José Vicente Pascual – La liebre cazadora

José Vicente Pascual - Interregno

 «Ningún dios es más poderoso que un hombre —se decía Egidio, intentando reavivarse los ánimos—. Ni los dioses de los bárbaros ni las deidades de Roma ni el dios de los cristianos tienen más fuerza que cualquier mortal, menos aún si ese hombre es un guerrero, quien toma la espada, decide entre la vida y la muerte y se proclama dueño de su eternidad».

Tiritando de frío y abrumado por la noche, lamentaba Egidio no ser un guerrero. Ni siquiera un hombre valeroso.

Durante tres jornadas estuvo ocultándose por el día y caminando como espectro nocturno, hasta encontrar aquel refugio al que llamaban Liebre Cazadora, un barracón de paredes de piedra y techo enramado con tallos de centeno donde solían pernoctar viajeros, mercaderes y, en ocasiones, soldados de la prefectura de Gargalus que perseguían a ladrones de ganado o huían de los vándalos asdingos, quienes en ese tiempo asolaban el territorio. En La Liebre Cazadora todos buscaban guarida, quedar a salvo de bandidos y mercenarios nómadas, también de la noche y el frío, parapetados tras aquellas gruesas paredes, al calor de un buen fuego y confortados por el mejor vino que podía pagarse con monedas en las altas tierras de Vadinia.

Egidio aún sentía remordimientos por la muerte del anciano Malco y su hijo Sadtobel, un mozallón demasiado impetuoso. Igualmente se reprochaba no haber tenido coraje para ir en busca de ayuda cuando el segundo hijo de Malco, Teódulo, apareció muy malherido a orillas del Accuarose, en lo recóndito del bosquecillo fijado como lugar de encuentro tras el asalto de los asdingos al poblado de Uyos. Recordaba con pesar a Teódulo, agonizando sin ninguna esperanza mientras que él, incapaz de auxiliarle, apenas se atrevía a susurrar frases de consuelo al infeliz muchacho. Esperó la llegada de la noche para subir a Teódulo a grupas del mulo negro y emprender camino, en busca de algún lugar donde los acogiesen. Pero cuando fue a tomarlo en peso, animándole para que se mantuviera firme sobre el animal, se dio cuenta de que ya había expirado. Ahora, esa evocación arañaba en su espíritu; pesaba más que el capote de paño engrasado y la espada de hierro con empuñadura esculpida y rematada por una cabeza de león, propiedades de Teódulo que legítimamente se había apropiado.

Aquella memoria reciente de su fracaso lo turbaba casi tanto como la amenaza de las tinieblas, el aliento gélido de la oscuridad, la ventisca y la nieve que embarraba los pasos de la mula negra. No había conseguido salvar a Malco y sus herederos de la matanza, tal como les prometiera; y la huida y su determinación de sobrevivir estaban a punto de convertirlo nuevamente en impostor.

Una luz tenue de fogata y un distante rumor de voces se expandían más allá de La Liebre Cazadora. Egidio se detuvo a unos veinte pasos del portalón. Dos enormes mastines salieron a gruñirle. Sus fauces exhalaban un vaho espeso mientras exhibían con furia los enormes colmillos, un rotundo blancor de amenaza en el entreluz borroso sobre la nieve. Decidió continuar adelante, sin inmutarse, jinete en la mula negra. Conjeturó que aquellos perros, por muy feroces que parecieran, debían de estar acostumbrados a ver mucha gente entrando y saliendo del lugar; y por supuesto: ninguno habría atacado a la mula porque los mastines llevan en la sangre su instinto de defender el ganado. No son depredadores sino guardianes de las bestias que acompañan a los hombres.

Aparte de ladrar con todas sus fuerzas y amenazarlo arrugando el hocico, los perros no causaron más molestias. Con la vista fija en los batientes reforzados con tachones de hierro de La Liebre Cazadora, Egidio, sin descender de la mula, gritó impetuoso:

—¿Quién responde en esta casa? ¿Por qué azuzáis a esos malditos perros contra gente de paz? Necesito un poco de comida, un poco de vino y un sitio donde descansar.

Al poco, la puerta del barracón se abrió entre chirridos como lamentos de la robusta madera. Apareció un hombre rechoncho, abrigado con una manta. Cubría su cabeza y orejas con un bonete de lana anudado en la sotabarba, lo que confería a su persona un aspecto algo grotesco. A pesar de la gordura se movía con agilidad, representando en ademanes aparatosos su esmero como anfitrión.

—Perdóname, señor. Los perros son inofensivos, por mucho que ladren y rechinen la dentadura. A no ser contra lobos y otras fieras que atacan el ganado, no se revuelven; mucho menos contra los hijos de Dios. Pero compréndelo… Son tiempos de inquietud los que vivimos. Estos perros, grandes como terneros, espantan de mi casa a más de un indeseable.

Egidio asintió, condescendiendo. El hombre gordo hizo unos cuantos aspavientos, ahuyentando a los mastines.

—Oh… oh… Fuera de aquí, amigos, malas bestias… Fuera. Aquí no hay nada para vosotros.

Los perros agacharon la cabeza y retornaron a la oscuridad con paso muy lento.

—Llevaré tu mula a la cuadra y los pertrechos adentro, si me permites cargarlos.

—Viajo sin enseres —respondió Egidio inmediatamente.

El hombre rechoncho compuso un gesto de asombro. A Egidio le pareció que de excesiva curiosidad.

—¿Cómo es ello? ¿Un hombre importante como tú viaja de vacío?

Egidio subrayó su voz con impostada dureza.

—Tú mismo lo has dicho: vivimos tiempos de incertidumbre y ningún camino es seguro. Dime, hombre necio: ¿crees que estaría en mis cabales si viajara solo y con vistosa intendencia?

Con gesto ampuloso sacó la espada de hierro, guarecida en su vaina, de debajo del capote.

—Esta es la única carga que me interesa que vean los merodeadores, a buen seguro ocultos en todas las veredas y esperando víctimas a las que esquilmar sin riesgo.

—Ah, señor… Sin duda eres un hombre sabio —reaccionó el dueño de La Liebre Cazadora—. Y un guerrero temible.

—No sirvo con armas a las órdenes de nadie. Tampoco busco pendencias. Pero quienes vengan en contra de mí, ya saben lo que les espera.

Había decidido no dar ninguna otra explicación sobre su persona y su presencia en La Liebre Cazadora.

—Así es, señor… Así es —farfullaba el hombre gordo mientras conducía la mula hacia la cuadra—. Hay que infundir respeto, o mejor aún, miedo, a quienes daño nos deseen. Y esa espada es un arma notable… En efecto lo es. El arma de alguien que sabe lo que se hace al empuñarla.

Satisfecho por cómo había resuelto la situación, Egidio cruzó los umbrales de La Liebre Cazadora. Lo acogió una inmediata calidez.

La lumbre, en el centro de la estancia circular, ardía impetuosa sobre brasas candentes. Olía a guiso repleto de muchas carnes y frutos de cosecha. Y olía a vino exudado por media docena de barricas apiladas en una esquina. Sentados a la mesa, algunos comensales devoraban escudillas bien surtidas de aquel guiso cuyo aroma tan grato le pareciera. Sintió Egidio que pronto se disipaban el miedo y la tristeza de los días vagantes en soledad, temiendo sufrir el mismo destino que Malco y sus desdichados hijos. Se alegró de su suerte. Acogerse al consuelo de la sabrosa comida, el vino y el calor de las brasas, era más sensato que seguir rindiendo sus temores a la noche.

Había algunos hombres sentados en escabeles y en el suelo de tierra compactada, alrededor de la lumbre. Sus trazas eran de pastores, quizá campesinos de la zona echados al camino para huir de la devastación que los brutales asdingos causaban en zonas alejadas. A la mesa, junto con otros cuatro viajeros, había un clérigo, hombre robusto y aventajado de estatura. Colgaba sobre su pecho una pequeña cruz de madera cantoneada en pulcros dorados. Ese detalle y que exhibiera tonsura denotaban su juramento de órdenes mayores.

Todos los presentes, tanto los que bebían y se calentaban junto al fuego como los que comían silenciosos, miraron a Egidio con curiosidad, por lo que se sintió algo incómodo. Cuando tomó asiento al extremo de la mesa, se despojó del capote engrasado y colocó la espada junto a sí, la expresión de todos adquirió acentos de reserva. Un hombre de armas, en aquellos tiempos azarosos, nunca era portador de buenas noticias. Y con palabras propias de tal suspicacia lo recibió uno de los viajeros.

—¿Has descabezado a muchos ahí fuera?

Egidio respondió de mala gana.

—No vengo de batallar. Y mis afanes no son incumbencia de nadie.

Sus verdaderos planes, en aquel momento, eran comer, beber, dormir, reponerse del largo deambular por las montañas… y después, pasados unos días, ajustar con el dueño de La Liebre Cazadora el precio de su hospitalidad. Seguramente se conformaría con la espada y la mula y, acaso consiguiera unas cuantas monedas de añadido. Con aquel magro dinero en la bolsa y el capote heredado de Teódulo para protegerse del frío, estaría en condiciones de volver al cielo raso, su natural, y dedicarse a lo que solía y sabía: la caza furtiva, asaltar corrales y en alguna ocasión, cuando mucho apretaba la necesidad, robar ganado. Aquella era su vida, ese era él y no le apetecía mantener apariencia distinta durante mucho tiempo: lo preciso para descansar el cuerpo, llenar el estómago y sanar el alma de recuerdos demasiado próximos que aún lastimaban.

—No pretendía molestar —insistió el viajero—. Me intereso por tu suerte de soldado, mercenario o lo que seas, en estas épocas de guerra. Aunque, si lo consideras agravio, tienes mis disculpas presentadas.

—¿Guerra? ¿A qué guerra te refieres? —replicó Egidio—. No hay guerra en ningún lugar. Hay partidas de vándalos asdingos que campan sin que nadie pueda contenerles. Asolan poblados, roban, violan y asesinan cuanto se les antoja. Desaparecen antes de que las hogueras se apaguen y el hedor a cadáveres chamuscados llegue a la prefectura de Gargalus. También hay bandidos y merodeadores en todas las sendas que cruzan el norte de Hispania, desde las costas del Cántabro a las tierras interiores de Deóbriga, según he oído. Hay mucha gente que huye de un lado a otro, sin saber dónde hallarán seguridad ni dónde les espera la muerte. He visto los antiguos caminos de piedra recorridos por centenares de errabundos, todos agrupados en la vana ilusión de que, al ser multitud, correrán menos peligro. Van en un sentido y otro, cargan con sus posesiones, llevan en carros a los ancianos, enfermos y mujeres preñadas, y de vez en cuando sufren la aparición de esos criminales que acechan desde lo profundo del bosque, en la oscuridad, y lanzan el rápido ataque cuando más confiadas están sus víctimas y los ladridos de los perros son advertencia tardía. Eso es lo que sucede ahí fuera, por si en verdad tuvieses interés en saberlo. No hay ejército que defienda a los pacíficos, ni leyes que nadie respete, ni autoridades que las hagan cumplir. Pero no me hables de guerra. La guerra, con ser siempre una calamidad, es algo mucho más noble y bastante menos cruel que esa lenta carnicería, la cual sufren quienes hasta hace unos años vivían tranquilamente en sus hogares, dedicados a la tierra, a ver cómo crecían las cosechas, cómo engordaba el ganado y parían sus mujeres.

El dueño de La Liebre Cazadora se había despojado del bonete de lana. Ahora mostraba una calva arrugada y brillante de sudor. Se aproximó a Egidio y puso ante él un plato del anhelado guiso de carne y legumbres. Después escanció y sirvió una abundante jarra de vino. Mientras se ocupaba en estas manipulaciones, intentó conjurar la inquietud de los presentes con una opinión que era una buena excusa para disfrutar de la comida y el vino sin mayores preocupaciones:

—Por fortuna, en esta comarca hay relativa tranquilidad, aunque se produzcan algunos incidentes…

—¿A qué te refieres? —preguntó otro de los viajeros.

—Oh… ¿Para qué estropear la cena con el relato de calamidades? —protestó el sacerdote—. Comamos en paz, durmamos con la conciencia tranquila y mañana será otro día. Lo que haya de ser de nosotros y de nuestras vidas seguirá estando en manos de Dios.

—Comparto tu piedad —dijo el curioso—. Pero me gustaría oír sobre esos incidentes que menciona nuestro hospedero. Dentro de dos días tengo que reemprender camino, en dirección al noroeste, y no me gustaría verme sorprendido por malos encuentros.

—El noroeste no es buen destino en estos tiempos —dijo el sacerdote.

Los demás asintieron. También Egidio.

—Lo sé, pero eso es cosa mía. Quisiera oír sin embargo sobre los incidentes —porfió el viajero.

—Obcecado varón —sugirió el sacerdote.

—Vamos, vamos… Cuéntanos qué ha sucedido. ¿Qué peripecias son esas?

Suspiró el hospedero, resignado. Finalmente, resumió la historia en unas cuantas palabras:

—Hace pocos días, los asdingos arrasaron el poblado de Uyos. Las noticias viajan más rápido que las personas, y esas noticias, seguramente oídas de labios de algún superviviente, dicen que no dejaron piedra sobre piedra.

—Dios nos asista —susurró el sacerdote—. Eso es algo más que un simple incidente.

Todos miraron a Egidio. Un hombre de armas como él debía de estar enterado sobre acontecimientos tan graves. El recién llegado a La Liebre Cazadora, por toda respuesta a la expectación de sus compañeros de mesa, se encogió de hombros y extendió las manos con las palmas abiertas, en ademán de sinceridad.

—Nada sé de lo que ha contado este hombre, ni de lo que sucediera en Uyos.

Naturalmente, mentía.

Unos leñadores trajeron la noticia y de inmediato corrió la voz de alarma. Habían visto grupos dispersos de vándalos asdingos merodeando por los alrededores de Uyos. Todos en la ciudad supieron entonces lo que iba a suceder. Negociarían con los bárbaros y si llegaban a un acuerdo salvarían la vida. En caso contrario, solo les quedaba morir defendiendo sus hogares y posesiones. La huida resultaba imposible pues el campo abierto ya estaba tomado por aquellos feroces jinetes de largas cabelleras trenzadas, quienes lanzaban flechas desde sus monturas, acometían con lanzas y espadas y solo echaban pie a tierra para rematar a los heridos y rapiñar el botín.

A la mañana siguiente, Irenión, el caudillo asdingo, y una docena de sus guerreros, se presentaron a las puertas de la ciudad. Los jinetes del séquito mantenían en alto banderolas de guerra, estandartes rituales y unas cuantas picas con cabezas clavadas en la punta. Propiamente no hubo negociación. Los vándalos asdingos, de la tribu de Irenión y de las estirpes de Landoaldo y Erasto, exigían mil piezas de oro, cien caballos y trescientas cabezas de ganado a cambio de pasar de largo, seguir su camino y no arrasar la ciudad. Los varones de Uyos aceptaron las condiciones porque no les quedaba otro remedio, aunque sabían que iba a resultarles imposible reunir tanto oro y tantos caballos en el plazo otorgado por los asdingos: un día y una noche. Se prepararon entonces para la defensa, es decir, la muerte honrosa. El miedo se convirtió en furia contra los invasores, y la resignación en determinación: mejor sucumbir después de haber matado a muchos de aquellos salvajes que dejarse cortar el cuello como reses.

Todos se dispusieron a la lucha menos Malco, el comerciante más rico de Uyos, así como sus hijos Sadtobel y Teódulo. Ellos pensaban en huir y llevar consigo cuantos bienes pudiesen transportar. Porque los ricos, los que son ricos de verdad y nacen ricos y hasta después de muertos son ricos, nunca piensan en el valor de la vida y la muerte sino en el precio de sus posesiones, y aquel precio era demasiado elevado para perderlo en una lucha absurda y sin esperanza. En eso pensaban cuando se dispusieron a la fuga, salir a campo abierto, más allá de las fortificaciones de Uyos, intentar atravesar sin ser vistos el cerco de los asdingos, poner a salvo sus riquezas y, si era posible, sus vidas.

Egidio pasó ante la casa de Malco unas cuantas veces antes de atreverse a llamar. Finalmente se decidió. Golpeó con fuerza los gruesos portones y aguardó a que alguien respondiese. Al cabo de un rato, Sadtobel asomó a la ventana de la estancia superior.

—¿Qué quieres de nosotros? No nos molestes en el día de hoy, que bastante ocupados estamos.

—Soy Egidio, el pastor.

—Sé bien quién eres: Egidio el pastor, el furtivo, el ladrón a quien mi padre puso en el cepo hace un año, por robarle dos cestas de manzanas y una cabra recién parida. Vete y deja de importunar.

—Quiero ayudaros —clamó Egidio—. Sé cómo salir de Uyos… Escapar sin ser vistos por nadie.

Mudó inmediatamente la expresión de Sadtobel. También el tono de su voz.

—¿Dices la verdad?

—¿Cómo se me ocurriría venir a mentiros en estos momentos?

—Aguarda entonces.

Sadtobel corrió escaleras abajo y abrió los portones de su casa, pero no llevó a Egidio al interior de la morada sino al establo donde su padre, el opulento Malco, y Teódulo, el menor de los hijos, cargaban un carromato con mercancías de todas clases: telas, vasijas con tintes y esencias, bolsas de cuero, odres y barricas en cuyo interior seguramente ocultaban todo el oro que pudieron reunir durante los últimos días. Eso al menos supuso Egidio.

—Maldita ciudad, malditos bárbaros y malditos sirvientes —se quejaba Malco—. Hatajo de cobardes… Todos se han marchado. Todos nos han abandonado.

Era un hombre en los inicios de la senectud, pero aún conservaba todo su vigor físico y, desde luego, la determinación y robustez de ánimo que muchos más jóvenes que él nunca tendrían.

Sin dejar de afanarse en la carga del carromato, sin mirar de frente porque conocía sus facciones de memoria, se dirigió a Egidio.

—¿Es cierto que puedes ayudarnos a escapar?

—Lo es, señor.

—¿Y qué quieres a cambio?

—Dos monedas de oro —se apresuró Egidio en responder—. Solo dos monedas de oro, digno Malco. Lo suficiente para abandonar Uyos y comenzar una nueva vida en otro lugar donde nadie me conozca.

—Te conocerán en cuanto lleves un par de días en cualquier rincón de este mundo. Nunca vas a cambiar. Y la gente como tú se delata por sus acciones, no por su apariencia.

No replicó Egidio tras aquellas palabras.

—Pero dime cómo piensas ayudarnos.

—Sé dónde hay una salida de la ciudad, al norte. El cercado allí es de madera y nunca se han ocupado de reforzarlo. El matorral y los espinardos descienden tan tupidos desde la montaña que forman una barrera infranqueable y, por así decirlo, una perfecta defensa natural. Solo metiendo fuego a toda esa vegetación quedaría libre el acceso, pero los asdingos no van a hacerlo… Sería una pérdida de tiempo. Atacarán el bastión adelantado en el sur y desde los campos en barbecho del oeste.

—¿Y esa salida? —urgía Malco las explicaciones.

—Yo, señor, sé cómo atravesar la espesa fronda.

—Lo imagino —sonreía el opulento Malco—. Como también imagino que has estado utilizando ese paso entre el matorral durante muchos años, para beneficiarte de él en tus fechorías, ocultarte luego de cometer robos, escapar con alguna gallina bajo el brazo y cosas parecidas.

Egidio agachó la cabeza.

—Oh, vamos… No es momento de sentir vergüenza por tus desmanes y latrocinios, de sobra conocidos en Uyos. Por otra parte, dudo mucho que conozcas esa emoción, la vergüenza.

—Señor, yo…

—Calla y escúchame.

Impuso Malco la voz de un hombre acostumbrado a mandar y que al instante todos obedeciesen. Sus dos hijos, el fornido Sadtobel y el joven y espigado Teódulo, lo observaban con expresión sumisa, de temor y admiración.

—Si dices la verdad, te daré esas monedas. Pero no las oirás repicando en tu bolsa hasta que estemos a salvo los tres. Dime: ¿dónde piensas conducirnos después de que atravesemos ese paso secreto entre los matorrales?

—La senda conduce hasta el primer ascenso de la colina del Pozo Seco. De allí a los canchos del Accuarose que puentean el río hay media jornada de marcha. Desde ese punto podemos remontar los altos del noreste, que sin duda estarán despejados, y dirigirnos hacia Gargalus por la montaña oriental.

Reflexionó Malco unos instantes sobre el itinerario propuesto. Después dijo:

—Hay un problema.

—Lo sé —respondió Egidio.

—¿Lo sabes?

—Sí. El carro.

Asintió el patriarca de la familia más rica de Uyos.

—En efecto. Me parece imposible adentrarse con un carro en esa salida de la que hablas.

—Del todo imposible, señor —confirmó Egidio los temores de Malco—. En cualquier caso, podéis llevar mulas y caballos, tantos jumentos como puedan conducir tres hombres… Pues supongo que nadie más ha de acompañaros.

—Eso trastorna nuestros planes —aseveró Malco.

Quedaron pensativos, con mucha gravedad meditabundos tanto él como sus hijos. Allí estaban, pensó Egidio, preocupados por un carro, por lo que un carro podía cargar y dónde podía o no llevarse un carro atestado con su oro y sus pertenencias, mientras los demás habitantes de Uyos se disponían a luchar contra los asdingos y morir a espada y fuego. Pero ellos no eran como los demás. Ellos eran ricos. Tan ricos que ni había pasado por sus cabezas la idea de pagar las mil monedas de oro exigidas por aquellos bárbaros como precio a su retirada. Malco y sus hijos poseían ese tesoro, fuese en metal corriente o en polvo equilibrado, pesado en onzas y guardado en pequeñas bolsas de cuero. No, qué ocurrencia tan absurda. Un carro y la carga de un carro: ese era su gran problema en aquellas horas, cuando la ciudad donde habían hecho sus negocios y ganado gran parte del oro que ahora se disponían a poner a salvo sucumbía bajo la segura amenaza de los asdingos.

—Está bien —dijo Malco finalmente—. Como solía decir mi padre, el viejo Silio Malco: de un mal negocio sacar lo que se pueda y de lo perdido salvar todo lo posible. Viajaremos sin el carromato.

—Es una sabia decisión.

—¿Y cómo vamos a hacerlo? ¿Cuál es tu plan para salir de Uyos sin llamar la atención de nuestros vecinos y, por supuesto, sin que los bárbaros se nos echen encima en cuanto aparezcamos a la intemperie?

—Si finalmente quedamos de acuerdo, como parece que ha de ser, debéis abandonar la ciudad de noche —expuso Egidio aquel plan que Malco exigía—. En cuanto salga de vuestra casa, ahora, es preciso que alguno de vosotros me acompañe para mostrarle el lugar exacto donde la empalizada de madera puede sortearse y entrar en el sendero del que os hablo. Cubrid las pezuñas de las caballerías con recias telas, para que no hagan ruido. De todas formas, andarán los habitantes de Uyos demasiado ocupados con los preparativos de la defensa como para reparar en tres ambulantes y una recua. No obstante, encapuchaos para que nadie os identifique, pues también es posible que cualquiera os reconozca y se extrañe de que vaguéis al amparo de la noche, con animales de carga. Llevad solo una antorcha, al principio de la comitiva, y apagadla en cuanto hayáis penetrado en el paso por entre el matorral. El sendero es único y tan estrecho que jamás os perderíais. Yo esperaré en los canchos del Accuarose, en la orilla opuesta. Desde allí, os conduciré a Gargalus como he prometido.

—¿Y por qué no te quedas con nosotros y ayudas a preparar la intendencia y demás engorros de este viaje? —preguntó el mayor de los hermanos.

—Porque vendo mi pericia como guía y mis mañas andariegas de ladrón, como bien ha dicho tu padre. Pero no me alquilo como mozo de carga.

Malco soltó una risotada.

—Eres un bribón, un desalmado y un hombre sin escrúpulos, Egidio. Lástima que eligieses el menesteroso oficio de robagallinas, porque habrías sido un buen comerciante.

Egidio volvió a entornar la mirada.

—Señor, hago lo que puedo.

—Y bien te conviene hacerlo a satisfacción. Pues mira lo que he de decirte, Egidio el malhechor. Por la memoria de mi difunta esposa lo juro, por mi vida y la de mis hijos doy solemne palabra… Y en esta declaración hasta el alma de tus padres invocaría si supiese quiénes fueron tan desdichadas personas: si todo sale conforme has expuesto, te recompensaré con las dos monedas que me pides y mi gratitud perpetua; pero si me engañas, si intentas quedarte con mi oro sin haber cumplido lo acordado, aunque la traición me cueste la vida, desde el más allá he de perseguirte para pedir cuentas por esa felonía. Eso si muero, claro está. Si conservo la piel y sospecho siquiera que has intentado robarme o vendernos a los asdingos, ten por seguro que yo mismo, de mi mano, he de procurarte un mal morir. Y de un puntapié enviaré tu alma a los infiernos.

Egidio no parecía impresionado por la advertencia. En el transcurso de su vida de ladrón y furtivo, peores amenazas había escuchado.

—Señor, lo mismo que tú he de decir respecto a este punto. Si supiera quiénes fueron mis padres, por su alma juraría que voy a servirte con lealtad y diligencia.

A Malco le costó volver a sonreír, pero lo hizo.

—Está bien. De nada más hay que tratar hasta que volvamos a encontrarnos. Vete de mi casa ahora. Mi hijo Teódulo te acompañará para que le muestres el acceso a ese camino salvador entre los matorrales.

Al día siguiente, desde que el sol comenzase a despuntar, Egidio estuvo aguardando la llegada de Malco y sus hijos en la ribera del Accuarose. Avanzó la mañana y no hubo rastro de ellos, lo que inquietó al furtivo. A mediodía oyó el chapoteo de la mula negra cruzando el río por el cauce mermado, un poco más arriba del lugar en que se encontraba. Corrió hacia donde la mula hundía sus pasos en el agua y vio a Teódulo, herido y sin aliento, sobre la cabalgadura. Lo cargó hasta la orilla y poco a poco lo arrastró hacia un bosquecillo de acacias y alto matorral, ocultándolo de posibles perseguidores. Después regresó para encargarse de conducir la mula al mismo sitio.

Mientras agonizaba, con palabras febriles que salían sin ímpetu de su garganta, Teódulo contó lo que había sucedido.

Durante toda la noche habían caído flechas incendiarias sobre Uyos. Al amanecer, los asdingos se dispusieron a tomar la ciudad. Fueron momentos de gran confusión que Malco y sus hijos aprovecharon para incursionar en el sendero franco entre la maleza. Llevaban de las riendas dos mulas y dos caballos, y no encontraron obstáculos para salir del angosto boscaje. Pero cuando empezaron a ascender la colina del Pozo Seco, toparon con un grupo de salvajes asdingos, sin duda arqueros emboscados desde la noche anterior. Malco ordenó a sus hijos que continuasen monte arriba, halando de las cabalgaduras, mientras que él, con la espada desenvainada, se enfrentaba a los bárbaros. Sadtobel no hizo caso a su padre y corrió junto a él para socorrerlo. Aunque todo fue en vano. Teódulo contempló aterrado cómo los asdingos asaeteaban a corta distancia a Malco y Sadtobel. Después los ensartaron con lanzas. Cuando ya eran cadáveres, les cortaron la cabeza con secos golpes de espada. Los desnudaron y se repartieron sus ropas y cuantos objetos llevaban encima, en una jubilosa ceremonia de rapiña. A Malco le arrancaron dos dedos de la mano derecha para hacerse con sus anillos de oro. Después, comenzaron los asdingos a perseguir a Teódulo. Este, espantado por la carnicería que acababa de presenciar, se desembarazó del equipaje y las cabalgaduras con toda rapidez. Sin más carga que una espada montó en la mula negra y la azuzó monte arriba. Sabía que los asdingos estaban interesados en el botín, no en su persona, pues en cuanto a matar y descuartizar, bastante se habían satisfecho con su padre y su hermano. Y así era: aullaban de gozo los despiadados guerreros de la tribu de Irenión al comprobar lo cuantioso del botín. Gritaban, palmoteaban, se revolcaban por el suelo entre grandes risas. Y al final, como era previsible, comenzaron a pelear entre ellos por llevarse la mejor parte de aquel tesoro que la fortuna acababa de poner en sus manos. Teódulo comprendió que todo lo perdía, riquezas y familia, pero conservaba la vida. Al menos eso creyó, que viviría, hasta que uno de los arqueros asdingos, quizás enfurecido porque la lucha por el expolio le había sido adversa, comenzó de nuevo a perseguirlo. Lanzó flechas hasta que una de ellas atravesó el costado de Teódulo, derribándolo de la mula negra. No corrió sin embargo para rematarle y robar sus pertenencias, pues algunos de sus compañeros lo llamaban a gritos, urgiendo su incorporación a cualquiera de los bandos formados en batalla campal por las riquezas de Malco.

—Nuestro oro mató más bárbaros que nuestras espadas —admitió, pesaroso, Teódulo ante Egidio.

Tras arrastrarse un buen trecho, consiguió romper la punta y arrancarse el venablo que lo traspasaba a la altura de la cadera. Con enorme esfuerzo, creyendo morir en cada borbotón de sangre que manaba de su cuerpo, logró subir de nuevo a la mula negra. Sujetó la herida con ambas manos, mordió las riendas y arreó a su montura. No se detuvo ni volvió a mirar atrás.

—Ahora estoy en tus manos, Egidio —susurraba—. Mas no puedo pagarte las dos monedas de oro prometidas por mi padre. No me queda nada.

—No te preocupes, eso ya no tiene importancia —lo consolaba Egidio. Fue todo lo que hizo por el muchacho: darle ánimos mientras moría.

El hospedero retiró los platos y sirvió más vino. Tras la breve noticia que expusiera poco antes sobre Uyos y cómo los asdingos habían arrasado la ciudad, un aire de soberana incertidumbre, de inquietud trasmutada en tristeza, adensaba el ambiente en La Liebre Cazadora. Cada cual pensaba en lo sucedido y en las posibilidades que tenía de verse en situación parecida: padecer el mismo fin que los habitantes de Uyos.

—Bah… bah… —intentaba animarlos el sacerdote—. Uyos se encuentra a cinco jornadas de marcha, en las montañas centrales, muy lejos de aquí. Además, lo que un viajero normal recorre en esas cinco jornadas, un ejército como el de Irenión tardaría en hacerlo el doble de tiempo. Estamos a salvo.

—Durante al menos diez días habrá tranquilidad. Eso no me consuela —dijo el hospedero.

Algunos rieron. El sacerdote corrigió enseguida la ligereza de su dictamen.

—Quiero decir que, a buen seguro, en menos de diez días los soldados de Gargalus habrán dado caza a esa partida de asesinos y les harán pagar sus crímenes.

—Muchos soldados serían necesarios para contenerlos, siquiera para obligarlos a dispersarse —dijo, con bastante rabia, el viajero que pensaba dirigirse al noroeste.

—No creo que vengan a estas tierras —aventuró Egidio su opinión. Enseguida se reprochó haber hablado más de la cuenta.

—¿Por qué lo sabes?

—No he dicho que lo sepa, sino lo que creo.

El viajero, ciertamente, era un hombre tozudo.

—¿Y por qué lo crees?

—Hace medio año, antes de reunir su ejército disperso para atacar Uyos, Irenión puso cerco durante seis días a Galardum. Eso significa que se desplazan hacia el oeste. Les interesan las ciudades grandes, con mucho ganado y abundantes cosechas guardadas en sus graneros, no enclaves perdidos en la montaña. ¿Qué beneficio obtendrían los vándalos asdingos atacando La Liebre Cazadora? ¿Quizá la esposa de nuestro hospedero podría preparar un guiso tan delicioso como el que hemos comido para los cientos de brutos que llamarían a su puerta?

Las palabras de Egidio tranquilizaron a los presentes. Si aquella era la opinión de un hombre que viajaba acompañado tan solo de su espada, sin duda tendría sus buenas razones, aparte de las expuestas. Porque de eso estaban todos convencidos: Egidio hablaba lo necesario y callaba mucho de lo que sabía.

—Por otra parte, que el ejército de Irenión se haya reunido y todos sus guerreros marchen ahora bajo el lábaro de ese criminal, también os beneficia. Os veréis libres de partidas de merodeadores que actúan por su cuenta, grupos pequeños que se mueven rápido y causan muchísimo estrago allá donde aparecen.

—Estás muy en lo cierto, hombre de Dios —proclamó el sacerdote al tiempo que dejaba caer sus manazas sobre la mesa, en ademán confianzudo—. Disculpa que no te llame por tu nombre, pero aún no lo has dicho.

—Así es —admitió Egidio.

—Yo soy Castorio, diácono de Sanctus Pontanos en viaje hacia Vadinia, donde Berardo de Hogueras Altas quiere fundar un extenso señorío, para lo cual ha convocado a los prevalecientes de la región.

—Me parece muy bien —respondió Egidio. Por descontado que no pensaba decir su nombre, ni al sacerdote ni al hospedero ni a ninguno de los allí congregados.

Bromeó el viajero al noroeste:

—Creo que en esta casa, esta noche, solo hay un misterio más grande que nuestro recién llegado.

—¿Cuál es? —preguntó su compañero de mesa.

—¡La mujer que nos cocina! ¡Llevo día y medio bajo este techo y aún no he podido verla!

Volvieron a reír los presentes. La risa es buena para conjurar el miedo y olvidar los malos presagios. Bien lo sabían y en ello se aplicaban.

—El anfitrión de La Liebre Cazadora sin duda la tiene presa, escondida al otro lado de aquella puerta, encadenada a los fogones.

—Amigos, os lo ruego —sonreía forzadamente el hospedero—. Mi esposa es una mujer muy tímida…

Bajó la voz.

—… y muy fea. Nunca se deja ver en público, pues teme ser motivo de chanzas. También le ha entrado el capricho de que si nuestros hospicianos la ven y reparan en su fealdad, ya no querrían probar sus guisos; los cuales, como podéis comprobar, son de lo más sabroso que puede tomarse en muchos miliardos en derredor.

—Qué bobada —se quejó el sacerdote—. Una mujer que cocina con tanta delicadeza, a la que Dios ha otorgado el don de saciar el hambre de sus semejantes, no puede ser fea. Lo niego, aun sin haberle puesto la vista encima. Tu esposa, hospedero, seguramente es un ángel.

Las risas, entonces, resonaron más allá de las paredes de La Liebre Cazadora, hasta el hueco de maderas y piedras junto al establo donde los mastines dormitaban. Los perros, sobresaltados, se pusieron en pie y comenzaron a aullar.

—Hasta los perros alzan sus hocicos al cielo para renegar de tu herejía y pedir perdón al Altísimo —dijo alguno de los que se carcajeaban.

—Un ángel… Lo que se dice un ángel… —se disculpaba el hospedero con Castorio de Sanctus Pontanos—. Un ángel no es, ni lo ha sido nunca.

El cuarto comensal, que hasta ese momento no había dicho palabra, se levantó súbitamente, con tanta vehemencia que desplazó el escabel donde asentaba sus posaderas, haciéndolo caer unos palmos más allá.

—¡Por mi Dios que al fin sé quién eres! —exclamó con voz agitada, sin apartar la vista de Egidio.

Ante lo inesperado de aquella actitud, se acabaron las risas inmediatamente. Todos enmudecieron y fijaron su atención en el hombrecillo de voz aguda que se dirigía a Egidio en forma destemplada.

—¡Ajá! ¡Lo sé! ¡Claro que lo sé!

Egidio conservaba la calma. Miró fijo a su compañero de mesa, sin descomponer el semblante ni alterar su expresión lo más mínimo.

—¿Nos conocemos tú y yo?

—No sabes quién soy —dijo el viajero—. Aunque de inmediato te lo digo. Me llamo Hernón, avecinado en Legio y de camino hacia el puerto de Noega, en el país Cilúrnigo. Mi oficio, el cual poco interesa en este momento, me llevó hace dos inviernos a la ciudad de Uyos, de la que tanto se ha hablado esta noche. Y puedo jurar por mi alma que fue allí, en esa ocasión, cuando te vi. También juro que no se me despintó tu cara porque fue lo único que pude ver de ti. La tenías bien enmarcada en el cepo, donde algún vecino honrado te había llevado por ladrón.

Hubo un rumor de pasos en retirada, de cuerpos irguiéndose en alerta. Si el recién llegado respondía a aquella acusación tomando la espada, esa noche habría sangre, mucha sangre en La Liebre Cazadora; y ninguno deseaba que la sangre fuese suya.

Egidio permanecía sentado al otro extremo de la mesa, la vista ligeramente alzada, sin inmutarse.

—Te equivocas.

—No lo creo. Estoy tan seguro de lo que digo como que ahora mismo es de noche y dentro de unas horas saldrá el sol y será de día.

—No saldrá el sol para ti si insistes en difamarme —afirmó Egidio en el mismo tono imparcial, aparentemente desprovisto de emociones.

—¿Piensas matarme?

Hernón de Legio miraba a Egidio con suma arrogancia.

—Repara en cuántos testigos hay presentes. Ya te guardarías muy mucho de causarme ningún daño. No creo que te convenga añadir un asesinato a la lista de tus delitos, la cual imagino bien nutrida.

Egidio pensó unos instantes su respuesta. En sus labios apareció la sombra de una sonrisa.

—Has bebido demasiado vino y eso te nubla el conocimiento.

Entonces intervino el clérigo, Castorio de Sanctus Pontanos, con una vitalidad y bonachería inusitadas. Se dirigió a ambos como si zanjase una disputa entre niños por cualquier bagatela.

—Ah… Amigos míos. Nada de eso… No vamos a consentir disputas ni riñas en este lugar donde se acoge a cualquier cristiano y todos descansan en gracia de Dios. Vamos, ¿por qué tener pendencias, pudiendo pasar la noche en amistad, bajo el mismo techo? Y en una cosa te equivocas, viajero cuyo nombre aún no sabemos. Nuestro hermano Hernón, de la muy antigua y devota ciudad de Legio, no ha bebido demasiado vino. ¡Ha bebido demasiado poco! Aunque eso puede arreglarse de inmediato.

Tomó la jarra y llenó el cuenco de madera de Hernón. Después hizo lo mismo con el de Egidio.

—Bebed ambos y olvidemos este absurdo contratiempo. Haced las paces. Perdonaos uno al otro y vayamos todos a descansar, que buena falta nos hace.

—Si está dispuesto a retirar todas esas infamias… mi perdón lo tiene concedido —asintió Egidio—. Y de un trago vació el cuenco.

—Ni una palabra he dicho que sea mentira. Mantengo todo cuanto ha salido de mis labios —porfió el viajero a Noega.

Imitando a Egidio, como si sellase con aquel gesto una incorruptible determinación de llegar al fondo del asunto, bebió hasta acabar el vino.

—A mi vuelta de Noega he de pasar por Gargalus, donde algún negocio me reclama. Seguro que en la prefectura tienen noticias de tu persona y andanzas. Ya me enteraré entonces de todos tus delitos y por cuántos de ellos se te reclama.

Comenzó a congestionarse Hernón de Legio. Sus mejillas se enrojecieron como si un ataque de ira incontenible lo poseyera. Sus palabras se entremezclaban con violentas toses.

—Vienes a esta casa, que es hogar de gente pacífica… y te presentas a lomos de una cabalgadura sin duda robada… y con un arma que igualmente has robado, a saber dónde… y cómo… y el destino que haya corrido su infeliz dueño…

Se llevó ambas manos a la garganta. La tos se convirtió en estertores que ahogaban su voz chillona y le impedían respirar.

—Dios santísimo… Ayudad a este hombre —clamó el sacerdote—. Parece que se encuentra mal.

El hospedero corrió en busca de una jarra de agua. Entre dos de los presentes sujetaron al viajero de Legio, quien se desplomaba sin remedio. El color de sus facciones pasó del rojo intenso al cárdeno y, con insólita rapidez, al negruzco amoratado.

Lo dejaron en el suelo. Cuando el hospedero llegó con la jarra de agua temblando en sus manos, Hernón de Legio, caminante hacia el país Cilúrnigo, era ya cadáver.

—¡Qué terrible calamidad para mi casa! —exclamó el dueño de La Liebre Cazadora.

Al oír sus gritos, la mujer que se ocupaba de los fogones entró a todo correr en la estancia.

—¿Qué sucede, esposo mío?

—Nada que puedas remediar ni en lo que puedas ayudar —contestó él—. Vuelve dentro y ocúpate de lo tuyo. Vuelve a tu lugar de inmediato.

La apremiaba el hospedero con disgusto en los ademanes y sonrojo en la expresión.

Egidio y todos los presentes comprendieron entonces por qué no dejaba a nadie poner la vista sobre su esposa.

No era fea, ni vieja. Era muy joven. Y muy hermosa.

En una esquina del establo donde el tufo de los animales llegaba menos agrio y buenamente compensaba el calor del recinto, sobre un montón de paja seca, arropado con el denso capote que heredó de Teódulo y una manta de lana cedida a préstamo por el hospedero, Egidio recordaba las últimas escenas en la sala circular de La Liebre Cazadora.

Juntaron dos bancas de madera que hicieron las veces de improvisado catafalco y colocaron encima el cadáver de Hernón. Cuando se alejaron del difunto había un aire de contrición en la mirada de todos. Se habló mucho durante aquella velada, quizá demasiado, sobre acciones sangrientas, saqueos y toda clase de calamidades propias de los tiempos. «Incidentes» los llamaba el hospedero. Para los demás, aquellos incidentes tenían el mismo significado: grave riesgo de morir cuando menos lo esperasen. Y la misma muerte, como si quisiera escarmentarlos y avisar de su continua presencia, se había manifestado ante ellos con todo su poder, segando con tajo poderoso la existencia del infeliz Hernón. No negaría Egidio que se alegró por el lapidario final de las diatribas del viajero, aquel furibundo discurso en su contra que únicamente podía haber acallado blandiendo la espada, cosa que en absoluto le apetecía, entre otras razones porque nunca antes empuñó arma igual ni tenía remota noción de cómo hacerlo. Salió beneficiado por el fulminante ataque que se llevó a Hernón a ultramundo, junto con todas y cada una de sus acusaciones. Pero el favor del destino, manifestado de aquella manera, no dejaba de ser un mal augurio. La muerte nunca es buena, aunque caiga sobre gente que nos incordia; mucho menos si llega y señorea y exhibe implacable potestad a dos palmos de quien presencia el estrago.

El sacerdote, Castorio de Sanctus Pontanos, administró la extremaunción al fallecido, le dedicó un par de oraciones y dispuso lo que había de hacerse con él:

—Mañana le daremos entierro donde acostumbren a inhumarse los cristianos del lugar. Las pertenencias del difunto queden en depósito, bajo custodia del dueño de esta casa. Todos somos testigos de lo que ha sucedido, de modo que no hay razón para más cautelas. Y todos confiamos en nuestro hospedero… ¿No es así?

Asintieron los presentes en el improvisado velatorio, aun cuando tenían constancia de que el hospedero había mentido al menos en una ocasión, tildando de fea y apocada a su esposa cuando ni una cosa ni la otra eran ciertas.

—Pues ya está todo dicho —comenzó a disolver el clérigo la asamblea—. Vayamos a descansar pues la noche es larga y ha comenzado con exceso de emociones. Y recemos, hermanos. Recemos todos, antes de abandonarnos al sueño, por el alma de Hernón, para que Dios Nuestro Señor y su clavario Santo Pedro la acojan en el reino de los cielos.

No rezó Egidio, porque no sabía y porque nadie le había aclarado aún, en todos los años de su vivir, a qué dios conviene elevar preces. Lo que sí hizo fue pensar detenidamente en las palabras que le dirigió en un aparte el sacerdote, cuando los demás hospicianos de La Liebre Cazadora buscaban su refugio y acomodo para pasar la noche:

—Mañana no tendrás adónde ir, joven vagabundo. Y tu cabeza está tan vacía de planes como tu bolsa. ¿Me equivoco?

Egidio no contestó. Esperaba la propuesta de Castorio, diácono de Sanctus Pontanos.

—Acompáñame a Vadinia. Hagamos el camino juntos. Yo cuidaré de ti y tú de mí. Diremos en todo lugar que eres mi comitiva durante el viaje a Hogueras Altas, lo que a nadie causará extrañeza. Así te verás libre de que cualquier otro deslenguado, como ese maldito Hernón cuya alma arda en los infiernos, te indague y te descubra y busque complicaciones.

Confuso por las últimas palabras del sacerdote, tembló la voz a Egidio cuando preguntaba:

—¿Qué puedo hacer yo por ti, si no sé manejar la espada y nunca he luchado cuerpo a cuerpo contra nadie? Mal protector sería de tu persona.

Suspiró el sacerdote, afectando paciencia como si se dirigiera a algún simplón de buenas intenciones pero poco entendimiento.

—Hijo mío, en estos tiempos que corren lo importante no es llevar buena compañía de gente bien armada, sino parecerlo.

Palmeó a Egidio en los hombros.

—En lo que concierne a tus cuentas con La Liebre Cazadora, pierde cuidado. Yo me encargo de ellas.

Egidio se retiró a descansar con el consuelo de que saldría de aquella casa siendo todavía dueño de la espada, el capote de paño y la mula negra que Teódulo, rico heredero del muy rico Malco de Uyos, no había podido llevarse a la otra vida.

A medianoche lo despertó un húmedo tacto en la mejilla. Una lenta respiración llegaba rumorosa, pegada a su oído. Entre sueños había pensado que uno de los mastines se acomodaba junto a él, buscando el calor del lecho. Pero no era un mastín quien lo espabilaba. La nariz fría en contacto con la mejilla, la respiración calmosa y cálida, eran las de una mujer.

—¿Qué haces aquí? —preguntó siseante.

—Te busco, buen mozo.

—Eso ya lo veo y por eso mismo te pregunto. ¿Por qué no estás con tu marido?

—Él duerme. Yo no.

Desde la puerta entornada llegaba el resquicio rojizo de las brasas aún brillantes en el barracón, y también luz de plomo y nieblas hendidas por el brillo sin fuerza de la luna mediada. Bajo aquella luz la vio incorporarse, deshacer en cada hombro los nudos del sayo con que se cubría y quedar desnuda. Después se agachó y con mano presurosa apartó el embozo, se colocó sobre Egidio y volvió a cubrir a ambos.

—Si nos ve, nos matará a los dos.

—Duerme como un buey, ronca como un cerdo y jamás se despierta a medianoche. No sé cómo un hombre de tan mala índole puede dormir así de profundo, como si descansara siempre con la conciencia muy tranquila.

—¿Debería sentir remordimientos?

—Deja eso ahora. No hables de él. Mejor aún: no hables.

El hálito a hembra encendida en deseos disipó los demás olores de la cuadra. Hacía mucho tiempo que Egidio no estaba con una mujer, desde que un año antes, en el poblado de Tempara, una prostituta se apiadase de su indigencia. Le permitió yacer con ella a cambio de un pan reciente y dos manzanas que el ágil furtivo había robado en el mercado. Pero de eso hacía un año. Su cuerpo de varón en plenos vigores tras larga abstinencia reaccionó de inmediato a las caricias de la mujer del hospedero. Ella, urgente y un tanto impúdica, buscó con ansiedad el miembro ya dispuesto, tembloroso en la efímera espera. Lo llevó súbito a su tibio acomodo y ambos gimieron en el primer desvelamiento del calor y la voraz acogida del otro. Duró el encuentro unos instantes, más de lo que Egidio habría necesitado para descargar toda aquella simiente contenida, pues demoró cuanto pudo su placer en consideración a la inesperada pareja; y duró menos de lo que a ella le hubiese gustado. Pero la noche no había hecho más que comenzar, se consoló ella. La energía con que el joven viajero la había tomado presagiaba sin duda un par de cabalgadas más. Mientras, tendida y piel contra piel, jadeante aún, le contaba sobre el hombre ruin, pues así lo tildaba, ruin, tiránico y avaricioso al que estaba sometida.

—Condenada de por vida, esa es mi desgracia … —iba susurrando al oído de Egidio—. Soy pobre, nada poseo y él nada me otorga, mucho menos me obsequia, a pesar de que esta casa y quienes buscan en ella refugio colman nuestra bolsa cada día. Digo nuestra bolsa aunque ni una moneda he visto ni, por supuesto, él permitiría que estuviese nunca en mis manos.

Apretaba el cuerpo contra él, compartiendo la humedad de ambos, las piernas enroscadas en las suyas, el sexo goteante y ávido pegado al muslo de Egidio. Acariciaba su virilidad, dándole pequeños pellizcos, llamándola a despertar de nuevo, cuanto antes…

—Soy su esclava, su cocinera y su puta. No permite que nadie me eche la vista encima, y me mantiene aparte, en la pequeña habitación donde vivo atosigada por el humo y el calor de los fogones.

Ella no olía a humo, pensó Egidio. Olía a mujer entregada, dueña y servidora de su propio deseo.

—A veces me golpea. Si algún hospiciano se queja de que el guiso no es de su gusto, o la carne no está bien asada, o el vino picado, la paga conmigo, como si fuera yo culpable del mal paladar de leñadores y arrieros, o de que se vuelva vinagre el vino barato y malo que compra y del que nutre sus barricas. Y jamás me agradece nada. Si salen satisfechos sus invitados, si dejan caer brillantes monedas en sus manos, entonces todo es mérito suyo, por saber cómo debe tratarse a los viajeros, por su bondad y generosidad y por cumplir el piadoso precepto de acoger a caminantes y sanarlos de la intemperie. Esa es mi vida, guapo mozo. Vivo miserablemente, sumisa a un viejo avariento y cruel, y mi única esperanza de abandonar esta penuria es envejecer rápido, morir pronto y que Dios me lleve a las cocinas del imperio celestial, más espaciosas y ventadas que el rincón donde paso mis tristes días.

—O que él muera antes —dijo Egidio.

—Ah… Qué desgracia sería esa —reía la mujer del hospedero, apiadándose de sí misma—. Si el cabrito de mi marido cometiese la felonía de morir antes que yo, me vería en la absoluta miseria y arrojada de esta casa, condenada a vagar sin techo que me cobijase y, seguramente, a prostituirme en cualquier andurrial para no morir de hambre.

—¿Por qué? —se interesó Egidio.

—No soy la primera esposa del cebón. Antes que yo hubo otra, la cual falleció, supongo, de la misma amargura que a mí me hiere día tras día. Tuvo hijos con ella, dos varones, a cuál más borracho y gandul. Uno es afeminado y le gusta que lo ensarten tanto mozos viriles como bujarrones y depravados de toda condición. El otro disfruta violando a impúberes. Vienen poco por aquí, afortunadamente. Pero si el hospedero falleciera, en menos de lo que se tarda en apagar una vela de un soplido se presentarían en este hogar que ni siquiera puedo decir mío. Lo reclamarían todo y me echarían a rodar por el mundo.

—Eso sería muy injusto.

—Todo en esta vida es injusto, joven amigo. Ahora mismo, por ejemplo, no es justo que yo esté ardiendo por el deseo de que vuelvas a poseerme y tu verga no responda a mi caricia como yo esperaba.

—Eso tiene fácil remedio —dijo Egidio, dulcemente.

Besó largo y con mucha ternura a la mujer del hospedero. Tras el abrazo, todo estaba conforme y a satisfacción de ella. Y dos veces más, aquella noche, quedó la mujer del hospedero saciada.

Antes de marcharse, casi de amanecida, la mujer señaló hacia la estrecha, mugrienta boyeriza donde dormitaban dos terneros.

—Quiero hacerte un obsequio. Hasta hoy no he encontrado hombre que lo valiera.

—¿De qué se trata?

—Tú mismo lo descubrirás. En cuanto amanezca, antes de marcharte, aparta a los cornudos y rebusca en el suelo. Verás que hay dos tablas movedizas. Bajo ellas está tu recompensa por la compañía de esta noche.

Egidio no supo si dar las gracias. Ella no le dio tiempo a decidirse. Se colocó el sayal con experta rapidez y salió del establo después de lanzarle un beso en el aire.

Egidio no pudo dormir hasta el alba, como hubiera deseado. Pensaba en qué objeto, seguramente de valor, habría escondido la mujer del hospedero bajo las tablas podridas de orín y cubiertas por bostas de la boyeriza. Conseguir algo, lo que fuese, a cambio del mero esfuerzo de tomarlo, suponía para él una promesa más excitante que, incluso, poseer a hembra tan hermosa como la que acababa de dejarlo nuevamente en soledad.

«Como buen ladrón que siempre he sido», pensaba y no se equivocaba.

No concilió el sueño.