduras que lo mantenían atado a la cama. Suspiré y me erguí despacio, tanto que casi sentí cómo se me ensamblaban las vértebras. Como le sucede posiblemente a casi todo el mundo, la mayor parte del tiempo prefiero creer que estoy de vuelta de muchas cosas. Mi biografía, hasta cierto punto, lo justifica. Nací en Uruguay hace treinta y seis años y apenas conocí a mi padre. Vine a España de chico, con mi madre, y después de sufrir los desaires normales de la adolescencia gasté cinco años de mi vida en obtener una licenciatura en Psicología. Su comprobada inutilidad, unida a la angustia del paro, me indujo a ingresar en la Guardia Civil. De la década larga que llevo en el Cuerpo guardo el recuerdo más o menos nítido de un buen número de homicidios. Algunos tuvieron la complicación justa para poder resolverlos, que es por lo que me pagan; otros fueron demasiado simples o estaban demasiado embrollados y no fui capaz de sacar nada coherente de mis pesquisas. De todos ellos perdura en mí, por encima de cualquier otro vestigio, una amarga conciencia de lo mucho que puede llegar a desear la gente avasallar a otra gente. Esa es, de tanto experimentarla, la única certidumbre sobre la existencia que está a salvo de mi escepticismo.

Sin embargo, hay situaciones a las que no termino de acostumbrarme. Aquella mañana, sin ir más lejos, asistía incómodo a la disputa que se había entablado entre Chamorro y aquel sargento, a los pies de un cadáver abandonado en una circunstancia tan vejatoria y cruel. A aquellas alturas ya sabía de sobra que la vida y la muerte son despiadadas y que las personas gustan de vejarse unas a otras. Pero a lo que no terminaba de habituarme era a ver a Chamorro, veinticinco años recién cumplidos y una visión idealista de la vida, discutiendo con alguien como Marchena acerca de los sórdidos pormenores de una muerte como aquélla. Yo no dudaba de la capacidad de Chamorro, que me había sido demostrada cumplidamente, ni creía qué necesitase protección, o más protección de la que yo mismo pudiera necesitar. Más bien me pasmaba la naturalidad con la que ella podía convivir con el horror. Para decirlo todo, me violentaba llevarla una y otra vez hasta él. Cuando mi atención se relajaba, tendía fatalmente a imaginar que eran otros, más halagüeños, los derroteros que ella y yo habríamos podido tomar.

Por un momento me costó abrirme paso entre la madeja de mis pensamientos. Pero mis galones de sargento y los muchos errores que emponzoñan mi memoria me obligaban a salir cuanto antes de aquella obnubilación. Así que me sobrepuse y le dije secamente a Marchena:

—No te metas con ella. Sabes que tiene razón. —Oye, que esto es un intercambio de pareceres entre colegas —se quejó Marchena—. Tampoco tienes que protegerla como si fueras su padre.

—No lo haría si ella pudiera contestar sin tapujos a tus paridas —aclaré, en el mismo tono amistoso—. Te desafío a que me encuentres una sola huella de violencia en el cuerpo. Ni en las muñecas hay marcas. No es tan improbable lo que sugiere Chamorro: que la muerte fuera natural, en mitad del acto.

Si no me hubiera asistido mi deficiente pero abnegado conocimiento de su carácter, habría pensado que mi ayudante me agradecía que hubiera acudido en su auxilio. En cambio, no me sorprendió advertir en la rápida mirada que cruzó conmigo un brillo de disgusto. Chamorro prefería bastarse sola. Había tenido que soportar la desconfianza y el retintín de tantos hombres, uniformados o no, que había hecho de la tarea de desacreditar las reticencias masculinas una especie de cruzada personal e intransferible.

—Vale, pudo darle un infarto —admitió Marchena, conciliador—. Pero alguien tuvo que hincarle el salchichón ese por el canuto.

Chamorro miró al techo. Por mi parte, me limité a opinar:

—Una hipótesis plausible. Empecemos por ahí. No era ni mucho menos frecuente que a Chamorro y a mí se nos concediera la oportunidad de llegar en caliente a la escena del crimen. Casi siempre teníamos que conformarnos con un puñado de fotografías mejor o peor disparadas y con lo que los guardias del lugar en cuestión acertaban a contarnos de lo que habían observado en su momento. Como leí una vez en una de esas bonitas novelas inglesas, la gran desventaja del investigador experto es que suele verse obligado a olfatear rastros fríos. Y aunque jamás he acertado a sentirme dotado del plus de clarividencia que la categoría requiere, mi destino en la unidad central de Madrid me obligaba a ser o al menos aparentar que era un investigador experto, cuando comparecía en un asesinato de provincias. El mismo retraso con que actuábamos se debía a nuestra condición de último recurso. Como pronto te llamaban al día siguiente de descubrir el pastel, y suponiendo que te llamasen en el momento, casi siempre había que recorrer unos cientos de kilómetros y era raro que el juez y los demás tuvieran la paciencia de esperarte a pie de difunto.

Pero aquel día, como digo, estábamos de suerte. El cadáver había aparecido a poco más de cien kilómetros de nuestra oficina: en un motel al lado de la autovía de Aragón, dentro del límite provincial de Guadalajara. Nos habían dado el aviso en seguida y en menos de una hora nos habíamos plantado allí, aunque eso me había supuesto soportar durante el trayecto la inquietud apenas disimulada de Chamorro, a quien hasta la fecha no había logrado inculcar demasiada fe en mi aptitud para la conducción deportiva. Había corrido tanto que cuando llegamos el juez aún no había hecho acto de presencia. Tenía que recorrer unos sesenta kilómetros, desde la capital de la provincia, y no iba a darse la prisa que yo me había dado; entre otras cosas, para tratar precisamente de evitar que me levantara el cuerpo antes de poder verlo con mis propios ojos. Si algo he aprendido, en los Díez años que llevo buscando verdades ominosas, es que en esa tarea ninguna impresión de segunda mano puede reemplazar a lo que uno conoce por sí mismo.

El ambiente en el motel andaba revuelto. Marchena, Ruiz y los dos guardias que tenían con ellos apenas daban abasto para mantener despejadas las inmediaciones de la habitación donde se hallaba el cadáver. Por eso, en cuanto habían sabido que los de Madrid estaban en camino, se habían limitado a aguardar y a conservarlo todo tal cual lo habían encontrado.

Con Chamorro y conmigo había venido un especialista de policía científica, para sacar sus fotografías y tomar las huellas. En eso andaba ocupado desde el mismo instante en que había entrado en la habitación. Tenía un aire reconcentrado y taciturno y no parecía reparar en los demás que estábamos allí. Durante el choque de Chamorro con Marchena y mi subsiguiente intervención había seguido a lo suyo, sin inmutarse. Su laboriosidad me recordó que yo también tenía que reunir alguna información.

—¿Quién descubrió el cuerpo? —le pregunté a Marchena, mientras Chamorro se agachaba a inspeccionar la ropa que había al otro lado de la cama.

—La mujer que limpia las habitaciones —dijo el sargento—. Todavía no se ha repuesto del sobresalto, la pobre. —¿Y se sabe ya quién es? Marchena puso cara de no comprender. —¿La mujer de la limpieza? —Marchena, no me jodas.

—Tranquilo —sonrió, travieso—. La cartera de la víctima estaba tirada encima de su ropa. No había dinero, pero dejaron las tarjetas de crédito y todos los documentos. Aquí tengo el DNI —Marchena sacó un carné del bolsillo de su guerrera y leyó sin prisa—: Trinidad Soler Fernández. Padres: Trinidad y Consolación. Natural de Madrid, provincia de Madrid. Fecha de nacimiento: el catorce del cinco del cincuenta y siete. Con domicilio en Guadalajara, provincia de Guadalajara. Varón, como salta a la vista.

Saltaba a la vista, en efecto, y por el modo en que Marchena lo dijo, parecía como si creyera que ese dato hacía más insólito a aquel cadáver. Por alguna razón infame, pero tozuda, resulta estadísticamente menos improbable que las mujeres sean víctimas de toda clase de humillaciones físicas. Lo vienen siendo desde tiempo inmemorial y lo son cotidianamente; algunas, incluso, como un riesgo de su oficio. Si en aquella cama hubiera estado una mujer, noventa de cada cien encuestados habrían deducido sobre la marcha que se trataba de una prostituta y habrían sentido relajarse de modo inconfesable su sentimiento de alarma. A las prostitutas les pasan esas cosas, ya se sabe. Pero se trataba de un hombre y el hecho tomaba otro cariz. Al menos, se libraría de ser despachado con una hipótesis rutinaria.

—¿Habéis averiguado cuándo se registró? —interrogué.

—Anoche, por lo visto. No sabemos a qué hora ni si venía solo o acompañado. El empleado que estaba en la recepción tiene hoy el día libre.

Marchena me informó de este extremo con satisfacción. No supe si porque con ello me demostraba que él y los suyos no habían estado de brazos cruzados o porque al comunicármelo me imponía una tarea para el futuro. En ese instante, el silencioso policía científico anunció:

—Habrá que comprobarlo luego, pero por lo que llevo visto yo diría que aquí hay huellas de dos o tres personas.

—¿Aparte del difunto? —preguntó Marchena.

—Dos o tres personas, eso es todo por ahora —dijo el policía científico—. Todavía no le he tomado las huellas al cadáver.

Los policías científicos son sujetos que nunca se precipitan. No aseguran nada que no hayan confirmado en Ia pulcra soledad de su laboratorio. A veces me parece que desprecian un poco a la gente como yo, gente que vive de barruntos confusos y razonamientos inciertos, único material deductivo que me acompaña durante una buena parte de mis investigaciones.

De pronto, Chamorro reclamó mi atención:

—Mi sargento. He encontrado algo.

Marchena y Ruiz la observaron con cierta condescendencia. Ellos habían revisado antes la ropa que Chamorro había estado revolviendo. Preferí acercarme hasta ella para que me enseñara sin testigos su hallazgo.

—Parece una tarjeta de acceso —juzgó Chamorro, mientras me la mostraba. Era una tarjeta blanca con un logotipo verde. Tenía una banda magnética en la parte posterior y en la anterior, además del logotipo, un número y una fotografía del muerto que ocupaba casi un tercio del espacio. En ella, Trinidad Soler aparecía como un hombre de sonrisa amplia y bondadosa.

—¿Dónde llevaba esa tarjeta? —se interesó Ruiz.

—En este bolsillo —repuso Chamorro, con una presteza vengativa, y exhibiéndole la cazadora marcó sobre ella el lugar exacto.

Yo estaba absorto en el logotipo de la tarjeta. Era una extraña figura, compuesta por dos chimeneas anchas y superpuestas y una especie de hongo. Debajo de ella había una palabra que carecía para mí de significado.

—¿De dónde será este logotipo? —discurrí en voz alta.

Marchena, que hasta entonces se había quedado remoloneando frente a la cama, la rodeó y vino hasta donde estábamos Chamorro y yo. Ojeó la tarjeta por encima de mi hombro y a continuación le dijo a Ruiz:

—Coño, Pepe, si es uno de la central nuclear.

—¿La central nuclear? —pregunté.

—Sí, hombre —explicó Marchena, con parsimonia—. Hay una central nuclear a cuarenta kilómetros de aquí. A quince del pueblo donde estamos nosotros, para más señas. El nombre que pone en la tarjeta es el de la central.

—Que se llama como el pueblo que tiene al lado —completó Ruiz.

—Lo que no sé es qué puesto podía ocupar éste —prosiguió el sargento—. Conocemos a bastantes de la central. Más de uno vive en el pueblo, y con los de seguridad tratamos mucho, gracias a los ecologistas. Cuando organizan alguna marcha de protesta o les estorban algún transporte de maquinaria, allá que nos toca meternos por medio. Pero esa cara no me suena nada.

—A mí tampoco —confirmó Ruiz, después de echarle otro vistazo al muerto.

Fue lo último que averiguamos, antes de que llegara el juez y con él nuestros mandos, el forense y toda la parafernalia habitual. A partir de ese momento, los pringados pasamos a un discreto segundo plano. El juez era un individuo de unos cuarenta años, de aspecto triste y distante. Dirigió de forma más bien desganada todos los trámites y sólo noté que le afectaran, fugazmente, cuando el policía científico, con la supervisión del forense, extrajo del cadáver aquel utensilio grotesco y escandaloso.

Una vez que el forense completó sus observaciones, retiraron el cuerpo. El capitán que había venido con el juez me llamó entonces a su presencia.

—Señoría —se dirigió al juez—. Quería presentarle al experto de nuestra unidad central que se ocupará del caso. El sargento Belivacqua.

—Bevilacqua —corregí, aunque sabía que era inútil.

—Eso, Belivacqua —porfió el capitán.

—Vaya apellido endiablado —apreció el juez, saliendo de pronto de aquella abulia casi inexpugnable. ¿De dónde le viene?

Para sobrevivir a la sistemática repetición de esa pregunta, que es el legado más pertinaz que debo a mi progenitor, no se me ha ocurrido nada mejor que tener siempre a mano un par de mentiras contundentes que desarmen sobre la marcha al fisgón de turno. A fin de cuentas, no veo por qué debo ir contándole a cualquiera las interioridades de mi familia.

—Mi padre era un tanguista argentino —dije, con aire abochornado—. O eso jura mi madre. Puede llamarme Vila, si le resulta más fácil.

El juez me miró con prevención, mientras el capitán abría mucho los ojos. Los dos debieron de olerse que me estaba burlando, pero reconocieron mi derecho a no exponer mi intimidad a su escrutinio o prefirieron pasar por alto la impertinencia. A continuación, el juez descendió a consultarme:

—Y bien, Vila. ¿Algún indicio?

—Poca cosa. No hay signos de violencia, y mientras no podamos hablar con el recepcionista, no sabremos cuándo ni con quién vino. Al parecer, trabajaba en la central nuclear. Eso es todo lo que tenemos, por ahora.

—Está bien —dijo el juez, y en ese mismo instante dejó de verme. Se volvió al capitán y añadió con escaso énfasis—: Téngame informado.

Cuando todos se hubieron ido, Chamorro y yo nos quedamos durante un rato observando la habitación. Quería empaparme hasta del último detalle, grabar en mi retina no sabía qué, algo que no quería echar de menos una semana o quince días más tarde, en mitad de la investigación. Habíamos revisado a conciencia todo, con resultados más bien exiguos. El cuarto de baño estaba intacto, la habitación ordenada, la moqueta y las sábanas limpias de manchas recientes. Sobre la cama, aunque ya no estaba ahí, creí ver aún el cuerpo, sometido a aquella especie de denigrante crucifixión.

—No sé, Chamorro —concluí—. Sigo dándole vueltas y no lo veo claro. Pero algo me hace sospechar que no pudo quedarse así accidentalmente. Esa postura que tenía me resulta, cómo te diría… Demasiado rotunda.

—A mí también —confesó mi ayudante, pensativa.

—Así que crees que tenemos faena por delante.

—Aunque me reviente darle la razón a ese chulo, sí.

—Deberías tomarte la vida un poco menos en serio, Chamorro.

Mi ayudante se me quedó mirando y me preguntó gravemente:

—¿Me respetarías entonces como profesional?

A veces, Chamorro tenía el don de plantearme sin previo aviso problemas insolubles. Encontrar la respuesta apropiada a aquella pregunta y no traicionar mis pensamientos era uno de esos problemas.

—No se me ocurre cómo podría dejar de hacerlo —me escabullí.

A la vuelta dejé que Chamorro condujera. Mientras ella guiaba el coche, contemplé largamente la fotografía de la tarjeta de acceso de Trinidad Soler. Lo que ahora me tocaba, porque siempre hay alguien que tiene que ocuparse de las tareas enojosas, era tratar de reconstruir el camino por el que aquel hombre había llegado hasta aquella habitación. Como primer ejercicio, traté de descifrar el mensaje oculto en el rostro descolorido que mostraba la fotografía. Pero todos mis esfuerzos se estrellaron contra aquellos ojos tímidos, aquella sonrisa bondadosa truncada por la muerte.