Maria Jose Moreno – La caricia de Tánatos

La caricia de Tanatos

Mercedes abrió los ojos, la luz que entraba por la ventana la obligó a cerrarlos. En menos de un segundo tuvo conciencia de que aquel día también se había quedado dormida. No era capaz de controlar el insomnio que arrastraba desde el trágico suceso, ni siquiera utilizando las técnicas de relajación que aconsejaba a sus pacientes.

La última vez que comprobó la hora eran las cinco de la mañana. Dio vueltas y vueltas en la cama hasta caer rendida por el cansancio. Ahora, sólo disponía de media hora para llegar a tiempo de atender al primer paciente citado a las diez de la mañana.

Con brusquedad retiró las sábanas, se incorporó tambaleándose ante la mirada de su perra, que dormitaba a los pies de la cama, y fue hasta la ducha. Ni siquiera esperó a que saliera el agua caliente, prefería la frialdad para despabilarse y ponerse en marcha.

Se vistió con lo primero que encontró, un pantalón vaquero y una camisa de manga corta, al mismo tiempo que se cepillaba los dientes. Por la galería que la llevaba a la puerta de la calle se alisó el pelo con los dedos recogiéndolo en una cola de caballo. Descolgó el bolso de la percha y salió dando un portazo.

En el ascensor decidió no coger el coche, llegaría antes caminando. Entre su casa y la consulta sólo distaban cinco calles, que atravesó a paso ligero y hasta corriendo en algunos momentos.

Sin resuello y sudorosa, con tres minutos de adelanto sobre la hora prevista, introdujo la llave en la cerradura. Al abrir se tropezó con Marta que, preocupada por su tardanza, vigilaba detrás de la puerta.

—Buenos días. Me he vuelto a dormir. Dame un minuto para que mi corazón se serene y comenzamos —dijo atropelladamente.

En el despacho, retiró la correspondencia que Marta le había dejado en la mesa y comenzó a examinar las historias clínicas. En su ángulo de visión quedó el calendario que, ajeno a las circunstancias, señalaba el 18 de septiembre de 2010. ¡Por fin el tan esperado día! Con nerviosismo entresacó la de Javier Díaz. Ahora podría comprobar su teoría sobre cómo acontecieron los hechos.

Marta asomó la cabeza por la puerta, contempló sus ojos vidriosos, la frente arrugada. Conocía su sufrimiento, lo que anhelaba y a la vez temía que llegara aquella jornada.

—Hoy es el día…

—Lo sé. Estoy preparada, no te preocupes —respondió Mercedes sin pensarlo.

—¿Seguro?

Mercedes asintió con la cabeza, un nudo atenazaba su garganta. Había mentido, en realidad no lo estaba. No comprendía cómo lo sucedido la desestabilizaba hasta el punto de dudar de sí misma.

—Va a pasar David, y creo que no viene muy bien.

—De acuerdo.

La sesión transcurrió dentro de lo habitual. Un monólogo de cuarenta y cinco minutos con un adolescente tímido que no pronunció ni una palabra. Anotó en su ficha: «Hablar con los padres para dar por finalizado el tratamiento. No estamos cumpliendo los objetivos». Soltó la pluma. Disponía de diez minutos.

Su despacho estaba bastante aislado de los ruidos de la puerta y de la sala de espera. Sin embargo, su estado de alerta favoreció que escuchara el sonido del timbre; su corazón enloqueció y un retortijón en el vientre la obligó a doblarse. Por un lado deseaba que ese malnacido acudiera a la cita, de esa manera podría saber algo de lo que realmente sucedió, poner paz a su tormento; por otro, sentía tal pavor ante aquel ser endiablado, que la dejaba indefensa, vulnerable, sin posibilidad de respuesta. No quería que él la viera así. La única manera de controlarlo era actuar como él. Debía de ser arrogante, intransigente, despiadada y mostrar con claridad que era más fuerte, que no iba a dominarla. Si Javier advertía su flaqueza, su temor… estaría perdida.

Marta entró en el despacho y cerró la puerta tras de sí.

—Mercedes, ha llegado Javier Díaz, o Marcos, o como coño se llame.

La psicóloga notó las manos sudosas, se las frotó y por un momento cerró los ojos. Se acomodó en el respaldo del sillón y respiró hondo un par de veces.

—Pásalo.

Unos segundos después, atravesaba el dintel de la puerta. Mercedes le sostuvo la mirada; quería que supiera que ella ostentaba el mando, que aquel era su terreno. Por dentro sintió un escalofrío que le heló la sangre, como si hubiera visto al diablo en persona.

—Buenos días, Mercedes…