Lorrie Moore – Al pie de la escalera

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El frío llegó tarde aquel otoño y a los pájaros cantores los cogió desprevenidos. Cuando la nieve y el viento empezaron a ser intensos, demasiados habían sido engañados para quedarse, y en vez de partir hacia el sur, en vez de haber volado ya hacia el sur, estaban acurrucados en los jardines de las casas, con las alas ahuecadas para conseguir un poco de calor. Yo estaba buscando trabajo. Era estudiante y necesitaba trabajo de canguro, de modo que pasé algún tiempo caminando por esos atractivos pero invernales vecindarios, de entrevista en entrevista, al tiempo que inquietantes multitudes de petirrojos picoteaban la tierra congelada, pardogrisáceos y desvalidos —aunque qué pájaro no parece, incluso en las mejores de las circunstancias, algo desvalido. Hasta que un día, hacia el final de mi búsqueda, después de una semana, los pájaros habían desaparecido de forma alarmante. No quise pensar en lo que les había pasado. En realidad, esto no es más que una forma de hablar —una cortesía, una expresión de falsa delicadeza—, pues de hecho no dejé de pensar en ellos, imaginándomelos muertos, en grandes montones, en alguna especie de maizal de la muerte a las afueras de la ciudad, o caídos del cielo en grupos de dos y de tres, a lo largo de muchos kilómetros de la frontera de Illinois.

Buscaba trabajo en diciembre para empezar en enero, coincidiendo con el arranque del segundo trimestre. Había acabado los exámenes y estaba respondiendo a varias ofertas del tablón donde se anunciaban los trabajos para estudiantes, en concreto a los de cuidar niños. Me gustaban los niños —¡es cierto!—, o más bien, me gustaban lo suficiente. A veces eran interesantes. Admiraba su energía y su candor. Se me daban bien porque sabía hacerles muecas graciosas a los más pequeños, y a los mayores les podía enseñar trucos de cartas y hablarles en ese tono exageradamente sarcástico que los desarma y capta su atención. Sin embargo, no tenía especial habilidad para cuidar de ellos durante períodos largos; me aburría, quizás como mi propia madre. Cuando pasaba demasiado tiempo jugando con ellos mi cabeza empezaba a pedirme algo más, anhelaba enfrascarse en el libro que tuviese en la mochila. Mis esperanzas se depositaban entonces en las noches tranquilas y las siestas largas.

Yo había salido de Dellacrosse Central, de una pequeña granja junto a la vieja carretera de Perryville, para llegar a esta ciudad universitaria, Troy, «la Atenas del Medio Oeste». Era como si hubiera salido de una cueva, igual que el niño-sacerdote de una tribu colombiana sobre el que había leído en Antropología, un niño convertido en místico manteniéndolo a oscuras durante casi toda su infancia, permitiéndole el acceso al mundo exterior sólo mediante historias, nunca por su propia experiencia. Ya fuera de la cueva, el niño quedó sumido en un perpetuo y beatífico estado de deslumbramiento. Ninguna de las historias que le contaron fue jamás equiparable a la realidad. Y así ocurrió en mi caso. Nada me había preparado para esto. Ni la hucha para la universidad en el comedor de mis padres, ni los bonos de ahorro de mis abuelos, ni la Enciclopedia World Book, de segunda mano, con sus preciosos gráficos sobre la producción internacional de trigo y sus fotografías de los lugares donde habían nacido los presidentes. El mundo verde, llano, de la granja de mis padres, una granja sin cerdos ni caballos —su monotonía, sus moscas, su calma desgarrada a diario por los humos y chirridos de la maquinaria—, se difuminó en la distancia y dio paso a una brillante vida urbana de libros, películas y amigos ingeniosos. Alguien había encendido la luz. Alguien me había dejado salir de la cueva —de la carretera de Perryville—. Mi cabeza volaba con Chaucer, Sylvia Plath, Simone de Beauvoir. Dos veces por semana un joven profesor llamado Thad, con vaqueros y corbata, se plantaba delante de una clase de chicos y chicas tan de campo y aturdidos como yo, y nos hablaba emocionado de Henry James y sus comas masturbatorios. No salía de mi asombro. Nunca antes había visto a un hombre que llevara vaqueros y corbata.

Aquella cueva ancestral había engendrado a un místico; mi infancia, sin embargo, sólo me había engendrado a mí.

En los pasillos los estudiantes discutían sobre Bach, Beck, los Balcanes y la guerra bacteriológica. Los chavales me decían cosas como: «Tú que eres de campo… ¿Es verdad que si te comes el hígado de un oso te mueres?» Me preguntaban: «¿Sabes de alguien que haya hecho ya-sabes-qué con una vaca?» O: «¿Es cierto eso que dicen de que los cerdos no comen plátanos?» Lo que sí sabía es que las cabras no se comen las latas: les gusta lamer el pegamento de la etiqueta, nada más. Pero eso nunca me lo preguntó nadie.

Desde nuestra perspectiva de aquel trimestre, los acontecimientos de septiembre —todavía no hablábamos del 11-S— parecían cercanos y lejanos a la vez. Los estudiantes de Ciencias Políticas se manifestaban en los patios y vías peatonales, coreando: «¡Quien siembra vientos recoge tempestades!»