Raquel Campos – Sueños de arena

Sueños de arena

12 de febrero de 1860, Hamton Manor, Londres

Alexander Bestfold se sorprendió ante la noticia del fallecimiento de su padre. Les había llegado una escueta nota que ahora estrujaba con rabia en su puño cerrado. ¿Tan solo eso? Su madre estaba desolada ante la pérdida. Habían vivido acostumbrados a las visitas del Lord durante breves e intercalados períodos de tiempo. Porque eso era lo que su padre había hecho durante veinte largos años, ir a visitar a su propia familia. De pequeño no lo había notado mucho, pero conforme fue creciendo, esa ausencia se fue haciendo cada vez más dolorosa. Añoraba a su padre, se había criado con su madre y su hermana, pero el no tener una figura masculina de la cual tomar ejemplo le había dejado una profunda huella en su corazón. Eran una familia unida y que amaba con veneración a ese hombre que cada día se había excluido más en sus estudios.

Hacía años que pasaba gran parte de su tiempo en ese país aislado del mundo, y un exceso de trabajo había acabado al fin con su corazón de un infarto.

La puerta del despacho se abrió, su madre pasó seguida de su hermana.

Las dos lo miraron, se hallaba sentado en el escritorio que ocupaba su padre cuando volvía a su hogar. Sus manos estaban apretadas, todavía llevaba la nota.

—Hijo, debes ir a ese lugar. —La mujer miró al joven, que ahora se había convertido en sexto conde de Hamton—. Ya sé que no aprobabas el trabajo de tu padre. Pero debes ir y descubrir qué lo ataba tanto a ese país.

Alexander suspiró al observar a su madre. Esa hermosa mujer siempre le había dado tanto amor, quizás porque sabía lo que sentía hacia la actitud de su padre. Tanto su rostro como el de su hermana eran una máscara de dolor.

—Madre, lo haré. Iré a averiguar cuál era su trabajo. —La mujer sonrió levemente—. Pero lo hago por ti, sabes que nada me une a ese hombre y que nunca lo podré llamar padre.

La mujer sentía el dolor de su hijo, pero nada dijo. El joven se ausentó con la excusa de que necesitaba hacerle una visita al abogado para ver qué podía averiguar sobre los viajes de su padre. Necesitaba escapar de su casa y de su familia. Su destino al fin fue el club de caballeros de White´s. Charlar con algunos de sus conocidos mientras se tomaba una copa le sacaría el problema de la mente.

Un viaje de esa envergadura le iba a suponer un drástico cambio en su vida. Ahora que todo le iba bien, estiró las piernas hasta que tocó la parte delantera del carruaje. Su posición le había granjeado algunas amistades importantes para sus futuros negocios y había conocido a una mujer que podría llegar a ser la duquesa de Hamton.

Bajó de forma brusca e indicó al cochero que lo esperara. El club parecía desierto, dejó la chaqueta y el bastón y se dirigió a una de las salas principales. Un grupo de caballeros jugaba a las cartas y sonrió al reconocerlo. Los hombres, al verlo, se giraron.

—¡Hamton! Te esperábamos, todavía estás a tiempo de comenzar la partida. —El caballero le indicó un sitio, Alexander pasó y se sentó con una gran sonrisa junto a su amigo William.

—¿Por qué has tardado tanto? —El joven lord miró a sus compañeros de mesa. Se habían conocido en Eton y podían contar todas las fechorías que habían hecho juntos. Ahora eran hombres con grandes aspiraciones.

—La culpable ha sido una nota. —Todos lo miraron con sorpresa.

William lo invitó a que siguiera hablando del tema—. Mi padre falleció hace unas semanas en Egipto.

El grupo lo miró gravemente sorprendido. Todos conocían el poco apego de su amigo por la figura paterna. Pero aquello era demasiado, el que les había seguido en todas las cuitas ahora se había convertido en lord. El primero del grupo.

—Lo sentimos…—La mirada dura e inexpresiva de Alexander se cruzó con la de Richard.

—No se puede sentir algo de lo que nunca has conocido. —Le hizo una seña al chico que había en la barra—. Tráeme un whisky.

—A pesar de todo, era tu padre y…

—No he venido a discutir, si lo hubiera querido, me habría quedado en casa. ¿Está claro? —Los demás asintieron—. Juguemos entonces.

El hombre frío e implacable en que se había convertido el joven con respecto a su padre les daba pavor a todos. La partida comenzó y el grupo estuvo unas horas ocupado entre charlas y copas de brandy.

Pocos días después, en Hamton Manor, se recibió otra carta. Esta vez era más larga, y el ayudante de su padre, un tal Pierre Denpford, lo apremiaba a asistir a la excavación.

Hacía unos días que había fallecido el otro socio en un accidente y estaban preocupados. Todo había quedado sin control y querían saber si conservarían sus trabajos. Maldita era si le importaba todo eso a él. Pero le había hecho una promesa a su madre, y, ante todo, era un caballero.

Tendría que organizar el viaje pronto, la primavera se acercaba y era buena época para viajar en barco. El invierno acababa y muy pronto desaparecerían las lluvias y la niebla. Era un largo viaje y tendría tiempo de organizar todo. Ese mismo día, antes de llegar a su casa, marchó hacia el puerto a reservar un pasaje en el mismo barco que su padre utilizaba en sus viajes. Hacía poco se había inaugurado el servicio de barco de vapor entre Londres y Alejandría, y la verdad era que siempre estaba lleno de turistas que visitaban las tierras de oriente fascinados ante una cultura tan diferente a la suya.

Así que decidió viajar en un navío mercantil. El barco saldría en quince días y tenía demasiadas cosas que hacer antes de marcharse tan lejos.