Cristina Fernández Cubas – Hablar con viejas

14307

El amigo la había citado a las siete en el París, pero ella se presentó media hora antes. La mesa de mármol junto a la ventana estaba libre. Buena señal, se dijo. Pidió un cortado. Enseguida se arrepintió. «Mejor un whisky.» Andrés era su única oportunidad. ¡La última! Bebió un trago para darse ánimos. No podía volverse atrás. Ni tampoco, en cuanto apareciera, perderse en rodeos innecesarios. Iría al grano. Dos besos en la mejilla y el sablazo. «Necesito dinero.» Y antes de que el amigo reaccionara le expondría la situación fría y pausadamente. «Mañana me desahucian. Estoy en un apuro. Tienes que ayudarme.» Le mostraría la notificación y esperaría. No mucho. El tiempo suficiente para que se percatara de que el asunto iba en serio. Y cuando él, entre sorprendido y molesto, dijera «Vaya» o «Esto sí es un problema» o, en el mejor de los casos, «¿Y me lo sueltas así, de un día para otro, después de dos años sin vernos?», ella, enseguida, le tendería papel y pluma. «Es sólo un préstamo. Te firmaré un recibo. Pon tú las condiciones y las fechas.» Andrés había sido siempre buena persona. Y en otros tiempos, según creía recordar, ella no le era indiferente. Se encogió de hombros. Una bajeza. La idea de llamar a Andrés, ponerse los tejanos más ceñidos y la blusa de seda estudiadamente desabrochada a la altura del pecho era una bajeza. Pero no tenía otra opción. Y además su voz, por teléfono, le había parecido amable. «¡Qué sorpresa, Alicia! ¿Qué es de tu vida?» No le había contado nada de su vida. Se limitó a decir: «De eso quiero hablarte. ¿Por qué no nos vemos?». Trató de expresarse con la mayor serenidad. Huir de dramatismos. No dejar traslucir que su situación era desesperada. Y lo había conseguido. Andrés, después de dudar un instante, propuso el París. «A las siete. No tendré mucho tiempo. Me has pillado de sorpresa…»

A las siete y media seguía sola en la mesa de mármol junto a la ventana. A las ocho menos cuarto la camarera se le acercó con una bandeja vacía. «¿Es usted Alicia…? Le han dejado un recado por teléfono. La persona que espera no puede venir… Ha dicho que le llame la semana que viene.» Alicia pagó el whisky. Cuatro cincuenta. Dejó diez céntimos de propina y contó el resto. Cinco cuarenta. Todo lo que le quedaba. Para siempre… Salió del bar y respiró hondo. «Cabrón», dijo. «Eso es Andrés. Un cobarde y un cabrón.» Se abrochó la blusa. «Y yo una puta.»

Cruzó la calle. Se detuvo ante el espejo de una alpargatería y odió su imagen. Lo tenía bien merecido. Arreglarse para Andrés, confiar en sus encantos, dar por supuesto que solucionaría el problema… Se sintió burlada. Por Andrés, por el administrador, por la mosquita muerta de la propietaria… «No te preocupes, Alicia, paga cuando puedas, todas hemos sido jóvenes…» Sólo pensar en la propietaria se ponía enferma. Ella sí era una puta. Una estafadora. Una lagarta. Engañarla de esa manera. «No te preocupes…» Y soltar el rottweiler en el momento justo. El administrador. Las amenazas de lanzamiento. La inminencia de desahucio. Una jugada maestra. Liberarse de la inquilina y subir el precio. Y la mala suerte. Hasta hacía escasamente unas semanas ella confiaba en que aceptarían su serie. Un guión para televisión en el que llevaba trabajando más de un año. Se lo habían asegurado. Estaba casi hecho. Pero entonces cambiaron al responsable y se le cayó el mundo. Lo tenía bien merecido. Por confiar en su estrella. Por idiota.

—¿Puede ayudarme? —oyó de pronto.

Se volvió disgustada y vio a una vieja. Vestía un traje floreado y le sonreía. No le pareció que necesitara dinero.

—Soy diabética y a veces no distingo los colores. El semáforo… ¿Está en verde o en rojo?

—En verde —dijo Alicia.

Ayuda, pensó. Ayuda… Aquella pobre mujer también necesitaba ayuda.

—Cruce conmigo —añadió. Y le ofreció el brazo.

La vieja volvió a sonreír.

—¡Qué amable eres, niña! Yo vivo aquí mismo, ¿sabes?

Se encontraba de nuevo frente al París, pero la vieja no le había soltado del brazo. Avanzaron unos cuantos metros.

—Gracias, muchas gracias. Esta es mi casa.

Alicia se sintió algo mejor. ¿La buena obra? Por unos segundos había llegado a olvidarse de sus problemas. Miró la casa. Una portería del Ensanche que conoció tiempos mejores. La vieja, por lo menos, tenía casa.

—¿Quieres pasar? ¿Te gustaría tomar algo?

Pobre mujer, pensó Alicia. Está sola. Necesita hablar. Y todavía es más confiada que yo misma. ¿Cómo se atreve a invitar a una desconocida?

—Lo siento —dijo, y miró el reloj de pulsera—. Me esperan a cenar.

Durante toda la mañana había fantaseado con la noche. Andrés, vencida su sorpresa, le extendía un cheque. O quedaban para el día siguiente a primera hora. En cualquier caso anulaba sus obligaciones y la invitaba a cenar. Una amiga en apuros merecía toda su atención… Pero nada había salido como deseaba. Cinco cuarenta. Ese era su capital. La última oportunidad se saldaba con cinco euros cuarenta.

—Otro día será —dijo la vieja sacando unas llaves del bolso—. Me llamo Ro. Rosa María… Pero siempre, desde pequeña, me han llamado Ro…

Ro le pareció encantadora. Una vieja encantadora.

—Vivo en el quinto.

Alicia imaginó el quinto. Un piso inmenso lleno de recuerdos. Un piso típico del Ensanche. La galería y el comedor en un extremo, el dormitorio principal en el otro. Y un largo pasillo que Ro recorría con esfuerzo infinidad de veces al día. Ro, se dijo. Ro sí era su última oportunidad.

—Bueno… Subiré un ratito. Sólo un ratito.

La cara de Ro se iluminó de alegría. Abrió la puerta y llamó al ascensor.

—En el quinto —repitió.

No todo estaba perdido. Ro parecía tan feliz que quién sabe, si ella le contara su tragedia… Dinero, no. A las viejas no les gusta desprenderse de dinero. Pero compañía sí. Seguro que le ofrecía su casa. Que insistía en que se fuera a vivir con ella. Y por unas semanas, al menos… Ya no tenía a quién acudir. Al día siguiente se encontraría en la calle. Aunque, tal vez… Pensó en algo terrible. Tan terrible y vergonzoso que se odió con todas sus fuerzas. Pero no había sido un pensamiento. Sólo una visión. Un flash. Dinero. Billetes y billetes escondidos en cajones absurdos, en la cocina junto a las bolsas de basura, en el cuarto de baño entre rollos de papel higiénico… Las viejas eran así. Escondían sus bienes y luego se olvidaban. Y solían tener joyas. Recordó fugazmente a su abuela. «Ven niña. Te enseñaré mis joyas.» Y pocos días después de su muerte, billetes olvidados apareciendo en los lugares más inverosímiles.

—Bueno —dijo Ro—. Esta es tu casa.

Era grande. Atiborrada de objetos y un tanto desordenada. Alicia siguió a la vieja por el pasillo hasta llegar al comedor. Estaba en penumbra, con las cortinas de la galería corridas. La vieja encendió la luz. Y le ofreció una silla.

—¿Cómo te llamas, guapa?

—Alicia.

—¡Qué nombre tan bonito!

Sí, Ro era encantadora. Ahora abría un mueble-bar años cincuenta y sacaba dos copitas y una botella de jerez. Alicia volvió a sentirse repugnante. Robar a viejas. Eso era todavía peor que intentar seducir a Andrés. Bebería el jerez y se iría.

—De vez en cuando me gusta conversar con vosotras, las jóvenes. ¿Te apetecen unas pastas?

Abrió una caja metálica y dispuso con todo cuidado media docena de galletas en un plato de loza. Alicia cogió una. No había comido nada desde la mañana.

—Y cuando quieras pásate por aquí. Salgo poco y serás siempre bien recibida.

Sí. Era una vieja risueña y amable. Tal vez la visitaría antes de lo que imaginaba. Al día siguiente. Con las maletas y lo que le dejaran sacar del piso.

—Y usted, Ro —dijo apurando el jerez—. ¿No se siente muy sola en una casa tan grande?

—¡Oh, no! —La vieja se puso a reír—. Estoy acostumbrada… Aunque sí, es grande. Y a veces pierdo las cosas…

La vieja miraba ahora a su alrededor buscando algo.

—Hija, hazme un favor. Ayúdame a encontrar las gafas. Las he dejado por aquí, hace un momento… En el aparador, quizás.

Alicia se levantó. En cuanto diera con las gafas le haría una propuesta. Un favor recíproco. La vieja la trataba como si la conociera de toda la vida. Y la casa era inmensa. Una habitación. Tan sólo necesitaba una habitación. Por un tiempo.

—Aquí están —dijo.

Y de pronto, con las gafas aún en la mano, se quedó perpleja. En el aparador, junto a fotografías amarillentas, cajitas de plata y flores de porcelana, acababa de distinguir un cuenco de madera. Una ensaladera en la que se leía «Recuerdo de Mallorca». Y, en su interior, rosarios, pulseras, botones, un montón de viejas monedas de dos reales y —¿estaría soñando?— unos cuantos billetes de quinientos euros.

—Gracias de nuevo. ¿Otra galletita?

Quinientos euros. Los billetes de quinientos euros no circulaban demasiado. Tal vez la vieja no conociera su valor. O lo hubiera olvidado. Lo cierto es que los tenía ahí, en el cuenco de madera, mezclados con baratijas, rosarios, monedas inservibles… Por lo menos habría cinco o seis. Tal vez más. Seis por quinientos… Prácticamente lo que debía. Esa sí era su última oportunidad. Mañana, antes de que la sacaran de la casa, ella pagaría. Y no se trataría de un robo. Sólo de un préstamo. En cuanto pudiera le devolvería hasta el último céntimo. Iría pagándole a plazos. Dejando el dinero en el buzón. En un sobre. Sin remite ni firma. Porque no volvería a ver a la vieja. Aunque…

—Alicia —dijo Ro—. ¿Te encuentras bien?

Alicia. Había cometido el error de dar su nombre. Eso probaba que no tenía intención de robar. Pero era dejar una pista… Recordó a la camarera del París: «¿Es usted Alicia?». Una vieja que acusaba a una tal Alicia y una camarera que recordaba haber transmitido un mensaje a una mujer llamada Alicia. ¡El imbécil de Andrés! No sólo la dejaba plantada sino que la identificaba a los ojos del barrio.

—Sí, Ro. No es nada. Fumo demasiado y a veces…

—Te daré caramelos de regaliz. Son buenos para los bronquios.

La vieja desapareció por el pasillo. Alicia respiró hondo. No sería un robo, se repitió, sólo un préstamo. Nadie la había visto subir. La casa no tenía portera ni se habían cruzado con ningún vecino. Y además, ¿quién creería a la vieja? ¿Billetes de quinientos euros en el lugar más visible del comedor? Lo más probable es que ni siquiera los recordara. ¿No decía que perdía continuamente las cosas? Ro olvidaría su nombre de la misma forma que había olvidado una pequeña fortuna en un cuenco… Tenía que decidirse. ¡Ahora! Se levantó, cogió los billetes —¡siete!, estaba salvada— y los guardó en el bolsillo. No le dio tiempo a volver a la silla. Le había parecido oír los pasos de la vieja y se agachó. Fingió un problema con el tacón de sus zapatos. En el suelo vio una muñeca rota y un osito al que le faltaban los ojos.

—No los encuentro —dijo la vieja—. Y estoy segura de que ayer compré una bolsa en la farmacia.

Alicia le mostró el osito.

—¿Tiene nietos? —preguntó.

Su voz había sonado clara. Natural. Como si no tuviera nada que ocultar.

—No —dijo la vieja—. Mi hijo no me ha dado nietos.

Un hijo. ¿Sabría el hijo que su madre tenía su pequeña fortuna olvidada en un cuenco? ¿Que invitaba a galletas y jerez a la primera desconocida?

—Y su hijo, ¿viene a verla a menudo?

Era una despedida. Una cortesía. Alicia acababa de coger el bolso y se disponía a dejar la casa. Lo que menos le podía importar en aquel momento era si su hijo cumplía con los deberes de hijo.

—No —dijo Ro—. Venir no viene… ¿Por qué tendría que venir?

No le vio la expresión. La vieja le había dado la espalda y agarraba el extremo de las cortinas que separaban el comedor de la galería.

—Mi hijo vive aquí. Conmigo.

Todo sucedió en un abrir y cerrar de ojos. Descorrió enérgicamente las cortinas y el tintineo de las anillas se confundió con sus últimas palabras. «Aquí… Conmigo.» A Alicia se le nubló la vista. ¿Qué era aquello? Tuvo que apoyarse en el respaldo de una silla para no caer.

—Te presento a Alicia —oyó.

Un hombretón deforme agarrado a unos barrotes la miraba con la boca babeante. Era un monstruo. Una bestia. Un gigante. Tenía la cabeza abombada, los ojos sin expresión, el rostro lleno de pústulas… El bolso fue lo primero en estrellarse contra el suelo. Enseguida le siguió el cuerpo de Alicia. Lo último que recordaría al día siguiente sería la voz de Ro.

—Trátala con cuidado, hijo. Las muñecas de carne son muy delicadas…

Pero no podía ser cierto. No era cierto. No había sido más que una terrible pesadilla. El peor sueño de toda su vida. Alicia se encontraba en la cama con los ojos aún cerrados y oía el forcejeo de una llave contra la cerradura. «Ni siquiera se han molestado en llamar», murmuró. «Bien, que me expulsen. ¡Bendito desahucio! Todo mejor que…» De pronto sintió el contacto de una mano áspera y peluda. Y despertó de golpe. Era de día. Pero no estaba en su cuarto, entre las sábanas de la cama, sino echada en un jergón en el interior de una jaula inmensa. Ro acababa de abrir la puerta y depositaba una bandeja en el suelo. Ni siquiera la miró.

—Me voy a la parroquia, hijo.

Salió de la galería enrejada y cerró el candado.

—A ver cuánto te dura. Cada día está más difícil encontrar a alguien. Y las chicas de hoy saben latín. No les gusta hablar con viejas…

Antes de que corriera las cortinas Alicia alcanzó a ver sobre el aparador el cuenco de madera. Ahí estaban los billetes de quinientos euros, los rosarios, los botones, el montón de monedas de dos reales, su reloj de pulsera… No quiso ver más. Cerró los ojos. Sintió un aliento fétido muy cerca de su boca y deseó morir. Pero ya el hombretón la había alzado en el aire y la mecía. Como a un bebé. Como a una muñeca querida.

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